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Respuesta a los intelectuales árabes fascinados por Roger Garaudy

Israel-Palestina, una tercera vía

Fuentes: Le Monde diplomatique

Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

La decisión que ha tomado este verano el gobierno israelí de acelerar la judaización de Jerusalén Oriental confirma el fracaso de los Acuerdos de Oslo. Este callejón sin salida reaviva el debate entre los intelectuales árabes sobre las responsabilidades que les incumben. Así, con muy pocas excepciones raras y valientes, muchos de ellos consideran a Roger Garaudy, cuyos últimos libros a menudo no conocen, un defensor del islam víctima de la censura occidental. Muy crítico tanto con este autor como con sus partidarios árabes, sobre todo egipcios, Edward W. Saïd retoma aquí [en este texto de 1998, n. de la t.] la cuestión del compromiso moral y político del intelectual árabe o israelí.

 

Ahora que Oslo ha demostrado ser completamente inoperante e impracticable, sería cuando menos deseable que los defensores árabes, israelíes, etc., de este acuerdo se decidieran a hacer un esfuerzo de claridad. En este sentido, parecen imponerse varios puntos preliminares. Para empezar, que el término de «paz» es una palabra que está desacreditada a partir de ahora e incluso es fraudulenta, y cuyo uso ha demostrado que no constituye garantía alguna contra el advenimiento de nuevos intentos de represión y de destrucción en contra del pueblo palestino. ¿Cómo se puede seguir hablando razonablemente de «paz» cuando Israel, a fuerza de poder y de arrogancia, no deja de demoler, de prohibir, de confiscar tierras, de hacer detenciones y de practicar la tortura (1)?

El historiador romano Tácito decía de la conquista de Inglaterra que «[los soldados romanos] habían creado al desolación y le habían dado el nombre de paz». Esto es exactamente lo que ocurre hoy en los territorios ocupados y ello con la colaboración de la Autoridad Palestina, de los Estados árabes (con muy pocas excepciones), de Israel y de Estados Unidos.

Por otra parte, es inútil y vano pensar que se puede salir de este callejón sin salida por medio de una vuelta al pasado. No podemos ni volver a los días anteriores a la guerra de 1967 ni aceptar que se recurra a unas consignas de rechazo y de segregación, supuestamente inspiradas en la Edad de Oro del islam. Como afirman tanto Israel Shahak (2) como Azmi Bishara (3), para deshacer la injusticia hay que crear más justicia y no nuevas formas de sobrepuja del tipo: «Ellos tienen un Estado judío, nosotros queremos un Estado islámico». Sin contar con que es estúpido querer imponer un boicot a todo lo que es israelí (modo de pensamiento que está actualmente en boga en más de un círculo de intelectuales progresistas árabes) y pretender que ahí es donde se encuentra la verdadera vía del nacionalismo.

¿Hay que boicotear también al millón y medio de palestinos que son ciudadanos israelíes, como ocurrió en la década de 1950? ¿Hay que boicotear a los israelíes que apoyan nuestro combate por que son israelíes? Semejante actitud equivale a negar el triunfo del pueblo sudafricano sobre el apartheid y a desdeñar todas las victorias de la justicia debidas a la cooperación política no violenta entre personas de la misma opinión situadas a ambos lados de una frontera móvil. Como he escrito recientemente (4), no podemos ganar esta batalla deseando que los judíos se marchen o predicando la islamización: necesitamos a aquellas personas que al otro lado de la frontera son partidarias de nuestra lucha. No debemos franquear esta línea de separación que, entre otras cosas, han consagrado los Acuerdos de Oslo y que mantienen una situación de apartheid entre judíos y árabes en Palestina. Ni franquearla ni reforzarla.

Por último y, sin duda este punto es el más importante, existe una diferencia fundamental entre un comportamiento político y un comportamiento intelectual. El papel del intelectual es decir la verdad tan plenamente, tan honestamente y tan directamente como sea posible. Esto implica que no se preocupa de complacer o no al poder, ni de inscribirse en la lógica de un gobierno, ni de responder a un interés profesional. En cambio, el comportamiento político descansa en consideraciones de intereses y de mantenimiento de poder. En relación con esto es evidente que seguir la vía trazada por los Acuerdos de Oslo sitúa tanto a los Estados árabes y a la Autoridad Palestina como al gobierno israelí en una posición estrictamente política y no intelectual.

