Recomiendo:
0

Entrevista a Faruk Mardam-Bey, historiador

«Hablar todavía y siempre de Siria»

Fuentes: ContreTemps

-Contretemps: Tras siete años de represión y de guerra, la revolución siria aparece como derrotada y el pueblo sirio condenado a seguir siendo víctima de una tragedia sin fin… Una vez expresados el dolor y la indignación, ¿cómo resistirse a la desesperación? -Faruk Mardam Bey: Concedamos primero su parte, que debería ser muy grande, al […]

-Contretemps: Tras siete años de represión y de guerra, la revolución siria aparece como derrotada y el pueblo sirio condenado a seguir siendo víctima de una tragedia sin fin… Una vez expresados el dolor y la indignación, ¿cómo resistirse a la desesperación?

-Faruk Mardam Bey: Concedamos primero su parte, que debería ser muy grande, al dolor y la cólera. Si Siria y la gente de Siria están ahí, en este interminable calvario, es porque poca gente en el mundo, durante cerca de ocho años, se ha preocupado por su suerte. Esas centenares de miles de muertes, esas decenas de miles de personas desaparecidas, esos millones de personas refugiadas, esas ciudades y pueblos devastados, todo un pueblo sacrificado en el juego cínico de las naciones, nos reclaman más lágrimas y más cólera, y que nos esforcemos por hacerlas compartir a nuestro alrededor. Es difícil en los tiempos que corren, con el desánimo de las y los simpatizantes de la causa siria, pero es sin duda el primer medio para resistir a la desesperación.

La razón nos incita al mismo tiempo, a la vez que reconocemos sin ambages la derrota de la revolución, a comprender porqué y cómo ha podido ser desfigurada, traicionada y finalmente vencida. Otro medio de resistir a la desesperación. ¿Qué corresponde a las condiciones objetivas, a la vez locales, regionales e internacionales? ¿Qué es debido a los errores, las faltas, las ilusiones y más profundamente a la naturaleza de las diferentes fuerzas implicadas en el proceso revolucionario? Sin olvidar el surgimiento de lo imprevisible, en particular la irrupción del Estado Islámico que ha monopolizado desde 2013 la atención de las cancillerías, de los medios y del gran público.

Dicho esto (y no es en absoluto un consuelo sino un dato fundamental a tener en consideración en toda visión estratégica), la derrota es también la del régimen, aislado en el seno mismo de la «sociedad homogeneizada» que ha presumido de haber creado bajo el ala protectora de Irán y de Rusia. Una sociedad incierta de su futuro que depende de una improbable entente entre las potencias extranjeras presentes de una forma u otra sobre el terreno, y golpeada por el estupor al medir la amplitud del desastre tras la batalla.

-Cuando se miran los años pasados, ¡cuántos datos imprevisibles, de resultas de lo inconcebible! En primer lugar, el salvajismo que el régimen de Assad ha demostrado ser capaz de utilizar para mantener su poder. Y la medida de lo que quiere decir realpolitik para las potencias que se han implicado, ya sean Rusia e Irán, por supuesto, pero también Turquía, Arabia Saudita, Israel, sin olvidar a los Estados Unidos y sus aliados, entre ellos Francia…

-El salvajismo del régimen no era inconcebible. Se le sabía capaz de «quemar el país», como proclamaban sus partidarios en una de sus consignas y lo había probado en el pasado, desde el golpe de Estado de Hafez al-Assad en 1970, tanto en Siria como en Líbano o cuando su guerra contra la OLP. Se podía igualmente esperar una intervención masiva de Irán, su indefectible aliado estratégico, para el que todo cambio en Siria ponía en cuestión no solo sus ambiciones imperiales, sino también la perennidad de la República Islámica. Rusia, por su parte, había marcado desde el comienzo su desconfianza hacia la «Primavera árabe» y sobre todo su hostilidad contra el levantamiento en Siria bloqueando a partir de octubre de 2011 todos los proyectos de resolución del Consejo de Seguridad que amenazaran a su protegido con sanciones más o menos serias. Es cierto, sin embargo, que nadie, ni en Siria ni en ninguna otra parte, imaginaba que llegaría hasta asumir a su cargo la reconquista de las zonas que habían escapado al control del régimen, y que desplegaría para ello, y a una gran escala, su aviación, su policía militar y sus mercenarios.

