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La derrota de 1967 y las condiciones del ahora: una mesa redonda

Fuentes: Jadaliyya

Traducción para Rebelión del inglés por Felipe Lagos-Rojas

Introducción

Los dos últimos años han estado llenos de conmemoraciones, desde la Primera Guerra Mundial a la Revolución Rusa y muchas otras. Con cada una de esas conmemoraciones académicos y observadores intentan hacer dialogar la historia con las oscuridades globales de nuestros tiempos. Hoy conmemoramos la Guerra de los Seis Días de 1967. El 5 de junio de 1967 Israel triplicó su territorio ocupando Cisjordania, la Franja de Gaza, Jerusalén Oriental, la península del Sinaí y los Altos del Golan. La armada israelí había puesto un decidido fin al poder y ambición tanto del panarabismo como de los ejércitos que debían pelear en su nombre. La derrota fue rápida y profunda. Las consecuencias serían tan profundas y continuas como para constituir el presente.

Un grupo de editores de Jadaliyya se ha reunido aquí para pensar no acerca de la guerra en sí, sino sobre sus legados y registros históricos, territoriales, temporales, epistemológicos y afectivos.

Lisa Hajjar y Noura Erakat ofrecen una base completa de la significación de 1967 en el ámbito de la ley. Delinean las realidades de la jaula de hierro y el horizonte de estrategia. Omar Dahi reflexiona sobre 1967 como la muerte de una corriente de internacionalismo y posibilidad. Muriam Haleh Davis interpreta Argelia y Palestina juntos como mito histórico, realidad vivida y presente atormentado. Maya Mikdashi reflexiona sobre 1967 como un agujero espacio temporal teórico para pensar acerca de Michigan y Palestina, y el vasto poder del colonialismo de asentamiento que los une. Ziad Abu-Rish emite un llamado a despachar la Guerra de 1967 como una muleta analítica para interrogar las de otro modo ignoradas preguntas acerca de sus legados actuales y de largo alcance. Anthony Alessandrini arroja una punzante luz sobre el silencio acerca de Palestina y sus diversas temporalidades en el campo de los estudios postcoloniales; conecta este silencio a los intentos presentes por contener la crítica al colonialismo de asentamiento de Israel. Nadya Sbaiti ofrece una gira sensorial a través de los ubicuos borrados de los legados de 1967 en el Líbano de hoy. Adel Iskandar considera 1967 como la muerte del proyecto de difusión antiimperialista, Sawt al-‘Arab y su desaparición en los medios árabes identificados del presente. Hesham Sallam brinda tributo a la idea de derrota en el aturdido presente de Egipto. Caracteriza el presente como una continua naksa [N. del T.: derrota en árabe, en referencia a la derrota en la Guerra de los Seis Días], un revés que ha dado forma a una derrota permanente. Bassam Haddad traza los malentendidos de revolución que dieron lugar al resistente poder del autoritarismo árabe y a la calamidad presente de Siria. Mouin Rabbani concluye la mesa redonda con un resumen de las trayectorias históricas y los imperativos contemporáneos para terminar con la ocupación. Juntas, estas piezas ofrecen reflexiones sobre la ley, el tercermundismo, la historia, la temporalidad, el conocimiento, la epistemología y las condiciones para el ahora.

Historia y Temporalidad

1967 y el tercermundismo

Por Omar Dahi

En los últimos quince años he estado investigando y enseñando sobre las realidades pasadas y presentes de las relaciones económicas y políticas entre los países del Sur. Vista a través de los lentes de las relaciones Sur-Sur, la guerra de 1967 fue un golpe abrumador al nasserismo y al socialismo árabe. Dada la importancia del nasserismo y de la figura de Gamal Abdel Nasser en el Movimiento de los No-Alineados, fue también un gran revés para el tercermundismo. El tercermundismo fue contradictorio y errático, y sus elites generalmente estuvieron obsesionadas con la modernización. Pero también buscaron crear caminos alternativos para el Sur Global.

