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Se termina de legalizar el fascismo y el macartismo en el Estado teocrático autoproclamado judío

Israel, una dictadura con vestimenta de democracia

Fuentes: De igual a igual

Israel es una dictadura fascista. ¿Qué dudas caben a esta altura del partido? La última noticia que confirma todo lo que ya sabíamos nos la trae Guideon Levy, periodista del periódico liberal israelí Haaretz (El País). Israel comienza a legalizar lo que en acto tanto sus servicios secretos, como su ejército y policía venían practicando, […]

Israel es una dictadura fascista. ¿Qué dudas caben a esta altura del partido? La última noticia que confirma todo lo que ya sabíamos nos la trae Guideon Levy, periodista del periódico liberal israelí Haaretz (El País). Israel comienza a legalizar lo que en acto tanto sus servicios secretos, como su ejército y policía venían practicando, dentro y fuera de sus «fronteras» que es la persecución a quienes piensan distinto, a la «izquierda», como en las mejores épocas de nuestras dictaduras latinoamericanas. Prohíben a los árabes, dueños originarios de esas tierras siquiera reclamar por ellas, pero prohíben todo movimiento de solidaridad de puertas adentro con el pueblo palestino. Israel termina de delinear entonces su fascismo a la israelí, fascismo del que estaría sumamente orgulloso hasta el propio Benito Mussolini. Los hijos del ocaso se armaron en respuesta, cantaría Ismael Serrano, mientras un militar detiene a un activista judío por denunciar la ocupación y la masacre en Gaza.

Nadie puede negar sus orígenes y comenzar las reflexiones que siguen, requieren remontarme a mi propia historia personal. La primera vez que estuve en Israel tenía 18 años. En 1993 terminado el colegio secundario en la escuela judía de Tucumán, al norte de Argentina, y como muchos jóvenes de la comunidad, decidía viajar para vivir una «experiencia» en Israel, vivir un año allí presuponía para ese Estado la inversión en la posibilidad de reforzar mis lazos con la tierra, que según me decían, era de «mis ancestros». Pero 1993 fue el año donde se sellaron los acuerdos de Oslo y veía en lo personal con simpatía como el asesinado primer ministro de Israel, Itzak Rabin, estrechaba su mano con la del Líder de la Organización para la Liberación de Palestina, Yaser Arafat. En ese momento mi formación, «sionista», la cual yo creía de izquierda, me hacía ver con admiración un acuerdo con los árabes que le devolviera sus tierras y que naciera, a la par de Israel, un Estado Palestino. Hasta ese momento yo concordaba con la idea de dos Estados para dos pueblos. Parecía osado incluso plantear en aquel momento la necesidad que Israel devolviera todos los territorios conquistados en 1967, incluída la Jerusalem oriental, que sería, según mi visión, no solo la capital del futuro Estado Palestino, sino y sobre todo, la solución al llamado «conflicto árabe israelí».

Han pasado casi 20 años y luego de mucho estudio y muchas lecturas, me fui dando cuenta que mi propia formación transitaba peligrosamente los caminos que conducían a un tipo de educación cuasi fascista. Al tiempo de ir leyendo, estudiando y comprendiendo los claros oscuros de la política estadounidense en medio oriente y las acciones de Israel, descubrí otra «historia judía» nunca narrada por las fantasías de alguno de mis «maestros». La historia entonces dejó de ser lineal, dejó de ser un mito, los árabes, más exactamente los palestinos, dejaron de ser mis «enemigos» y comprendí que aquella tierra que me decían era ancestral y me pertenecía por derecho divino, no tenía absolutamente nada que ver conmigo. Incluso mis raíces se remontan a la antigua Rusia, a unos pueblos de lo que sería Ucrania muy seguramente. Mis orígenes eran eslavos y no semitas, aunque en cultura y tradición me había criado en el seno de una familia judía, no había lazo que me atara a Palestina, solo un falso sentimiento de pertenencia a una tierra lejana y sobre la cual se rezaba también en los templos, como si los lazos identitarios necesitaran ser reforzados ubicándolos junto a Dios.

La nueva tradición, reforzada por el sionismo naciente a fines del S. XIX nos hacía creer que nuestros lazos estaban en la tierra prometida, según los mandamientos bíblicos, aún cuando los padres mentores del sionismo y del nacionalismo judío, promovían sí la declaración de un hogar nacional pero no importaba si éste se erigía en tierra santa o en la Patagonia argentina. El lazo con Palestina lo fue creando cierto mito fundador, común, y esto hay que decirlo claramente, al surgimiento de todos los Estados modernos.

