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Los palestinos resisten: “¡No nos moverán!”

Fuentes: Counterpunch [Imagen: shimriz – CC BY 2.0]

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

En los años 50 y 60, el movimiento por los derechos civiles popularizó un coro de música góspel, “We shall not be moved” (No nos moverán). La canción se basaba en los salmos 17: 7-8 de Jeremías: “…porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto”. Esta letra simbolizaba la tenacidad de los afroamericanos en la lucha por obtener sus derechos. No es coincidencia que líderes negros como Martin Luther King y Malcolm X fueran de los primeros estadounidenses en reconocer la lucha palestina como similar a la suya.

Desde entonces la determinación de los palestinos por vivir en la tierra que justamente les pertenece nunca ha flaqueado, a pesar de todos los esfuerzos israelíes por expulsarles. Al igual que ha persistido la lucha de los afroamericanos a pesar de la resistencia blanca que ha empleado una serie de renovadas tácticas para bloquear su camino, siendo la reforma de la ley electoral la última de ellas.

En ambos pueblos, la determinación por conquistar sus derechos sigue siendo su mayor fuerza.

Desde 2010-2011 la lucha palestina se ha visto eclipsada por las revueltas en Oriente Próximo iniciadas por aquel entonces, las revoluciones, las revoluciones sofocadas y las guerras civiles. En la actualidad, ante lo que parecen ser las primeras elecciones palestinas en 15 años –y las recientes aunque inconclusas elecciones israelíes– ese conflicto ha vuelto a los informativos. Se le suele calificar de complicado, pero los acontecimientos recientes, tanto en la región como fuera de ella, sugieren que podrían producirse cambios importantes en dicho conflicto. Un cambio en la situación tanto tiempo atascada puede ser tan significativo como los que sucedieron a la Guerra de Yom Kipur de 1973 (también llamada del Ramadán o de Octubre) o a las intifadas de los años 90.

Diversos artículos sobre las próximas elecciones han puesto su foco en las divisiones políticas entre los palestinos. No cabe duda de que dichas divisiones –especialmente entre Fatah y Hamás– han causado un gran perjuicio a su causa. Las divisiones son reales y complejas. Este artículo es un intento de considerar los recientes acontecimientos en Israel, Cisjordania y Gaza, teniendo en cuenta la evolución del contexto regional e internacional que, a mi juicio, están transformando los términos del conflicto y actuando a favor de la causa palestina.

Creo que estos acontecimientos recientes ponen de manifiesto que Israel está actuando cada vez con mayor desesperación, porque los políticos de aquel país reconocen que la marea de la historia se está volviendo en su contra. El tiempo se acaba para el proyecto sionista.

El primero de estos acontecimientos es objeto de un artículo de Raouf Halaby, “Israelíes, ¿por qué?, por amor de Dios”, publicado en febrero en Counterpunch y que describía la destrucción israelí de una reserva natural creada por los palestinos hace ocho años. La reserva de 40 hectáreas está localizada (o se localizaba hasta el 27 de enero) en Ainun, que forma parte de Tubas, un municipio al noreste de Cisjordania. Formaba parte del proyecto “Reverdecimiento de Palestina”, supervisado por el Ministerio de Agricultura, y el lugar había sido repoblado con más de 10.000 árboles, entre ellos cientos de olivos. El olivo es la principal fuente de ingresos en Cisjordania y tiene un especial significado en la sociedad palestina. Necesitan mucho tiempo para madurar y dar aceitunas y son muy longevos, pudiendo llegar a los cientos de años.

El 27 de enero el ejército israelí derribó los árboles y los arrancó de raíz. La razón esgrimida fue que la reserva estaba en terreno clasificado como “zona militar”. No está claro en qué se diferencian esas 40 hectáreas del resto de Cisjordania, ocupada militarmente desde 1967. Lo que sí es evidente es el motivo por el que el ejército escogió esa fecha para su bárbara acción: la ONU ha designado el 27 de enero como Día Internacional de Conmemoración del Holocausto.

Los apologistas de Israel llevan años echando toda la culpa del conflicto a los palestinos, pero nada más lejos de la verdad. Lo cierto es que ningún gobierno israelí, laborista, del Likud o cualquier otro, ha dejado de aprovechar toda oportunidad para frustrar la causa palestina y ofuscar el verdadero núcleo del conflicto: Israel quiere la tierra de los palestinos. Y no importa qué tratados, protocolos, acuerdos o memorandos haya firmado desde 1976, Israel ha continuado robando sus tierras con la esperanza de que los palestinos, llegado el momento, se den por vencidos y abandonen su tierra. Los medios usados por Israel para lograrlo han sido variados: ideológicos, judiciales, económicos, civiles y militares. El ataque a los derechos de los palestinos es tanto masivo como individual; ningún incordio o desprecio es demasiado trivial.

