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Mañana empezó el 15-M

Fuentes: Viento Sur

La irrupción en plena campaña para los comicios municipales y autonómicos de un amplio movimiento que reivindica en las plazas lo obvio, ha tenido un primer efecto: ha conmovido los parámetros del «debate» político convencional electoral en nuestro país. Y, lo que es más importante, ha roto con el maleficio del ciclo de desmovilización social […]

La irrupción en plena campaña para los comicios municipales y autonómicos de un amplio movimiento que reivindica en las plazas lo obvio, ha tenido un primer efecto: ha conmovido los parámetros del «debate» político convencional electoral en nuestro país. Y, lo que es más importante, ha roto con el maleficio del ciclo de desmovilización social al que parecíamos abocados sin remedio. Lo que empezó como una tediosa primera vuelta de las elecciones generales se ha tornado en un foro vivo de, al menos, una parte del pueblo de izquierdas que ha hecho del espacio público un bastión frente al atropello. Las elecciones (recordemos: ¡locales!) han supuesto una ventana de oportunidad para que lo que se venía anunciando en pequeñas actividades y en muchas conversaciones, se manifestara masivamente. Y nadie ha limitado ni su análisis ni sus propuestas al ámbito municipal, todos los temas desde los locales a los globales se han puesto sobre el tapete.

Cuestión de dignidad

El malestar se ha transformado en indignación. La indignación se ha puesto en marcha en forma acción política colectiva el pasado 15 de mayo. Ya había precedentes cercanos, como las movilizaciones de Juventud sin Futuro (sin casa, sin curro, sin pensión, pero también sin miedo). Pero esos precedentes habían sido ignorados por analistas y decisores. Y, lo que todavía no acaban de entender los dirigentes políticos institucionales y sus intelectuales orgánicos, es que la fuerza motriz de la movilización no es tanto una retahíla de reivindicaciones previas como la necesidad y el objetivo de recuperar la dignidad.

Porque de dignidad se trata. Y ese es el nexo de unión entre la Sol y Tahrir: la dignidad de una juventud que quiere tener futuro y que actúa también en nuestro nombre, incluidos los que en nuestro activo tenemos más pasado que porvenir. El otro nexo de unión es la interacción que han permitido las redes sociales al servicio de la acción. Hasta aquí las similitudes. A partir de ahí las diferencias. El contexto político y social es diferente. Allá había que batir dictaduras, aquí sacar del lodazal la política. Allá los problemas sociales superan en gravedad e intensidad a los muy reales y graves existentes aquí. Pero ambas luchas, a ambos lados del Mediterráneo, con sus diferencias y similitudes forman parte de un mismo movimiento emancipatorio que abre nuevas esperanzas. Un amplio sector de la sociedad se siente mal tratado y estafado. Ha sido testigo mudo del debate político sectario partidista, de la corrupción sin límites, de la actuación de un poder judicial por el que no ha pasado todavía el fin del franquismo, de un PP que anuncia desde un discurso vacío una nueva era para España si gobierna y de un PSOE que perdió la credibilidad y la honra al aplicar las políticas de ajuste que le dictaban los mercados, o sea, el capital. La sociedad ha sido expropiada y, en particular la juventud, que mayoritariamente ni siquiera puede perder derechos sociales porque no llegó a acceder a los mismos y a la que cínicamente se le ofrece como salida que pase a formar parte de «los emprendedores» o, lo que es lo mismo, a la víctima del paro se le coloca encima el fardo de la solución.

El significado de la revuelta

El 15-M planteó dos cuestiones centrales: ¿Quién debe pagar la crisis? ¿Quién y cómo se deben adoptar las decisiones colectivas en una sociedad democrática? Cuestiones que resumen el contenido social y político de la calificada de forma ingenua y exagerada spanish revolution. El movimiento Democracia Real Ya (DRY) pone en cuestión las políticas de ajuste neoliberales y se propone buscar alternativas. Y como condición para ello se plantea la necesidad de que la sociedad disponga de herramientas democráticas para decidir su futuro. Preguntas que le llevan, al buscar soluciones ante la crisis, a acercarse en la práctica a propuestas anticapitalistas. Preguntas también que le llevan a cuestionar no la democracia, sino las formas de esta democracia sin participación activa de la ciudadanía y con altas dosis de corrupción institucionalizada.

En definitiva el 15-M sitúa en el centro del debate político la cuestión de la calidad de la democracia y la necesidad de un giro de la política económica y social. El perfil de DRY es el de un movimiento social autónomo respecto a partidos y sindicatos, de composición fundamentalmente juvenil -aunque hay que destacar la incorporación creciente de otras generaciones militantes- diverso y plural, a la par que unitario, en el que coexisten múltiples identidades y participan nuevos activistas sin trayectoria organizativa previa junto a gentes del movimiento ecologista, feminista y estudiantil, o de componentes de los centros sociales o de las nuevas expresiones de la izquierda de la izquierda. Y, además, acuden a las concentraciones sindicalistas «a título individual» y un sinfín de personas con alguna causa pendiente. Al conjunto le aglutina el hartazgo y la identificación del enemigo común.

