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Palabras en la presentación del libro Episodios de la lucha clandestina en La Habana (1955-1958), de Nicolás Rodríguez Astiazaraín

La máquina del tiempo

Fuentes: La Jiribilla

Encontré varias veces a Nicolás – o a Quique como le decíamos los más próximos – después que él concluyó su larga y fructífera misión como diplomático. Hacía años que yo había dejado, al menos formalmente, mi también prolongada carrera que inicié con él como mi más cercano colaborador, pero ambos y otros veteranos éramos […]

Encontré varias veces a Nicolás – o a Quique como le decíamos los más próximos – después que él concluyó su larga y fructífera misión como diplomático. Hacía años que yo había dejado, al menos formalmente, mi también prolongada carrera que inicié con él como mi más cercano colaborador, pero ambos y otros veteranos éramos – todavía somos – invitados a reuniones en la elegante casona de Calzada y G. De allí guardo mis últimos recuerdos sobre él.

Preservo, sobre todo, lo que era como una obsesión suya. Cuando ahí coincidíamos – como sucede siempre que se ven tras largo tiempo los amigos – y le preguntaba cómo estaba y qué hacía, me hablaba de un libro, del libro, de este libro que ahora está ante ustedes.

Nicolás se volvió monotemático. Casi no hablaba de otro asunto. Siempre mencionaba al personaje irrepetible y poco recordado que hubiera sido coautor de esto que los dos concibieron y en lo que juntos trabajaron, Manif Nallib Abdala. Ambos murieron sin concluirlo. Fue necesaria la tenaz labor de Maira Góngora, Julio Dámaso y otros compañeros para poder llegar a este momento.

Quizá resultó afortunado que así fuera. Este es el libro de Nicolás, su obra y también la de Manif. Pero es igualmente el libro de muchos otros, de todos aquellos cuyos nombres aparecen en el texto y de otros que no son mencionados pero también formamos parte de él porque integramos el mismo proceso aunque en otros escenarios y momentos que los que el libro trata.

Mucho insistió Maira por el prólogo y a ella pido disculpas por el tiempo transcurrido. Por supuesto que había, siempre las hay, otras urgencias que podrían justificar mi demora. Pero la verdad es otra.

Cuando recibí el manuscrito lo leí de un tirón en una jornada y me produjo un efecto que estoy convencido se repetirá en muchos de ustedes.

Ciertamente me hizo viajar en la máquina del tiempo. De sus páginas surgían, descritos con exactitud, tal como son, queridos compañeros con quienes hacía años era imposible reunirme. Me pasé la noche con ellos, con Armando Mestre, el albañil negro que además de paredes levantó a una generación; con Sergio González «El Curita», verdadero predicador con el ejemplo; escuchábamos atentos la inagotable sabiduría de Manif y los agudos comentarios de Rogelio, así estaba cuando al amanecer Fontán me ordenó regresar al presente.

El libro de Nicolás trae a la vida a héroes y mártires no siempre suficientemente conocidos, y reconstruye con precisión hechos y acontecimientos que no deben quedar en el olvido. Su texto nos vuelve a traer los libros que entonces leíamos, la música que escuchábamos y las ilusiones, las angustias, los sueños. Logra recrear la vida que vivimos.

El manuscrito que tenía en mis manos por primera vez aquella noche es un auténtico, sincero, veraz testimonio de los sacrificios y las luchas de una generación, la mía y más concretamente aún, es el testimonio de un segmento de aquella generación – el de los combatientes de Acción y Sabotaje y de las Brigadas Juveniles del 26 de Julio – del que fui y soy militante.

¿Cómo atreverse a escribirle un prólogo?

Ahí radica y no en otro lugar mi única excusa valedera. Estamos ante un libro muy importante.

Tal es su importancia que llega ahora cuando es más necesaria su lectura.

Nicolás nos permite asomarnos a un período especialmente dramático y complejo de nuestra historia. El texto recupera el ambiente en que nuestra generación se vio obligada a quemar etapas, saltar de la escuela y la fiesta y el juego a los riesgos del combate clandestino, la pelea callejera y la lucha armada. Fue necesario madurar aceleradamente, crecer y empinarse ante una situación que parecía insuperable, especialmente en las principales ciudades, sobre todo en la Capital y en Santiago de Cuba, en las que el régimen concentraba la mayor parte de sus fuerzas militares y su aparato represivo incluyendo verdaderas bandas de asesinos y torturadores. Todos ellos fuertemente armados, equipados, entrenados y asesorados por el gobierno de los EE.UU. que, en aquellos años, estaba en el cenit de su hegemonía mundial y dominaba por completo a todo el continente.

Quienes formaron parte del Movimiento 26 de Julio y del Directorio Revolucionario afrontaron un desafío extraordinario. Eran organizaciones nuevas, surgidas al fragor de la resistencia al golpe de Batista y asediadas siempre por la más brutal represión. No eran organizaciones preexistentes que pudieran adaptar sus estructuras y métodos a las condiciones adversas impuestas por la dictadura como fue el caso con otros partidos y grupos que también la enfrentaron.

