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11M, diez años después

Las víctimas, el pueblo, el terrorismo, las mentiras, la violencia y el olvido

Fuentes: Rebelión

Una década ya desde los acontecimientos luctuosos y desgarradores acaecidos en Madrid el 11 de marzo de 2004. El caso está cerrado judicialmente, pero en términos políticos el asunto aún merece reflexiones retrospectivas atentas y críticas con los sucesos mencionados. Lo que sabemos El PP perdió las elecciones generales tres días después en medio de […]

Una década ya desde los acontecimientos luctuosos y desgarradores acaecidos en Madrid el 11 de marzo de 2004. El caso está cerrado judicialmente, pero en términos políticos el asunto aún merece reflexiones retrospectivas atentas y críticas con los sucesos mencionados.

Lo que sabemos

El PP perdió las elecciones generales tres días después en medio de un impacto emocional tremendo, lo que aprovechó durante toda la legislatura hasta ahora mismo para deslegitimar el resultado de los comicios, si bien la tendencia a la baja en sus expectativas de voto era un lugar común en los días precedentes.

Sucedió que la sangre derramada el 11M confirmó los sondeos previos y supuso una toma de conciencia inmediata de los potenciales abstencionistas a favor de ir a las urnas contra las fragrantes mentiras oficiales y mediáticas urdidas por los dirigentes de la derecha y sus voceros afines para intentar detener una derrota casi anunciada por los estudios demoscópicos y el sentir general de la opinión pública.

Al PP le venía bien mantener la idea durante al menos tres jornadas de la autoría de ETA, pues la responsabilidad de Al Qaeda operaba en su contra después del inmenso rechazo en la calle, tanto en España como en Europa y resto del mundo, a la guerra de Irak, conflagración en la que Aznar y los suyos habían apostado todo el crédito internacional de España apoyando a Bush de modo vergonzante, ramplón y seguidista, también con el concurso de la tercera vía socialdemócrata de Blair.

Todo esto es más que sabido, pero todavía colean inmundicias que sanear. Salvo excepciones, los autores de los atentados pasaron por la cárcel, pero los responsables políticos que se escondieron tras la mentira continúan sentando cátedra y manchando la memoria histórica desde púlpitos y sinecuras varias. La ignominia política de aquellos funestos días y meses posteriores no ha tenido sanción pública para ninguno de los ejecutores de tamaño latrocinio estatal ni desde el punto de vista político ni penal ni siquiera ético o moral. Algunos incluso se mantienen en primera fila con responsabilidades institucionales al más alto nivel.

La refriega parlamentaria bipartidista ha enterrado el debate y dado por mal menor, con reticencias cerriles en la bancada de la derecha, la sentencia judicial, interpretando los hechos en la distancia temporal de manera dulce para los intereses de la clase política. Una forma elegante de decir pelillos a la mar, lo pasado pasado está, los muertos al hoyo y los vivos al bollo. La connivencia estratégica de las dos patas del bipartidismo español, PP y PSOE, exige cerrar filas, con matices de segundo orden para expresar diferencias tácticas teatrales que trasladen la sensación de pluralismo y tensa disputa democrática. Bajo un argumentario pactado entre bambalinas, subyacen las coincidencias de fondo, las auténticas: reparto de cargos y prebendas una vez dejada la actividad política regular, tapar los casos de corrupción como sea menester y apuntalar el nacionalismo español contra vientos independentistas y mareas ciudadanas de la gente común, esto es, de la clase trabajadora. El PSOE no mintió durante el 11M, simplemente desempeñó el rol de verlas venir, sumándose a la conmoción generalizada pasivamente. Hoy, su interpretación de los hechos relatados es amable, como bien queda reflejado en esta entrevista de El Mundo con Zapatero, donde el ex presidente ofrece una visión light y almibarada muy del gusto de los círculos políticos institucionales.

El 11M ha suscitado comentarios de índole muy dispar. Traemos a colación aquí un repertorio breve de los conceptos más manoseados en el torrente de declaraciones públicas vertidas en los últimos años. Las categorías más usadas son el pueblo llano, las víctimas, las falsedades, las razones de Estado, el terrorismo y los autores intelectuales del 11M.

