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El régimen de Asad está desmantelando el núcleo de la vida palestina en Siria.

La supresión de la memoria de Yarmuk

Fuentes: The New Arab

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

El campo de refugiados de Yarmuk, en la zona sur de las afueras de Damasco, fue una vez conocido como “capital de la diáspora palestina”.

Devastado por la guerra contra la revolución siria, el campo sigue en ruinas más de dos años después del cese de los combates en la localidad.

Los residentes que fueron forzosamente desplazados aún no han regresado, y un nuevo plan de reconstrucción amenaza con hacer que ese desplazamiento se convierta en permanente.

Yarmuk fue una de varias comunidades formalmente opositoras en las que una serie de leyes relativas a la vivienda, la tierra y la propiedad y un conjunto de planes de reurbanización están utilizándose para confiscar la propiedad de los habitantes originales y cambiar así la demografía.

El campo de Yarmuk se estableció en 1957 para alojar a los refugiados palestinos que habían huido de la Nakba (catástrofe) de 1948 y la limpieza étnica de Palestina.

Si bien no fue reconocido oficialmente como campo, era el hogar de la mayor concentración de refugiados palestinos fuera de su tierra natal, y también un centro cultural, político e intelectual para la vida palestina en el exilio.

Con el tiempo se convirtió en un barrio residencial densamente poblado que, antes de que estallara la revolución siria, albergaba a unos 160.000 palestinos y a decenas de miles de sirios. Yarmuk era un bullicioso centro comercial y gentes llegadas de todo Damasco solían acudir para visitar sus vibrantes mercados.

Debido a su precaria situación como refugiados, la sociedad civil palestina y las facciones políticas en Yarmuk decidieron mantener una posición de neutralidad cuando estalló la revolución. El campo permaneció relativamente tranquilo y proporcionó refugio a los sirios que huían de la represión del régimen en otros lugares. El punto de inflexión se produjo el 15 de mayo de 2011.

El régimen sirio había alentado a los jóvenes palestinos para que se manifestaran en la frontera de los Altos del Golán ocupados por Israel para conmemorar la Nakba. Los soldados israelíes dispararon gases lacrimógenos y balas reales contra los manifestantes, lo que provocó cientos de heridos y 17 muertos mientras los soldados sirios permanecían al margen sin intervenir e impidiendo que las ambulancias llegaran hasta los heridos.

Fueron muchos los que creyeron que el régimen los había utilizado para desviar la atención del levantamiento. Los funerales por los muertos se convirtieron en la primera de muchas manifestaciones contra el régimen.

En diciembre de 2012 aviones de combate MiG bombardearon la mezquita Abdel Qadir Al-Huseini, en el corazón del campo, donde se refugiaban los desplazados internos. Decenas de personas murieron. Este hecho motivó la entrada en el campo de milicias de la oposición que luchaban contra el régimen.

Las facciones palestinas se unieron a ambos bandos. Alrededor del 80% de la población huyó, y el régimen, junto al Frente Popular para la Liberación de Palestina-Mando General, impusieron un asedio parcial.

La situación humanitaria empeoró drásticamente en julio de 2013, cuando el régimen impuso un asedio total que impedía la entrada de alimentos y de ayuda humanitaria a los 18.000 civiles atrapados en el interior. Para sortear el hambre, llegaron a emitirse fatwas (edictos religiosos) que permitían el consumo de carne de perros y gatos (prohibido en el islam).

La falta de suministros médicos y la destrucción de las instalaciones sanitarias por parte del régimen hicieron que los heridos por los constantes bombardeos o los que padecían enfermedades crónicas se enfrentaran a una sentencia de muerte. Para sobrevivir, la gente plantó huertos en las azoteas. Cuando el régimen finalmente permitió la entrada de la UNRWA en enero de 2014, las fotos de los residentes demacrados haciendo cola para obtener comida entre un páramo apocalíptico de edificios bombardeados conmocionaron al mundo.

El régimen sirio se ha presentado a sí mismo como defensor de la causa palestina. Sin embargo, no mostró misericordia alguna hacia la gente de Yarmuk, que fue castigada colectivamente por el “crimen” de brindar refugio a los desplazados y unirse luego a la lucha de Siria por la libertad y la justicia social.

El Grupo de Acción para los Palestinos de Siria (AGPS, por sus siglas en inglés) ha documentado el asesinato de 1.458 palestinos de Yarmuk desde 2011. Esto incluye a 496 que murieron debido a los bombardeos sobre el campo, 208 que murieron de hambre o negligencia médica debido al asedio y 215 que fueron torturados hasta la muerte en centros de detención del régimen.

A pesar del control del régimen de los puntos de entrada al campo, en abril de 2015 el Dáesh capturó más del 60% de Yarmuk, trayendo consigo un nuevo reino de terror, reprimiendo a los activistas de la sociedad civil y a las voces independientes y llevando a cabo flagelaciones y ejecuciones. En aquel momento, 3.000 civiles seguían en el campo bajo ocupación del Dáesh.

