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Franquismo y Memoria (II)

Fuentes: El Clarión

«Pronto se observó que en el Club preponderaban una serie de personas ya conocidas por sus antecedentes o ideología comunistas, las cuales daban a la asociación una línea de subversión que se exteriorizaba en los actos organizados, asociando a estas actividades a personas no sujetas a la disciplina del Partido pero de tendencias izquierdistas e […]

«Pronto se observó que en el Club preponderaban una serie de personas ya conocidas por sus antecedentes o ideología comunistas, las cuales daban a la asociación una línea de subversión que se exteriorizaba en los actos organizados, asociando a estas actividades a personas no sujetas a la disciplina del Partido pero de tendencias izquierdistas e interesadas también en toda labor que represente un ataque a las actuales estructuras políticas y sociales; hay que cortar una actividad que se considera en extremo perniciosa». [Informe gubernamental sobre la trayectoria del CAUM mayo 1972]

En este modesto lugar de la madrileña Plaza de Tirso de Molina seguimos afirmando que no existe en absoluto nada fatal e inmutable, y por tanto existe la posibilidad de proscribir las causas de la desigualdad y la injusticia. Por eso no estamos dispuestos a que sea la reacción quien escriba la historia.

Fueron muchas veces que el ministro de gobernación, Manuel Fraga, ordenó el cierre del local y la detención de socios. Tantas como desde París la UNESCO instaba a abrirlo. Fue en este espacio de libertades donde explotó una bomba en 1982 hiriendo gravemente a dos personas. Hoy estas cosas parece que ya no ocurren. La lección ‘de paz’ de los últimos 70 años nos ha enseñado a callar. No se quiere ver la herencia de miedo y vergüenza, no se habla del criminal de olvido cuando aun siguen vivas las terribles consecuencias de la guerra civil, la dictadura franquista y la impuesta transición democrática.

Era sencillo. Si la nación española establece la justicia y la libertad como garantes de la convivencia se debería, tras la muerte del dictador, haber colocado la historia en su lugar, resarcir a las víctimas, condenar a sus verdugos y disponer en la memoria colectiva, las bibliotecas, las calles, los libros escolares… de los hechos tal cual ocurrieron, sin ‘piadosas’ mentiras. Sin católicos tapujos, con valiente y limpia mirada sería sano poder hablar libremente de los pueblos de España como lo que realmente fueron desde el 17 de julio de 1936: víctimas del fascismo que asoló el mundo en el siglo XX y que en España también se usaron métodos conscientes de exterminio sobre las personas destruyendo al tiempo nuestro patrimonio ideológico, político, económico y cultural. Su nombre: crímenes contra la humanidad. No prescriben. Sin embargo los restos del dictador seguirán disfrutando de frescas flores sobre su tumba en el Manthausen español del Valle de los Caídos.

En este estado globalizado o capitalismo deshumanizante somos poco conscientes de la necesidad de beber de la memoria histórica, las cosas se viven desde la aparente satisfacción en el aquí y ahora. Sí, nos acordamos que hace poco se reformó la ley de inmigración, acaba de aprobarse una nueva ley de educación… pero total, de poco sirven si no tomamos parte y partido para mejorar nuestras condiciones de vida. Y suerte quien tenga un trabajo que le permita pagar la hipoteca de la casa y llegar sano a fin de mes.

Y a lo lejos la guerra en Iraq, la masacre de palestinos, el bombardeo en el Líbano. Un poco más cerca una patera llega y otra se hunde, miles se hacinan en campos de refugiados y en Guantánamo el gobierno USA nos defiende del ‘eje del mal’ a cambio de que toleremos los viajes turísticos por Europa de ‘supuestos terroristas’ mientras hacen la guerra mundial por el petróleo.