El pueblo llano

Se ha utilizado pueblo español hasta la saciedad, casi siempre en boca de líderes o ex líderes que jamás aluden o apelan a él en su discurrir cotidiano o en sus proclamas habituales. Se trata de una añagaza interesada, instrumental y sentimental para conectar con la inmensa mayoría de un modo retórico e hipócrita, una especie de unidad de destino inefable y de matrimonio eterno con las esencias tradicionales del ser español por antonomasia. Es el mismo pueblo al que se le niega consultas directas en cuestiones vitales para toda la ciudadanía; el pueblo sometido al que se dirigen las sucesivas reformas laborales; el pueblo al que se recorta en derechos, sanidad y educación; el pueblo, en definitiva, rehén de los mercados y de los poderes financieros. Ese pueblo sacrificado respondió a los atentados de la única forma que sabe hacerlo: con solidaridad y entrega, que son las que practica día tras día para salir adelante mediante trabajos precarios y entre desahucios criminales de todos los tipos, domésticos, democráticos y de libertad clausurada a golpe de medidas regresivas. Los piropos de los políticos sobraban. Ese pueblo, en situaciones de emergencia, siempre responde. Hubiera sido más creíble un silencio respetuoso. Pero para los políticos en el sistema capitalista de compra y venta de voluntades, cualquier ocasión es buena para llenar sus alforjas electorales, antes y después del 11M. La óptima gestión mediática de las crisis forma también parte de la mercadotecnia política electoral: la máquina de hacer votos cautivos por razones emocionales siempre está al acecho del acontecimiento, por grande o pequeño que sea. Una victoria futbolística a escala internacional de La Roja está al mismo nivel, desde el punto de vista mediático, que un desastre terrorista. El suceso desnudo es lo que importa, más allá de las consecuencias trágicas, circunstanciales o banales del evento o noticia de que se trate. El régimen capital-trabajo de corte occidental vive y se nutre de pulsiones inmediatas. Véase una portada de un medio de información de masas: las noticias rosas se confunden con los desahucios, los ERES con la información meteorológica y la guerra y los muertos con el próximo encuentro del siglo entre el Barcelona y el Real Madrid. ¿Qué es lo importante y qué lo accesorio cuando solo prima el beneficio y el espectáculo visual de entretenimiento visceral?

Víctimas y víctimas

Un segundo concepto de envergadura son las víctimas mortales, los heridos y sus familiares. Algo se puede afirmar al respecto con meridiana rotundidad: las víctimas de ETA son más víctimas que el resto. La instrumentalización política de tan amplio colectivo por parte del PP resulta diáfana: las víctimas causadas por ETA son exclusivamente suyas, les pertenecen de manera natural e irrefutable, mientras que las del 11M tienen un tratamiento subsidiario porque no se prestan a manipulaciones ni se dejan embaucar por cantos de sirena emocionales ni entran en el juego a favor del ideario de las derechas. Es conocido para el observador atento y crítico que la institucionalidad premia y castiga en función de la coyuntura política: se le llena el corazón compasivo cuando puede sacar rédito del victimismo residual sin entrar en discusiones profundas acerca del complejo fenómeno terrorista, censurando las voces legítimas de aquellas personas y asociaciones que ven y van más allá del dolor entrañable y humano de la pérdida dramática de un ser querido. El horror siempre obedece a premisas y desencadenantes multifactoriales. Por muy horrorizados y sin aliento que nos quedemos ante un cuerpo destrozado, la postura coherente y racional no es implementar o reivindicar mayor represión y tente tieso. En suma, el terrorismo es un arma de doble filo: siega vidas inocentes, pero también sirve de coartada a las derechas y los poderes financieros para cercar a la sociedad en una disyuntiva espuria: nosotros los demócratas y ellos los desalmados terroristas. Ese ellos populista e ideal incluye a los mercados y al pobre indigente en el mismo equipo, diluyendo la conciencia de clase y la lucha política en batallas maniqueas contra enemigos muchas veces ficticios. La violencia se da de maneras muy distintas, por eso desviando la atención y el foco hacia el terrorismo se crea miedo escénico y un único adversario en disputa al que dirigir las iras y furias de la masa, escondiéndose la realidad múltiple y diversa bajo una alfombra ideológica uniforme y complaciente con la versión e intereses propios de la clase dominante.

Terrorismo y violencia social, el huevo y la gallina

Terrorismo y víctimas parecen realidades especulares, si bien existen dudas sobre cuál es la imagen original y cuál el reflejo de ella. Quizá sean expresiones o fenómenos dinámicos que solo se explican dialécticamente. No estamos pues ante la falsa dicotomía del huevo y la gallina. Vivimos en sociedades violentas y competitivas. Los terroristas responden a las exigencias vitales de manera expeditiva y extrema porque son incapaces de sublimar los conflictos sociopolìticos en los que viven inmersos. Son, en definitiva, creaciones y cristalizaciones radicales del sistema ideológico y orden económico actual. Convertirlos en alimañas infrahumanas no hace justicia a la responsabilidad social en su conjunto. Además, el terrorismo solo se plantea de modo unidireccional: son terroristas las personas que el poder etiqueta como tales, no permitiendo que en el concepto quepan los actos bélicos manifiestamente contrarios a la moral ni las graves decisiones políticas que provocan pobreza generalizada y muertes diferidas entre la clase trabajadora y las capas populares más indefensas. Las fronteras minadas o con cuchillas, el genocidio palestino, la hambruna en distintos países africanos, los suicidios por desahucio y los inmigrantes ahogados o confinados en reservas de internamiento nunca serán considerados actos terroristas indirectos o sobrevenidos, antes al contrario formarán parte de mecanismos de autodefensa legítimos o incidentes naturales en los que no existe ninguna responsabilidad o autoría definida. Terrorista es un calificativo político e ideológico que no se construye a posteriori viendo las imágenes de los destrozos causados por una bomba. Nuestra mente ya trabaja con una categoría preliminar del concepto: lo que observamos solo puede haberlo realizado un terrorista, una mente diabólica. Los muertos de una guerra o los cadáveres de inmigrantes jamás nos transportan a un escenario de terror con autor o autores determinados.