Tomemos, por ejemplo, la declaración conjunta de los egipcios (Sociedad de El Cairo por la Paz) y de los israelíes (Paz Ahora) (5), quitémosle las frases redundantes sobre la «paz» y constataremos el resultado: tenemos no solo la aceptación de Oslo, sino también una vuelta al espíritu de los Acuerdos de Camp David entre Anuar El Sadat y Menahem Begin a finales de la década de 1970, descritos aquí como un modelo de valentía y de una importancia decisiva. Todo ello está muy bien, excepto que, en cualquier caso, tenemos derecho a preguntarnos qué ocurre con los palestinos en todo este asunto. En este famoso «modelo de valentía» que son los Acuerdos de Camp David no se menciona ni la cuestión de su autodeterminación ni la de su territorio.

¿Qué se pensaría si unos cuantos israelíes y palestinos formularan juntos vibrantes proclamaciones de paz israelo-sirias en vez de estos dos gobiernos? ¿En nombre de qué dos partes, una de la cuales es el opresor de los palestinos y la otra arrogándose el derecho de hablar por ellos, estarían habilitadas para concebir la salida de un conflicto que no les opone directamente? ¡Sin contar con que si tuviera que tratar de apelar al actual gobierno israelíe, esto equivaldría a pedir al Conde Drácula que nos elogiara las virtudes del régimen vegetariano! En resumen, semejante comportamiento político no hace sino abundar en el sentido de un proceso agonizante, el de Oslo, además de hipotecar las posibilidades de una paz verdadera, opuesta a la fraudulenta paz estadounidense-israelí. Con todo, es intelectualmente irresponsable volver a la comodidad del espíritu de boicot que se extiende actualmente en varios países árabes. Este tipo de táctica (no más maligna que el empecinamiento de un ostra en abrirse camino en la arena) constituye una auténtica regresión.

Israel no es Sudáfrica ni Argelia ni Vietnam. Y, nos guste o no, los israelíes no son colonialistas ordinarios. Sí, padecieron el Holocausto; sí, varios de ellos son víctimas del antisemitismo. No, estos hechos no les dan el derecho a ejercer o proseguir una política de desposesión en contra de un pueblo que no tienen responsabilidad alguna en sus desdichas. Lo afirmo y repito desde hace veinte años: no tenemos opción militar en este conflicto ni la tendremos. Además, a pesar de su enorme poder los israelíes, por su parte, no han logrado obtener la seguridad que anhelan. Tampoco hay que olvidar que no todos los israelíes son iguales y que, pase lo que pase, tenemos que aprender a vivir con ellos de la manera la menos injusta posible o, mejor, la más justa posible.

La tercera vía de la que hablo se desmarca tanto del fracaso de Oslo como de las políticas retrógradas de boicoteo. Necesita de entrada ser concebida en términos de ciudadanía y no de nacionalismo, en la medida en la que la noción de separación (Oslo) y de un nacionalismo teocrático triunfalista, ya sea judío o musulmán, no responde a las realidades que nos esperan ni trata de ellas. Este concepto de ciudadanía implica que todo individuo se beneficia de un mismo derecho basado no en la raza o en la religión, sino en una igualdad de justicia garantizada por una Constitución, concepto inconciliable con la muy superada noción de una Palestina «purificada» de sus «enemigos». Ya la practiquen los serbios, los sionistas o Hamás, la purificación étnica es la purificación étnica.

La postura que Azmi Bishara y de más de un judío israelí, como Pappé (6), tratan actualmente de hacer oír y promover políticamente es una postura que concede los mismos derechos a los judíos y a los palestinos que se encuentra en el seno del Estado judío. No está claro por qué este mismo principio de igualdad no sería aplicable en los territorios ocupados, donde los palestinos y los judíos viven los unos al lado de los otros, sabiendo que en este momento un pueblo (los judíos israelíes) domina al otro. La opción está clara: o bien el apartheid, o bien la justicia y la ciudadanía.

El verdadero reto se plantea aquí en términos de claridad y de valor intelectuales, un reto que consiste en luchar contra toda discriminación racial, venga de donde venga. Ahora bien, en este momento se insinúa en el discurso y en el pensamiento políticos de varios intelectuales árabes una pésima oleada de antisemitismo galopante y de hipócrita virtud. Hay que dejar clara una cosa: no luchamos contra las injusticias del sionismo para sustituirlas por un nacionalismo odioso (religioso o civil) que decrete que los árabes de Palestina son más iguales que otros. La historia del mundo árabe moderno, con su retahíla de fracasos políticos, de violaciones de los derechos humanos, de increíbles incompetencias militares, de descensos de producción (todo ello acompañado del hecho de que, más que ningún otro pueblo moderno, reculamos en vez de avanzar en materia de democracia, de tecnología y de ciencia), esta historia está deformada por todo tipo de tópicos y de ideas indefendibles que, sobre todo, llegan incluso a poner en duda la realidad del Holocausto y el sufrimiento del pueblo judío.