Mientras, en la prensa aparece una noticia insignificante, pero de insultante calado: el 27 de mayo de 2006, en Beni Enzar (Nador) la familia de Mohamed Ben Mizzian le rinde un sentido homenaje. Asisten Luís Planas embajador español en Marruecos y los  tenientes generales del Ejército español, Rafael Barbudo, Segundo Jefe del Estado Mayor del Ejército y  Vicente Díaz de Villegas comandante general de la plaza de Melilla; así como el coordinador de cooperación española, Vicente Sellés, y el cónsul español en Nador, Javier Jiménez Ugarte. El carnicero Mizzian. El comandante más querido por Franco, aquel que el 17 de julio de 1936 sacó a los hombres de la 1ª brigada de la 83ª división de Regulares de Melilla que junto al resto de la tropa africanista se sublevó contra la República.

Afortunadamente la Coordinadora per a la Memòria Històrica i Democràtica de Catalunya denunció este homenaje al fascismo exigiendo las consiguientes responsabilidades. La hermanada monarquía marroquí es tan ‘democrática y soberana’ que se permite el lujo de limpiar de sangre las botas de este asesino al tiempo que le sitúa en el más alto pedestal de honor militar del reino alawí; para gloria además de los tábores de Regulares de Melilla a los cuales, por cierto, la monarquía borbónica facilitó la recuperación de sus viejas señas de identidad en 1996. Porque al ejército, al cuerpo diplomático y a los encargados de la cooperación internacional le trae al pairo recuperar la memoria por completo y utilizar adecuadamente los conocimientos de historia, aunque sólo sea para no hacer el ridículo cuando salen al extranjero a representarnos con los gastos pagados de nuestros bolsillos.

Pero no es esto lo que suscita nuestra preocupación. Si La dictadura fue un estado ilegítimo y colonial nos preguntamos, ¿es ilegítima la descolonización del Protectorado español de Marruecos de 1956? Y si la consideramos legítima, ¿Son también válidos los acuerdos tripartitos de 1975 para el reparto del Sahara occidental?

La II República, pese a su brevedad, situó a nuestro país en la vanguardia de Europa, de eso no hay duda. Pero admitamos que no fue capaz de ver la trascendencia de la cuestión colonial en África (el ejército sublevado fue el africanista) y no propició una solución satisfactoria para los pueblos de Guinea, del Rif y el saharaui sometidos por la metrópoli. Pero seamos excepcionalmente pragmáticos: del abuso sistemático e indiscriminado que sufrimos en la dictadura, ¿pedimos también el consiguiente resarcimiento para las víctimas de la colonización franquista en África?

Consideramos que por coherencia ideológica y agradecimiento hacia quienes lucharon y murieron por la consecución de un máximo de libertades, debemos exigir el cumplimiento de la legalidad internacional para que se realice el referéndum de autodeterminación del pueblo saharaui y denunciar la inhumana ley de inmigración que lamina el elemental derecho al trabajo. ¿Es que acaso nos son ajenas las causas y consecuencias de estos dramas humanos? Tenemos el convencimiento de que no es así: preocupa e indigna. Los pueblos del estado español fueron vanguardia de la lucha anticolonial durante finales del XIX y XX como no lo fue ninguno en Europa. La memoria histórica debe abrir paso al futuro si no, ¿de qué sirve?

La rebeldía nos hace ver en la reciente ‘Ley por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución y violencia durante la Guerra Civil y la dictadura’, cómo muy al contrario se le cierra el paso. Un hecho obvio: la guerra civil es consecuencia de la sublevación ilegítima y fascista contra un gobierno elegido democráticamente por el pueblo que se rebeló en la defensa de sus derechos e intereses; otro, se deja en manos de la iniciativa privada los trabajos de localización, identificación y exhumación de las víctimas. La reparación de la memoria histórica parece pertenecer sólo al ámbito familiar y personal; nada de ‘política social’, pagamos por los muertos y punto final.

El resarcimiento a las víctimas del franquismo hecho por los que ‘democráticamente’ se encargan de realizar el bien pagado trabajo de ponernos la soga al cuello o aflojarla según les convenga, es un vil e intolerable engaño porque hace de la ignorancia verdad que legitima el abuso. ¡Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen!

* Beatriz Martínez Ramírez. Madrid. Club de Amigos de la UNESCO de Madrid

Articulo publicado en «El Clarión»