El régimen y sus aliados lanzaron un asalto total contra el campo para expulsar al Dáesh en abril de 2018. Un mes de bombardeos intensivos dejó alrededor del 80% de los edificios y la infraestructura del campo destruidos. Un acuerdo patrocinado por Rusia hizo que los miembros del Dáesh y sus familias fueran evacuados al desierto, al este de Suweida, mientras el resto de la población civil era desplazada por la fuerza cuando el régimen retomó el control de la zona. 

Solo dos meses después, el Dáesh llevó a cabo una serie de ataques en Suweida contra la población minoritaria drusa. Muchos creyeron que fue el régimen quien facilitó el asalto, una estratagema cínica para volver a imponer su control sobre la provincia.

Tras el alto el fuego, muchas familias intentaron regresar a Yarmuk, pero se lo impidieron. A algunos se les permitió una breve entrada para inspeccionar sus hogares después de recibir la autorización de seguridad y pagar sobornos. En los días siguientes, circularon fotos en las redes sociales de milicias afiliadas al régimen saqueando las propiedades de antiguos residentes.

Rami, cuya familia es oriunda de Suweida, es uno de los muchos sirios que llaman hogar a Yarmuk. Huyó del campo en junio de 2018, solo seis días antes de la entrada de las tropas del régimen. Se sintió devastado al ver en directo, a través de Al-Akhbariya (televisión estatal siria), cómo saqueaban su casa. “Lo robaron todo”, dice. “Incluso la extensa biblioteca de mi padre. Se llevaron mi telescopio, la alfombra hecha a mano por mi difunta abuela… No me queda ni una sola foto de mi infancia. Esas cosas son insustituibles”.

A pesar de las declaraciones de los funcionarios del régimen y los líderes de las facciones palestinas de que se permitirá a los residentes regresar una vez que se limpien los escombros y se restablezcan los servicios básicos, son muchos los que temen que su desplazamiento sea permanente y que la identidad del campo esté siendo alterada irrevocablemente.

Yarmuk, administrado anteriormente por un comité local dependiente del Ministerio de la Administración Local sirio, fue recientemente incorporado al gobernorado de Damasco, poniendo fin a su estatus no oficial como campo. En junio, el gobernorado emitió un plan de reconstrucción. A los residentes se les dio 30 días para demostrar la propiedad de sus viviendas y presentar objeciones. Son muchos los residentes que no disponen de documentos de propiedad. Otros los perdieron durante el conflicto o residen actualmente fuera del país. Según Rami, “incluso las personas que pueden obtener esos papeles no quieren hacerlo porque no confían en el sistema, corren demasiado riesgo de acabar arrestados o no pueden permitirse pagar los sobornos”.

Según el plan, solo los residentes del 40% del campo que sufrió daños leves pueden regresar. En el caso del restante 60%, se harán nuevos contratos que probablemente se adjudicarán a aquellos estrechamente afiliados al régimen, como ha sucedido en otros lugares. No se ofrece compensación ni vivienda alternativa, excepto pequeñas participaciones a quienes puedan demostrar la propiedad.

Según el AGPS, “el nuevo plan cambiará notablemente la identidad demográfica y arquitectónica del campo. Se eliminarán varios edificios e instalaciones, lo que provocará un desplazamiento masivo de familias de refugiados y un mayor deterioro de su situación humanitaria. Si el plan se lleva a cabo, se cree que más de la mitad de sus antiguos residentes no podrá regresar a sus hogares”.

Los residentes han presentado más de 10.000 objeciones y 3.000 firmaron una petición exigiendo la rehabilitación del campo y su inmediato regreso, ofreciéndose ellos mismos a realizar las obras de reconstrucción.

“Perdí mi casa una vez cuando tuve que huir para salvar la vida”, dice Rami. “La volví a perder cuando vi en directo por televisión cómo el ejército sirio la saqueaba… y ahora la pierdo una vez más mediante esta usurpación legalizada de nuestra tierra”.

Como en otros lugares, la “reconstrucción” se utiliza como herramienta para facilitar la transferencia de la propiedad de sus anteriores dueños a empresarios corruptos afiliados al régimen, y para asegurar que la población de las comunidades “opositora” permanezca desplazada permanentemente.

Sin embargo, dado que Yarmuk fue el hogar de un gran número de refugiados palestinos, el desplazamiento tiene implicaciones más amplias. El destacado intelectual sirio-palestino Salameh Kaileh sostiene que lo que sucedió en Yarmuk fue una estrategia premeditada para poner fin al “problema de los refugiados” o la presencia palestina en Siria, lo que provocó un daño incalculable a la causa palestina en general.

A su juicio, el régimen facilitó la entrada de armas para arrastrar el campo al conflicto, así como la entrada de grupos extremistas para servir de pretexto de bombardeos intensivos y asedio por hambre para destruir sistemáticamente el campo y vaciarlo de sus habitantes. Peor aún que las acciones del régimen, Kaileh condena a quienes han defendido al régimen y han traicionado la causa palestina “bajo el espejismo de estar luchando contra el imperialismo”.

Leila Al-Shami es una escritora sirio-británica, activista por los derechos humanos y coautora, junto a Robin Yassin-Kassab, de Burning Country: Syrians in Revolution and War (Pluto Press, 2016). Twitter: @LeilaShami

Fuente: https://english.alaraby.co.uk/english/indepth/2020/8/14/the-erasure-of-yarmouk-refugee-camp

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