El ejército israelí destruye las granjas para robar la tierra. Pero cuando arranca de la raíz los árboles, especialmente los olivos, va más allá. La meta no es solo destruir los ingresos de la gente sino profanar su identidad. Como si al desarraigar los olivos pudieran eliminar la misma palabra “Palestina” de las mentes de las personas y el hecho de que esa tierra sea un lugar donde las personas viven y han vivido antes de que hubiera un Estado llamado “Israel”.

El mundo exterior hace poco caso de ello, pero las pequeñas ciudades y aldeas están siendo destruidas y últimamente el ritmo de destrucción se ha acelerado. En noviembre el ejército destruyó totalmente una aldea  que, al igual que la reserva natural, consideraba “zona militar”. Según el grupo pacifista israelí B’Tselem, un total de 74 personas fueron desplazadas, más de la mitad menores. Los buldóceres y las excavadoras demolieron asimismo las casetas utilizadas para guardar el ganado, las letrinas portátiles, los depósitos de agua y los paneles solares, además de confiscar vehículos y tractores propiedad de algunos de los residentes.

Por otra parte, merece la pena mencionar hasta qué punto son capaces de llegar los militares para castigar a una sola persona. En mayo del año pasado el ejército asaltó la aldea cisjordana de Yabed en una búsqueda rutinaria. Los soldados llegaron, como suelen hacerlo, en carros blindados, vestidos con chalecos antibalas, cascos y armamento de combate. Y los aldeanos respondieron como suelen hacerlo, arrojando piedras y ladrillos. Según las fuerzas armadas, un palestino llamado Nazmi Abu Bakr lanzó un ladrillo que golpeó en la cabeza al soldado israelí Amit Ben-Ygal, que posteriormente murió en el hospital. Los militares quisieron demoler la casa de Abu Bakr, pero un tribunal israelí les negó el permiso aduciendo que su esposa y sus ocho hijos no deberían ser castigados. Esto es algo poco habitual. Los castigos colectivos son un crimen de guerra, pero Israel los han empleado continuamente, excepto en el periodo comprendido entre 2005 y 2008. Así que en este caso, al no poder destruir la casa, el ejército israelí ideó un nuevo castigo. Decidió rellenar la habitación de Abu Bakr de hormigón.

Para comprender el contexto actual en el que tienen lugar estos castigos y estos robos es preciso comprender algo de lo que se conoce como los Acuerdos de Oslo II.

En 1995 los Acuerdos de Oslo II entre Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) dividieron Cisjordania en tres zonas, A, B y C. La zona A está bajo amplio control civil y policial de la Autoridad Palestina. En 2013 abarcaba en torno al 18 por ciento de Cisjordania. La zona B está bajo control civil de Palestina y, en teoría, bajo control militar conjunto  israelí-palestino; en 2013 abarcaba en torno al 22 por ciento de Cisjordania. La zona C está bajo pleno control civil y militar israelí. Pronto entenderemos la diferencia entre el control “pleno” y el control “amplio”. La casa de Abu Bakr en Yabed está en el área B, en la esquina noroccidental de Cisjordania, mientras que la reserva natural de Tubas está en zona A desde 1995. No obstante, el ejército israelí puede designar porciones de tierra bajo control militar aunque nominalmente estén bajo el control de seguridad palestino. En términos prácticos, esto significa que bajo determinadas circunstancias, cuando los militares quieren castigar a personas en determinada zona, deben acudir a los tribunales civiles, aunque siempre pueden recurrir a la posibilidad de reclamar un área para uso militar, en cuyo caso los palestinos no pueden conseguir permisos de construcción. Lo que esto quiere decir es que los militares israelíes pueden destruir prácticamente todo lo que deseen en Cisjordania.

A pesar de que, en todo caso, Abu Bakr esté pudriéndose en una celda  y de la molestia que supone para el ejército israelí rellenar de hormigón su cuarto, da la impresión de que ninguna acción que perjudique a un palestino resulta arbitraria o molesta para el ejército. Posiblemente calcula que la misma arbitrariedad de la acción le asegura conseguir cierta atención. Derribar una casa o arrancar un olivo son actos que el ejército israelí comete a diario, pero ¿cuántas veces han llenado una habitación de cemento? Tal vez sea el aburrimiento de la vida militar lo que les lleva a movilizar el ingenio.

