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Reseña de También la Lluvia

Las guerras populares que están al llegar

Fuentes: Counterpunch

Traducción Carlos Valladares

Las generaciones vienen y van. Pero de alguna manera -levantándose sobre los hombros de gigantes- la humanidad avanza hacia algo mejor. Éste es al menos el mensaje de esperanza que sostiene Iciar Bollain en su nueva película También la lluvia. En mi opinión ella muestra cómo este lento camino hacia un mundo mejor a través de la lucha es una realidad.

También la lluvia cuenta la historia de un equipo de rodaje extranjero que va a rodar una película a Bolivia y que se encuentra de bruces con las revueltas contra la privatización del agua del año 2000. En principio parece una buena idea pero no parece que haya nada de excepcional en ello. A la fin y a la postre hay revueltas en muchos lugares de la misma manera que se encuentran por doquier equipos de rodaje filmando películas. Entra dentro de lo normal que algunas veces determinados eventos afecten la sensibilidad de aquellos extranjeros que se encuentran en situaciones de privilegio. No obstante el verdadera valor de esta película está en cómo se cuenta la historia.

Iciar Bollain, nacida en Madrid en 1967, tiene claro dónde está. Uno de los primeros fotogramas de la película se lo dedica a Howard Zinn. Y entendemos el por qué según nos adentra en la historia. A la vez se nota bastante la influencia de Ken Loach. Iciar Bollain fue actriz antes de dedicarse a escribir guiones y dirigir películas, y uno de sus papeles lo interpretó bajo la dirección de Ken Loach en Tierra y libertad (1995). También trabajó en la sensacional Sublet (1991) que dirigió Chus Gutiérrez. De hecho Gutiérrez y ella son amigas y estrechas colaboradoras.   Ambas son parte de una generación de directoras españolas de cine de extraordinario talento y con una actitud social crítica que no tiene parangón en ningún otro país.

En resumen: Ésta joven cineasta con conciencia social y política está en la vanguardia del nuevo cine español, quizás el más rico en cuanto a creatividad combativa y productividad.

Ésta es la historia. El equipo de filmación, bajo la dirección de Sebastián, interpretado por Gael García Bernal -conocido por su papel de Che Guevara tanto en Fidel (2002) dirigido por David Attwood como en Diarios de la motocicleta de Walter Salles, y por otras películas de éxito como The King (2005) de James Marsh- llega a la Cochabamba. Sebastián empieza entonces el casting para seleccionar a los figurantes de su película sobre el esclavizamiento de los indios de La Española en 1511. El guión cuenta el enfrentamiento entre los jefes militares de los conquistadores, y Bartolomé de Las Casas y Antonio de Montesinos en el momento en que los pueblos indígenas están siendo esclavizados y explotados. La manipulación, la tortura, las mutilaciones y las masacres son el destino que espera a estos indios.

Fue justo antes de la Navidad de 1511 cuando Montesinos, un fraile Dominico, dio un famoso sermón frente a las élites coloniales de La Española. La homilía fue un acto de valentía, a pesar de la autoridad que le daba el ser representante la Iglesia Católica. Montesinos dio una reprimenda a su respetable congregación «Yo soy la voz de Cristo que clama en el desierto… Esta voz dice que estáis en pecado mortal, que vivís y morís en pecado mortal, por vuestra crueldad y por la tiranía que ejercéis en vuestro trato con esta gente inocente. Decidme pués, ¿Con que derecho tenéis a estos indios en esta horrible y cruel servidumbre? ¿Bajo que autoridad habéis librado esta detestable guerra contra esta gente que vivía en paz en su propia tierra?»

Bartolomé de las Casas presenció este extraordinario acto de valor, que por otra parte no convenció a ninguno de los colonos que lo presenciaron. Entonces se alió con Montesinos en una lucha de por vida que tenía como moto hacer públicas las atrocidades cometidas por los conquistadores en «Nueva España» y combatir las emergentes teorías racistas que las justificaban.

De esta manera, con los actores, actuando en su película como actores de Sebastián, declamando las palabras originales de Las Casas y Montesinos, Iciar Bollain denuncia las prácticas genocidas que acompañaron a la conquista imperial de aquellas ricas tierras y al sometimiento de aquellas gentes. Su película dentro de una película nos arroja al pasado, a los orígenes de este perverso colonialismo contemporáneo, y las palabras que se pronuncian para invocarlo son las palabras literales de aquellos que lo vivieron. Allí, en aquella selva aún virgen, en las proximidades de un claro, al lado de un río tranquilo y plácido de cuyo fondo poco profundo los recién esclavizados indios -bajo la amenaza de palizas o amputaciones- recogían pepitas de oro para sus fuertemente armados amos españoles, empezamos a perder nuestra orientación histórica.

O quizás la ganamos, porque poco a poco nos vamos dando cuenta de las conexiones entre las experiencias de los indígenas durante los comienzos de la colonización imperialista occidental, y la dominación colonialista contemporánea y las actuales condiciones que sufren sus descendientes. Después de todo los figurantes que interpretan a los indios parecen aprehender inmediatamente el sentido de las palabras recitadas por los actores que interpretan los papeles de Las Casas y Montesinos, aunque no digan nada. Necesitan los dos dólares diarios que les paga la productora de la película. Esto es poco incluso en un país en donde el salario medio de un trabajador es de 70 dolares al mes, y donde la mayoría debe luchar para sobrevivir con mucho menos.

