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Lucha sin clases

Fuentes: La Trinchera

Pasar el día sin hablar del transporte equivale a no vivir en Cuba. Acúdase a la sátira y se notará que en el ideal de los humoristas no se ausenta el modelo alemán de transporte público. Y el problema, hace tiempo dejó de ser exclusivo de un solo sector para convertirse en dificultad para todos. […]

Pasar el día sin hablar del transporte equivale a no vivir en Cuba. Acúdase a la sátira y se notará que en el ideal de los humoristas no se ausenta el modelo alemán de transporte público. Y el problema, hace tiempo dejó de ser exclusivo de un solo sector para convertirse en dificultad para todos.

La situación es muy simple: ya no es sólo el de a pie quien queda a la deriva por la demora de la guagua;

a la ecuación se ha sumado un nuevo ausente, el botero.

Mala combinación sin duda que sólo pone en aprietos al que ya sabemos que se gana todos lo aprietos. Y de ahí, salen los comentarios, que cada vez suben más el tono.

Al gobierno siempre le toca el ataque por defecto, y no es para menos, pues lo cierto es que las dificultades aumentan y no mejoran. Si se acude al estereotipo, este hecho sería digno de conformidad pues son el Estado y el gobierno las figuras de más rápida identificación en los momentos de tensión social. Sin embargo, las reacciones sociales no se han limitado a culpar a cargos y estructuras.

El comentario de calle, también ha arremetido contra el botero y lo ha despojado de la inocencia.

Origen del hecho, los precios sin duda. Y seamos sinceros, ese conteo ascendente en CUC que han empezado a practicar de veras molesta. Sobre todo, a ellos en cuanto a percepción social. Comienza a formarse un estereotipo desfavorable y surge el rechazo colectivo. Contradicción muy fastidiosa si se tienen en cuenta sus efectos reales. Para empezar, se acentúa el aislamiento social, no de uno sino de todos. En una situación así se toma partido y aparece la hostilidad con sus respectivos prejuicios y juicios. El pasajero se resiente con el botero, y este se vuelve indolente a la hora de poner precios. La solidaridad social se anula, al punto de que se despierte alegría por la dificultad ajena.

Hecho este de fácil verificación en las reacciones ante los rumores huelguísticos del sector de los boteros, caracterizadas por el desinterés y hasta la burla por lo infantil de las protestas -lo cual no es del todo inmerecido-, por cierto.

Y un problema lleva al otro. Se trata de un sector -los boteros- más o menos definido, poseedor de un trabajo fijo, generador de ingresos y que cumple una función social. Es decir, son identificables en la sociabilidad. Pero no cuentan del todo con su apoyo. ¿Cómo podrían? Los precios no bajan, es así de sencillo; y el eterno chivo expiatorio, el gobierno, se hace cada vez más impersonal y culparlo no abandona la mera la catarsis. Compleja situación esta en la que cada parte hala para su lado. Propio de este momento, cada afectado por el conflicto se encierra en su problema, que entiende como el más importante y da lugar a antagonismos y luchas en una sociedad marcada por la indefinición de sus clases sociales.

Es una relación elusiva, compuesta por partes inmersas en pugnas que le son desconocidas.

Se revela entonces la que debe ser una de las preguntas más importantes para nuestra sociedad, pues, contrario al ¿hacia dónde vamos?; lo correcto sería preguntar ¿de dónde estamos partiendo? Tal vez si nos la hacemos, nos demos cuenta de que salimos de un contexto regido por la agresividad social en la que el que podría necesitar de ayuda aumenta los precios y el que podría brindarla guarda rencor y se alegra de las dificultades del otro. Bajo estos signos, la futura organización de la sociedad -sea cual vaya a ser-, sí tendrá las clases sociales que le sean propias, y, lo más probable, tendrán incorporado el conflicto y el recelo porque sí. Problema este que nos lleva a otra pregunta ¿aceptaremos así sin más, dentro de veinte años, vivir de pedirnos las cabezas?

Fuente: http://www.desdetutrinchera.com/politica-en-cuba/lucha-sin-clases-cuba/

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