En cuanto a los Estados Unidos y sus aliados, que pretendían ser «amigos del pueblo sirio», solo la gente incauta de todo pelo, enemiga o partidaria del régimen, se tomaba en serio sus gesticulaciones y sus líneas rojas. Antes del desencadenamiento de la revolución, lo que se aparenta ignorar, es que las potencias occidentales habían normalizado poco a poco sus relaciones con el régimen e intentaban, no derrocarle, sino domesticarle borrando sus antiguas querellas con él a propósito de Irak y de Líbano. Erdogan alababa a su «hermano» Bachar que había reconocido la anexión por Turquía del Sandjak (provincia del imperio otomano) de Alejandreta. Y el comercio sirio-turco florecía. Las relaciones entre Siria y Qatar eran excelentes, y el jeque Hamad mostraba ostensiblemente su apoyo a Hezbolá. Arabia Saudita se inquietaba por la alianza sirio-iraní y estaba en abierto conflicto con el régimen sirio en Líbano, pero su política interárabe tendía tradicionalmente al compromiso, y nada era más catastrófico para ella que la contestación por un movimiento popular del orden establecido. Lo probó oponiéndose de entrada a la «Primavera árabe». Y si Israel, por su parte, deseaba evidentemente una ruptura entre Irán y Siria, tenía más interés, y sus estrategas no han dejado de afirmarlo, en el mantenimiento de un régimen que, a pesar de su fraseología antiisraelí, hacía reinar la calma en la frontera del Golan desde 1974.

Pero si la intervención militar rusa lanzada en septiembre de 2015 fue decisiva en la derrota de la revolución, fue la no intervención americana en agosto 2013 la que provocó su primer gran revés. No porque Obama se retractara tras haber amenazado con intervenir en el caso en que el régimen recurriera a unas armas prohibidas, en este caso el arma química (de hecho todo indicaba que no pensaba poner esta amenaza en práctica), sino porque el acuerdo al que llegó con Putin consistente en contentarse con privar a Bachar de su arsenal químico (lo que por otra parte no ha sido totalmente realizado) equivalía a darle un permiso para matar utilizando todas las demás armas en su posesión y le tranquilizaba en cuanto a su impunidad. Bachar se ha beneficiado enormemente de las dudas occidentales, tanto más cuanto que la opinión pública en todo el mundo, temiendo la repetición en Siria de los escenarios iraquí y libio, ha acogido el acuerdo rusoamericano con un cobarde alivio.

-Las responsabilidades de las potencias extranjeras que se han injerido en la confrontación siria son evidentemente determinantes y aplastantes… A pesar de todo, hay que preguntarse sobre los errores que han podido ser cometidos por las fuerzas implicadas en el proceso de la revolución democrática y los límites de éstas.

En continuidad con lo que precede, uno de los errores más graves ha sido creer, contra toda evidencia, que los Occidentales intervendrían contra el régimen, al menos bajo la forma de un pasillo humanitario o de una zona de exclusión aérea -lo que habría necesitado de todas formas un despliegue militar al que ninguna potencia occidental estaba dispuesta. En las filas de la oposición, había quienes lo deseaban ardientemente y lo proclamaban, otra gente lo temía, pero la mayoría, obnubilada por las declaraciones de los responsables americanos y europeos sobre la democracia y los derechos humanos, lo pensaba inevitable, lo que dio lugar a polémicas venenosas aunque sin fundamento.

