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Obituario de un personaje clave para comprender la sociedad israelí

La elección de Ovadia

Fuentes: zope.gush-shalom.org

Traducido para Rebelión por LB.

Cuando el rabino Ovadia Yosef irrumpió por primera vez en la escena nacional [israelí] exhalé un profundo suspiro de alivio. He aquí el hombre con el que había soñado: un carismático líder de los judíos orientales, un hombre de paz, el estandarte de una tradición religiosa moderada.

«Rabí Ovadia», como todo el mundo lo llamaba, falleció esta semana a la edad de 93 años. Había nacido en Bagdad, llegó a Palestina cuando era un niño de 4 años y se ganó un gran respeto como erudito religioso. Durante la guerra de 1948 fue el rabino jefe de Egipto y más tarde se convirtió en el Gran Rabino Sefardí de Israel. Cuando su nombramiento no se renovó a causa de una oscura intriga política, fundó un nuevo partido político, Shas, que rápidamente se convirtió en una fuerza de peso en la política israelí.

La primera vez que me llamó la atención fue cuando, en contra de la postura de la mayoría de los rabinos prominentes, dictaminó que la ley religiosa judía, la Halajá, autoriza a renunciar a partes de Eretz Israel en nombre de la paz. «Salvar vidas» tiene prioridad.

Antes de continuar, definamos algunos conceptos. «Sefardí» y «oriental» se confunden a menudo pero no son lo mismo.

Sefarad significa España. Los judíos sefardíes son los descendientes de los judíos que en 1492 fueron expulsados ​​ de España por sus muy católicas majestades Isabel y Fernando. Casi todos ellos rechazaron refugiarse en la Europa cristiana antisemita y se establecieron en países bajo el benevolente dominio musulmán, desde Marruecos hasta Bulgaria.

El Imperio Otomano se basaba en el sistema de las «millet«, comunidades étnico-religiosas que se gobernaban a sí mismas y que tenían sus propios líderes, leyes y tradiciones. Los judíos en todo el imperio se regían por el Hakham Bashi, el rabino jefe, que era, por supuesto, sefardí. Era un cargo secular, pues en la ley judía no existe la figura de rabino jefe, es decir, no hay un papa judío. Todos los rabinos son iguales y cada judío puede seguir al rabino de su elección.

Cuando los británicos asumieron el control se les convenció para que nombraran también a un rabino ashkenazi. Desde entonces en este país tenemos a dos grandes rabinos, uno sefardí y otro ashkenazi, manteniendo cada uno de ellos las tradiciones de su propia comunidad.

Sin embargo, la gran mayoría de los judíos de los países islámicos no son sefardíes. Hoy en día prefieren ser llamados «Mizrahim» (del este, orientales). Sin embargo, los términos sefardí y oriental se superponen y han llegado a significar más o menos lo mismo.

El número de personas que participaron en el funeral del rabino Ovadia se ha estimado en 800.000 personas – más que la población judía del país el día en que se fundó el Estado de Israel. Incluso suponiendo que esa cifra sea muy exagerada, el evento fue extraordinario. Jerusalén estaba prácticamente colapsada, el vehículo que transportaba el cuerpo no podía llegar al cementerio.

Todos estos cientos de miles de personas – varones todos – vestían el «uniforme» de los judíos ortodoxos: vestimentas negras, camisa blanca, grandes sombreros negros. Muchos lloraban y gemían. Se bordeó la histeria colectiva.

Los elogios de los líderes y comentaristas religiosos y seculares fueron ilimitados. El difunto fue calificado como el mayor judío sefardí de los últimos 500 años, un «grande en la Torá» cuyas enseñanzas resonarán en los siglos venideros.

Debo confesar que nunca he entendido bien su grandeza como pensador, religioso o de otro tipo. Ovadia siempre me recordó lo que me dijo en cierta ocasión Yeshayahu Leibowitz: que la religión judía murió hace 200 años sin dejar nada salvo un cascarón de rituales vacío.

El rabino Ovadia escribió 40 libros de juicios e interpretaciones de la ley religiosa. Mientras que los rabinos ashkenazis por lo general tienden a hacer más difícil el cumplimiento de los mandatos religiosos, Yosef tendía a hacerlo más fácil. En eso siguió la tradición oriental, que siempre fue mucho más moderada (como lo fue el Islam hasta hace poco).

Yosef permitió que las viudas de los soldados caídos volvieran a casarse (un procedimiento complicado bajo la Halajá). Sentenció que los falashas etíopes eran judíos y así permitió que se trasladaran a Israel al amparo de la Ley de Retorno. En innumerables casos individuales hizo que fuera más fácil para las personas evadir restricciones estrictas. Dado que en Israel grandes áreas de la vida privada, como el matrimonio y el divorcio, se rigen por la ley religiosa administrada por los rabinos, eso fue muy importante también para los laicos.

Ahora bien, ¿un pensador profundo? ¿Un sabio moderno? Lo dudo. Como cierto comentarista se atrevió a señalar, en el plazo de unos pocos meses el nuevo Papa ha hecho más para cambiar la perspectiva teológica y social de la Iglesia que el rabino Ovadia en toda su vida. El judaísmo reformista ha hecho mucho más para modernizar el judaísmo que Yosef.

Pero mi apreciación inicial sobre, y mi decepción final con el rabino no tienen nada que ver con cuestiones religiosas.

