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Moncada: Fidel y el poder de la fe

Fuentes: Punto Final

El 10 de marzo de 1952 el ex dictador Fulgencio Batista se adueñó otra vez del poder en Cuba, a ochenta días de las elecciones en las que habría sido el candidato menos votado. De un manotazo destituyó al presidente, abolió la Constitución, disolvió el Parlamento, aplastó sindicatos, organizaciones estudiantiles y gremiales, asumió el control […]

El 10 de marzo de 1952 el ex dictador Fulgencio Batista se adueñó otra vez del poder en Cuba, a ochenta días de las elecciones en las que habría sido el candidato menos votado.

De un manotazo destituyó al presidente, abolió la Constitución, disolvió el Parlamento, aplastó sindicatos, organizaciones estudiantiles y gremiales, asumió el control de la prensa, desató una feroz represión e instauró un régimen de corrupción y saqueo que C. Wright Mills calificaría como «capitalismo mafioso y gangsteril». Washington le dio rápido reconocimiento diplomático y lo apoyó siempre, hasta que el tirano y sus secuaces escaparon, el 1º de enero de 1959.

El golpe de Estado de 1952 provocó una honda conmoción en la sociedad cubana. Más allá de sus consecuencias políticas hirió en lo profundo la conciencia nacional. El presidente derrocado se refugió en la embajada mexicana, las fuerzas políticas que lo apoyaban quedaron paralizadas; las corrientes opositoras, incluyendo las de inspiración marxista, no fueron capaces de defender la legalidad y mucho menos encauzar la resistencia, se enredaron en debates interminables sobre estrategia y tácticas coincidiendo sólo en un punto: la inacción.

En el pueblo cundía la frustración y el descreimiento. Otra vez sus aspiraciones democráticas eran derrotadas. Todos los partidos políticos habían perdido credibilidad y la confianza pública. Sólo entre los jóvenes y estudiantes se mantenía un espíritu rebelde en busca de cauces propios, fuera de estructuras fracasadas. Para madurar esa rebeldía necesitaban un conductor excepcional. Lo encontraron en Fidel Castro.

Fidel seleccionó un puñado de jóvenes que lo tenían a él como referente y los preparó para la acción armada. Era un grupo sin nombre ni filiación política. La operación, el 26 de julio de 1953, fue, militarmente, un doble fracaso: los intentos de tomar por asalto dos cuarteles claves del ejército en el oriente cubano, el Moncada, en Santiago de Cuba y el Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo. En ambos los asaltantes fueron derrotados y la mayoría asesinados después del combate.

El Movimiento 26 de Julio nació perdiendo sus primeros combates y sometido además al ataque casi unánime de las fuerzas políticas, de la prensa y otras instituciones de la sociedad cubana. Pero en verdad ese día fue un renacer. Comenzó un proceso de rescate moral que permitiría al pueblo recobrar fuerzas y emprender la marcha, aún larga y trabajosa, hasta la victoria. El punto de partida fue reencontrar la confianza. Aquel día conmovió a muchos, y dio impulso a la creación de un movimiento llamado a crecer siempre que fuera capaz de preservar la fe.

Forzado por la presión popular, Batista se vio obligado, en 1955, a amnistiar a Fidel y a sus compañeros de prisión. Fidel se marchó a México, prometiendo regresar antes de concluir el siguiente año para dar la batalla final. Apostaba otra vez a la confianza popular.

Mientras, la dictadura desataba una campaña para revivir la desconfianza a la que se sumaban no pocos sectores de la oposición, reacios a la lucha armada. Los medios de prensa batistianos se burlaban de esos planes, recordando cotidianamente, en primera plana, los días que faltaban para el cumplimiento de su promesa. Esto se produjo finalmente el 2 de diciembre, y fue otro descalabro militar. El fracaso del desembarco ocupó grandes titulares en Cuba y más allá.

Los 82 hombres del yate Granma enfrentaron una fuerza militar incomparablemente superior, toda ella equipada, armada y asesorada por Estados Unidos. Los doce sobrevivientes, dispersos por los montes, desprovistos de armas y recursos, lograron al fin agruparse en la Sierra Maestra. Siguieron meses de desinformación y angustia. En las lejanas montañas, con el apoyo del aparato urbano, poco a poco, se levantaba el destacamento guerrillero. En las ciudades los luchadores clandestinos, que sostenían a la guerrilla y resistían la brutal represión, debían combatir también las incesantes maniobras «pacifistas» de la oposición política.

Dos años después, el movimiento abarcaba todo el país y la dictadura era derrotada, a cinco años, cinco meses y cinco días del acto fundador.

Fueron años duros, difíciles. Pero trajeron libertad y felicidad a un pueblo emancipado para siempre. Como dice una canción que desde hace años todos cantamos por acá: «El 26 es el día más alegre de la historia».

Publicado en «Punto Final», edición Nº 786, 26 de julio, 2013