Sin embargo, antes de preguntarse sobre los errores cometidos durante estos años trágicos, hay que recordar que el levantamiento era espontáneo, que nació en el ambiente de la protesta contra los poderes establecidos en casi todo el mundo árabe, que se extendió como un incendio a través de todo el país, movilizando en particular a una buena parte de la juventud y de las capas populares más desfavorecidas, pero que ninguna fuerza política era capaz de dirigir -habiendo sido aplastadas todas bajo el reino de los Assad, padre e hijo, por una implacable represión. En un país desprovisto de vida política durante decenios, vigilado por servicios de información tentaculares y en el que las desconfianzas y los odios comunitarios eran deliberadamente mantenidos por el poder, la constitución progresiva de comités locales de coordinación, con consignas adecuadas, era en sí un verdadero milagro. Les faltó tiempo para que surgiera una dirección política y fueron marginados en el Consejo Nacional Sirio, constituido en Turquía en septiembre de 2011 y autoproclamado representante legítimo del levantamiento. Ahora bien, incluso si la legitimidad de esta instancia fue reconocida por las y los manifestantes, y luego por el Ejército Sirio Libre, sus disensiones internas, su inexperiencia política y el peso excesivo en su seno de los Hermanos Musulmanes no tardaron en desacreditarlo tanto en el interior como en el exterior.

Mientras tanto la confrontación con el régimen se había militarizado. ¿Era como se dice muy a menudo la falta que habría que evitar a cualquier precio? Pero, ¿quién ha cometido esa falta? Ninguna fuerza política de la oposición lleva su responsabilidad, ninguna llamó a la lucha armada, ninguna había siquiera previsto, equivocadamente, que el régimen podría, lanzando el ejército regular contra las y los manifestantes, arrastrar al país a una guerra civil implacable. Si ha habido alguna falta, era no prepararse para esa eventualidad. De hecho, la militarización comenzó cuando soldados y oficiales del ejército regular desertaron en masa para no disparar contra las y los manifestantes. Y lo hicieron espontáneamente, de forma desordenada, sin la menor coordinación, y el Ejército Sirio Libre que iban a formar no pudo evitar mantener los estigmas de sus orígenes. La lucha armada que desencadenó, sin tener los medios para controlarla, logró, ciertamente, hacer perder al régimen las tres cuartas partes del territorio nacional, pero las zonas liberadas quedaron sin defensa contra la aviación, abundaron los señores de la guerra, se abrió en gran medida la vía para las interferencias extranjeras, debido a la necesidad urgente de armas y dinero, y los grupos yihadistas hicieron irrupción sobre el terreno, disponiendo de importantes medios militares y financieros, hasta tomar poco a poco la primacía sobre todas las fuerzas combatientes -y hasta desacreditar a ojos de todo el mundo las reivindicaciones democráticas originales de la revolución.

Desde este punto de vista, uno de los errores más importante de la gente demócrata siria ha sido no haber denunciado vigorosamente estas derivas, pretextando la prioridad de la lucha contra el régimen. Esto no habría, sin duda, cambiado gran cosa en el curso de los acontecimientos, pero estaba en juego su credibilidad. Su otro error ha sido no buscar seriamente crear una coordinadora política independiente del Consejo Nacional y de la Coalición que no dejaban de comprometerse. Por ello, su voz, por otra parte discordante, ha quedado inaudible entre el estrépito de las armas.