El rabino Ovadia fue una figura formidable dentro de la política israelí. Casi la mitad de todos los ciudadanos israelíes judíos son de origen oriental. Hasta la aparición de Ovadia se trataba de una clase desfavorecida, alejada de los centros de poder, a menudo humillada, muy desunida. Todos los intentos de convertirla en una fuerza política fracasaron estrepitosamente.

Y entonces llegó el rabino. Fundó un poderoso partido que actúa a menudo como árbitro de la política israelí. Devolvió a los orientales su dignidad perdida. Él los unió. Fue un enorme logro.

Pero ¿para qué? Yo albergué la esperanza de que una vez que los judíos orientales recuperaran su dignidad recordarían su pasado, la Edad de Oro de la cooperación entre judíos y musulmanes en la España medieval, cuando la poesía judía floreció en idioma árabe, cuando el gran pensador religioso Moisés Maimónides llegó a ser el médico personal de Saladino, el líder musulmán que derrotó a los cruzados.

Imbuido de esa esperanza elegí al protegido y abanderado político de Yosef, Aryeh Deri, como hombre del año para mi revista a la tierna edad de 29 años. Al igual que su maestro, Deri, nacido en Marruecos, era un hombre de paz y abogaba abiertamente por un acuerdo con los palestinos.

Pero el sueño se evaporó. El partido Shas se fue escorando cada vez más a la derecha y comenzó a apoyar políticas antiárabes extremistas. El rabino, un gran experto en maldiciones árabes y hebreas, maldijo a los árabes tanto como a sus oponentes judíos. (Una vez anunció que cuando muriera Shulamit Aloni lo festejaría. Aloni, un líder izquierdista, no celebró un festín el día en que murió Yosef.)

Hay muchas razones – psicológicas y sociológicas – para que la comunidad oriental se haya hecho antiárabe y antipaz. La culpa no la tienen solamente Yosef y Deri, pero ninguno de los dos hizo nada para contrarrestar la deriva. Al contrario, se pusieron a la cabeza de la multitud y aceleraron el proceso.

El rabino Ovadia gobernó el partido Shas como un papa, ungiendo y deponiendo a sus líderes a voluntad. El partido no tiene ni instituciones democráticas ni elecciones internas. El rabino tomaba personalmente todas las decisiones. Al unirse al coro antiárabe cometió un grave pecado – aunque nunca se desdijo de su juicio de que era lícito abandonar los territorios ocupados para salvar vidas.

Siendo como era el partido de los oprimidos era razonable esperar que el Shas se convirtiera al menos en líder de la protesta social.

Y, en efecto, el rabino Ovadia y sus subordinados hablaron interminablemente sobre la difícil situación de las masas orientales, los pobres y los discapacitados. Pero en la vida real no hicieron absolutamente nada para aliviar esa difícil situación mediante la política gubernamental, la reforma social, el fortalecimiento del Estado de bienestar y similares. De hecho, sus oponentes los acusaron de mantener deliberadamente a su electorado en la ignorancia y la pobreza a fin de perpetuar su situación de dependencia.

Es un hecho que Ovadia y su grupo utilizaron su considerable poder político de extorsión para succionar al gobierno ingentes cantidades de dinero con las que financiar su sistema educacional independiente, pero para nada más. Dicho sistema va desde preescolar hasta la educación superior yeshivot. En esos centros solo se enseñan las escrituras sagradas, como ocurre en las madrasas musulmanas. Sus graduados no son aptos para engrosar la fuerza laboral. Y, naturalmente, no sirven en el ejército.

El día después del funeral, cuando Benjamín Netanyahu realizó su visita de condolencia a la familia, los hijos [del difunto] no hablaron con él sobre paz o sobre reformas sociales. Solo hablaron del pérfido plan [gubernamental] para obligar a sus jóvenes a realizar el servicio militar.

Las malas lenguas hablan del control que la familia de Yosef ejerce sobre un enorme imperio económico privado basado en la industria de la certificación kosher. Los admiradores del rabino Ovadia insisten en que sus alimentos sean certificados como estrictamente kosher por personas a las que el rabino ha otorgado su confianza -por un precio, por supuesto. Nadie sabe cuánto capital ha amasado este imperio familiar Yosef.

Para los israelíes judíos no ortodoxos, que siguen siendo la mayoría, el rabino Ovadia era un personaje excéntrico y más bien entrañable.

A la televisión le encantaba su costumbre de propinar un cariñoso cachete a todos sus visitantes, encumbrados o humildes. Sus maldiciones se han convertido en parte del folklore (una vez llamó a Netanyahu «cabra ciega»).

Su vestimenta lo hizo inconfundible. Incluso después de que lo despidieran del puesto de Gran Rabino sefardí siguió usando hasta el final el uniforme turco con galones de oro propio del cargo.

Como ocurre con la mayoría de los líderes de este tipo, no deja sucesores. No hay un segundo rabino Ovadia y no lo habrá en mucho tiempo. Adquirir autoridad sobre la base del liderazgo personal, el carisma y la erudición es una tarea que lleva décadas. No se atisba ningún candidato en lontananza. Ni siquiera está asegurada la supervivencia del partido Shas con Deri al frente.

Para mí es una historia triste. Israel está pidiendo a gritos un gran líder sefardí capaz de movilizar a las masas a favor de la paz y el progreso social.

Sólo espero que se pueda presentar ante el Mesías.

 

Fuente original: http://zope.gush-shalom.org/home/en/channels/avnery/1381494630/