Resultan, por ello, extravagantes y mal intencionadas preguntas como ¿quién hay detrás del movimiento? propias de una concepción de la política en la que los pueblos y las gentes no tienen capacidad de emanciparse y quedan reducidos a la condición de meros acompañantes de una u otra organización. En vez de preguntarse quienes están en medio dan por supuesto la existencia de una mano invisible -generalmente antisistema- que maneja las marionetas. Hemos podido leer y escuchar ejemplos delirantes de «conspiranoia» procedentes tanto de la derecha y sus grupos mediáticos como de reconocidas plumas del primer grupo español de comunicación de centro derecha que, inicialmente, se situaron agresivamente contra el movimiento porque rompía su idea sobre los cauces y modos en los que debe desarrollarse la participación en la vida democrática.

Mención especial cabe hacer a la ajenidad existente en el DRY respecto a los sindicatos, a todos por cierto. Algunos de sus componentes echan en cara a las organizaciones sindicales mayoritarias que no hayan cumplido, que hayan cedido en cuestiones como las pensiones. Bien hacen los principales dirigentes sindicales reconociendo que hay motivos para la indignación. Mal harían quienes desde los sindicatos redujeran las relaciones con el DRY al conflicto con los «antisindicales». Las organizaciones sindicales tienen un reto ante sí: establecer puentes con una generación de futuros trabajadores y trabajadoras que configurarán la clase trabajadora de mañana y con la que no existen hoy complicidades.

Nuevas revueltas, nuevas formas

El movimiento, apoyándose en las redes sociales, rápidamente se extendió geográficamente, creció numéricamente, organizó -con un impresionante grado de eficiencia-, comenzó a realizar propuestas políticas (¡qué estúpidas suenan hoy las palabras de algunos ilustres académicos y tertulianos que desde el primer día, en su intento de estigmatizarlo, pontificaron que el movimiento no tenía alternativas!), mostró imaginación en sus formas de acción, audacia en sus planteamientos frente al establishment, autocontención frente a provocadores y fascistas, disciplina en su reacción frente a la represión policial, serenidad ante los intentos de criminalización de la derecha, y, muy especialmente, voluntad y decisión frente a los diferentes intentos de disolverlo desde los despachos de la Junta Electoral. Su primer gran logro es haber logrado tejer su permanencia día a día, noche a noche, resistiendo en unas plazas dónde se ha ensayado con éxito la «otra ciudad», la de la fraternidad y la cooperación. Como metáfora misma de la dificultad a la que se enfrenta el cambio para las mujeres en lo macro, estuvo presente en lo micro en la expresión ramplona del machismo de alguno de los acampados que las feministas supieron poner en su sitio. El grito de «No nos vamos» ha sido la expresión rotunda y gráfica de la voluntad de resistencia y de una estrategia elemental que se ha mostrado acertada y eficaz en estos primeros pasos.

El movimiento se ha ganado la legitimidad ante la sociedad porque supo dar el primer paso tras indignarse: actuar. Su sencillo y elemental mensaje ha dejado en entredicho y puesto en evidencia la muy escasa legitimidad de los principales actores e instituciones del sistema político. Pero no ganó credibilidad solo por eso, la obtuvo porque quienes se han movilizado representan y expresan la percepción política y el estado de ánimo de un amplísimo sector frente a las instituciones.

Las ideas fuerza del 15M El lema «¡Que no, que no, que no nos representan!» pone en primer plano el divorcio existente entre la juventud (y también de un amplio sector social) y las élites políticas institucionales, la famosa «clase política» (¡que término más estomagante!). Los «políticos» -profesionalizados en instituciones y partidos- aparecen ante sus ojos no como quienes solucionan por delegación los problemas colectivos sino como agentes al servicio de la banca y los empresarios. Por tanto, son percibidos como parte del problema. El lema «No les votes» tiene destinatarios concretos: los partidos que cuentan a la hora de las decisiones: PSOE y PP. Pero la critica a la política institucional abarca a todos los partidos del sistema. Y, sin embargo, no es ni mucho menos mayoritaria la posición anti voto o abstencionista clásica del anarquismo. Simplemente no quieren votar a «esos».

Cuando miles de personas corean el «Le llaman democracia y no lo es» están poniendo de relieve la existencia de ateromas en las vías de participación democrática en un país en el que los cauces se reducen a ejercer el voto periódicamente. Un país dónde los consejos de participación ciudadana son en muchos casos paripés que no llegan ni al nivel de consultivos, la Iniciativa Legislativa Popular es un carrera de obstáculos con nulos resultados, el derecho de referéndum tiene una reglamentación que lo hace inviable y modestas experiencias como los presupuestos participativos son la excepción. Si los cauces de participación tienen ateromas, estos aún son mayores en el seno de los partidos mayoritarios. Como resultado tenemos un modelo esclerotizado que exige cambios desde la raíz.