-De la misma forma, qué decir de la soledad en la que ha sido abandonada la revolución siria por parte de la opinión mundial, occidental en primer lugar, pero también en el mundo árabe? Por no hablar de las posiciones de numerosos partidos de la izquierda francesa…

La imagen de la revolución, más bien positiva hasta finales de 2011, se deterioró progresivamente por razones que se pueden comprender. La primera, es que pareció gozar del apoyo de las potencias occidentales y, tras un largo momento de duda, de ciertos países árabes, como Arabia Saudita y Qatar, que no son precisamente modelos de democracia y de respeto de los derechos humanos. Esto bastaba para alienarle de la opinión pública «antiiimperialista», tanto en el mundo árabe como en el mundo en general, y poco importaban la naturaleza clánica y despótica del régimen, su comunitarismo, su historia sangrienta, su política económica neoliberal, las insoportables condiciones de vida de las clases populares. Más aún, con un conspiracionismo que había hecho estragos entre las y los «antiimperialistas», éstos negaban en bloque, refiriéndose en particular a las mentiras de Bush sobre Irak, toda información, toda investigación, sobre los crímenes cometidos por el régimen. Bachar sería víctima de un complot universal, exactamente como pretendía su propaganda y merecería, consiguientemente, solidaridad.

La segunda razón es la islamización de la revolución por las diferentes organizaciones yihadistas. Quedaba así ocultado el amplio espectro de la oposición democrática, y los proyectores solo iluminaban ya los crímenes de esas organizaciones, sobre todo después de la irrupción del Ejército Islámico y sus crímenes deliberadamente espectaculares. Añadido a la islamofobia ambiente, a la vieja cantinela de la protección de las minorías confesionales, en particular de «los cristianos de Oriente», a la imagen falsamente «laica» del régimen, había material para confundir a la gente. Quienes, en la derecha o la izquierda, no aportaban abiertamente su apoyo al régimen o le consideraban como un aliado contra el terrorismo, en el mejor de los casos ponían al mismo nivel a Bachar al-Assad y la oposición, incluyendo indiscriminadamente todas sus tendencias. Con excepción a veces de las y los nacionalistas kurdos del PYD, que sería la única fuerza progresista, digna de interés y de confianza en Siria.

La tercera razón es la mezcla de versatilidad, de corrupción, de seguidismo y de incompetencia de la que han dado prueba los dos organismos considerados como representativos de las fuerzas implicadas en la revolución. Ni siquiera los buenos conocedores de su composición y de las referencias políticas e ideológicas de cada uno de sus miembros lograban comprender lo que hacían y con qué objetivo. Hay que reconocerlo: la revolución siria ha carecido de una representación a la altura de sus objetivos y de sus sacrificios. Estaba verdaderamente huérfana. Y porque lo estaba, ¡los pretendientes a su tutela se han multiplicado y la han despojado de su herencia!.

En fin, no olvidemos la indiferencia general respecto lo que ocurre lejos de las fronteras nacionales, indiferencia paradójicamente más marcada que antes en nuestro mundo mundializado. ¿Quién se preocupa en Francia de la tragedia de Yemen? ¿De la situación actual de Libia? Los impulsos de solidaridad se desinflan rápidamente, sobre todo cuando se trata de pueblos a los que se ha excluido, por un culturalismo casi imposible de erradicar, del campo de aplicación de los principios universales.

-Hoy, teniendo en cuenta la situación cada vez más compleja y catastrófica que conoce Siria, hay una visión que tiende a imponerse. Ésta niega la existencia misma de un levantamiento revolucionario del pueblo sirio, para explicar que no ha habido jamás más que una confrontación entre el régimen y los islamistas, lo que explica y justifica las intervenciones extranjeras… ¿Qué decir para oponerse a este revisionismo que autoriza todas las renuncias y disuade de toda solidaridad política y militante? ¿Qué perspectivas se pueden defender aún para el futuro de Siria y en solidaridad con el pueblo sirio?