Resulta que la persona elegida -de entre los cientos que fueron a trabajar- para el papel de Hatuey, jefe de los Taínos -es un importante activista en el creciente movimiento contra la privatización del los recursos acuíferos. Este hombre, Daniel -interpretado por Juan Carlos Aduviri- llegará a ser un problema porque la represión del movimiento de protesta amenaza seriamente la finalización de la película.

Daniel rápidamente se convierte en una figura carismática de la revuelta y el director de la película y su productor, Costa -interpretado por el conocido actor Luis Tosar- se empiezan a preocupar seriamente ante el peligro que sufre su película cuando Daniel empieza a criticar elocuentemente a las autoridades, al gobierno Boliviano, a las corporaciones multinacionales y al Fondo Monetario Internacional. Ven a Daniel en la televisión liderando las manifestaciones contra las nuevas leyes que permiten a las grandes corporaciones el control del agua, leyes que incluso prohíben la recogida el agua de lluvia para uso personal, o que al menos imponen la obtención de una licencia para poder hacerlo. «-¿Qué va a ser lo siguiente?», grita a la multitud, «-¿impedirnos el uso del sudor de nuestra frente, de las lágrimas de nuestros ojos, o de nuestros orines?».

Los miedos del director Sebastián y del productor Costa se hacen realidad súbitamente al ser Daniel violentamente maltratado y arrestado. ¿Que vamos a hacer ahora? Lo necesitan para la escena crucial de la película, en la que él, en tanto que líder de los rebeldes taínos es colgado en la cruz junto a doce de sus seguidores, cada uno en representación de los discípulos de Cristo, antes de ser quemado en la hoguera en la mejor tradición inquisitorial. La única solución para Sebastián y Costa es la de sobornar al corrupto jefe de la policía militar. Daniel sale de la cárcel bajo custodia del productor, pero con el compromiso de que será arrestado de nuevo después de rodar la escena final, dejando así a Daniel listo para su segunda crucifixión, esta vez real.

En efecto la última escena casi no puede ser filmada al coincidir con la llegada de la policía y el arresto de Daniel. Pero, ¡mira por donde! la figuración india pasa al ataque, consigue tomar control del coche de policía, someten a las fuerzas del orden y rescatan a Daniel. En ese momento la insurrección en la Cochabamba ya se ha extendido por toda la ciudad, estando ahora todo el tráfico bloqueado y dándose paso a duros enfrentamientos en los que la población monta barricadas en torno a sus casas para luchar contra las fuerzas de un orden que para ellos no es más que un desorden hecho de pobreza, humillación y destrucción de vidas.

Y, como no podía ser de otra manera, el levantamiento popular fue un éxito. La gente de Bolivia mostró al mundo que la acción colectiva puede derrotar a los políticos corruptos y a los planes de «ajuste estructural» de los expertos del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional y a la crueldad de los carroñeros multinacionales del capitalismo.

Es razonable pensar que, al no haber sido este un evento real, puede que se nos esté contando un cuento de hadas. No este el caso. En todo su arte, y créanme cuando les digo que Iciar Bollain es igual a cualquier director de cine en lo que hace, la película capta todos los matices de las emociones que nacen de la participación en acontecimientos dramáticos. En todo momento, los espectadores se ven obligados a preguntarse cómo reaccionarían ante una situación similar.

Una de las ironías de esta historia es que los actores que interpretan a Las Casas y Montesinos, los héroes de la película de Sebastián, son los más insensibles y cobardes cuando se encuentran en medio de la revuelta y de la brutal represión que intenta sofocarla. El miembro más valiente del equipo resulta ser un actor relativamente mayor y algo cínico que interpreta el papel de cruel jefe de los conquistadores. Al final no tenemos la seguridad de hasta qué grado el privilegiado equipo de rodaje ha sabido comprender los vínculos entre privilegio, apropiación, pobreza y rebelión tanto en la actualidad como en el pasado.

Sería un error pensar que esta «guerra del agua» es una situación lejana y sin relación con otras situaciones padecidas por los países industrializados -¿o deberíamos decir países post-industrializados?-. En algunos de ellos, Estados Unidos, Australia, a través de Europa, y en otros continentes la excesiva extracción de agua subterránea y su contaminación química están preparando el terreno para una carestía generalizada. A esto hay que sumarle el proceso cada vez más generalizado de «fracturamiento hidráulico» debido a la sobre-extracción de gas natural en los estratos de pizarra, y es una indicación más de que la persecución de beneficios a corto plazo continúa anulando cualquier legítima inquietud sobre la gestión de los recursos naturales. En Australia, por ejemplo, los propietarios no tienen derecho a negarse a la extracción y explotación de los recursos de su subsuelo por parte de las grandes corporaciones, sin importar las consecuencias.

Aquí vemos cómo se puede utilizar la noción de «comunes» contra la colectividad. En estas condiciones las «guerras del agua» como la librada recientemente en Bolivia van a estallar por doquier en un futuro próximo.

En ultima instancia, se van a necesitar la misma clase de movimientos populares como el que triunfó en la Cochabamba en otros lugares del mundo. Por esta razón películas como También la lluvia son de vital importancia. Todo el mundo debe llegar a entender que lo que les pasó a los indios Taínos al principio del siglo XVI tiene una relación directa con los estragos actuales de nuestro tejido social y de nuestro medio ambiente.

Fuente: http://www.counterpunch.org/portis01212011.html