La calidad democrática

Las concentraciones no están poniendo en cuestión las libertades ni la democracia, sino la falsificación de la misma. El «atado y bien atado» del sistema político fruto del consenso impuesto bajo amenaza en la nada ejemplar ni modélica -pese a la historiografía y hagiografía oficial- transición española tiene su traducción jurídica en la Constitución vigente que aparece como un texto sagrado o tabú intocable. De quienes pudieron votar la Constitución de 1978 siguen vivas 8.822.278 personas, o sea el 20,71% de la población española actual, y dado que la participación ascendió al 67,11% -fuera cual fuera su papeleta- solamente votaron 5.920.630. Ello significa que la gran mayoría de la población española actual no ha decidido sobre cuestiones tan importantes como el modelo de estado, el sistema económico, la forma de gobierno o la monarquía. La juventud actual no se identifica con un texto con acusadas carencias democráticas que no decidió y que nadie le permite poder refrendarlo o cambiarlo. Hora es que se aborde el problema creado hace 35 años por la política del consenso constitucional impuesto y la desmemoria. Acabar con las herencias, hipotecas y pervivencias del franquismo supone consumar la ruptura democrática inconclusa. Ello supone más democracia, y más libertades.

El futuro del movimiento Un buen número de intelectuales han intentado, con poca fortuna, caracterizar el movimiento para augurar su futuro. El calificativo ha precedido al sustantivo. Antes de nacer la criatura ya tenía registrado el nombre y la partida de defunción. Como muestra baste algunos ejemplos. Miren Etxezarreta asoció el movimiento con una «rabieta pasajera» necesitada, para sobrevivir, de aliarse con entidades de más entidad; obviando la existencia de importantes organizaciones sociales que lo apoyan y olvidando el movimiento de fondo que motiva el 15M más allá de la debilidad de las formas organizativas del DRY. Fernando Vallespín lo tildó de populista -con riesgo de maridar con el populismo derechista- porque atacaba genéricamente a los bancos y los gobiernos; ignorando que esos a los que señala son «los de arriba» de toda la vida para los movimientos sociales de izquierda. Pablo Oñate augura su fracaso porque «carece de propuestas articuladas», ninguneando las que cualquiera puede consultar en www.democraciarealya.es ¿Cómo es posible que no se haya molestado en conocer lo que criticaba? O mucho me equivoco o el movimiento social poca ayuda va a recibir de la mayor parte de la academia y la intelectualidad homologada.

Hoy a la hora de escribir el texto todavía no se conoce el resultado electoral y por tanto el marco institucional resultante. Por supuesto, no es indiferente cual sea la correlación de fuerzas que se establezca entre las distintas fuerzas tras los comicios. Pero ello poco tiene que ver con los debates en las asambleas en las plazas y no comparto la preocupación expresada por José Luis Zárraga cuando indica al movimiento la necesidad de votar. Esa no es la cuestión tal y cómo se ha podido comprobar en las asambleas más allá de intervenciones anecdóticas. La cuestión en debate no era si votar o no el día 22. La cuestión es qué democracia y qué política. Aventuro que el movimiento en torno al DRY no va tener efectos electorales en este corto plazo de tiempo, pues cada fuerza política -empezando por el PSOE- ha ido ganándose a pulso su situación y el resultado del partido, empleando el lenguaje deportivo, dependía sólo de su propio juego. Y, a su vez, los retos de futuro que tiene ante sí tras el 22 M el DRY son de tal naturaleza que dependen en muy pequeña medida respecto al nuevo marco en los Ayuntamientos y Comunidades.

El 23 comenzará una nueva etapa del movimiento surgido el 15M en un marco en el que en todas las autonomías y ayuntamientos se va a recrudecer la política de ajuste duro antisocial y que las políticas gubernamentales van a estar determinadas por las nuevas exigencias regresivas del Pacto por el Euro. El futuro del DRY dependerá de su capacidad para ofrecer respuestas alternativas, establecer alianzas sociales amplias, diseñar escenarios de relación con los partidos y solucionar los nuevos problemas de organización que permitan un funcionamiento estable, unitario y pluralista barrio por barrio y pueblo por pueblo. El resultado es incierto, pero el reto de intentar mantener y fortalecer el espíritu de Sol, la Trinidad, Catalunya, Ajuntament y ese largo etcétera de plazas es una aventura que merece la pena emprender.

Manuel Garí es miembro de la redacción de VIENTO SUR

Fuente: http://www.vientosur.info/articulosweb/noticia/?x=3943