En efecto, como que no pasa nada, se precisa una tendencia a la normalización con el régimen. Las fuerzas políticas que apoyaban abiertamente a Bachar al-Assad se alegran de seguirle viendo en su puesto y muy decidido, con su familia, a gobernar Siria eternamente. Quienes dudaban dudan menos en nombre del realismo y del restablecimiento del orden y de la seguridad en la región. Hay negociantes que se frotan las manos soñando con los beneficios del trabajo de reconstrucción. ¡Hay incluso agencias de viaje que proponen ya estancias turísticas todo incluido en el país de Zenobia! Es cierto también que se oye a menudo repetir la versión assadiana del conflicto, y es cierto que la propaganda del régimen y de sus protectores no ahorrará esfuerzos para propagarse. Apostemos sin embargo porque no logre finalmente acreditarle, haga lo que haga, frente a los millones de testimonios abrumadores acumulados desde 2011. No porque el mundo tal como va esté sediento de justicia, sino porque las y los sirios, en su gran mayoría, no están dispuestos a olvidar ni las promesas de libertad y de dignidad de su revolución ni los horrores de la contrarrevolución. No dejarán de testimoniar y de demandar justicia, cualquiera que sea el deseo de los poderosos de pasar página.

En el estado actual de las cosas, sin ningún medio de presión sobre las fuerzas en presencia sobre el terreno, incumbe a la gente demócrata siria y a sus amigos y amigas en el extranjero hacer oir la palabra de las víctimas lo más ampliamente posible, y sin la menor complacencia por sus propios errores. Tienen a su disposición, en esta confrontación con las y los negacionistas, una masa considerable de análisis, documentos, obras literarias y artísticas, que se enriquece cada día que pasa. Dice claramente que fueron las y los sirios quienes se rebelaron, contra qué tipo de régimen, en qué entorno y cómo su revuelta ha sido ahogada en sangre. Señala la responsabilidad, grande o pequeña, de quienes han protagonizado el desastre.

¿Qué pasará con Siria? Nadie es aún capaz de prever cuál será su futuro a medio plazo, salvo que no será ciertamente parecido a la imagen radiante de los primeros meses del levantamiento. Lo peor sería el mantenimiento del régimen tal cual bajo el condominio ruso-iraní, con Bachar al-Assad en el papel de Ramzan Kadyrov 1/. Pero, ¿es verdaderamente esto lo que quieren los rusos, que son quienes tienen más bazas en sus manos? Si no es así, lograrán imponer una solución más razonable, susceptible de unir al «pantano», que se ha mantenido a distancia del régimen y de la revolución, y de convencer a los europeos y los árabes ricos para que inviertan en la reconstrucción? Y ya, a corto plazo, ¿podrán calmar la situación entre el aliado iraní y el amigo israelí? ¿Cómo evolucionará su entente con los turcos a propósito de Idlib? ¿Aguantará si los turcos, aprovechándose de la salida americana, extienden su zona de influencia en detrimento de las y los kurdos del PYD? Y finalmente, ¿en esta batalla campal qué será de los seis millones de personas refugiadas fuera de las fronteras y otras tantas, si no más, de desplazadas en el interior? Preguntas sin respuestas pues todas las alianzas, como hemos visto, son aleatorias, nada está definitivamente zanjado.

Siria hará hablar de ella mucho tiempo aún, mucho tiempo…

Faruk Mardam-Bey es historiador. Dinamiza los «Domingos de Souria Houria» (reuniones para estudiar la realidad de Siria y en solidaridad con la lucha democrática del pueblo sirio ndt) y acaba de publicar con Subhi Hadidi y Ziad Majed Dans la tête de Bachar Al-Assad (éditions Solin/Actes Sud).

Nota

1/ Ramzán Ajmátovich Kadýrov (en ruso, Рамза́н Ахма́дович Кады́ров, en checheno, Къадар АхIмат-кIант Ръамазан; Tsentorói, 5 de octubre de 1976), fue desde el 4 de marzo de 2006 hasta el 15 de febrero de 2007 el primer ministro de la república de Chechenia, en la Federación Rusa y desde 2007 a la fecha como jefe de la República de Chechenia. ntd: https://es.wikipedia.org/wiki/Ramzán_Kadýrov.

https://www.contretemps.eu/

Traducción de Faustino Eguberri – Viento Sur

https://www.vientosur.info/