La tesis según la cual el Holocausto no sería sino una fabricación de los sionistas circula aquí y allá de manera inaceptable. Por qué esperamos que el mundo entero sea consciente de nuestro sufrimiento como árabes si nosotros no somos capaces de ser conscientes del de los demás, aunque sean nuestros opresores y si nos revelamos incapaces de tratar los hechos en cuanto molestan la visión simplista de intelectuales bien pensantes que se niegan a ver la relación que hay entre el Holocausto e Israel. Afirmar que tenemos que ser conscientes de la realidad del Holocausto no significa en modo alguno aceptar la idea de que el Holocausto excuse al sionismo del mal que ha hecho a los palestinos. A contrario, reconocer la historia del Holocausto y la locura del genocidio contra el pueblo judío nos hace creíbles en relación con nuestra propia historia; nos permite pedir a los israelíes y a los judíos que establezcan una relación entre el Holocausto y las injusticias sionistas impuestas a los palestinos, que establezcan una relación y, al mismo tiempo la pongan en tela de juicio por lo que recubre de hipocresía y de desviación moral.

Abundar en el parecer de Roger Garaudy y de sus amigos negacionistas en nombre de la libertad de expresión es una artimaña estúpida que no hace sino desacreditarnos más a los ojos del mundo. Es una prueba de un desconocimiento fundamental de la historia del mundo en el que vivimos, una muestra de incompetencia y de fracaso a la hora de llevar a cabo una batalla digna. ¿Por qué no luchamos más duramente en favor de la libertad de expresión en nuestras propias sociedades, una libertad que todo el mundo sabe que apenas existe? ¡En todo caso, las medidas de opresión y de censura de la prensa y de la opinión pública son más inquietantes en el mundo árabe que en Francia! ¿Por qué no concentrar nuestros esfuerzos en luchar contra ellas en vez de enardecerse defendiendo a Roger Garaudy y equivocándose hasta el punto de que algunos, entre ellos intelectuales de renombre, no dudan en erigir a este hombre en Zola?

Países como Egipto y Líbano tienen respectivamente 130.000 y 400.000 refugiados palestinos de 1948. Y hace cincuenta años que la mayoría de ellos no tienen derecho a un permiso legal de residencia. Tratados como enemigos por los Estados árabes que los acogen, se les priva tanto de permiso de trabajo y de acceso a la educación como de asistencia social o médica, y están además obligados a presentarse a la policía cada tres meses. Olvidados de todos, sin pertenecer a uno ni a otro lugar, viven una situación que es literalmente kafkiana. Por consiguiente, se podría esperar con toda justicia que intelectuales responsables se movilizaran en los países concernidos para mejorar sus condiciones de vida. La obtención de ayuda humanitaria y la supresión de las medidas discriminatorias habrían sido mucho más útiles a la causa palestina que la plétora de teorías que escuchamos, ya se trate de declaraciones contra la «normalización» o en favor de las «nuevas iniciativas de paz» entre los gobiernos egipcio e israelí.

Pero eso no es todo. Tras la publicación de un artículo el pasado mes de noviembre en el que mencionaba la cuestión del Holocausto (7) he sido objeto de las difamaciones más estúpidas que se pueda concebir. Un intelectual bien conocido ha llegado incluso a acusarme de tratar de obtener un certificado de buen conducta ante el lobby sionista. Por supuesto que estoy a favor del derecho de Garaudy a decir lo que le plazca y por supuesto que me opongo a esta lamentable Ley Gayssot que ha provocado que sea juzgado y condenado (8). Pero no es menos ciertos que sus palabras están vacías de realidad y son irresponsables, y que apoyarlo equivales necesariamente a unirse al campo de Jean-Marie Le Pen y de todos los elementos fascistas y retrógrados de la extrema derecha francesa.

El combate que llevamos a cabo es un combate por la democracia y la igualdad de derechos, por un Estado o una República en la que todos sus miembros son ciudadanos iguales y no un falso combate inspirado en un pasado mitológico y lejano, ya sea cristiano, judío o musulmán. El genio de la civilización árabe encuentra su apogeo en el Al Andalus pluricultural, plurirreligioso y pluriétnico. Este es ideal que hay que seguir y no un proceso de Oslo moribundo y de una actitud malsana de rechazo negacionista. La letra mata, pero el espíritu da vida, como se dice en la Biblia.

