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La I Gran Guerra y los difíciles avatares de la racionalidad poliética (I)

Fuentes: Sociología Histórica

Para el amigo, compañero y maestro Alejandro Andreassi, ciencia con conciencia Ivanov se acercó a su mujer, la rodeó con los brazos y permaneció pegado a ella, inmóvil, sintiendo el calor olvidado y familiar de la persona amada… Mientras él estaba allí sentado, toda la familia trajinaba en la sala y en la cocina, preparando […]

Para el amigo, compañero y maestro Alejandro Andreassi, ciencia con conciencia

Ivanov se acercó a su mujer, la rodeó con los brazos y permaneció pegado a ella, inmóvil, sintiendo el calor olvidado y familiar de la persona amada… Mientras él estaba allí sentado, toda la familia trajinaba en la sala y en la cocina, preparando un festín. Ivanov examinó, uno tras otro, todos los objetos: el reloj, el aparador con la vajilla, el termómetro de pared, las sillas, las flores en los alféizares, el fogón de ladrillo. Aquí habían vivido durante mucho tiempo, y aquí lo habían echado de menos. Ahora había vuelto y los miraba, empezaba a conocerlos de nuevo, como si fueran parientes cuyas vidas habían sido tristes y solitarias sin él. Respiró hondo y sintió el olor de la casa, conocido e inalterable: a madera que arde lentamente, al calor del cuerpo de sus hijos, al humo de la chimenea. Este aroma era el mismo de hacía cuatro años, no se había disipado ni cambiado en su ausencia. En ningún otro lugar había sentido Ivanov este olor, aunque en el curso de la guerra había estado en varios países y cientos de hogares; los olores allí habían sido otros, siempre les faltaba esa cualidad especial que tenía el de su casa.

Platónov; «El rio Potudán» (1937)

Días después de la acción en el frente de Ypres, [Fritz] Haber regresó a Berlín para visitar a su familia. El día 1 de mayo, en las dependencias próximas al Instituto celebró una fiesta para sus amigos con motivo de su promoción al rango de capitán, honor sin precedentes para un científico. La misma noche, su esposa, también una científica distinguida y una de las pocas mujeres alemanas con el título de doctor, salió al jardín con el revólver reglamentario de Haber, disparó primero al aire y después contra su pecho. Dos horas más tarde moría en los brazos de su hijo que, con el tiempo, también se suicidaría. A lo largo de los años ha persistido la teoría de que la mujer se suicidó en protesta por el papel de Haber como iniciador de la utilización de gases tóxicos en la guerra. Parece cierto que, en los meses anteriores, cuando Haber expuso sus planes, ella se había declarado rotundamente contraria. La misma mañana de la muerte de su esposa, Haber abandonó su hogar y se dirigió al frente oriental para iniciar un ataque con gases contra los rusos.

John Cornwell (2003), Los científicos de Hitler. Ciencia, guerra y el pacto con el diablo

I. Before the rain [1].

Se dobló el número de obreros y artesanos en Alemania entre 1882 y 1907. De 4,8 millones se pasó a 10,6 millones. En 1914, al inicio del gran estallido, los sindicatos alemanes agrupaban a unos 2,5 millones de trabajadores, una cuarta parte de la clase obrera germana. Los trabajadores vivían de media 45 años [2], una cifra sustantivamente menor al finalizar la Gran Guerra [3]. En Berlín, a principios de siglo, el 43% de las familias obreras, con cuatro o cinco hijos en frecuentes ocasiones, vivían en una sola habitación.

Entre 1871 y 1914, la población francesa se mantuvo constante (unos 40 millones de personas), mientras Alemania aumentó la suya 25 millones (65 millones en vísperas de la guerra). Francia invertía sus ahorros en el exterior; el ahorro alemán abonaba el desarrollo industrial del Reich. De 1865 a 1895, mientras la producción industrial germana se triplicaba, Francia aumentaba la suya apenas un tercio. Gran Bretaña dominaba los mares con su flota. Seguía siendo, con gran diferencia, la primera potencia financiera del mundo. Su ahorro se invertía en su inmenso imperio colonial, un imperio que atraía, como también los Estados Unidos, una buena parte del flujo de emigrantes llegados de toda Europa.

La mayor parte de los teóricos socialistas de antes de 1914, Karl Kautsky ,el «otro Karl», es un ejemplo destacado, también Lenin por supuesto, habían conjeturado que «el ultraimperialismo» podía desembocar en una explotación concertada del planeta entre las principales potencias industriales. Era también la convicción de Jean Jaurès, el luchador socialista asesinado [4]: el capitalismo llevaba la guerra en su seno como la nube lleva la tormenta. Así lo había afirmado tiempo atrás en el congreso de la II Internacional celebrado en la catedral luterana de Basilea.

A pesar de esas tensiones estructurales, y no sin dificultades ciertamente, los conflictos de años anteriores -crisis de Marruecos entre Francia y Alemania en 1905 y 1911, guerras balcánicas de 1912,…- habían podido ser atajados. No habitaba el olvido sobre la guerra entre Estados Unidos y España [5]. Ni sobre el hecho de que en 1900 Pekín había sido ocupada por un cuerpo expedicionario occidental dirigido por el mariscal Von Waldersee. Tras duros enfrentamientos, los ingleses habían vencido a los boers de Sudáfrica en 1903. Japón, por su parte, había derrotado al ejército y la flota rusos en Manchuria (también en Tsushima en 1904-1905). Sin embargo, todos estos conflictos, de indudable importancia y sufrimiento, habían quedado circunscritos al ámbito regional. Podían ser considerados, con impropio lenguaje, como ajustes en el equilibrio entre potencias. Rusia, por ejemplo, había firmado la paz cediendo Port Arthur a Japón.

No reinaba en Europa, en todo caso, una atmósfera propiamente pacífica. Desde luego que no. En los Balcanes, el retroceso del Imperio otomano y el despertar de las nacionalidades eslavas (Serbia, Bulgaria) u ortodoxas (Grecia, Rumania) debilitaban al Imperio de los Habsburgo y atizaban su rivalidad con el Imperio ruso, que veía abrirse ante sus ojos la ruta de los estrechos y el libre acceso al Mediterráneo, aunque el Bósforo y los Dardanelos eran objeto, desde la guerra de Crimea, de convenios internacionales que garantizaban a todos los países el derecho de paso.

La «primera mundialización» revestía otro cariz para los llamados pueblos «de color». El «reparto colonial» de una Europa que tenía todavía en aquel entonces el 20% de la población mundial estaba prácticamente acabado. Aparte de Etiopía, Siam y Afganistán, que habían conservado su independencia, la colonización era el común destino de todas aquellas naciones. Cuando no estaba todavía formalmente establecida, irrumpía una dura competencia por el reparto de las zonas de influencia. En América Latina la presencia financiera de Inglaterra convertía a grandes países como Argentina en protectorados de hecho [6].

Así, pues, ¿existían motivos reales para inquietarse en la primera década del pasado siglo? ¿Se acercaba, de forma inexorable, la temida y terrible tormenta de la que había hablado Jaurès? No, de entrada; no, en principio. La paz inestable, con numerosos e inadmisibles nudos de injusticia, dominio y explotación, parecía momentáneamente asegurada. ¿Quién podía tener interés en romper la más que difícil madeja, estrechamente imbricada, de las relaciones comerciales y financieras internacionales? Ante el ascenso del Imperio alemán, Gran Bretaña se había acercado a Francia (Entente Cordial, 1904) y luego a Rusia (Triple Entente, 1908, una relación a dos bandas). Londres se había guardado muy bien de asumir compromiso alguno de apoyo automático a sus aliados en caso de agresión y se había negado a conceder a Alemania el beneficio de su neutralidad «en toda circunstancia». Gran Bretaña seguía celosa de conservar «las manos libres». El equilibrio de fuerzas entre la «Triple Alianza» (Alemania, Austria-Hungría, Italia) y la «Triple Entente» (Francia, Rusia, Inglaterra) parecía garantizar la paz… en Europa.

Por lo demás, y no sin diferencias importantes como veremos más adelante, la denominada, no siempre con límites precisos, «cultura europea» acercaba parcialmente entre sí a las élites de todos los países, casi tan estrechamente como se había tejido en paralelo la comunidad de los negocios. Era poco probable que un conflicto, si llegaba a despuntar en el horizonte, no pudiera ser frenado y reconducido. Todos los intereses en juego de los Imperios y grandes naciones parecían confluir en ello. Aunque no se prestó atención a la sorda evolución de las relaciones de fuerza y las cláusulas de los pactos de la diplomacia secreta y los acuerdos de los estados mayores no eran conocidos por las opiniones públicas, nada a primera vista parecía apuntar a una guerra de dimensiones mundiales.