La demolición de una casa no es algo que se haga una vez y ya está. El 1 de marzo las autoridades israelíes destruyeron el hogar de Hatem Hussein Abu Rayaleh en la Jerusalén Este ocupada. Era la cuarta vez que lo hacían desde 1999. Abu Rayaleh quedó con una parálisis parcial durante la tercera demolición en 2009, al caer y romperse la columna vertebral. El hecho de que reconstruyera por cuarta vez su casa dice mucho de la determinación palestina a quedarse, pase lo que pase.

La razón esgrimida en cada ocasión fue que Abu Rayaleh no tenía permiso de construcción. No hace falta decir que las posibilidades de que un palestino obtenga un permiso de construcción en el área C son nulas. Pero estoy harto de todo ese rollo de área A, B o C; eso es lo menos importante. La única persona o institución que actúa ilegalmente en este caso es el gobierno israelí, que no tiene más autoridad para conceder un permiso de construcción en Jerusalén Este del que tendría para hacerlo en Sevilla, España. Ningún país del mundo (ni siquiera el siempre indulgente Estados Unidos) reconoce Jerusalén Este como parte de Israel.

El acoso de Israel a los palestinos llega hasta extremos que deben resultar ridículos y bochornosos incluso para sus autores. El 10 de marzo los soldados israelíes arrestaron a cinco niños palestinos cerca de Hebrón por recoger una planta silvestre conocida como akoub (Gundelia Tournefortii). Los niños tenían edades comprendidas entre 7 y 11 años. El artículo que informó del hecho en la edición del 10 de marzo del Palestine Chronicle va acompañado de fotografías [y un video de la detención]. Ahí puede verse cómo un soldado israelí con uniforme de combate (y una mascarilla contra el covid) arrastra a un pequeño terrorista que amenaza la seguridad de Israel por recoger unas hierbas. Cuesta creer que los palestinos que han mostrado su resistencia y su ingenio durante decenios de ocupación vayan a ser derrotados por una estupidez tal.

Y lo mismo en relación con los crímenes contra propiedades palestinas. O sobre todo contra la propiedad ya que, como muestra el caso de Abu Rayaleh, algunas personas resultan heridas cuando el ejército israelí derriba sus hogares. Deberíamos considerar los crímenes contra las personas, aunque aquí solo me centraré en la detención y el encarcelamiento por dos razones. En todo conflicto, los episodios de violencia pueden ser justificados. Pero el hecho de que Israel encarcele a personas durante años sin presentar cargos o celebrar juicios no tiene justificación alguna. Aún más: la reciente oleada de detenciones parece estar relacionada con las próximas elecciones.

La política israelí referente a las detenciones es que pueden mantenerse sin cargos o sin juicio por periodos renovables de tres a seis meses. La explicación habitual que las autoridades dan a la prensa es que esas personas suponen una amenaza a la seguridad del Estado. Los detenidos no pueden apelar ni tienen derecho a saber de qué se les acusa concretamente. Y lo mismo ocurre con su estatuto. De hecho, los supuestos periodos de renovación reglamentarios suelen ser ignorados y la cruda realidad es que los palestinos pueden ser encarcelados de por vida sin cargos ni juicio. Su reclusión se inflige mediante sucesivas ampliaciones. A  los detenidos se les roba la vida durante semanas o meses mientras roban su país por partes: sus casas, tiendas, granjas y ciudades.

Esto queda en evidencia en el caso de Khalida Jarrar, una prominente activista y política palestina. Jarrar es miembro del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), fundado por George Habash en 1967. El FPLP es un grupo marxista que siempre ha rechazado la denominada “solución de los dos Estados” al conflicto israelí-palestino a favor de un único Estado laico socialista para todos los habitantes de Cisjordania, Gaza e Israel. En la década de los 70 llevó a cabo actos terroristas, especialmente secuestros. Aunque desde 2004 no ha realizado ningún atentado con víctimas civiles, sigue en la lista de grupos terroristas aceptada por una serie de países, Israel y Estados Unidos entre ellos, por supuesto. Aquí solo señalaré que ambos países han realizado muchos ataques considerados terroristas según las convenciones internacionales.