La vanguardia de la juventud cubana insurgía, además, contra un pasado de frustración y corrupción que había conducido a la bancarrota del régimen republicano el 10 de marzo de 1952. Le tocaba la misión histórica de buscar su propio camino.

Aquellos jóvenes tuvieron que inventar una nueva estrategia revolucionaria, crear sus propios instrumentos de lucha, casi de la nada, y desarrollar sus acciones en circunstancias sumamente difíciles, sin recursos financieros ni materiales. El poco dinero era el que podía aportar la gente humilde, las escasas armas eran las que se arrebataban a los esbirros.

Se aprendió a conspirar, conspirando. Fue necesario un largo y duro aprendizaje, sin escuelas ni maestros, en el que fueron muchas las derrotas que hubo que asimilar para seguir luchando, incontables los sacrificios, muchos los compañeros inolvidables que pagaron con sus vidas la hazaña de una generación que se forjó a sí misma en medio del peligro y el dolor. Nicolás fue uno de esos jóvenes y a ellos guardó una fidelidad inconmovible de la cual este libro es hermosa prueba.

Nicolás describe con exactitud la situación que afrontábamos en la capital en aquellos años:

«Las condiciones de lucha en La Habana eran complejas y difíciles, nunca contamos con recursos financieros para nuestra defensa ni armas para combatir la tiranía. Tampoco era fácil conseguir lugares donde escondernos. En general, las actividades en la capital se realizaban fundamentalmente con la ayuda de familias amigas sin contar con ninguna otra logística. La situación se agravaba cuando éramos buscados por la Policía y considerados peligrosos.

«En la capital se luchó con los medios posibles a nuestro alcance, sin armas y en el más dramático desamparo. Sabíamos que nuestra fuerza era insuficiente para derrocar la tiranía por sí misma y desconfiábamos de cualquier conspiración cívico-militar en la que estuvieran involucrados auténticos y aforados ajenos al Movimiento, por muy tentador que pareciera acortar los días de la dictadura. Estábamos convencidos de que el futuro dependía de Fidel, el Ejército rebelde y la lucha en el llano, coordinadamente. Por eso nuestro papel era desgastar la tiranía en la capital, mantenerla en jaque, sin darle tregua que le permitiera volcar todo el enorme aparato represivo contra las montañas de Oriente y Las Villas.»

La situación se complicaba además por discrepancias y contradicciones a veces muy agudas al interior del Movimiento. A la distancia de medio siglo creo que esos problemas eran inevitables. Surgían de las diversas fuentes de las que procedíamos y se enredaban por las restricciones que para la discusión amplia y la búsqueda del consenso imponían la inevitable compartimentación, la feroz represión y las duras condiciones de la vida clandestina que todos sufríamos. Porque el Movimiento 26 de Julio fue una organización que estuvo siempre en proceso de formación desde 1955 hasta el día que logramos derrocar a la dictadura. Un proceso de formación, no lo olvidemos, que fue doloroso, con traumas muy difíciles de superar para sus protagonistas que entonces éramos muy jóvenes.

A lo largo de aquel período, históricamente muy breve pero que encerraba una intensidad de siglos, fue necesario muchas veces sustituir a los compañeros que desempeñaban responsabilidades clave. Pero no se trataba de un proceso normal de renovación o rotación de cuadros, como diríamos ahora.

En aquellos tiempos, muy a menudo, un nuevo jefe tuvo que asumir las tareas de alguien que había sido asesinado la noche anterior y ese a su vez debería ser reemplazado, por igual motivo, pocos días después. La situación se agravó vertiginosamente a partir del 7 de febrero de 1958 con la caída de Gerardo Abreu «Fontán» y con la de Sergio González un mes más tarde, para continuar en espiral incontenible hasta la derrota del 9 de abril y su terrible secuela de muertes, persecución y desaliento que cayó sobre la capital.

Hay que decir que en aquellos días amargos, nos sorprendió, como un rayo, el inmenso amor que los jóvenes habaneros sentían por Fontán. Desde que lo capturaron aquella triste tarde de febrero se desató la huelga que se extendió hasta mayo y paralizó todos los centros de enseñanza del país. Aunque la convocase el Frente Estudiantil Nacional (FEN) fue un movimiento fundamentalmente espontáneo que rápidamente se extendió hasta las universidades y academias privadas y continuó más allá del 9 de abril. Fue la más amplia movilización revolucionaria de aquellos años y brotó de la rabia ante el asesinato de un joven negro, muy pobre, que no pudo pasar del cuarto grado y solo conoció de niño los empleos de la miseria.

Las Brigadas habían ganado la pelea. Cuando en 1959 se restablecieron las asociaciones estudiantiles nuestros candidatos, los sobrevivientes recién salidos de la prisión o el clandestinaje, vencieron, sin excepción, en elecciones competitivas efectuadas en medio de una intensa lucha ideológica en la que otros grupos contaban con el apoyo material y mediático de las fuerzas, entonces poderosas, de la contrarrevolución.

Se publica este libro ahora cuando los cubanos enfrentamos un incremento de la descomunal campaña de mentiras y desinformación que ha sido siempre parte integral de la agresión imperialista. En más de una ocasión me he referido al tema usando un volumen publicado por el Departamento de Estado en 1991 que contiene algunos documentos oficiales parcialmente desclasificados y que se refieren a la política norteamericana hacia Cuba en el trienio de 1958 a 1960.