Deberíamos concentrar nuestra resistencia en la lucha contra las colonias israelíes a partir de manifestaciones no violentas que estén encaminadas a dificultar la confiscación de tierras, a crear unas instituciones civiles democráticas y sólidas (tanto hospitales, clínicas, escuelas, y universidades, actualmente en terrible decadencia, como otros proyectos de mejora de las infraestructuras) y a poner en evidencia el apartheid inherente al sionismo.

Teniendo en cuenta el callejón sin salida en el que estamos, en estos momentos hay muchas posibilidades de que se produzca una explosión inminente. Ahora bien, aunque se verifiquen estas previsiones, no deben hacernos olvidar la construcción del futuro, sabiendo que ni la improvisación ni la violencia están encaminadas a garantizar la creación y la consolidación de instituciones democráticas.

Notas
(1) Véase Edward W. Saïd, «La Palestine n’a pas disparu», Le Monde diplomatique, mayo de 1998. Todas las notas de este artículo son de la redacción de Le Monde diplomatique, lo mismo que los subtítulos, el título y los intertítulos.

(2) Ex dirigente de la Liga de Derechos Humanos, Israel Shahak fue uno de los intelectuales judíos más comprometidos con la defensa de los derechos de los palestinos. Escribió sobre todo Jewish History, Jewish Religion. The Weight of Three Thousand Years, Pluto Press, Londres, 1994 (véase Le Monde diplomatique, agosto de 1994).

(3) Profesor de filosofía de la universidad de de Bir Zeit, dirigente de la Alianza Nacional Democrática, elegido parlamentario del Knesset el 29 de mayo de 1996 en una lista común con el Partido Comunista Israelí, Azmi Bishara es una de las figuras destacadas de la lucha por la igualdad de derechos y la autonomía de los árabes israelíes. Fue declarado candidato al puesto de primer ministro de Israel.

(4) Al Hayat, Londres, 9 de junio de 1998.

(5) Véase Mohamed Sid-Ahmed, «Les intellectuels arabes et le dialogue», «Proche-Orient 1967-1997: la paix introuvable», en Manière de voir, n° 34, mayo de 1997.

(6) De todos los «nuevos historiadores» israelíes, Ilan Pappé es considerado el más comprometido, histórica y políticamente. Es miembro del Frente Democrático por la Paz y la Igualdad (Hadash). Véase Dominique Vidal, Le Péché originel d’Israël. L’expulsion des Palestiniens revisitée par les » nouveaux historiens » israéliens, Editions de l’Atelier, París, 1998.

(7) Al Hayat, 5 de noviembre de 1997.

(8) Adoptada el 13 de julio de 1990, la llamada Ley Gayssot, del apellido del dirigente del Partido Comunista francés que la había propuesto, modifica la ley francesa sobre la libertad de prensa añadiendo un artículo 24 bis, que hace que sea castigado (un año de cárcel y una multa de 300.000 francos, además de diversas penas anexas) cualquiera que discuta «la existencia de uno o varios crímenes contra la humanidad tal como son definidos por el artículo 6 del estatuto del Tribunal Militar Internacional anexo al Acuerdo de Londres del 8 de agosto de 1945 y que han sido cometidos ya sea por miembros de una organización declarada criminal en aplicación del artículo 9 de dicho estatuto, ya sea por una persona reconocida culpable de tales crímenes por una jurisdicción francesa o internacional». Personalidades de gran prestigio intelectual y conocidas por su lucha contra el negacionismo, como el profesor Pierre Vidal-Naquet, autor de Assassins de la mémoire (Le Seuil, Paris, 1995), y Madeleine Rebérioux, presidenta de honor de la Liga de Derechos Humanos, han puesto en duda la pertinencia de una ley que en cierto modo establece una «verdad de Estado» (véase Le Monde, 4 de mayo y 21 de mayo de 1996). Sin embargo, el Comité de Derechos Humanos de la ONU consideró en noviembre de 1996 que la Ley Gayssot no atentaba contra la libertad de expresión.

Edward W. Said
Fallecido en septiembre de 2003, Edward W. Said era profesor de literatura comparada en la Universidad de Columbia (Estados Unidos) y autor, sobre todo, de Cultura e imperialismo, Barcelona, Anagrama, 1996 [traducción de Nora Catelli]. En 2002 publicó su autobiografía Fuera de lugar, Barcelona, De Bolsillo, 2003, [traducción de Xavier Calvo].

Fuente: http://www.monde-diplomatique.fr/1998/08/SAID/10786

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