Khalida Jarrar es una “reincidente” incluso para las generosas pautas de Israel: ha sido detenida en 14 ocasiones. La primera de ellas en 1989, cuando tenía 26 años, por participar en una manifestación en el Día Internacional de la Mujer. Solo mencionaré de pasada la ironía de este hecho. Un elemento constante de la propaganda israelí es su actitud progresista sobre los derechos de la mujer, en contraste con la de las sociedades árabes. Desde aquel día de 1989 Jarrar ha pasado al menos diez u once años en prisión.

Su última detención fue en octubre de 2019 y lleva recluida desde entonces. El 1 de marzo un tribunal militar prorrogó su detención dos años más por “incitación a la violencia” y “pertenencia a una organización terrorista”. Además, para completar el cuadro, se le condenó a pagar una multa de 1.300 dólares, presuntamente como anticipo de los costes de su próxima detención. Ha sido multada muchas veces, incluso en aquellos casos en que un tribunal civil ha ratificado su apelación.

Esta última sentencia a Jarrar llega cuando los palestinos se preparan para celebrar elecciones, y parece estar relacionada con este hecho, especialmente porque es miembro del Consejo Legislativo Palestino, que lleva sin renovarse 15 años. Probablemente Israel piensa que con su detención limitará su influencia en estas elecciones. Pero es poco probable que eso le impida conseguir un escaño en el Consejo. Hay tantos dirigentes palestinos en prisión que eso carece de importancia para que la gente les vote o no.

Un caso similar es la detención administrativa de Khaled Abu Arafa, antiguo ministro palestino de Asuntos de Jerusalén. Fuerzas de seguridad israelíes le arrestaron en noviembre pasado tras citarle para interrogarle en el centro de detención de Ofer, cercano a Ramala, en la Cisjordania ocupada. El 4 de marzo un tribunal israelí prolongó su detención cuatro meses más.

En cuanto a las elecciones, gran parte de su cobertura se centra, como he mencionado, en las divisiones entre palestinos, no solo entre Hamás y Fatah, sino sobre todo dentro del propio Fatah. Pero es muy posible que las elecciones sean el modo de superar dichas divisiones. Y a este respecto debe mencionarse sobre todo a un líder palestino, Marwan Barghouti.

Barghouti languidece en una prisión israelí desde la segunda intifada en 2002, cuando fue condenado por asesinato; el acusado no presentó defensa porque afirmó que el juicio era ilegal. Desde la cárcel Barghouti ha seguido ejerciendo su influencia en la política palestina y probablemente la prisión ha incrementado su credibilidad y su popularidad. Las razones de esta popularidad son diversas, pero la principal puede que sea que su trayectoria es un reflejo de la trayectoria de los palestinos bajo la ocupación desde 1967. Durante años Barghouti respaldó el llamado proceso de paz basado en la solución de los dos Estados. Defendió las conversaciones de Oslo II pero, cuando en 2000 fracasaron las negociaciones en Camp David, decidió (como la mayoría de los palestinos, si no todos) que era inútil negociar con Israel. Los israelíes nunca aceptarían un Estado Palestino y únicamente habían usado las negociaciones desde la década de los 70 para postergar el acuerdo, mientras seguían robando tierras palestinas pedazo a pedazo. En ese punto, Barghouti dio su apoyo a las intifadas y a la resistencia ante la ocupación como la única salida posible. Su esperanza inicial en una solución negociada y el giro efectuado en 2000 hacia los levantamientos y la resistencia son un reflejo del cambio de actitud de muchos palestinos (si no de la mayoría) a lo largo del tiempo. De ahí el respeto que todavía se le tiene. Las encuestas de los últimos años le dan como ganador  frente a Abbas, y se rumorea que si se presentara en la próxima elección presidencial Hamás no presentaría candidato. En ese caso, su victoria estaría asegurada. Según la legislación palestina, si continuara en prisión podría nombrar un sustituto. Y, mejor aun, aumentaría la presión sobre Israel para su liberación. La Unión Europea y las organizaciones pacifistas israelíes ya han reclamado otras veces su puesta en libertad.

