Recomiendo:
0

Entrevista a Santiago Alba Rico

«La paradoja del consumo capitalista es ésta de que resulte muy placentero destruirlo todo»

Fuentes: Atlántica XXII/Rebelión

En Noticias (Caballo de Troya) y B-52 (El Perro Flaco Teatro), Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) recupera la ficción y la literatura como registros viables para fortalecer la crítica a las distintas realidades que el capitalismo impone, a través de su visión particular del progreso y del retroceso de derechos y valores universales.

Consolidado en su trayectoria ensayística y en su implicación en diversos proyectos editoriales, Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) incorpora el teatro a su experiencia política, filosófica y literaria. El autor, que recientemente ha publicado Noticias (Caballo de Troya),  presentó el 9 de abril en Avilés B-52 (El Perro Flaco Teatro), una obra que le permite rescatar a través de la arenga el registro brechtiano que, hace casi tres décadas, inoculó en los Electroduendes de La Bola de Cristal.

B-52 es su debut en el teatro. ¿Se siente vértigo al ver un texto propio interpretado, encarnado por otros?

Sí, mucho. Tener a tus lectores leyendo tu texto, delante de tus ojos, durante todo el tiempo que dura la representación resulta incómodo. Y ver ese texto en el espacio, materializado, corporeizado, gestualizado, produce impresión. Al principio estaba en tensión, pero desde la primera escena me di cuenta de que los actores lo iban a hacer bien y no sólo me tranquilicé sino que disfruté de la obra, que es lo mejor que le puede ocurrir a un autor: poder relacionarse con sus obras como si no las hubiese escrito uno mismo.

Quien acostumbre a leer sus textos se habrá encontrado con un envoltorio distinto. ¿Le ha obligado a escribir, a pensar de otra forma?

Sin duda. Cuando David [Acera, director de la compañía Perro Flaco] me propuso escribir una obra de teatro para ellos me dio un poco de miedo. Acepté porque era David y también porque llevaba mucho tiempo con un impulso y una idea: cambiar de formato y acercarme más hacia la literatura, aunque fuese a través de la vía del teatro -en realidad soy un literato fallido. Y también porque la propuesta me permitía dramatizar una idea que es central en mis últimas reflexiones, que tiene que ver con eso que llamo el nihilismo espontáneo de la percepción y con esa metáfora que utilizo a menudo para explicarlo, la del piloto de bombardero; es decir, tiene que ver con el hecho de que miramos sólo aquello que vamos a destruir; que mirar es borrar con la mirada lo que miramos. Y me apetecía mucho tratar de trasladar a otro formato esta idea; un formato que fuese más inmediato, que tuviese más que ver con la arenga, género que siempre me ha atraído mucho y en el que me quería poner a prueba.

Al principio quise hacer una pieza más filosófica, más seria, más especulativa, pero no acababa de encontrar el registro. Y pensando en lo que a David le había gustado de mi obra -siempre me animaba a escribir algo que tuviese que ver con los Electroduendes- y pensando también en el público al que yo quería acceder, más allá de los circuitos minoritarios de izquierda donde ya se sabe lo que digo e incluso como lo digo, intenté aproximarme al registro de la Bruja Avería. Es un registro brechtiano, quizá un poco más trabajado y menos absurdo que el de La Bola de Cristal, pero en la misma línea satírica. No creo que sea exactamente una comedia; se trata de un formato en el que el diálogo subraya la exposición de clichés autoconscientes, con personajes «modélicos» que dicen lo que habitualmente se esconde y asumen en escena, de manera consciente y un poco hiperbólica, su propio estereotipo. La verdad es que enseguida me sentí muy cómodo, descubrí que me lo estaba pasando bien. Y además, que a medida que avanzaba, la propia consistencia de los personajes y el contenido de los diálogos me reclamaba esas canciones, también muy brechtianas, que salpican el desarrollo escénico como un procedimiento para inocular en el espectador, sin anestesia, ideas que probablemente de otra manera se quedarían en el aire. Me pareció un buen registro, aunque me pareció que exigía -y creo que esto es lo que más dudas ha planteado a algunos espectadores e incluso a algún crítico- un final panfletario. Cada vez considero más necesario defender el panfleto, y se trataba de hacer un buen panfleto que recordase que todo lo que había ocurrido sobre el escenario no era un juego. La obra necesitaba un epílogo, y de hecho su título completo es B-52: travesura bélica en dos actos y un epílogo. El epílogo es fundamental, declara en voz alta que lo ocurrido en esa hora larga no ha sido un juego, y que un teatro no debe ser un B-52 que sobrevuela a las víctimas que produce sin enterarse de los efectos que está provocando. Hay una serie de juegos metaliterarios que buscan este efecto final. Es decir, un teatro puede ser un B-52 y la única manera de que el patio de butacas no se convierta en el mismo juego que estamos viendo en el escenario es que, de pronto, irrumpa la realidad de un modo brutal y muy explícito a través de una combinación de imágenes y de música que revela los efectos que tiene viajar en un B-52, ya sea un B-52 de verdad o un centro comercial o un parque temático o un vuelo turístico a Túnez.

