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Los politólogos Gerardo Pisarello y Roberto Viciano debaten en el Seminario Crítico Permanente de Ciencias Sociales

Izquierda y cuestión nacional

Fuentes: Rebelión

Vienen de muy lejos las querellas en el campo de la izquierda sobre la nación, el nacionalismo, el vínculo entre estado y nación, el derecho a la autodeterminación o el independentismo. Se trata de polémicas que en el estado español adquieren sustantiva vigencia por el caso catalán y el «derecho a decidir». El profesor de […]

Vienen de muy lejos las querellas en el campo de la izquierda sobre la nación, el nacionalismo, el vínculo entre estado y nación, el derecho a la autodeterminación o el independentismo. Se trata de polémicas que en el estado español adquieren sustantiva vigencia por el caso catalán y el «derecho a decidir». El profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Barcelona, Gerardo Pisarello, y el catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Valencia, Roberto Viciano, han arrojado luz a la discusión en un debate organizado por el Seminario Crítico Permanente de Ciencias Sociales. Ambos politólogos exponen su particular punto de vista sobre el fronterizo asunto.

La llamada «cuestión nacional» se ha visto en muchas ocasiones, en la tradición de la izquierda socialista y en el marxismo clásico, como un elemento de «anomalía», según Gerardo Pisarello. En los primeros textos de Marx podía verse, incluso, como un obstáculo para el Internacionalismo y la superación de los estados-nacionales. Poner el foco en las especificidades étnicas, lingüísticas o culturales podría ir, de un modo u otro, en detrimento de la gran prioridad: afrontar las desigualdades económicas y sociales. En todo caso, puede que estos planteos fueran parcialmente tributarios de Hegel y su idea de las naciones sin historia, que ponían el freno al progreso social.

Más tarde Marx «complejiza» este análisis, afirma Pisarello, cuando desciende a las realidades concretas. Por ejemplo, la situación la Polonia inserta en el Imperio Ruso o de la Irlanda encastrada en el Imperio Británico. Puede reconocerse además en la tradición de izquierda, afirma el politólogo, una distinción entre el nacionalismo «ofensivo» ejercido por naciones con estado, y otro nacionalismo que podría calificarse de «defensivo» (ligado a un proyecto de emancipación social y en un contexto de minorización lingüística y cultural), por parte de naciones que carecen de un estado propio. No faltan referentes para apoyar estos asertos: Mariátegui, Frantz Fanon, Aníbal Quijano o Edward Said, entre otros muchos. Por tanto, no debería generar contradicciones en la izquierda, según esta línea de análisis, la defensa del internacionalismo al tiempo que de las comunidades marcadas por singularidades lingüísticas y culturales (por ejemplo, Otto Bauer y el austromarxismo).

¿Cómo trasponer esta radiografía teórica a la actualidad del estado español? «Pueden entenderse los nacionalismos periféricos como realidades enfrentadas a la construcción de una nación española, en la que las singularidades culturales y lingüísticas no encontraban un encaje ordenado», responde Pisarello. La clave, a juicio del politólogo, es ver si los nacionalismos español, vasco y catalán resultan «simétricos». Porque, ciertamente, el nacionalismo español dispone del soporte de un estado, poderes económicos y un aparato policial-militar de coacción. Además, el debate se antoja repleto de matices que no cabe ventilar con un brochazo. «En el catalanismo hay posiciones que no podríamos situar en la derecha; oscilan, por el contrario, en un espectro muy amplio, desde el conservadurismo hasta la extrema izquierda».

Joan Comorera, Andreu Nin, Serra i Moret, la tradición socialista catalana. Hay una línea de vinculación entre la izquierda y el entendimiento de Cataluña como realidad nacional, apunta Pisarello. Y por la defensa de esta realidad por parte del conjunto de la sociedad catalana. El proyecto de Estatuto de Núria, impulsado por la Generalitat, fue aprobado en 1931 por el 99% de los votantes con un 75% de participación.

Pueden, así, distinguirse en la práctica dos planteos desde una perspectiva de izquierdas en relación con los nacionalismos «periféricos». En primer lugar, figuran quienes niegan la idea de «nación», al considerar que ésta (aplicada a realidades como Cataluña, el País Vasco u otras) no se corresponde con ninguna realidad material ni objetiva. En este punto, el politólogo argentino se muestra concluyente: «o todos o ninguno; este criterio se le podría aplicar asimismo a la nación española». Una segunda posición insiste en la idea de nación como «comunidad imaginada». A partir de aquí, cabría analizar el contenido, los componentes de ese nacionalismo: más conservador o más progresista; etnicista excluyente y opresivo, o basado en la tolerancia y el respeto por la pluralidad nacional, etcétera.

El catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Valencia, Roberto Viciano, no comparte este esbozo de ideas. Señala dónde estriba, a su juicio, el quid del problema: «cuando la izquierda, en su programa, reivindica el nacionalismo, ya está perdiendo una parte de la batalla, ya que se está plegando a los planteamientos de la derecha». En su análisis reitera la importancia de de diferenciar entre «grupo», con sentido de pertenencia a una colectividad, y la idea de nacionalismo. En otros términos, uno puede sentirse parte de un barrio, de una ciudad y, más allá, de una comarca, de un estado o de una tradición determinada. «Pero eso no es excluyente, de hecho, se trata de realidades complementarias», anota el politólogo. Es más, de estas ligazones afectivas no tienen por qué extraerse consecuencias políticas.

Pero el nacionalismo es cosa distinta, implica un salto cualitativo: «introduce conflictividad; se posiciona frente a grupos considerados inferiores, o que permanecen fuera de ese colectivo nacional; además, se construye a sí mismo, es decir, no parte de unas bases objetivas sino de fundamentos que pueden ser religiosos, lingüístico-culturales u otros, según el lugar y periodo histórico de que se trate». En pocas palabras, se trataría de una construcción artificial (una autocreación) a partir de la cual se marcan los distingos. Ahora bien, Viciano concede que el nacionalismo español ha oprimido a otras culturas y esto hace bien la izquierda en criticarlo. ¿Dónde se halla, entonces, el punto de discrepancia? El problema aparece, según el docente, cuando la izquierda emprende un salto cualitativo y se suma al discurso de los desequilibrios: que una determinada identidad nacional padece una problemática económica y social diferente de otra.

Éste esquema argumental le conduce a defender la idea de «patriotismo», «una noción que no resulta agresiva y la izquierda debería recuperar». No sucede lo mismo, insiste Roberto Viciano, con el nacionalismo, según el cual, «me diferencio respecto a los que no pertenecen a mi grupo y, además, priorizo la nación y los intereses de mi colectivo sobre todo lo demás». Esta cosmovisión, remata, resulta incompatible con las ideas de la izquierda, tradicionalmente fundamentadas en la solidaridad y el internacionalismo (no en el nacionalismo). Pero es cierto que la izquierda ha tomado en algunas coyunturas históricas la bandera nacionalista. ¿Cuándo? «Frente al imperialismo, pero esto no cabe en un estado democrático y con igualdad de derechos».

El último argumento de la batería pergeñada por el catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Valencia apunta a lo global. Hoy, sostiene, «no existen imperialismos de estado sino de mercado, y son estos (los mercados) los entes que imponen sus criterios a los estados». Conclusión: Hacen falta estados de grandes dimensiones, potentes y no fraccionados, para hacer frente a los dictados mercantiles (una expresión a menudo utilizada en el contexto de rescates bancarios es la de que un determinado país es «demasiado grande para dejarlo caer»).

Toma el turno de réplica Gerardo Pisarello. Marca una cuestión preliminar, de principios, un debate previo que pocas veces se plantea. Alude a quien habla de esta guisa: «no soy nacionalista, pero hablo castellano y me considero español». Introduce otro matiz que acota posibles interpretaciones de paletada gruesa: «uno puede reconocer que existen naciones y pueblos, también el derecho de autodeterminación (tirando del hilo de Kant y Rousseau), pero ello no implica necesariamente que se sea nacionalista». El docente aporta dos ejemplos actuales de la realidad catalana: Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) se define como formación «de izquierdas y nacional», pero no nacionalista; más a la izquierda, las CUP se reclaman independentistas, pero no nacionalistas. ¿Cuál es la idea de fondo que subyace al discurso de Pisarello y que reitera a la manera de enunciado? «Si afirmamos que no existen realidades nacionales como Cataluña o el País Vasco, hemos de concluir que tampoco existen las naciones española o francesa».

