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Febrero de 1977: conversaciones secretas entre Adolfo Suárez y Santiago Carrillo

Fuentes: Rebelión

Corre en la red un artículo -siento no poder dar la referencia- en la que don Santiago Carrillo -el «don» es totalmente necesario desde hace unas cuantas décadas- reflexiona sobre la propuesta lanzada por el diario global-imperial, don Felipe González-Gas Natural, y otros medios y fuerzas políticas y económicas en torno a un gobierno de […]

Corre en la red un artículo -siento no poder dar la referencia- en la que don Santiago Carrillo -el «don» es totalmente necesario desde hace unas cuantas décadas- reflexiona sobre la propuesta lanzada por el diario global-imperial, don Felipe González-Gas Natural, y otros medios y fuerzas políticas y económicas en torno a un gobierno de concentración nacional y unos nuevos Pactos generales al estilo de aquellos que fueron llamados en su día Pactos de la Moncloa.

Aunque no es el punto central de esta nota, don Santiago señala cosas como las siguientes:

La idea de un gran pacto de Estado que imite los Pactos de la Moncloa le parece demasiado simple. Don Santiago sigue creyendo que aquel pacto -que lego a publicitarse como un paso firme en el prolongado y difícil camino hacia el socialismo por parte de algunos dirigentes obreros de aquellos años- «contribuyó a crear un clima político y a realizar una serie de pasos en el fortalecimiento del cambio democrático y la superación de la crisis en momentos críticos». Está claro que no fue eso, o que esencialmente no fue eso pero es igual, pelillos a la mar. La situación actual es radicalmente diferente a la de entonces, señala el autor de Eurocomunismo y Estado, una diferencia enorme, «como de la noche al día».

Por qué se hicieron aquellos Pactos de la Moncloa, pregunta don Santiago. Su respuesta, la de siempre, la que siempre nos ha costado digerir a tantos y tantas militantes obcecados: «Porque la crisis originaba un descontento social que podía afectar al apoyo que las masas trabajadoras estaban dando a la Transición democrática española, que entonces se enfrentaba ya a amenazas muy serias que provenían de los grandes poderes económicos, de los militares franquistas y de amplios sectores de la Iglesia oficial». ¿Un descontento social que podía afectar al apoyo que las trabajadoras y trabajadores estaban dando a esa Transición pseudodemocrática española? ¿Y eso era malo?

El Pacto de la Moncloa tenía dos partes, prosigue don Santiago: una política, «en la que por primera vez se estampaban en el papel negro sobre blanco las bases del acuerdo entre los reformistas del franquismo [es decir, entre fascistas que apostaban por la reforma de algunos escenarios del Régimen que había nombrado a don Juan Carlos I sucesor del franquismo] y la oposición democrática, hasta entonces convenidas parcial o tácitamente -pero no escritas». Santiago Carrillo recuerda que Alianza Popular, el partido de los siete fascistas incorregibles, «dirigida por Fraga», ese hombre que fue despedido con honores de Estado, se negó a firmar laa parte política de los Pactos. Solo firmaron la parte económica y social, que, señala el que fuera secretario general del PCE, «si bien consignaba concesiones en conjunto, mantenía en lo esencial los avances logrados por el movimiento sindical». ¿Mantenía en lo esencial los avances logrados por el movimiento sindical antifranquista? ¡Por favor! ¡Como los cuentos de los que nos hablaba León Felipe! ¡Y uno de los más destacados!

Ahora viene lo bueno: la necesidad de que el acuerdo político estuviera sustentado por un pacto social y económico, prosigue el actual militante del PSOE, «ya había sido reconocida por Suárez y por mí en la conversación secreta de seis horas que habíamos mantenido a fines de febrero de 1977 en Aravaca».

SC prosigue señalando que hoy ya no sería Suárez quien convocase el acuerdo sino «Mariano Rajoy, que sostiene la política de recortes para recapitalizar a los bancos». Para SG, debemos ser conscientes de que esos recortes, que significan el fin del [muy demediado] Estado del Bienestar español y el retroceso de un siglo -SC dixit- «en la relación de trabajadores y empresarios; la privatización de los servicios públicos, fortalecimiento del sistema bancario y del poder ciego de los mercados; el empobrecimiento del país y la reducción de las libertades democráticas, no admiten pacto alguno entre las fuerzas de izquierda y progresistas y la derecha. Un pacto con esa derecha sería simplemente una capitulación imperdonable». ¡Menos mal! ¡Rectificar es de sabios! ¡Hasta don Santiago, el tertuliano de la SER, tiene buen sentido cuando se pone!

Déjenme que finalice aquí el relato, no creo que traicione el sentido global de la intervención de don Santiago, y pase al punto básico de este texto.

La cuestión, más allá de la existencia de diferencias reales entre las finalidades de aquellos pactos, reconocidas incluso por algunos de sus muñidores más destacados -Herrero del Miñón por ejemplo- y los pactos que ahora se proponen con la boca pequeña, o la santificación de la figura política de Adolfo Suárez -me evito el comentario dada su actual enfermedad-, o la presentación de la transición-transacción como un acto político casi Inmaculado -como ha comentado agudamente Jorge Riechmann-, la cuestión es: nos tenemos que enterar ahora, 35 años después, de esa reunión «secreta» en Aravaca. ¿De qué habló don Santiago con don Adolfo a lo largo de esas seis horas? Más allá de aquel extrañísimo enamoramiento mutuo, ¿qué pactaron? ¿Quién era don Santiago para pactar lo que pactó? ¿Esa era la forma de defender los intereses de las fuerzas populares por muy difícil que fuera la situación y aunque la ultraderecha -no hay que olvidarlo- agitase diariamente sus águilas imperiales? ¿No existe una cosa llamada lucha de clases -de la que ahora está escribiendo precisamente Domenico Losurdo- y no era el caso que la correlación de fuerzas no era entonces tan desfavorable como ahora? ¿No había entonces ganas de combate? ¿La batalla estaba perdida?

No es que ahora la situación sea distinta. No, no es sólo eso. Es que ahora la ciudadanía indignada y en creciente movilización, y las fuerzas obreras y populares organizadas no admitiríamos que nadie pactara a nuestras espaldas «conquistas» tan esenciales como la bicolor, la tergiversación de nuestra historia, el perdón de los torturadores y asesinos, el pacto económico de clases y, como propina, un sistema político que tiene que ver con la democracia -es otro de los puntos del 15M- lo mismo que la filosofía de Hegel con las lógicas multivaloradas, la lógica difusa y la teoría cantoriana de los transfinitos. Nada, nada de nada.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.