En Capitalismo y nihilismo establece una comparación entre el relato y el gag, señala el derrumbe de la capacidad de representación. ¿Se llega más a la opinión pública con el gag?

La pregunta debería ser más bien si con el gag se pueden decir las mismas cosas que con el relato. Es un problema de formato, de síntesis perceptiva, que está cambiando, y a través de la cual imponemos coordenadas, taxonomías e incluso consistencias de la realidad. El gag tiene que ver, como siempre digo, con el aparato digestivo, es lo visualmente alimenticio o biológico. El gag lo único que exige es una repetición, jamás una explicación; y por eso el gag aparece aislado de todos los procesos genealógicos que nos han llevado hasta allí, es el equivalente del fetichismo de la mercancía en el ámbito visual. El gag borra todas sus huellas, sólo queremos volver a verlo, como el derrumbe de las torres gemelas; siempre digo provocativamente que es el mejor gag de la historia…

Por eso le preguntaba si la opinión pública, la sociedad ha hecho tabula rasa respecto a determinados conocimientos. Al Qaeda habría apostado por un gag para llegar a la opinión pública…

Sí, en ese sentido, así es. Como vivimos en un horizonte perceptivo construido por el gag visual, la única manera de incidir en la opinión pública es a través de un gag supremo. Hemos llegado a un punto en el que, si se trata ya no de una carrera armamentística sino de una carrera o potlach de gags visuales, el gag de Al Qaeda sólo se puede superar -y así lo está haciendo EEUU- produciendo unos niveles de destrucción cada vez mayores. Pero es interesante recordar que el gag visual tiene que ver con eso que llamo unidades de hilaridad pura, que nos interpela las entrañas; lintroduce la visceralidad universal como contrapunto de la razón universal, hoy muy amenazada y que exige sucesión, largos recorridos… El gag suprime todos los largos recorridos, mentales y temporales… es incompatible con la razón y con las elaboraciones estéticas de la realidad.

Tal vez corremos el riesgo de ver un gag en todo. Por ejemplo, el juez Garzón. Después de todo ha sido la Falange quien le ha llevado al banquillo.

Es un gag terrible y al mismo tiempo una burla a todos los españoles con un mínimo de sensibilidad. Expone además cuáles son las condiciones en que salimos de la Guerra Civil, vivimos la dictadura franquista y se realizó la llamada transición. Demuestra que el caso de España es único en el mundo: el de un régimen en el que, tras provocar una guerra con un millón de muertos, de fusilar a 200.000 personas, de expulsar y represaliar a cientos de miles y de reprimir y sojuzgar durante 40 años a los que quedaron, los verdugos perdonaron generosamente a sus víctimas e incluso las dejaron votar, a sabiendas de que, sometidas a semejante pedagogía, era imposible que volvieran a votar nada que no facilitase el funcionamiento del capitalismo en España. Y por supuesto que facilitase la absolución definitiva -y eso no ha ocurrido ni en Argentina ni en Chile- de todos los criminales que empezaron esta larga y trágica «restauración» hace más de 70 años. Es un gag cómico y terrible. Es cómico porque Garzón no ha dejado de violar durante años los principios jurídicos más elementales para encarcelar a disidentes vascos que nada tenían que ver con ETA, y esto en nombre de esa doctrina que lleva su nombre y que se inspira en el principio de analogía nazi, mediante juicios a veces colectivos que condenaban a personas inocentes sólo por compartir objetivos políticos con grupos armados. Y es terrible por lo que ilumina: no deja de ser significativo que mientras se le ha permitido violar los más elementales principios jurídicos sin ninguna protesta por parte del Supremo ni de los ciudadanos ni de los medios de comunicación, ahora sea precisamente la ultraderecha la que lo sienta ante un tribunal por querer juzgar crímenes que son imprescriptibles con arreglo a todos los tratados internacionales.