En febrero, otro acontecimiento agitó al gobierno israelí. La Corte Penal Internacional (CPI) de La Haya amplió su jurisdicción para poder juzgar los crímenes de guerra cometidos en los Territorios Ocupados. Y el 3 de marzo, la fiscal general Fatou Bensouda abrió una investigación formal sobre crímenes de guerra en los Territorios Ocupados y en Gaza. Kamala Harris se puso en contacto ese mismo día con Netanyahu para asegurarle su “compromiso inquebrantable” con la seguridad de Israel. Aunque, probablemente, eso no tranquilizó mucho a Netanyahu. Su discurso ante el Congreso de EE.UU. en 2015 (sin haber recibido una invitación de Obama), en el que intentó torpedear el acuerdo nuclear con Irán, todavía saca de quicio a los Demócratas, y ahora Biden está intentando rescatar ese acuerdo.

Las acciones de la Corte Penal Internacional inquietan a los políticos israelíes, y tienen razones para ello. El gobierno ya ha avisado a diversos oficiales de mayor y menor graduación de que no deben viajar al extranjero, pues podrían ser detenidos y llevados a declarar ante dicho tribunal. Estados Unidos, al igual que Israel, no es un Estado miembro de la CPI, por las mismas razones que este: obviamente ambos han cometido crímenes de guerra. También aquí hemos visto movimientos recientes que parecen augurar cambios en el horizonte. Tal y como señalaba Ramzy Baroud en Counterpunch el 29 de enero, B’Tselem (una de las principales organizaciones israelíes de derechos humanos) ha declarado por vez primera que considerando dichas violaciones a los derechos humanos, Israel no puede considerarse una democracia (1). Más sorprendente es el giro radical de Ami Ayalon, antiguo director del Shin Bet (Servicio de Seguridad General). En un reciente libro, Friendly Fire (Fuego amigo), Ayalon escribe:

“Cuanto más empleábamos nuestra vasta superioridad militar para machacar a la población palestina, más fuerza cobraba Hamás. Era una variación de la antigua paradoja de ganar todas las batallas y perder la guerra. A los israelíes nos había pasado lo mismo que a los antiguos egipcios enfrentados a nuestros ancestros bíblicos en el Libro del Éxodo: `Cuanto más los oprimían tanto más se multiplicaban´… Esta ironía me sobrecogía…”(2).

Suena similar a lo que diversos oficiales estadounidenses decían de la Guerra de Vietnam y, por supuesto, Ayalon ya está retirado. Pero mejor tarde que nunca.

La reciente elección israelí ha aumentado también la distancia entre Israel y la opinión general en Estados Unidos. El intento de Netanyahu de llegar a un acuerdo con la formación racista Otzma Yehudit, considerada grupo terrorista en Estados Unidos, complica a sus defensores estadounidenses seguir vendiendo el argumento de la democracia. El rabino estadounidense Rick Jacobs, presidente de la Unión para la Reforma del Judaísmo declaró: “No creo que sea una exageración decir que equivale a que en Estados Unidos abriéramos la puerta de entrada a los pasillos del poder al Ku Klux Klan. No es una comparación exagerada…”. Incluso el Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel (AIPAC) ha denunciado al nuevo aliado de Netanyahu. El AIPAC ha afirmado que se negaría a reunirse con “miembros de ese partido fascista y reprensible”.

El conflicto en Palestina se inició entre los colonos sionistas y la población nativa palestina estando bajo la ocupación británica y, a partir de 1948, se convirtió en el conflicto entre un nuevo Estado expansionista sionista y… la población nativa palestina. A lo largo de muchos decenios el Estado de Israel encubrió su acaparamiento de tierras bajo la máscara de ser “la única democracia de Oriente Próximo”. Cada vez es más evidente la contradicción entre la fundación sionista de Israel y sus pretensiones democráticas.

Entre el 22 y el 25 de marzo pasado, una muestra de 2.194 estadounidenses respondió a un sondeo de Google acerca de si Israel debería seguir siendo uno de los principales receptores de ayuda de EE.UU. El 38,1% respondió que no. Una cifra similar, el 37,3 se oponía en 2020 al reconocimiento por parte de EE.UU. de la anexión israelí de Cisjordania. Esto supone un cambio significativo en la postura estadounidense. El cambio es el resultado de las informaciones sobre crímenes israelíes contra los palestinos, como los mencionados en este artículo. Aunque la mayor parte de esos sucesos no aparecen en los medios de comunicación dominantes, su cobertura en otros medios ha tenido un lento efecto acumulativo a lo largo de los años en la postura de los estadounidenses con respecto a Israel. Y esas actitudes están cambiando más en los jóvenes, que piensan ahora como lo hacían Martin Luther King y Malcolm X hace 70 años.