Más aún. Incluso después del asesinato del príncipe heredero de la corona imperial y real de los Habsburgo, inicialmente conocido como «incidente de Sarajevo», la marcha usual de los acontecimientos se mantuvo inalterada. Guillermo II fue de viaje a los fiordos noruegos; Raymond Poincaré, presidente de la República Francesa, acompañado de su primer ministro, René Viviani, acudió a un crucero que debía llevarlos sucesivamente a San Petersburgo, Estocolmo y Copenhague. Incluso el undécimo Tour de Francia no se interrumpió; finalizó el 26 julio.

Por otra parte, desde el punto de vista de las finanzas internacionales, la inestabilidad del mercado mundial de bonos se había reducido fuertemente en los años que antecedieron a 1914. Sólo se produjo un fuerte descenso en la semana posterior al ultimátum, cuando empezó a cundir la alarma. Aún así, como ha señalado Niall Ferguson, los bonos británicos cayeron inicialmente sólo un 7%, los franceses un 6% y los alemanes un 4%. La aceleración en caída libre se produjo el 27 de julio, cuando empezaron a cerrarse las bolsas europeas y los inversores sacaron enormes cantidades de dinero.

…Pero de repente, inesperadamente, sin muchos indicios previos, irrumpieron infernales huracanes de acero y muerte de dimensiones insospechadas hasta entonces. Nunca una tormenta humana de destrucción, irracionalidad, crimen y terror había arreciado con tanta fuerza en la esfera política. La guerra generalizada, en versión desconocida, hacía acto de presencia como un inmenso y dañino alud incontrolable. Indeseadas y más que terribles campanas de muerte sonaron por toda Europa.

II. Paisaje desolado tras una larga, dura, mortífera e inútil batalla

Acabada una guerra iniciada y abonada para acabar con todas las guerras y salvar al mundo para la democracia, una guerra que movilizó entre los estados beligerantes a más de 74 millones de personas (9.700.000 soldados muertos y 6.800.000 civiles, 19 millones de heridos, 10 millones de mutilados, 9 millones de huérfanos, 5 millones de viudas, 10 millones de refugiados, caída de tres imperios, etc), Alemania, toda Europa en general, presentaba un cruel paisaje de desolación, especialmente para los ciudadanos más vulnerables, un destrozado y ruinoso territorio tras un enfrentamiento militar sin precedentes históricos. Un ejemplo:

Las fuerzas políticas europeas, incluyendo en ellas a la mayoría de organizaciones socialistas, se habían embarcado en aquella guerra de modo inconsciente, temerario, sin pensar detalladamente en las posibles consecuencias [7]. El resultado de aquella «matanza inútil», en palabras de Benedicto XV, fue, sin olvidar algún nudo falsador, una transformación radical y fuertemente reaccionaria del continente europeo y de la geopolítica mundial, un enorme espasmo, se ha afirmado, del sistema capitalista, seguido de la segunda depresión en los años treinta y de una Segunda Guerra, mucho más cruenta aún, a continuación. Los Estados Unidos de América pasaron a ser desde entonces el gran Imperio mundial.

La involución autoritaria, ha señalado Canfora, empezó de inmediato, tras el estallido de la guerra. Con ella, la política se suspende y se pasa «a otro tipo de gestión de la cosa pública». La transformación de lo que en algunas instancias de poder se pensó o publicitó como guerra relámpago[8] en una guerra prolongada de desgaste y destrucción incrementó esa involución reaccionaria y con ella, como si se tratara de una constante histórica, la irrupción de grandes e incontrolados poderes no democráticos.

En el caso de la Alemania guillermina, ese poder no democrático fue ejercido, sobre todo, por el alto mando. Entre sus miembros más destacados, el general Erich Ludendorff, conocido como «héroe de Lieja», y el mariscal Paul von Hindenburg. El primero sería años después el organizador e inspirador del Putsch del Partido nazi de noviembre de 1923. El segundo llegó a ser presidente de la República alemana, encomendando a Hitler la formación del gobierno en enero de 1933 cuando el partido nacional-socialista estaba muy lejos de la mayoría parlamentaria [9].

La atmósfera antidemocrática imperante también se reflejaba en las instituciones, en los propios parlamentos. Elegidos antes de la guerra, seguían en funciones. El Reichstag, constituido en 1912 [10], con fuerte presencia socialdemócrata, siguió con la misma composición -y funciones más bien decorativas- hasta el final de la contienda.

La formación del gobierno alemán corrió a cargo de Bethmann-Hollweg, alarmado o aparentemente alarmado porque la guerra, a pesar de la imperial e ilegal invasión de Bélgica [11], no estaba siendo rápida pero, sobre todo, porque el alto mando, sin aprobación parlamentaria, se había lanzado a un nuevo tipo de enfrentamiento bélico, la guerra submarina. Inmenso error de Alemania. A pesar de disponer de grandes acorazados, la armada germánica no era capaz de medirse con el poderío naval inglés. Su arma secreta, «la guerra submarina indiscriminada», con potenciales ataques a barcos de un país no beligerante, fue un paso más hacia el abismo. El propio Hollweg fue contrario a la idea. La guerra submarina, «la expedición alemana a Sicilia» según sus palabras, le dio a Estados Unidos una coartada perfecta para intervenir. Lo hizo en septiembre de 1917. La más que probable razón de fondo: el desplome del frente ruso, la revolución de febrero de 1917, la dificultad de la nueva república rusa para seguir enfrentándose a Alemania, abría la posibilidad de que los imperios centrales europeos pudieran resultar vencedores del conflicto. Estados Unidos, como Inglaterra, no podían admitir una Europa germanizada.

Algo esencial irrumpió en el desarrollo y finalización del conflicto. De una parte, un vértice revolucionario a favor de la paralización de la matanza. Lo que había sido meramente un amago, la afirmación, inicialmente sin trascendencia social, por una pequeña, valiente y lúcida minoría de que el verdadero enemigo del pueblo alemán era su propio gobierno, se convirtió poco a poco en una tesis que arraigó, que llegó a ser fuerza consistente. La prolongación de la guerra, las dimensiones de la muerte y los crímenes en el conflicto, y inesperado el triunfo de la revolución bolchevique fueron aristas centrales en aquella situación. El Partido Socialista alemán se rompió y Hugo Haase formó el Partido Socialista Independiente (USPD).

Antes de ello, el 10 de noviembre de 1918, en la víspera del armisticio, hubo un pacto secreto entre Friedrich Ebert, el futuro nuevo canciller del Reich [12], dirigente del ala mayoritaria del SPD, y Gröner, el general que había reemplazado a Ludendorff el 26 de octubre. El acuerdo preveía la ayuda de la Reichswehr para aplastar a los espartaquistas y reducir la disidencia de Karl Liebknecht y del ala izquierda de la socialdemocracia, ¡el partido de Ebert!

De otra parte, la otra cara dura y peligrosa del espectro: la irrupción del nacionalismo más agresivo, la formación del Partido de la Patria, el Vaterlandspartei. Canfora [13] lo describe así:

El Partido de la Patria llegó a ser el mayor partido de masas reaccionarias, cuyo único credo y cuya única razón de ser fue un obstinado afán por alcanzar los objetivos de guerra anexionistas. Fue el grupo de presión más fuerte que llegó a existir en la realidad alemana durante la guerra. ¿Quién capitaneaba este partido? El mariscal Hindenburg, que era su presidente «por naturaleza, que presidía sus reuniones públicas, que gobernaba de hecho, haciendo caso omiso de la autoridad del parlamento.

Fue el primer experimento histórico de un partido reaccionario de masas. Continuó en las dictaduras fascistas de los años veinte y treinta. Y con todo ello, una diseñada y extendida conjetura que intentó ubicar las fuerzas de izquierdas en la cuneta de la historia, la «teoría» de la Dolchstosslegende, la leyenda de la puñalada. El ejército alemán estaba combatiendo heroicamente, podía dar un vuelco a la situación, podía ganar la guerra, se garantizaba de este modo el bienestar del «pueblo alemán», se ampliaban los territorios del Reich,… pero el criminal golpe por la espalda asestado por socialistas extremistas probolcheviques lo impedían. Eran, verdaderamente, ¡traidores al país, negadores de la Patria!

El mensaje nacionalista-conservador perduró durante años. A las fuerzas de izquierda se les hizo responsables de la catástrofe nacional. Son conocidos los nombres de los principales propagandistas de la falsa leyenda: Ludendorff, Hindenburg y, con ellos, la prensa alemana de derecha extrema actuando como caja de resonancia.

Por supuesto: este nacionalismo agresivo de las élites no fue de ninguna de las maneras una característica alemana en exclusiva. Un ejemplo francés [14].

Aunque puede parecer sorprendente, admite Canfora, el mundo católico sintonizaba con el pontífice Benedicto XV. Pero «ningún soberano es tan absoluto como para gobernar realmente sobre todos sus súbditos». La realidad eclesial católica francesa también se dividió.

En la Francia de aquellos años, una organización católica se presentaba como una asociación humanitaria. Estaba dirigida por una personalidad prestigiosa y acreditada del clero, el futuro cardenal, entonces obispo, Alfred-Henri-Marie Baudrillart, descendiente de una de las grandes familias francesas, de Sylvestre de Sacy, «vinculado a los círculos dirigentes, miembro eximio del Institut Catholique». Baudrillart dejó un diario -conocido por Carnets– que se ha publicado estos últimos años, nueve volúmenes en total con miles y miles de páginas. Una fuente imprescindible para los historiadores.

Canfora cita dos pasajes de autoría cardenalicia que se sitúan al principio y al final de la guerra. El primero, de 2 de agosto de 1914. «Se anuncia que mañana tendrá lugar el funeral, el entierro de Jean Jaurès» [que había sido asesinado por un nacionalista francés por oponerse a la guerra]. Baudrillart añade: «él también es uno de los culpables de la triste situación presente, y habría sido mucho peor si se hubiera hecho caso de las ideas de Jaurès. Para el bien general ha sido una cosa excelente que haya desaparecido la víspera del conflicto» (al que puede sumarse este otro de 16 agosto, publicado en Le Matin: «Creo que estos acontecimientos son muy afortunados, los llevo esperando hace cuarenta años. Francia se rehace, y en mi opinión, no podría rehacerse sino mediante la guerra, que la purifica«).

Llegamos al 5 de mayo de 1918. Es de nuevo su excelentísima el cardenal quien escribe: «La inconcebible y criminal audacia de una parte de los socialistas franceses quiere celebrar el centenario del nacimiento de Carlos Marx [15]…Ellos dicen, los socialistas franceses, que los socialistas alemanes en su momento lloraban por Jean Jaurès: ya lo creo, Jaurès habría paralizado con su acción nuestra defensa nacional» [16].

Tenaces y en absoluto marginadas voces reaccionarias que agitaban con ahínco espíritus y tempestades. Pero, ¿cuál fue la causa desencadenante, la más inmediata, la que que provocó el gran y criminal estallido?

3. Una chispa criminal, aislada, que encendió una inmensa pradera [17].

28 de junio de 1914, un grupo de activistas de la organización Joven Bosnia, mayoritariamente serbios de ideología panserbia, asesinan al archiduque Francisco Fernando, heredero del trono del Imperio austro-húngaro. El 23 de julio, Viena envía un ultimátum a Belgrado. Berlín apoya las pretensiones del Imperio aliado. El 25 de julio, Rusia comienza la movilización de sus tropas en la frontera. Ese mismo día, el gobierno serbio ordena la movilización de su ejército. El 28, Austria-Hungría declara la guerra a Serbia e inicia la movilización. El 1 de agosto Francia y Alemania dan comienzo a la movilización general. Ese mismo día, el imperio guillermino declara la guerra a Rusia; el día siguiente, 2 de agosto, declara la guerra Francia [18]. El 4, Londres declara la guerra a Berlín. Comienza la conflagración general. Japón se incorpora a ella, apoyando el bando aliado, dos semanas después [19]. Estados Unidos entra en guerra en 1917. El gran historiador de la ciencia Helge Kragh [20] comenta sobre ello y sobre la imbricación guerra-tecnociencia:

En junio de 1917 una misión franco-alemana, que incluía a Rutherford, visitó a sus colegas de Estados Unidos. Mientras que la investigación estadounidense tanto en detención submarina como en artillería era inferior a la de sus aliados, en el campo de las comunicaciones era superior. Cuando se declaró la guera en abril de 1917, el ejército de Estados Unidos comisionó a John Carty de AT&T y a un número selecto de otros científicos e ingenieros como oficiales en los Cuerpos de Señales. Carty organizó una División de Ciencia e Investigación, encabezada por Milligan, que incluía científicos e ingenieros de universidades y empresas privadas. En unos pocos meses, AT&T proporcionó 4.500 ingenieros y operadores organizados en 14 batallones, triplicand por tanto al personal de los cuerpos de señales. La eficacia de los sistemas de comunicaciones del ejército de Estados Unidos, tanto por cable como inalámbricos, dependía de los desarrollos en tecnología de válvulas de vacío realizados por Oliver Buckley, el físico de AT&T que estaba encargado del laboratorio de los cuerpos de señales en París.

Podemos ver el escenario completo con algo más de detalle.

1914, 28 de junio. Francisco Fernando, archiduque de Austria, hijo del emperador Francisco José, alto grado del ejército austriaco, visita la región bosnia, entonces parte del imperio austro-húngaro. Sin entusiasmo. Sabe que se va a encontrar un ambiente poco agradable. Decide ir, es el heredero del trono a pesar de que no goza del favor de su padre, del viejo soberano [21].

Francisco Fernando viaja acompañado de su esposa. Al cruzar las calles de Sarajevo se encuentra en algunas situaciones embarazosas. Alrededor del cortejo unas muchedumbres, más o menos reclutadas, manifiestan su oposición a Serbia, el país enemigo, el estado eslavo que se ha declarado independiente y que en esos mismos días conmemora la trágica batalla de Kosovo. Celebran el heroísmo, el supuesto heroísmo de aquellos días lejanos.

La ciudad está llena de extranjeros. En el coche del heredero viajan el comisario del gobierno, el alcalde de la ciudad y el gobernador de Bosnia-Herzegovina, Potjorek. A las 11:30, mientras avanza el automóvil por las calles, suena el disparo de un fusil. Los participantes no se dan cuenta de lo que ocurre. Un pequeño objeto, una bomba, cae detrás de la pareja real; choca con la pared del vehículo y, finalmente, rebota hasta el coche que va detrás. Dos oficiales resultan heridos; les socorren. Se ha lanzado una bomba de mano contra el coche del archiduque. Han fallado, no han conseguido su objetivo.

El atacante es detenido. Kabrinovich es su nombre. Súbdito austriaco, es un tipógrafo de origen serbio. El cortejo reanuda su marcha. El archiduque está irritado. «¿Se recibe siempre así en Sarajevo a los invitados?», pregunta.

Llegan finalmente al primer destino. La pareja real se deja ver por la muchedumbre que aplaude. El conde Harrach, sentado a la derecha de la pareja real, pregunta al gobernador si hay suficientes tropas que garanticen la seguridad del heredero. El gobernador le responde desabrido y molesto: Sarajevo no es ciudad llena de terroristas.

El cortejo reemprende la marcha. El visitante real exige una variación del recorrido; decide visitar además los heridos del hospital. El conde Harrach se ofrece para colocarse de pie en el estribo de su automóvil y garantizar así la seguridad del heredero (que se niega y agradece el gesto). Los automóviles, a mayor velocidad, se dirigen al hospital.

El trayecto ha sido modificado. Se dirigen hacia la calle Francisco José, una arteria urbana que lleva el nombre del emperador. No deben entrar en ella. Pero la policía comete un error y deja el paso libre. El primer automóvil entra en ella, sin saberlo, sigue el primer itinerario programado. La policía no ha puesto la barrera. El segundo coche sigue al primero. Potjoreck se da cuenta de la enorme pifia que han cometido. Ni siguen la orden del archiduque ni están libres de exponerse a situaciones imprevistas. Reduce la marcha del automóvil, da marcha atrás para seguir el nuevo itinerario y se acerca, sin protección, a un lado de la calle. Cuando está cerca de la acera y el conductor ha disminuido la velocidad, se oyen dos disparos seguidos. La duquesa se desmaya; el gobernador oye que el archiduque está intentando decir algo a su mujer. Se acerca a ambos, están malheridos. Desabotonan el cuello del uniforme del archiduque. De la aorta salen chorros de sangre. Los agresores han conseguido su objetivo. Intentan ponerse a resguardo y llevar el heredero al hospital. Fallece un cuarto de hora después.

Se detiene, también en esta ocasión, al autor del atentado. Gavrilo Princip, serbio, 19 años de edad. Se intenta suicidar con cianuro; no lo consigue.

Se abre una investigación en pocos días y con mucho sigilo. ¿Por qué ciudadanos de un país hostil circulaban con bombas de mano y pistolas por Sarajevo? ¿Por qué no se tomaron medidas más enérgicas tras el primer intento? La investigación estuvo claramente predeterminada desde el principio por la finalidad y «conclusión» política de la parte austriaca: el único responsable del atentado era el gobierno serbio, una tesis imposible de demostrar en tan poco tiempo.

Por lo demás, nunca se ha podido probar que el gobierno de Serbia organizara el atentado. La razonable tesis del gran intelectual italiano: poco importaba ese matiz a «la fábrica de opinión del imperio austriaco, pues el incidente le venía como anillo al dedo para saldar cuentas definitivamente con Serbia», para dar una lección definitiva a un país que, protegido por el imperio ruso, pretendía liderar a los eslavos del sur. ¡A por ellos!

Notas:

[1] Tomo pie aquí en trabajos inéditos que me han sido facilitados por el científico, activista e historiador de la UAB Alejandro Andreassi; en Luciano Canfora (1914, Barcelona, El Viejo Topo) y en Francisco Viega y Pablo Martín (1914-1923. Las guerras de la gran guerra, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2014).

[2] Sophie Fay, «1914: ¡felices obreros alemanes!» www.sinpermiso.info , 22/06/2014, traducción de Lucas Antón.

[3] En otro orden de cosas, entre 1917 y 1918, la mortalidad infantil entre 1 y 5 años aumentó en Alemania más de un 30%.

[4] Para una aproximación de la veterana historiadora francesa, Madeleine Rebérioux, a la figura de Jaurès -» Jaurès, Trotsky y la primera G. M.»-, junto a una película del realizador y escritor Jean-Daniel Verhaege, «Jaurès, naissance d’un géant», véase http://alencontre.org/laune/histoire-jaures-trotsky-et-leclatement-de-la-premiere-guerre-mondiale.html .

[5] Que tuvo de abandonar, como se recuerda, Cuba y Filipinas.

[6] La observación es del Lenin de El imperialismo, fase superior del capitalismo.

[7] Véase Luciano Canfora, 1914, op cit.

[8] Stéphane Audoin Rouzeau («1914: La brutalización del mundo. Entrevista. www.sinpermiso.info 13 de julio de 2014), uno de los grandes especialistas franceses en la I Guerra, ha señalado: «Los estados mayores eran conscientes de que podía ocurrir una nueva forma de guerra, y eso desde la guerra ruso-japonesa que todos habían escudriñado atentamente. Sobre todo la batalla de Mukden de febrero-marzo de 1905: de pronto, pareció que la batalla desaparecía, los ejércitos quedaron inmovilizados y enterrados». El mito de una guerra muy ofensiva y muy breve, que inspiraba los planes de los estados mayores en vísperas del conflicto, «era una forma de negar la obsesión de que se reprodujera dicho esquema. Habían visto en que se convertía un ejército que se enterraba. Y luego, queriendo evitar la trampa de enterrar a las tropas, han caído en ella». A partir de otoño de 1914, por lo menos en la frontera oeste, se instaló un interminable asedio de casi 700 kilómetros de largo a campo abierto. «Las causas de esta inmovilización son las mismas que las de la guerra ruso-japonesa: la intensidad de fuego (el cañoneo de una artillería completamente renovada, en particular) que obliga a enterrarse.»

[9] En las elecciones de noviembre de 1932, con una participación del 80,58% del electorado, el NSDAP consiguió 196 escaños de un total de 584. La suma de escaños del SPD y del KPD fue de 221, 25 más que el NSDAP. Los votos de estas dos formaciones superaron los 13.232.000; el partido nazi consiguió 11.737.395 votos, un millón y medio menos. http://es.wikipedia.org/wiki/Elecciones_parlamentarias_de_Alemania_de_noviembre_de_1932

[10] El SPD se convirtió en 1912 en la primera fuerza del Parlamento alemán: 110 diputados de un total de 409.

[11] Sea dicho en honor de la resistencia belga. En 1909, recordaba Xavier Theros recientemente en las páginas de El País en Cataluña (Jueves 28 de agosto, p. 4, http://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/08/27/catalunya/1409166879_982838.html ), el gobierno español creyó poder tapar el estallido de la Semana Trágica juzgando y condenando a un inocente, alguien a «quien las autoridades eclesiásticas consideraban su peor enemigo». La víctima fue Francesc Ferrer i Guàrdia, alguien que «a principios del siglo XX había abierto el primer centro de su Escuela Moderna en la calle Bailén de Barcelona». Pues bien, si hubo un lugar que centralizó su defensa esa ciudad fue Bruselas, «donde en 1911 se erigió un monumento al pedagogo catalán en la plaza de Santa Caterina. El pedestal era obra del arquitecto Adolphe Potente y la estatua del escultor August Puttemans». La embajada española no pudo persuadir al alcalde de la ciudad -Adolphe Max- para que lo prohibiera. El gesto precipitó un período de tensión entre ambos países. En 1913 hubo, además, una petición internacional para revisar el juicio, lo que «enfureció al monarca español que no viajó a la Exposición Universal de Gante». Al estallar la Gran Guerra, el gobierno español de Eduardo Dato intentó organizar una marcha de protesta en Bruselas para «pedir la destrucción del ofensivo monumento». Muchos ayuntamientos españoles pedían también su retirada. Nadie esperaba lo que sucedió después. El 27 de enero de 1915, el ejército alemán de ocupación desmontó el monumento a Ferrer i Guàrdia como gesto hacia el monarca español, la única estatua belga que sufrió este trato por parte de las fuerzas ocupantes. La oposición anti-alemana escribió en el pedestal: «Tienen a Ferrer, pero no el Yser» (el canal donde belgas y franceses habían detenido el avance germano). En Barcelona hubo una gran manifestación de protesta; en Valencia fue apedreado el consulado alemán. Terminada la guerra -y pese a las nuevas maniobras borbónicas-, la estatua fue restituida. Como concesión al gobierno español se suprimió el nombre de Ferrer i Guàrdia. El monumento no recuperó su auténtica dedicatoria hasta la caída de la monarquía y el advenimiento de la II República en 1931, el mismo año que el ayuntamiento barcelonés aprobó erigirle otra estatua. Durante la Guerra Civil, la plaza Urquinaona y el teatro Borràs fueron denominados «Ferrer i Guàrdia», nombre que perdieron en la posguerra. El monumento belga sobrevivió a la ocupación nazi y tras diversos traslados, fue instalado en su actual ubicación frente al paraninfo de la Universidad Libre de Bruselas. En el pedestal, recuerda Xavier Terso, puede leerse: «Francisco Ferrer fusillé à Montjuich le 13 octobre 1909, martyr de la Liberté de Conscience».

[12] El 11 de diciembre de 1918, cuando las tropas estaban volviendo del frente, Ebert las acogió con estas significativas palabras:»¡Recibid mi saludo, vosotros a quienes ningún enemigo ha vencido sobre los campos de batalla!».

[13] L. Canfora, 1914, op cit, p. 137.

[14] Ibidem, pp. 131-132.

[15] U n alemán, el motivo por el que la iniciativa le parecía delictiva al ecuánime y más que temperado Cardenal.

[16] Señala Canfora (1914, ob cit, pp. 122-123) y es difícil expresarlo mejor: «No se ha reflexionado lo suficiente sobre lo que supuso la guerra dentro de cada país; quizá sea el arte cinematográfico, con su fuerza expresiva, el único que a veces puede darnos una idea. Sobre esa terrible guerra hay una película de un gran director, un genio de la filmografía mundial, Stanley Kubrick, que se titula Senderos de gloria (Paths of Glory) y relata un castigo feroz en el frente francés, la ejecución de unos soldados elegidos al azar para dar un escarmiento a la tropa que había fracasado en un asalto -un combate cuerpo a cuerpo con bayoneta- en la guerra de trincheras». La película de Kubrick, prosigue Canfora, «es una tragedia griega por su belleza, por su sencillez, y explica, creo yo, mejor que cualquier alegato, mejor que cualquier evocación histórica, cuál fue el resultado de la decisión irresponsable que tomaron los socialistas en ese momento, empezando por los alemanes.» La novela de Humphrey Cobb ha sido publicada recientemente por Capitan Swing, Madrid, 2014.

[17] Véase L. Canfora, 1914, ob cit, Francisco Veiga y Pablo Martín, Las guerras de la Gran Guerra (1914-1923), ob cit, y Jean.Pierre Chevènement, 1914-2014. Europa, ¿fuera de la historia?, Barcelona, El Viejo Topo, 2014 (traducción de Miguel Candel).

[18] Eso sí, con la letanía de siempre. Raymond Poincaré: «La movilización no es la guerra. En las circunstancias presentes aparece, por el contrario, como el mejor medio para segurar la paz con honor» (Tardi, Verney, ¡Puta guerra! 1914-1919, Barcelona, Norma editorial, 2010, p. 7).

[19] Tomaron base para ello en una interpretación más que estricta de su reciente acuerdo con Gran Bretaña. Su razón de fondo: mejorar su posición en China y en el Pacífico a costa de Alemania. Dieron a Alemania seis días para entregar Kiaochow, uno de los puertos que el Imperio alemán poseía en China.

[20] Helge Kragh, Generaciones cuánticas. Una historia de la física en el siglo XX, Madrid, Akal, 2007 (ed original 1999, traducción de Daniel Duque Campayo, Ana Granados Sanandés y Manuel Sangüesa Lazcano), p. 132.

[21] Su preferido, el príncipe Otón, había enfermado a causa de su vida heterodoxa y estaba en fuera de juego imperial. Por lo demás, el emperador Francisco José había desaprobado la boda de su forzado heredero. Este, el heredero del trono de Austria-Hungría, había tenido que jurar al soberano, su padre, que sus hijos, de haberlos, no serían automáticamente los siguientes herederos del trono.

Fuente:

SOCIOLOGÍA HISTÓRICA , nº 4 (2014) MONOGRÁFICO «1914-2014. La Gran Guerra y nosotros, cien años después

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