Su B-52 no sólo transporta una crítica a la guerra, sino que hace hincapié en la crítica al consumo. ¿Establece una equivalencia entre ambos términos?

Aquí estamos de acuerdo todos los que hemos analizado el capitalismo a través de los textos de Marx. Al contrario de lo que se pretende, el capitalismo no es un régimen de circulación generalizada, de intercambio generalizado de mercancías; es un régimen de destrucción generalizada de cosas y de seres humanos. «Consumo» en latín quiere decir destrucción a través del fuego. «Consumo» y «destrucción» no sólo son sinónimos desde el punto de vista del lenguaje, sino que además, en el contexto capitalista, se exigen el uno al otro. Si pensamos por un lado en que la mayor parte de las mercancías que produce el capitalismo van a la basura sin haber sido realmente usadas, sin haber agotado su uso potencial; si pensamos en que el 90% de las cosas que produce el capitalismo, 6 meses después está en la basura, con el coste ecológico que eso entraña, y si pensamos que todo eso es producido por seres humanos en condiciones cada vez más precarias, no cabe la menor duda de que el consumo es destrucción de cosas y de personas. Sabemos asimismo que las crisis del capitalismo son crisis de sobreproducción, por tanto de infraconsumo. Y cuando el consumo no está a la altura de la producción esa diferencia se resuelve siempre, así lo demuestran los dos últimos siglos, mediante guerras feroces que producen aún más destrucción de personas y de cosas.

Recurriendo a la metáfora, ¿los consumidores somos soldados?

Creo que hay muchas formas de ser soldado o de formar parte de un ejército. La paradoja del consumo, en términos capitalistas, es ésta de que, de pronto, puede resultar muy placentero destruirlo todo. Los soldados que iban -que van- como carne de cañón a las trincheras iban con miedo; en los supermercados y disneylandias del mundo el miedo se combate con un placer inmediato que tiene efectos en otras partes, efectos irrepresentables pero reales. Como ya he dicho alguna vez de manera provocativa, el mayor atentado suicida de la historia no es el de las torres gemelas, sino el gesto de hacer la compra todos los días. Aunque todo esto, claro, hay que tomarlo con una cierta reserva. No podemos acusar a los consumidores de homicidio; pero sí de aceptar la repetición de gestos muy banales en el marco de un contexto económico y político dentro del cual no se pueden realizar esos gestos banales sin que se produzcan efectos terribles en otros lugares del mundo. No es que al encender el teléfono móvil yo esté matando, como en el cuento de Eça de Queiroz, a un minero congoleño; lo que hay que pensar es cómo es posible que ese gesto tan inocente sea indisociable de la explotación del coltán en Congo en condiciones en las que todos los días mueren miles de personas, y eso en un país en el que a causa de la explotación del coltán han muerto 4 millones de personas en los últimos 10 años. Creo que eso sí es muy importante, la necesidad de establecer conexiones. Y creo que hay grados de responsabilidad. En primer lugar, los gestores de la economía mundial, europea, española; en segundo lugar, los medios de comunicación, que guerrean permanentemente contra la justicia, la igualdad y la democracia con perfecta conciencia de lo que hacen, aunque naturalmente hay muchos periodistas que están trabajando en un periódico como un obrero puede trabajar en una fábrica de armas, y su responsabilidad siempre será menor que la del propietario del periódico o de la fábrica. Pero también hay que preguntarse qué es lo que pasa para que ni obreros ni periodistas puedan organizarse -como en otras épocas lo hacían- para por lo menos entender en qué mundo viven y tratar de rebelarse contra él.