Impulsado por los movimientos sociales antiimperialistas y anticoloniales, el tercermundismo exigía justicia política y económica a nivel global, así como una crítica a la proliferación nuclear, a la política de las grandes potencias, a la militarización y al imperialismo. Nasser había emergido en la escena global en la Cumbre de Bandung en 1955 y continuó jugando un rol clave en la causa del nacionalismo tercermundista junto a Nehru, Tito, Surkano y Nkrumah. No obstante, así como la crisis de Suez en 1956 acrecentó la popularidad del nasserismo en el mundo árabe y el Sur Global, la Guerra de 1967 derrotó y marginó a Egipto de este proyecto global del sur.

La bandera del movimiento tercermunidista fue llevada por Argelia, que pasó a defender un nuevo orden económico internacional en la Cuarta Cumbre de los No-Alineados de 1973 en Argel. Hubo siempre nociones múltiples y en competencia de arabismo y nacionalismo árabe. Y aunque el nasserismo no estaba completamente libre de chovinismo étnico, en su núcleo representaba la lucha contra el imperialismo y por los derechos económicos colectivos para la clase obrera y el campesinado. La caída del nasserismo empoderó otras nociones del arabismo, abrazadas por las monarquías reaccionarias del Golfo que, lideradas por Arabia Saudita, crearon la Liga Mundial Musulmana en 1962 como contrapeso al nasserismo. Sus nociones de arabismo, que continúan hoy, fueron con mucho más chovinistas étnicamente, dirigidas por elites y carecían de cualquier noción de justicia económica.

1967 en Argelia y Palestina: dos revoluciones y la cuestión del tiempo histórico

Por Muriam Haleh Davis

Este mes de mayo el canal franco-alemán Arte produjo y presentó el documental Argel: la Meca de los revolucionarios. El título repite a Amílcar Cabral, quien lideró la guerra de independencia contra los portugueses en Guinea-Bissau y entendió Argel como el centro de los movimientos de liberación nacional. Los regímenes de Ahmed Ben Bella (1962-1965) y Huari Boumediene (1965-1978) dotaron de apoyo financiero, diplomático e ideológico a muchos líderes del tercer mundo.

Entre los peregrinos del documental está Yasser Arafat con su kufiyah [N. del T.: turbante árabe] y lentes de sol característicos. Sentencia: «No podemos decir que Argelia esté liberada mientras la tierra palestina esté ocupada». En 1967 la revolución palestina futura se imaginaba en términos argelinos. De hecho, el periódico del FLN, El-Moudjahid , sincronizaba la revolución argelina (que supuestamente comenzó el 1 de noviembre de 1954) con la derrota de 1967: «El 5 de junio es el 1 de noviembre para el mundo árabe».1 Después de todo, un ejército argelino orgulloso se había desplegado hacia Egipto para combatir en 1967. Poco después de su arribo, los soldados regresaron a Argel pisándole los talones a un alto al fuego al que Argel se opuso.

El documental nos mueve hacia el anuncio de la derrota de 1967. Miles de argelinos abarrotaron las calles, militaron por la guerra, denunciaron el imperialismo anglo-estadounidense y saquearon el centro cultural estadounidense. Un elegante Abdelaziz Bouteflika (el actual presidente de Argelia) lamenta la derrota. Siete años después, como presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Bouteflika reconocería a Arafat como cabeza oficial de un Estado. Bouteflika invitaría a Arafat a dar un discurso histórico en el que ofrecía «una rama de oliva en una mano y un arma en la otra». Fue también bajo el mandato de Bouteflika cuando la Sudáfrica del apartheid sería expulsada de la Asamblea General. Las credenciales revolucionarias de Argelia parecían impecables.

El simbolismo de 1967 revela los paralelos entre dos revoluciones y sus (frustradas) trayectorias en Argelia y Palestina. Pero aún cuando Argelia ha sido una sinécdoque para tantos movimientos de liberación nacional y países del tercer mundo, la historiografía argelina continúa enfatizando la excepcionalidad. El problema es que los historiadores saben cómo terminó la historia. Amargas luchas internas, la emergencia de una elite militar y un deslizamiento hacia la corrupción posicionan la escritura histórica a las sombras del fracaso de la revolución. Por eso el sitio satírico argelino Al-Manchar publicó una burlona promoción para la secuela fílmica de Arte , titulada Argel: la tumba of los corruptos, 1999-2007. El tema era familiar: una revolución traicionada y una retórica en harapos.

Para los historiadores de Argelia es 1968 antes que 1967 el año que capta más atención. El rol de la Guerra de Argelia ha emergido como un tema importante de las historias de la «nueva izquierda» que epitomizara 1968. Pero los marxistas europeos, o los pieds-rouges,* que pelearon en Argelia en los sesentas, buscaban principalmente un lienzo vacío para su socialismo «científico». Y esos estudiantes parisienses que cantaron en solidaridad con la liberación argelina hicieron la vista gorda a los inmigrantes norafricanos relegados a las villas miserias de la ciudad de la luz2. Pero aquí también vemos un paralelo. Como Olivia Harrison ha mostrado, la diáspora desde África del Norte jugó un rol crucial en construir sueños de revolución3. Así, los años que siguieron a 1967 vieron dos diásporas, la argelina y la palestina, emergiendo como sitios cruciales para imaginar la nación. En el caso argelino, este fue el resultado de la revolución; en el palestino, fue la esperanza de una revolución por venir.

La cuestión del «judío errante» es también un personaje principal en las narrativas y elucubraciones de palestinos y argelinos. La influencia del sionismo fue menos directa para los judíos argelinos (quienes salieron masivamente desde Francia) de lo que fue para los judíos marroquíes. Los judíos argelinos estuvieron suspendidos entre los dos polos del colonialismo de asentamiento. Ocuparon una posición por debajo de los pieds-noirs** pero por encima de los musulmanes. Para filósofos y académicos la colonia paradigmática de Argelia ha sido un lugar crucial para reflexionar acerca de Palestina y el proceso que une ambos lugares: el colonialismo de asentamiento.

Finalmente, 1967 señaló el fin del nasserismo y el crecimiento de una autocrítica que llevó a un nuevo pensamiento sobre la «crisis» en el mundo árabe. Poco después de la Guerra de los Seis Días el intelectual argelino Malek Bennabi expandía su noción anterior de «colonizabilidad» ( colonisabilité ). Escribió:

«La hora de la verdad suena para el mundo árabe, como sonó para Europa en junio de 1940 […] esta es una oportunidad excepcional en la situación trágica en la que se encuentra inserto el mundo árabe, que es ajustar cuentas consigo mismo y llegar a la raíz del problema. Si el mundo árabe hiciera un inventario moral, si buscara en los confines de sí mismo, si examinara su consciencia sin indulgencia, un milagro seguiría a su mea culpa y asombraría al mundo entero, así como al propio mundo árabe»4.

Poner a Argelia y Palestina de nuevo en conversación puede ayudarnos a recuperar tiempo revolucionario. Nos permite rescatar el potencial radical enterrado bajo la hegemonía del pesimismo. Debemos reconocer que el hambre es una herramienta de política radical y no solo un estado de necesidad física. Debemos ver que esa necesidad, desestimada como malestar económico, está enraizada en concepciones de justicia. Tal como en 1967, la revolución pasada en Argelia aún puede arrojar luz sobre la revolución por venir en Palestina y más allá.

Las temporalidades del colonialismo de asentamiento: documentos, árboles y las cicatrices de la ley y de la tierra

Por Maya Mikdashi

La derrota de 1967 evoca la naturaleza temporal del colonialismo de asentamiento. El bucle entre la naturalización de la historia y la «crisis» bien expresa esta temporalidad. La derrota de 1967 naturaliza la Nabka de 1948, mientras que el proceso de Oslo de 1993 intenta naturalizar la derrota de 1967 y el Muro intenta naturalizar el fracaso del proceso de Oslo. El tiempo del colonialismo de asentamiento mueve metódicamente hacia adelante las se ñ alizaciones, el territorio, el sujeto de la «crisis». Cuanto más limitada temporalmente es una «crisis», más consolidado y «natural» es el poder del colonialismo de asentamiento y sus «hechos consumados» pueden comenzar a aparecer.

Estas apariciones no se limitan solo a Palestina. Emergieron para mí en Michigan, donde visité recientemente a la familia de mi madre. Ahí pasé tiempo en roperos, debajo de camas y en cajones reuniendo documentación para nuevas investigaciones. Dondequiera que miraba, en la casa donde mi madre creció había papeles -en cajas y sobres, solitarios y en grupos, organizados y caóticos, originales y fotocopias, escritos a maño y mecanografiados. Había allí cartas, mapas, documentos censales, asignaciones de tierras, declaraciones, cocientes de sangre y dibujos. Esta documentación es el legado de mi abuelo y de su relación con la indigeneidad así como con la blanquitud. Desde su nacimiento hasta su muerte fue un miembro de las Tribus Superiores del Lago de los Indios Ojibwe, hijo de un hombre blanco y una mujer a quien el gobierno secuestró de su familia cuando era niña y la puso en un internado cristiano «civilizador». La pieza documental más antigua data de mediados del siglo XIX y la más reciente del 2017. Nada se desecha: algunos anulan o reafirman a los que lo preceden.

Esta colección documental evocaba a Palestina y a los amados palestinos que colectan, mantienen y protegen documentos. Esta documentación vive a la espera de ley, desplazamiento, retorno. En ausencia de reconocimiento o reparación histórica existe una acumulación material de documentos. Prueba (en una caja, en roperos), por si acaso: en caso de un nuevo desplazamiento o una nueva pérdida de tierra; en caso de que uno deba probar un «derecho de retorno» o un «derecho de herencia»; en caso de que uno deba probar el derecho a existir, otra vez.

No acaba con papel. En el patio trasero donde bebo mi café matutino hay dos abedules. Están íntimamente conectados con el pueblo de Ojibwe. Mi abuelo los trajo cuando eran retoños desde su casa familiar en la Reserva Bad River en Wisconsin. Los plantó en un complejo habitacional privado sobre un lago donde él y mi madre tuvieron su primer y único hogar. El complejo practicaba redlining (el bloqueo de adquirir propiedad para afroamericamos) en asociación con leyes vigentes hasta mediados de los noventa. En este complejo habitacional mi abuelo era considerado y actuaba como un hombre blanco. El protegía su aceptación. Pero ahí, en ese patio, estaban sus abedules nacidos en la Reserva Bad River. Los abedules son hoy grandes, pero no lo suficiente para producir las canoas, la medicina, las cestas de pesca, los cables, el arte y la comida para lo que los Ojibwe los usaban. El abedul aquí, como el olivo en Palestina, es un sitio de captura, resiliencia y memoria.

El año pasado, mi madre y sus hijos vendieron una parcela de su tierra de vuelta al Grupo Bad River [ Bad River Band ] de la Tribu Superior del Lago de los Indios Chippewa (Ojibwe) de la Reserva de Bad River, grupo del cual son miembros activos. El 2016 el Grupo ganó un caso contra el gobierno de los Estados Unidos. Recibieron financiamiento y capacidad para comprar de vuelta individualmente tierra de reservas para propósitos comunales a precio de mercado. La tierra que mi familia vendió colindaba con propietarios y era imposible de acceder a ella sin su permiso. El gobierno de los Estados Unidos ha permitido (y algunos argumentan que ha estimulado) a estadounidenses no nativos poseer privadamente tierra de reservas indias desde el origen mismo de las reservas. Hoy muchas reservas están agrietadas y fragmentadas debido a la propiedad de la tierra de no nativos (en su mayoría blancos). Esto hace el mantenimiento de la «soberanía territorial»* (que Audra Simpson teoriza tan acertadamente) aún más contradictoria y liminal. Los cuerpos de los no nativos portan con ellos la ley de los Estados Unidos a las reservas indígenas, como los colonos israelíes traen consigo la ley civil israelí en las Zonas A y B, produciendo sistemas legales híbridos y formas racial-legales de rendición de cuentas, criminalidad y reparación. Como lo explicara Sierra Crane-Murdoch en Atlantic, la ley de reservas, tal como la tierra de las reservas, se encuentra agrietada.

El borrar la vida y la presencia indígena no se produce solamente a través del poder y la coerción legales, religiosos y raciales. También funciona a través de la lógica brutal y las realidades del capital. La ‘propiedad’ de mi familia de 80 acres de tierra en la reserva es el legado de la tecnología colonial que apuntaba a hacerlos menos indios a través del concepto de ‘propiedad individual de la tierra’. Ese concepto era incomprensible y bárbaro para las civilizaciones nativas americanas. Hoy la tierra es también evidencia de una resistencia de familia. Las generaciones escogen consolidar sus asignaciones de tierra, disponiéndolas y cediéndoselas unos a otros para así impedir el aumento de la partición divisoria y la confiscación.

El excepcionalismo histórico es seductor. Estas dos historias distintas no son equivalentes. Pero tanto las experiencias de desposesión como la consolidación y naturalización del colonialismo de asentamiento resuenan ampliamente. Los procesos que 1967 realzó son lugares para pensar acerca de las historias y del presente de Palestina, de Israel, y mucho más allá. Las conexiones entre estas historias, como el propio poder, no son lineales o geográficas o disciplinares. La derrota de 1967 y las realidades que consolidó podrían ofrecernos una metida, un agujero espacio temporal teórico dentro de un análisis capcioso del poder del colonialismo de asentamiento. Podría ofrecer un rodeo desde los archivos de Estados en busca de retoños de olivos plantados en cajas Tetra de leche en campos de refugiados palestinos en Líbano o la documentación que se acumula y se hereda, papeles que viven esperando transformarse en evidencia, documentos que son una señal de la corrosiva necesidad de evidencia. La documentación que es la expresión corporal y material de las múltiples temporalidades y geografías de la colonización, la desposesión y la presencia.

Notas

1 Richard A. Roughton, «Algeria and the June 1967 Arab-Israeli War,» Middle East Journal 23, No. 4 (1969), 440.

* N. del T.: se refiere a los franceses militantes de izquierda que acudieron a Argelia tras su independencia para contribuir de manera independiente en su reconstrucción y desarrollo al margen del marco de la cooperación. El término se creó por analogía con «pied-noir», véase la nota siguiente.

2 Daniel Gordon, Immigrants and Intellectuals: May ’68 and the Rise of Anti-Racism in France (Pontypool, Wales: Merlin Press, 2012), chapters 2 and 3.

3 Olivia C Harrison, Transcolonial Maghreb: Imagining Palestine in the Era of Decolonization (Stanford: Stanford University Press, 2015).

** N. del T.: se refiere a los ciudadanos europeos que residían en Argelia y que se fueron del país una vez que esta logró su independencia.

4 Malek Bennabi, «Le moment de reflexion,» Révolution Africaine, no. 228 (26 June – 2 July), 22.

* N. del T.: Traducimos nested sovereignty como «soberanía territorial». Nested sovereignty es un concepto que sido desarrollado por los pueblos indígenas de América del Norte con el fin de clarificar la posibilidad de establecer soberanías territoriales con jurisdicciones indígenas dentro del contexto de la soberanía del Estado colonial, generando permanentes tensiones entre ambas pretensiones soberanas.

Fuente: www.jadaliyya.com/pages/index/26661/the-1967-defeat-and-the-conditions-of-the-now_a-ro?mc_cid=fc4c7facd2&mc_eid=2bf56f620e