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La dificultad de una política para la gente

Fuentes: Rebelión

Cuando hablamos de política nos solemos referir habitualmente a la actividad relacionada con el gobierno de las administraciones públicas de los estados. Pero política también es la actividad que llevamos a cabo cualquier persona o grupo con la intención de contribuir a la organización y gobierno de cualquier aspecto de la vida social. Se trata […]

Cuando hablamos de política nos solemos referir habitualmente a la actividad relacionada con el gobierno de las administraciones públicas de los estados. Pero política también es la actividad que llevamos a cabo cualquier persona o grupo con la intención de contribuir a la organización y gobierno de cualquier aspecto de la vida social. Se trata de una actividad imprescindible para vivir en sociedad y se entiende que debe estar enfocada al bien común. El problema es que los poderes reales (financieros-económicos-políticos) tienen como objetivo sus propios intereses particulares, que son contradictorios con el interés general.

En la base de la política están las ideas sobre qué hacer y cómo. Pero las ideas están encarnadas en las personas, no son etéreas. Las ideas las debatimos las personas, y a veces cambiamos o matizamos nuestras ideas en el proceso de debate. Por otra parte, las ideas están muy relacionadas con los intereses, tanto individuales como de grupo (clase, género, raza, sector…). En base a las ideas e intereses, las personas nos juntamos en grupos (partidos, sindicatos, asociaciones…) para defenderlos en la sociedad. Un conjunto organizado de ideas e intereses referido a una sociedad concreta constituye un proyecto socio-económico-ideológico-político. Lógicamente la defensa coherente de esos proyectos sólo la pueden hacer las personas que los comparten.

Sin embargo, hay una forma de hacer política que separa proyectos, por un lado, y personas que los van a defender y poner en práctica, por otro, de manera que estas personas no tienen por qué estar de acuerdo con los proyectos, ideas o intereses que gestionan. Esta forma de entender la política es muy común hoy en día. Se trata de la concepción de la política como simple «administración». Quienes se dedican a la política con ese enfoque adoptan un rol de gestores o mercenarios: defienden las ideas, intereses y proyectos de aquellos a quienes sirven. Esta forma de concebir la política interesa a los poderes fácticos, ya que su objetivo es instaurar un consenso social en base a sus proyectos e intereses.

Frente a esta forma de entender la política está la de quienes la concebimos como una actividad encaminada a conseguir cambios reales en beneficio de la mayoría social. Este otro enfoque está basado en el tratamiento de los conflictos con los que nos encontramos diariamente de una manera transformadora y favorable a la mayoría. La cadena de transformación social responde a la siguiente cadena: sufrir, saber, querer, poder. Es decir, para plantearnos un cambio necesitamos sufrir una determinada situación, bien sea en carne propia o por empatía; tenemos que conocer las causas de ese sufrimiento y las formas de superarlo; necesitamos voluntad para afrontar esas causas y asumir las consecuencias que se pueden derivar del enfrentamiento con quienes las han generado; y por último, tenemos que acumular suficiente poder como para encarar con éxito los cambios que se necesitan. El conflicto, abordado con este enfoque transformador, es la base de esta concepción de la política.

Por otra parte, para defender los intereses, ideas y proyectos en una democracia pluralista, utilizamos los discursos y la movilización social; pero también se usan a veces maniobras, presiones, golpes de mano, insidias…, aunque se salten las reglas del juego democrático. Normalmente, en los discursos se utilizan argumentos supuestamente encaminados al bien común, los cuales tratan de esconder muchas veces intereses particulares inconfesados: siempre nos quieren hacer creer que sus ideas e intereses son los que más nos benefician. Es lo que conocemos como manipulación. Y aquí es donde juegan un papel fundamental los grandes medios de comunicación, actualmente en manos de los poderes fácticos. Tratan de mostrarnos una realidad y unas motivaciones que no se corresponden con el mundo real, para que no actuemos en contra de esos poderes. Y, por otro lado, también debemos tener en cuenta las instituciones de socialización (educación, televisión, consumo, determinado uso de nuevas tecnologías…), que fomentan el individualismo, el aislamiento, la competencia, la sumisión… y provocan una fuerte corriente en favor de la reproducción del sistema y sus valores. La conclusión es que los poderes reales tienen todo tipo de medios para imponer sus intereses, mientras que quienes propugnamos una política para la gente sólo podemos contar con ella. Por tanto, si no ganamos la mayoría social (hegemonía), no son posibles cambios sustanciales.

Otro elemento de complejidad es el problema de los fines y los medios. Una política para la gente no se puede hacer con cualquier tipo de medios. Implica, además del objetivo del bien común, una democracia profunda y lo más transparente y participativa posible. Quienes hacen política para las élites lo tienen mucho más fácil: su objetivo es la máxima acumulación de riqueza en el menor tiempo posible y con cualquier tipo de medios. Por último, y sin pretender ser exhaustivo, estaría la difícil valoración colectiva de la correlación de fuerzas para abordar adecuadamente la tensión entre utopía y posibilidad, de manera que se consiga el mayor cambio posible sin que se rompa la cuerda.

Ante tal complejidad, la mayoría de la gente suele perder la confianza en la veracidad de los discursos, y desiste de tratar de entender lo que pasa y de implicarse en cambiar la realidad. Una manera de defenderse ante esto es aferrarse a algún tipo de brújula que le permita orientarse y a la vez sentirse parte de un grupo. Normalmente eso suele hacerse a través de la fidelidad y confianza con líderes y partidos. Por tanto, en amplios sectores de población la política está muy simplificada: se reduce en gran medida a la adhesión a un líder o partido; incluso aunque sus políticas les perjudiquen. Buscarán justificaciones para seguir manteniendo esa fidelidad. Sin embargo, hay momentos históricos en que las sacudidas que padecemos son tan grandes que nos hace replantearnos las fidelidades. Vivimos uno de ellos.

A las élites les interesa que pensemos que sus políticas son las que más se adecúan al bien común y que es malo que la gente haga política. Pero saben que, en cuanto ese enfoque de la política cambie en amplios sectores, su dominación correrá un grave riesgo. Por eso es tan importante ser cada vez más conscientes e implicarnos cada vez más gente en el cambio social; sin desanimarnos porque también veamos deficiencias en la política liberadora. La madurez política también vendrá de la mano de la incorporación de más gente consciente a la tarea del cambio sociopolítico.

Muy difícil. Pero no sólo es posible; además, es absolutamente imprescindible si queremos detener la deriva fatal en la que nos encontramos.

  Javier Echeverría Zabalza, miembro de Podemos – Ahal Dugu

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.