Junto a Carlos Fernández Liria ha abordado El naufragio del Hombre ¿Es irremediable o aún existe alguna tabla de salvación?

Decir que es irremediable sería darles todas las ventajas a los que están abriendo vías de agua en la nave. Además no lo creo. Ya sabes que mi visión ante las nuevas tecnologías es muy crítica, que tengo una visión de Europa muy pesimista -en tono no sólo provocativo digo que la corriente central de la historia en estos momentos no pasa por Europa. Pero también hay que decir, como Yayo Herrera, que basta ver a las madres a la salida de un colegio esperando a sus hijos para comprender que sí hay esperanza. No se ha destruido por completo el tejido antropológico, y allí donde el capitalismo hace sufrir vemos cómo la supervivencia está garantizada por ciertos gestos atávicos muy resistentes que tienen que ver con los cuidados recíprocos. Incluso en España, después del 11-M, surgen inesperadamente gestos de solidaridad, de organización elemental. Porque lo que sí creo es que, antropológicamente, el desorden es siempre inducido; lo natural, lo original, es el orden. Esto lo cuenta muy bien Mike Davis… es muy interesante la idea que recoge: cuando empieza el hambre, lo que eso provoca es solidaridad…

O lucha por la supervivencia…

De acuerdo, pero yo diría que el hambre produce solidaridad y orden; la hambruna, disolución y canibalismo. En ese recorrido histórico que presenta Mike Davis al hablar de la India y China bajo el colonialismo inglés decimonónico, lo que vemos es que cuando se pasa del hambre a la hambruna, se pasa de la piedad y la solidaridad al estado de guerra hobbsiano. Y luego también hay una cuestión de clase, alguna vez he dicho que a lo mejor también hay un estrés postraumático de la mercancía. Los efectos psicológicos de la guerra están muy estudiados. Hay mucha bibliografía acerca del estrés post bélico… incluso del estrés post divorcio o post accidente de tráfico; pero no hay nada escrito acerca del estrés post corrupción, del estrés post consumo, y ésa es una de las bazas que ha jugado conscientemente el capitalismo: la del soborno, la de erosionar las resistencias a través de estos placeres inmediatos que suspenden por completo la historia… Es muy probable que una sociedad con estrés post consumo sea incapaz de organizarse en una situación de emergencia.

¿Pasaría hoy la lucha anticapitalista más por la resistencia económica que por la lucha política? ¿Sufriría más el capitalismo con la rebelión contra el consumo?

Radicalmente, no. Si por política se entiende el parlamentarismo y la participación en instituciones sí…

No, no sólo, pero siga…

Creo que en estos momentos de claro retroceso en Europa de lo político, esos boicoteos selectivos, esas políticas de restricción del consumo, de ascetismo autoimpuesto, deben tener o cumplir una función política. No creo que esos boicoteos hagan mucho daño, salvo ocasionalmente: sí hemos visto que en coyunturas concretas, si Israel bombardea Gaza durante 37 días matando a 1.400 personas y mucha gente en todo el mundo se pone de acuerdo para hacer un boicot puntual es probable que alguna empresa, como ha ocurrido, rescinda un contrato con Israel. Pero creo que esos boicoteos deben servir para hace eso de la que hablábamos antes, para establecer conexiones y para hacerlas públicas. Para tomar conciencia y hacer ruido. Yo no creo, por ejemplo, que cambiar el lenguaje sirva para alterar las relaciones patriarcales en el mundo, pero sí creo que introducir ciertas muletillas lingüísticas sirve para que te detengas en ellas, para que tropieces con ellas y recuerdes que vivimos en un mundo todavía dominado por el patriarcado. No uso y me opongo al uso de la arroba en textos ensayísticos o literarios, pero creo que su única justificación es ésta: la arroba es incómoda, te molesta, te obliga a tomar conciencia de que vivimos en un mundo patriarcal (que deje de molestar, por lo demás, es cuestión de tiempo y de uso y mucho me temo que, llegado ese caso, habríamos conseguido naturalizar la arroba sin desnaturalizar el patriarcado). Lo mismo digo con el consumo; somos muy pocos, conseguimos apenas sacar 200 personas en una manifestación, no tenemos en este momento suficiente poder para hacer eso, y si lo tuviéramos para eso también lo tendríamos para hacer otras cosas. Pero sí es importante que estos boicoteos selectivos y estas prácticas de ascetismo selectivo y voluntario sirvan para tomar conciencia con una clara función política de articular y coordinar voluntades en movimientos y asociaciones, inicialmente antropológicas más que otra cosa, pero que no deben renunciar nunca a un programa político. Los boycots selectivos tienen un gran valor educativo y organizativo.