El imperialismo es sustancialmente global, de los mercados, de notoria primacía de la economía sobre la política, señalaba Roberto Viciano. Sin embargo, rebate Pisarello, «el imperialismo, hoy, no es exclusivamente de mercado. También desarrollan cometidos imperiales los estados, que, frente a lo que muchas veces se afirma, continúan teniendo un papel muy relevante». Es más, se habla de la necesidad de estados fuertes, «pero estos mismos estados son los que aplican los recortes, privatizan los servicios públicos o reforman el Artículo 135 de la Constitución para priorizar el pago de la deuda»

El profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Barcelona se retrotrae a la transición y al modelo constitucional que se gestó entonces. Pisarello rescata un hecho que, con ojos del presente, parecería de la prehistoria, pero que viene muy a cuento: «todos los partidos de la izquierda parlamentaria -PSOE y PCE- defendían el derecho a la autodeterminación de los pueblos y las naciones». «Esto no les generaba mayores problemas», agrega. Asunto distinto es cómo se redactó y elaboró la Constitución de 1978. Pisarello subraya un cambio sustancial sobre los borradores iniciales (seguramente no era ajena a estas modificaciones la cúpula militar) en torno a dos artículos cardinales (el 1.2 y el 2) que quedaron finalmente del siguiente modo: «La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del estado» (Artículo 1.2); y «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación Española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas» (Artículo 2).

En este marco jurídico-político se desarrolla el estado de las autonomías, que en la práctica más bien ha funcionado, en opinión del docente, como «un estado temeroso de la autonomía». De hecho, agrega, el autogobierno se ha venido implementando más por la presión de las periferias que por la voluntad de los grandes partidos estatales. La autodeterminación queda muy lejos, a pesar de que -recuerda Pisarello- desde 1979 el Parlamento Catalán ha aprobado al menos diez resoluciones en este sentido. El politólogo toma la transición como punto de partida para explicar posicionamientos políticos actuales. «Igual que las fuerzas progresistas pedían entonces el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de los pueblos, esta idea aparece hoy, actualizada, como derecho a decidir».

¿Qué variantes introduce el derecho a decidir? Significa, explica Pisarello, no pelearse por los agravios históricos ni por conflictos lingüístico-culturales, para discutir sobre el presente. Esto es, plantearse como cuestión capital si realmente los ciudadanos de Cataluña defienden el derecho a la autodeterminación y, en su caso, la independencia. Es ésta la clave. Además, el reconocimiento de este derecho «es la única manera de resolver de manera limpia la cuestión territorial en el estado español». Ahora bien, «esto va a ser muy difícil con la monarquía al frente de la jefatura del estado», opina el politólogo. Sería necesario, para caminar por esta senda y dar un viraje rotundo, «un proceso constituyente que diera paso a la República». En otros países del llamado «entorno» se reconoce el derecho a la autodeterminación. En su día se plantearon referendos en Quebec; Actualmente, anota Pisarello, un gobierno conservador ha convocado una consulta en Escocia, y en ningún momento dice que se vote en el conjunto de Gran Bretaña.

Roberto Viciano replica volviendo a la línea argumental que contrapone las nociones de izquierda y nacionalismo. De hecho, afirma, «si hoy existe el nacionalismo es porque en cierto modo la izquierda se ha sumado al mismo». Primera acotación: «Me parece adecuado que los ciudadanos decidan si forman parte o no de una comunidad; hay que respetar la voluntad de la gente; que se responda a la pregunta de quién acepta o no integrarse en un determinado estado». Por eso, asume que el proceso constituyente incluya el derecho a decidir.

¿En qué punto reside la discrepancia? «La izquierda no puede hacer suyo un discurso independentista, es decir, votar a favor de desgajarse de un estado; son planteamientos -por ejemplo, «España se nos lleva el dinero»- que conducen a peleas entre nosotros, mientras el enemigo se mantiene enfrente, con toda su fortaleza». Al igual que Pisarello, Roberto Viciano se remonta la transición para interpretar lo que sucede en el presente. Con el llamado «café para todos» autonómico, opina, aumentaron las reivindicaciones nacionales en el País Vasco y Cataluña. Además, se configuraron autonomías donde no existía ninguna tradición previa. «Hay que deshacer este entuerto», concluye Viciano. «Las legislaciones de las diferentes comunidades autónomas son un refrito que imita los precedentes de Cataluña y el País Vasco».

Además, el problema básico hoy no consiste en la cuestión regional o autonómica, a juicio de Roberto Viciano, ya que lo medular es reforzar el poder municipal, donde la gente vive, puede participar y exigir explicaciones (además de controlar la corrupción). Donde se está más cerca de los representantes que toman las decisiones. La otra gran pregunta consiste en cómo se diseña la integración a escala europea, «para enfrentarnos a los poderes multinacionales y a los mercados». «Esa integración debería producirse en el marco de un estado federal europeo». La izquierda, la nación, el nacionalismo y el principio de autodeterminación. Una cuestión abierta.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.