Pese a las abundantes tachaduras ahí consta con profusión de detalles el estrecho vínculo que existió siempre entre la dictadura de Batista y el gobierno de EE.UU. Washington le entregó aviones, armas, bombas y municiones; entrenó a sus oficiales y soldados; asesoró a sus cuerpos represivos y a los torturadores; dio al tirano apoyo económico, político y diplomático y lo siguió protegiendo luego que escapó cobardemente el primero de enero. Los documentos muestran cómo los dos gobiernos cooperaron activamente, intercambiando informaciones de inteligencia y coordinando acciones contra los exiliados revolucionarios y llevaron su conjura contra otros, persiguiendo especialmente al ex Presidente Carlos Prío Socarrás.

Según avanzaba el año 58, crecía la zozobra en Washington. «Debemos impedir la victoria de Castro» repetían sin cesar en las reuniones secretas de la Casa Blanca. Continuaron apoyando al tirano mientras se esforzaban por ocultar ese apoyo y al mismo tiempo trataban de mejorar su imagen en la prensa norteamericana. Así fue hasta el final, hasta la última noche del último día.

Cerca de la medianoche del 31 de diciembre, el secretario de Estado Christian Herter está en su despacho redactando un mensaje cifrado a su Embajador en La Habana. Su último mensaje de ese año, el que cierra la primera parte del libro de documentos desclasificados ya mencionado. Es un texto amargo, dolorido, en el que el Secretario de Estado recuerda cuánto ha hecho Washington para ayudar a Batista. Un mensaje largo que repasa toda la cooperación con el dictador incluyendo los planes para desarrollar la energía nuclear. Pero ya es demasiado tarde. La noche batistiana va a terminar.

Aún no amanecía el 1ro. de enero cuando ya estaban en comunicación el señor Herter y su Embajador en Cuba. Se empeñaban en apuntalar al alto mando militar y a su golpe de Estado y sobre todo en organizar, con los medios de transporte incluidos, la salida de Cuba de los matarifes y ladrones que no se habían fugado con el dictador.

Dieron amparo a los criminales desde el primer día. Les entregaron recursos materiales, armas y dinero, los agruparon y dirigieron para socavar y destruir a la Revolución cuya victoria no pudieron impedir.

Todo eso consta en el grueso libro del Departamento de Estado. Porque el pueblo apoyaba a la Revolución, al pueblo hubo que castigar con la «guerra económica» para «negarle recursos monetarios y materiales» y causarle «hambre y desesperación» como dicen con todas las letras documentos que en Washington aprobaron hace medio siglo. Y como acordaron también había que «crear una oposición» y llevar a cabo «una poderosa ofensiva de propaganda» para inflarla como reza otro informe.

Esa fraudulenta «oposición» concebida, fabricada y dirigida por y desde Washington la formaron primero con los torturadores y asesinos. Los que asesinaron cobardemente a Armando Mestre y a Sergio González, los que despedazaron a Fontán, los que troncharon las vidas de tantos hermanos nuestros, los que mataron a veinte mil cubanos, los asesinos de nuestro pueblo pasaron a convertirse en la «oposición» amamantada por el imperio durante cinco décadas.

Ellos y sus descendientes han vivido cincuenta años, medrando a costa del presupuesto yanqui, atacando a Cuba y matando cubanos en la Isla y en la emigración, impunemente y con el apoyo de todos los gobiernos norteamericanos.

Ahora intensifican sus calumnias para denigrar a Cuba.

Pero aquí nunca podrán imponerse. Aquí nunca volverán. Tendrían antes que obligarnos a una amnesia total.

El pueblo cubano sabe distinguir muy bien entre un movimiento político legítimo y una vulgar caricatura. Sabe distinguir entre luchadores auténticos y farsantes asalariados. Nuestra generación triunfó porque supo ganarse el apoyo del pueblo. Y se lo ganó porque luchó sola, sin recursos, sin la ayuda de ningún gobierno ni de una prensa que la trató con hostilidad o indiferencia.

Porque nuestra generación fue capaz de continuar la batalla de quienes la precedieron, de otros jóvenes que desde La Demajagua lucharon siempre por sí mismos, jamás fueron instrumentos de nadie ni actuaron al servicio de un poder extranjero. Una generación tras otra forjó a este pueblo heroico en la fragua de la resistencia y el combate. Gerardo Hernández Nordelo y sus cuatro compañeros que soportan ya, en la mayor soledad, casi 12 años de injusta y cruel prisión son la prueba irrefutable de esa continuidad histórica. Nuestros Cinco compatriotas son invencibles, como lo será el pueblo que ellos encarnan, porque son fieles a nuestra historia.

Los enemigos nunca podrán derrotar a Cuba. Quien lo dude pregúntele a Quique, quien vacile escuche a Fontán. Sabemos la respuesta: la lucha continuará hasta la victoria siempre.

Fuente:http://www.lajiribilla.cu/2010/n467_04/467_14.html