Decía Lévi Strauss que la humanidad se ha instalado en el monocultivo, que nos esforzamos en destruir -en consumir- las culturas y comunidades que pretendemos estudiar. ¿Se estudiará la Revolución cubana como él estudió a los bororo del Brasil?

Espero que no, espero que ocurra más bien lo que dice Fidel Castro en su entrevista con Ignacio Ramonet: que dentro de 100 años los seres humanos recuerden esta época como algo tan bárbaro como nosotros recordamos el Paleolítico. Lo que sí creo es que es algo muy eurocentrista adoptar siempre, frente a las otras culturas, esa distancia que nos permite dominarlas. Dominarlas con la mente va siempre asociado al dominio material, territorial. Lo que sí es preocupante es eso que también decía Lévi- Strauss, cuando alertaba de los peligros de un «hombre sin ventana», un hombre «entontecido por el hombre», desvinculado enteramente de la naturaleza y que cree por tanto poder prescindir de cualquier contrapunto externo para poder elaborar una cultura habitable, sostenible. Esto tiene que ver con la destrucción ecológica, con la destrucción tecnológica y también con el modo de mirar a los otros, la incapacidad que tenemos para imaginar Hombre, ser humano, fuera de los parámetros de dominio absoluto del capitalismo.

El cerco político y mediático sobre Cuba se ha estrechado según se ha debilitado la presencia de Fidel. ¿Eso fortalece los argumentos del propio Fidel?

Se ha estrechado también en esa medida pero no está relacionado solo, ni sobre todo, con Fidel sino con el nuevo orden geoestratégico en América Latina. Lo que comprenden claramente el imperialismo estadounidense y sus monaguillos europeos es que Cuba es una pieza muy importante en el orden latinoamericano, y que con toda su pequeñez geográfica es irreemplazable para seguir desarrollando esos procesos emancipatorios de distinta naturaleza -algunos más dubitativos, otros más firmes- que se están produciendo en la zona. Creo que lo que percibe EEUU es que América Latina está dejando de ser el patio de atrás, pues incluso países que no han apostado claramente por cambios estructurales, sin embargo están viéndose obligados por las agendas políticas de Cuba, de Chávez, de Correa, de Evo [Morales] a la creación de nuevas instituciones latinoamericanas al margen de EEUU. La derrota de la OEA en estos momentos es absoluta y es muy importante a la hora de valorar también esta intensificación bellaca, ignominiosa, de las campañas mediáticas contra Cuba, de la que se hacen cómplices todos o la mayor parte de los medios de comunicación. Por eso te decía que los medios están militarizados, guerrean permanentemente contra la justicia y son responsables indirectos de muchas muertes. Yo diría que incluso de la muerte del preso Orlando Zapata, que probablemente nunca habría llegado tan lejos sin la presión de Miami y la atención artificial, interesada e ideológica, de los medios occidentales.

El linchamiento mediático que ha encajado Willy Toledo por sus comentarios sobre Zapata, ¿fue el gag del anticastrismo para hacer llegar su relato?