Finalicemos este largo trayecto deteniéndonos en los tres últimos conceptos objeto de la presente reflexión: las mentiras del poder, las clásicas razones de Estado y los fantasmales autores intelectuales del 11M. Están íntimamente ligados entre sí.

Mentira, razón de Estado y autores intelectuales

La mentira es consustancial a la actividad política. Se miente por mero cálculo coyuntural y para encubrir la realidad y auténtica pugna social. Cuando la mentira tapa las vergüenzas de la elite hegemónica, se llama razón de Estado. En cualquier caso, tanto las mentiras instrumentales como las falsedades institucionales toman al pueblo como hijo menor de edad de las triquiñuelas de los mercados anónimos y de su testaferros de la clase política de derechas y sus acólitos opositores blandos o de fachada que hacen el contrafuego parlamentario a ojos de la ciudadanía. En pleno 11M, las diferencias tácticas se hicieron muy patentes. El PP tenía que mentir para salvar la reacción y animadversión contrarias a sus responsabilidades bélicas en Irak, al tiempo que el PSOE solo debía dejarse llevar por las falsedades flagrantes vertidas por Aznar y sus ministros. Las evidencias de las mentiras calaron hondo en un caldo de cultivo social ya de por sí muy sensibilizado y espoleado por las recientes y multitudinarias movilizaciones contra la intervención en Irak. Ni el PP ni Aznar contaban con crédito suficiente para engañar y embaucar una vez más al electorado. Era el turno de la alternancia hacia el PSOE. Pasado el tiempo, los gobernantes de aquella época han salido indemnes en todos los campos. En realidad, ambos partidos han pasado página: las mentiras son ya abono de las razones de Estado y del proceder genuino de la política diaria. Todos mienten en la acción gubernamental. Todos callan elementos sustanciales al pueblo al que dicen servir. No hay nada nuevo: con la corrupción pasará algo similar. Todo se olvida por razones de Estado.

Respecto a la autoría intelectual del 11M, tesis disfuncional esgrimida desde entonces por la derecha y sus oficiosos medios de comunicación, no es más que una treta con pies de barro para mantener la duda permanente acerca del atentado de Madrid. Es un mantenerla y no enmendalla de larga tradición en los anales históricos de las clases dominantes. La incógnita pretende sembrar la duda constante, arrojando misterio para que la memoria histórica desfigure la realidad objetiva de aquellos días de infausto recuerdo. La mano que movió los hilos no tiene nombre y apellidos, es más bien un estado emocional de excepción provocado por causas que se entrelazan de modo indisoluble muy difícil de desentrañar y aislar pormenorizadamente. El belicismo de Aznar y del PP está en su origen. La agresión y hostigamiento sostenidos por parte de EE.UU. y la Unión Europea en los países árabes crea odios extremos desde tiempos inmemoriales. No hay terrorista que nazca de la nada. La depredación geoestratégica capitalista es la causa primordial de las injusticias a escala mundial. Detrás de cada felonía de los países ricos existen miles de ojos anónimos cuya impotencia precisa explayarse por las buenas o por la tremenda. Esa es la verdadera raíz del fenómeno terrorista: violencia social, política e ideológica versus impotencia vital sin cauce democrático. Los pobres y los terroristas son vástagos del capitalismo. Con moralina trasnochada y bombardeos humanitarios no se acabará con la pobreza ni se erradicará de cuajo el fenómeno terrorista.

Las clases dominantes necesitan de la violencia institucional para mantener intacto el statu quo de explotación laboral. Esta situación provoca y crea inhibiciones colosales en amplios colectivos sociales y grupos de desheredados en toda la globalidad capitalista. Cuando la represión interior alcanza cotas insostenibles, la bomba terrorista estalla en cualquier lugar sin control ni un propósito razonable concreto. Los monstruos los crea el propio sistema y la mecha la enciende el conflicto ideológico y social. Matar un monstruo a cañonazos no es la solución. La hidra tiene millones de cabezas.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.