Hagamos un paréntesis necesario y pongamos un ejemplo de lo que venimos sosteniendo. La Argentina en la que vivo se hizo de la misma manera y las denuncias de este tipo de nacionalismo me valen tanto para Israel como para cualquier otro «Estado Nación». Claro que es mucho más grave cuando ese Estado Nación pretende construirse sobre la base de una pureza étnica, como lo procuraron los nazis en Alemania (solo por citar un ejemplo, quizás el más visible de todos). Pensemos por un momento comparativamente los argumentos de los llamados padres fundadores del Israel moderno y de la Argentina moderna. Sarmiento decía que civilizar significaba poblar y por lo tanto fue necesario un genocidio, el practicado por el entonces presidente Julio Argentino Roca, para exterminar al aborigen, considerado en este caso un «nadie» que debía ser aniquilado para dejar espacio al hombre blanco, más preferentemente anglosajón, y poblar así la Patagonia. Idéntico planteo sostenían los padres fundadores de Israel cuando afirmaban: una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra, aún cuando en la Palestina histórica convivían en paz una minoría judía con una amplia mayoría árabe.

Palestina, como la Patagonia argentina, no solo no estaba despoblada, sino que tenía a su población originaria habitando en ella. Esto último es reconocido hasta por los propios historiadores israelíes y no es una mera declaración panfletaria del autor de estas líneas. Los historiadores narran lo que sus fuentes cuentan y fue lo que hizo el historiador israelí, hoy exilado en Gran Bretaña, Ilán Pappé, quien tras publicar su excelente trabajo, La limpieza étnica de Palestina, tuvo que buscar refugio en el país europeo tras recibir reiteradas amenazas de muerte. Otro mito de los fundadores del Estado era que tras la decisión de establecer un «hogar nacional judío» en Palestina, los habitantes originarios tomaron la decisión de abandonar su suelo natal y marcha al exilio. Parte de sus hipótesis Pappé las sostenía mucho antes de publicar el libro ya mencionado.[1]

Pero regresemos a la cuestión central de nuestro artículo. Como anticipando la actual ley parlamentaria, que busca perseguir a toda organización o intelectual de «izquierda», Pappé sufrió en carne propia la persecución fascista de un Estado cada vez más ciego. Hay que tener en cuenta aquí que la izquierda en Israel no solo la conforman grupos de tendencia socialista, marxista o socialdemócrata, sino que la izquierda en Israel la conforman los críticos de las políticas represivas del Estado hacia los palestinos, desde los más moderados dentro del propio sionismo, hasta lo más radicales antisionistas. Dentro y fuera de sus fronteras, Israel los (nos) considera un peligro que debe ser perseguido y aniquilado. El «macartismo» ahora legalizado, nos recuerda a la peor de las dictaduras latinoamericanas que en los ’60 y ’70 persiguió, secuestró, torturó e hizo desaparecer a la oposición política, a la «izquierda». Buen ejemplo son los 30.000 detenidos desaparecidos que dejó tras de sí la dictadura instaurada en Argentina el 24 de marzo de 1976.

El gobierno de Israel, independientemente de su signo (recordemos a Golda Meyer, laborista ella y sus expresiones que tildaban a los palestinos de ser «cucarachas»), ha perseguido desde sus orígenes a los palestinos sin cesar en su política de limpieza étnica. Hoy podemos afirmar y sin miedo a equivocarnos, que en los últimos años tendríamos que hablar de Genocidio, cuestión ya discutida en otros artículos anteriores. La novedad ahora reside en que el gobierno ha comenzado una caza de brujas aún hacia los que se suponen son «sus compatriotas», los judíos, que en una organización o en otra, rechazan las distintas políticas represivas hacia los palestinos y osan denunciarlas.

Una batalla perdida por Israel, aún en sus intentos «hasbarádicos»[2], en el campo de los medios, ya que gracias a las nuevas tecnologías nos permite el intercambio de «ideas diferentes» a las esbozadas desde el propio Estado dictatorial. Recordemos entonces algunas acciones propias de un Estado dictatorial cuando las autoridades israelíes rechazaron la entrada al «Estado judío» a uno de los intelectuales más críticos sobre Israel, Norman Finkelstein. Finkelstein, estadounidense de origen judío e hijo de sobrevivientes del Genocidio nazi ha sufrido en carne propia la expulsión del Estado que se dice de «todos los judíos».

El mismo Finkelstein explicaría los basamentos de la impunidad de que goza Israel para todos estos actos criminales. Según el politólogo «básicamente por tres razones. Una, la más obvia, es la impunidad política por el apoyo incondicional de EEUU. Por otro lado, disfruta de una impunidad moral por su explotación del Holocausto nazi. Por último, esta explotación ha sido y es organizada muy eficientemente por el lobby israelí en EEUU.» Si Finkelstein viviera en Israel seguramente sería uno de los perseguidos por el Estado que ahora se arroga el derecho de decidir qué deben pensar incluso los judíos a quien dice representar. Seguramente Finkelstein, al igual que Pappé, debería solicitar refugio en algún país occidental donde poder seguir con sus investigaciones.

Para nuestra suerte, judíos que vivimos fuera de ese Estado que dice representarnos, sus políticas no nos impiden levantar nuestra voz, aunque el lobby sionista en nuestros países procure colocarnos en posiciones supuestamente antisemitas, parte del juego hasbarádico de quienes trabajan en consonancia con las embajadas de Israel en todo el mundo. Judíos y no judíos. Porque también debemos ser claros que quienes hoy apoyan a Israel en su fase de mayor represión a los palestinos son la derecha más extrema de la Europa Occidental: los Berlusconi y los Aznar, que ven en el nacionalismo judío una clara expresión de lo que ellos mismos representan en sus países. Lo peor del nacionalismo.

Pero decía, no pueden callarnos con esas leyes, pues las mismas, y con la vergüenza que da escribirlo, solo valen, para la autoproclamada «única democracia en Oriente Medio». En junio de 2009 escribía ya entonces que el fascismo israelí no podía prohibirnos recordar la tragedia palestina fuera de Israel. En aquella oportunidad denunciaba las dos leyes que para entonces parecían ser las más duras que podía sancionar un Estado autoproclamado democrático como ser la que condena incluso con la prisión a quienes osen recordar al Nakba, la tragedia palestina, y a quienes se atrevan a cuestionar el carácter «democrático y judío» del Estado de Israel. Estas dos últimas leyes en cuestión hasta se quedan cortas al parecer de los diputados israelíes en la persecución a quienes en su derecho a ejercer la memoria y la protesta, osaban y osan con cuestionar incluso la propia historia oficial de ese mismo Estado.

Poca repercusión ha tenido esta nueva bofetada a la razón de un Estado que perdió la razón. Si alguna vez la tuvo. El periódico vasco Gara, fue el primero en dar la voz de alerta el 6 de enero de 2011 cuando publicó la noticia de que el gobierno israelí investigaría a los grupos de izquierda en Israel que «deslegitimen» las acciones del Estado.[3] Como reflexión sobre el peligroso abismo en el que vuelve a caminar Israel me quedo con los conceptos vertidos por Gideon Levy en Haaretz con motivo de comentar la nueva ley: «los pocos solitarios que mantienen la llama vacilante de la maltrecha humanidad se les acusa, condena y castiga mientras que a los verdaderos culpables se les absuelve de todos los cargos. La policía, el sistema legal, la Knesset, el Shin Bet, y el ejército han unido sus fuerzas a los de los propagandistas del derecho a actuar como fiscales sin un juicio, mientras que la izquierda se ve privada de un abogado defensor.»[4]

Pero no es cierto que la izquierda se queda sin su abogado defensor. Desde el campo de la izquierda en todo el mundo, judíos y no judíos, nos seguiremos movilizando, seguiremos exigiendo nuestro derecho a una memoria justa y seguiremos reclamando en voz alta, clara y firme, el derecho del pueblo palestino a vivir en paz en SU TIERRA. Seguiremos mostrando al mundo por todos los medios posibles los crímenes de lesa humanidad que Israel comete a diario, seguiremos mostrando el genocidio en su faz más descarnada. Desde Israel podrán perseguirnos, podrán amedrentarnos con las instituciones pagadas por la embajada, o podrán enviarnos sus matones a domicilio, pero esto no hará sino que las voces de protesta se multipliquen por el globo y finalmente Israel deba pagar por sus crímenes. Será para vergüenza de muchos de sus seguidores, cuando en unos años vean la foto de un avión de caza con la estrella de David bombardeando Gaza y masacrando a miles de personas. La vergüenza entonces será de los que ahora en complicidad, por acción o por omisión, callan. Nosotros, no tenemos miedo y volvemos a decir claro y fuerte: EN NUESTRO NOMBRE NO. Nunca más, NO.

NOTAS

[1] En una entrevista el historiador israelí reconocía que: «mi padre y mis profesores nos habían repetido una y mil veces que cuando se fundó el Estado de Israel en 1948 los palestinos prefirieron irse y eso es mentira. Los archivos que consulté y los documentos que yo mismo leí demostraban que los palestinos fueron expulsados por los israelíes con terror, amenazas y violencia.» http://www.solidaridad.net/articulo1066_enesp.htm

[2] El término «savara» significa en hebreo «la explicación. Asimismo la Hasbará es una organización fantasma que busca mejorar la imagen de Israel dentro y fuera de las comunidades judías de todo el mundo con el fin de mostrar una imagen impoluta del Estado. Hemos leído en infinidad de oportunidades como miembros de esta organización se han esforzado en explicarnos los motivos, por ejemplo, que justificaron la masacre en Gaza a fines de 2009 o la segunda invasión al Líbano seguida de masacre en julio de 2006. Hasbarádicos por lo tanto serían los intentos de Israel de explicar las supuestas bondades de un Estado judío étnicamente puro.

[3] http://www.gara.net/paperezkoa/20110106/241499/es/El-Parlamento-investigara-grupos-izquierdas-que-deslegitimen-Israel

[4] De la traducción de la nota de Levy aparecida en Haaretz ofrecida por Rebelión: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=120056

Fuente: http://www.deigualaigual.net/pt/opinion/firma/4987-israel-una-dictadura-con-vestimenta-de-democracia