Lo de Willy Toledo ha sido un linchamiento que va más allá de su persona y que está dirigido a todos aquellos que, pertenecientes a ámbitos como el suyo, pretendan sostener en público una voz propia. Ha sido un linchamiento a la disidencia española, en el que han participado gente tan progre como Elvira Lindo o Rosa Montero, y que está encaminado no sólo a cerrar la boca a Willy Toledo sino a impedir que otros hablen, a asustar, a intimidar. Vimos la reacción pusilánime de Pilar Bardem y la asociación que ella dirige. Creo que es muy indicativo de los tiempos actuales y de la situación mediática y democrática en España. Dice mucho más acerca de España que acerca de Cuba. Pero dice también mucho acerca de Willy Toledo el hecho de que no se haya arredrado sino todo lo contrario.

Colombia celebra elecciones presidenciales este 30 de mayo. ¿Duele ver a Uribe irse sin mácula tras sus ocho años de gobierno?

Lo que más duele es que su partida no va a significar absolutamente nada en lo que es la tradicional política colombiana de violación de derechos humanos. Ni Santos -aún más feroz que Uribe- ni Mockus van a dar un paso hacia la paz y la justicia social. Lo que indigna, porque en este caso lo único que nos queda prácticamente es la indignación, es que a los gobernantes de la UE y a los medios de comunicación europeos les parezca más grave la muerte en huelga de hambre de un preso común cubano que una fosa común con 2.000 asesinados por las fuerzas militares y paramilitares colombianas. Eso es lo que duele, lo que indigna y lo que es muy revelador: lo que está en estos momentos en juego no es la democracia, que a la UE, EEUU, gobernantes y medios de comunicación les trae al fresco; lo que hay es una muy dura batalla por recursos, territorios, por beneficios económicos, y para obtenerlos se está dispuesto no sólo a sacrificar la verdad, sino cuantos seres humanos sea necesario.

¿Pasa el periodismo por una crisis de valores y de criterios, o simplemente tendemos a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor?

Objetivamente se puede hablar de un deterioro, y además vertiginoso. Hay cada vez menos medios, concentrados en grupos mediáticos con intereses comerciales, económicos e incluso militares muy claros. Por otro lado, frente al alzamiento antiimperialista en dos zonas (el mundo árabe-musulmán, no izquierdista, y América Latina, con un nuevo izquierdismo) los medios han dejado a un lado la ‘elegancia’ con la que pretendían gestionar el mundo sin resistencias. En cuanto hay resistencias la elegancia se pierde, como en 2001 tras el 11-S y en 2003, cuando fue necesario difundir una serie de mentiras para justificar la invasión de Iraq. ¿Y qué ha ocurrido? Que el marco de credibilidad de los medios de comunicación se ha debilitado, y con él la idea de democracia. Y a los medios hay que hacerles responsables de desprestigiar algo sin lo cual no es posible un contrato social. Porque allí donde se debilitan la idea de democracia y los marcos de credibilidad, la respuesta es el populismo fascista, es el carisma personal, es la autoridad fiduciaria; allí donde no puedes creer en valores institucionales firmes, lo que estás haciendo es poner el mundo en bandeja en manos de las derechas populistas, en manos de las iglesias, de las sectas, en manos en definitiva del fascismo. De esto es responsable en gran medida el periodismo hegemónico.

Internet ha cambiado el sector. ¿Democratiza el periodismo o lo diluye?

Internet tiene una parte interesante e inquietante cuyas consecuencias aún no sabemos. En todo caso, lo que ha hecho ha sido erosionar la división entre lo público y lo privado. También obliga a cuestionarse la diferencia entre la libertad de expresión y de información. No hay que olvidar que libertad de expresión ha habido siempre, incluso en las dictaduras más feroces. La libertad de expresión tiene que ver con lo privado, y allí donde lo privado está regido por relaciones de poder desiguales lo que puede haber es autocensura. Si yo vivo en una dictadura, tendré cuidado cuando hablo en público y mediré lo que digo en voz alta en un café, pero en mi casa me expresaré con toda libertad. Lo que permite Internet es que ese ámbito de lo privado, ya sin censura, se haya expandido enormemente. El uso que se hace hasta ahora de Internet tiene que ver con la libertad de expresión sin censura, por lo que se dicen cosas que la educación y no la dictadura impedían antes decir, o cosas que sólo pensábamos y que convenía que se mantuvieran dentro de la cabeza. Internet ha expandido el ámbito de lo privado de un modo enorme, pero en cuanto a la libertad de información, ¿hemos ganado algo? Yo no sería enteramente pesimista, lo que sí creo es que han ganado también los otros medios, los hegemónicos, por lo que al final la relación de fuerzas se mantiene inalterada. Gracias a eso hemos podido abrir medios informativos sin gastarnos 20.000 millones de pesetas, que es lo que cuesta abrir un periódico diario, pero a cambio también los medios convencionales y oficiales han encontrado una vía de expansión de sus mensajes que hasta ahora no tenían. Internet no es un instrumento de emancipación, o no sólo, sino también un territorio más a liberar. No solamente tenemos que liberar nuestras plazas, nuestros territorios, nuestros centros de trabajo, sino también Internet, y es un trabajo añadido.