Esta es la razón por la cual las relaciones entre el gobierno estadounidense e Israel no son lo que eran, como lo demuestra la mayor disponibilidad del Congreso para pronunciarse contra las acciones de Israel. Cuando Netanyahu denunció la disposición de Biden para restablecer la asistencia a Palestina cancelada por Trump, su principal defensor en Estados Unidos fue el senado Ted Cruz, que acababa de volver de Cancún. Posteriormente, el 7 de abril, Israel anunció los planes para construir cientos de nuevas viviendas en dos distritos palestinos de Jerusalén Este (el primer anuncio de ese estilo desde que Biden asumió el cargo). Al día siguiente, 19 senadores Demócratas liderados por Tim Kaine, Chris Murphy y Chris Van Hollen enviaron una carta a Netanyahu y a su ministro de defensa, Benn Gantz, en relación con el reciente acuerdo de gobierno israelí de considerar nuevas y mayores anexiones de territorio palestino a partir de julio. En esa carta los senadores afirmaban que “dicha acción marcaría un giro radical en décadas de entendimiento mutuo entre Estados Unidos, Israel, los palestinos y la comunidad internacional y tendría claras consecuencias para el futuro de Israel y de nuestras vitales relaciones bilaterales y bipartitas”.

Además de la erosión del habitual apoyo de Washington a Israel está el hecho de que ese apoyo, aunque fuera el mismo que hace diez o veinte años, ya no tendría el mismo significado. Porque la cruda realidad es que Estados Unidos ya no es un país tan respetado como entonces, ni siquiera entre sus propios amigos. Esta pérdida de respeto ha sido un largo proceso y la bufonería de Trump solo la ha puesto más en evidencia.

Con su mayor aliado claramente debilitado, Europa y China cada vez consideran más a Israel  como un arrogante Estado paria que causa dolores de cabeza y problemas. Siete millones de judíos israelíes viven rodeando por 330 millones de árabes. Sus contactos extraoficiales con personajes retrógrados como Mohamed bin Salmán o los retrógrados Estados árabes del Golfo son insignificantes en ese contexto. El hecho de que los Estados árabes, de Marruecos a Irak, se encuentren debilitados y agitados por los disturbios tampoco ayuda a Israel. El advenimiento de gobiernos más democráticos que sean fiel reflejo de la voluntad popular supondría el peor escenario para Israel. El ejemplo de Egipto, el mayor Estado árabe, es buena muestra de esto. Después de 40 años de paz con Israel, la mayoría de los egipcios –ya sean musulmanes o cristianos, islamistas o laicos– desprecia a Israel, del mismo modo que desprecia a Arabia Saudí o a los Estados del Golfo. Todas estas circunstancias solo pueden contribuir a la causa palestina. A pesar de todas las divisiones internas y los problemas de los palestinos, a pesar de la implacable campaña israelí de crímenes contra ellos, los cambios que han tenido lugar en el planeta refuerzan la posición palestina.

En agosto de 1973 el héroe de guerra israelí Moshe Dayan declaró: “Ya no existe Palestina. Se acabó”. Sus palabras demostraron ser una estupidez en octubre de ese mismo año, con la Guerra de Yom Kipur. Los estúpidos no son los palestinos, sino los israelíes que piensan que sus continuos ataques a los palestinos –el derribo de sus frutales, la demolición de sus casas, su encarcelamiento y sus asesinatos– les obligarán a darse por vencidos y a marcharse. Esto no ocurrirá nunca. Los palestinos vencerán porque, sencillamente, están resueltos a permanecer donde están. Como un árbol firme junto al río.

Notas:

(1) Véanse dos artículos de Baroud en Counterpunch, “Elections under fire…” (11 de marzo) sobre cómo Israel intenta obstaculizar las elecciones, y “Ready to work with Netanyahu…” (12 de marzo), sobre las múltiples divisiones políticas de los palestinos.

(2) Según se cita en el Guardian del 13 de marzo.

Daniel Beaumont es profesor de lengua y literatura árabe y otras asignaturas en la Universidad de Rochester. Es autor de varios libros. Su dirección de contacto es [email protected]

Fuente: https://www.counterpunch.org/2021/04/16/the-palestinians-we-shall-not-be-moved/#post-134920-endnote-2El presente artículo puede reproducirse libremente siempre que se respete su integridad y se nombre a su autor, a su traductor, y a Rebelion.org como fuente de la traducción.

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