Internet también plantea la neutralidad o no de la tecnología. ¿Qué opina?

Nada es neutral. Nada que entre en este mundo es neutral. Nada que introduzcas en este mundo es neutral. Que no lo sea no quiere decir que no pueda valernos en momentos determinados, pero quiere decir que no puede valernos para todo. Introducir un sombrero o un martillo en el mundo tiene su relevancia, pero sabemos que con un sombrero o un martillo no podemos escribir una novela, no tiene teclas y no imprime. Los formatos tecnológicos permiten e imponen determinados gestos y usos, un espectro de usos limitado: hay ciertas cosas que se pueden hacer con ellos y ciertas cosas que no tienes más remedio que hacer con ellos; es decir, no sólo abren posibilidades sino que también imponen gestos. Si pasamos del martillo, que es una herramienta frente a la cual tenemos cierta distancia, al ordenador o a Internet, que es algo que casi está dentro de nosotros, como un riñón, pasamos a un territorio en el que el número de cosas que se nos imponen sin saberlo son también muy grandes: una cierta forma de atención, una manera de mirar, una simultaneidad imposible, infinitos amigos… Es lo que yo llamo la condición pantállica para hablar de una condición post-letrada en la que ya estaríamos entrando: un libro está muerto, recibe la luz de nuestros ojos, mientras que la pantalla es una fuente de luz, el esfuerzo es mucho menor. Igual que la lectura -la antigua condición letrada- imponía un marco de percepción, la condición pantállica también impone un marco de percepción en el que no todo es posible, en el que no podemos mirar las cosas de cualquier manera, con libertad y a discreción. Sustituir letras por imágenes tiene consecuencias antropológicas que aún no podemos valorar en su justa medida.

Acabamos sobre el escenario. No recuerdo quién lamentaba recientemente que la música, las artes en general están ya desprovistas de contenido político, de protesta, que se habían reducido a algo exclusivamente estético. ¿El teatro puede y debe ser el refugio del periodismo, de la protesta, o no debe pedírsele más que a un partido de fútbol?

No, incluso a un partido de fútbol habría que pedirle mucho más de lo que le pedimos. Y habría que pedírselo no sólo al teatro, al cine, a la novela o al ensayo; hay que pedírselo al circo y a la carpintería, y a todos y cada uno de los ciudadanos que forman parte de una sociedad como ésta. En estos momentos hay que rescatar formatos que algunos -desde la cultura oficial- consideran caducos o desfasados, sin darse cuenta de que los caducos y desfasados son ellos y sus obras y sus medios. Formatos que algunos consideran ingenuos sin darse cuenta de que los ingenuos son los que miden el mundo por las ventajas de que gozan y creen vivir en un mundo idílico en el que es posible escribir o pintar o cantar sin comprometerse, sin introducir una determinada visión de la realidad; que se ven puros porque defienden sin saberlo precisamente lo que hay que combatir; que se creen por encima del bien y del mal porque escriben novelas en las que no se combate el mal. Creo que es necesario volver a convertir todos los géneros, todos los formatos, en vehículos de interpelación y trasformación. Y olvidarse de esa pretendida neutralidad de la cultura; es imposible no tomar partido, de lo que se trata es de escoger uno y de utilizar todos los instrumentos estéticos a nuestro alcance para defenderlo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR