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Sobre imaginación y realismo social

¿Monstruos o comisarios políticos? ¿Es esa la cuestión?

Fuentes: Victoria y el insomnio

Me cuesta imaginar a Armando López Salinas amenazando de excomunión a un escritor por delito de fantasía. Sin embargo, Antonio-Prometeo Moya, entrevistado en Público el pasado 21 de diciembre por Peio H. Riaño (1), dice haber vivido en la época de los «pequeños comisarios políticos» del realismo y plantea, uno más, su novela de la […]

Me cuesta imaginar a Armando López Salinas amenazando de excomunión a un escritor por delito de fantasía. Sin embargo, Antonio-Prometeo Moya, entrevistado en Público el pasado 21 de diciembre por Peio H. Riaño (1), dice haber vivido en la época de los «pequeños comisarios políticos» del realismo y plantea, uno más, su novela de la guerra civil, al parecer sembrada de terroríficos bichos de fantasía, como una rebelión contra la presunta opresión del realismo de cuando «lo que no servía para la propaganda no servía para nada» y, además, «te perseguían si cultivabas la imaginación», según las propias palabras del autor entrevistado. No he leído Escenas de guerra y miedo en España, la novela susodicha, pero me escama que se nos presente el realismo social, que a ese realismo se está refiriendo, como una castración de la imaginación.

En primer lugar, no se debe confundir imaginación con fantasía. Elemental. El realismo social (ese subconjunto del realismo que desde aquí defendemos) es un ejercicio de empatía, que sólo es posible a través de la imaginación. La imaginación es la parte de nosotros con la que en efecto lidiamos con la realidad, con la que podemos ponernos en lugar del que sufre, o del ser amado que disfruta y nos hace felices con su goce. El núcleo duro de la imaginación es, como diría Gaston Bachelard, antes que nada material, y rige las manos del alfarero cuando da forma a una vasija en el torno o guía al electricista en los secretos recorridos del flujo eléctrico por las paredes de una casa. La imaginación se toma muy en serio la realidad porque es la instancia del espíritu que nos guía a través de ella. Sin imaginación no hay, por tanto, manos ni revolución, no hay literatura realista ni castillos de arena ni solidaridad ni lágrimas más allá de la rabieta egoísta.

Otra cosa muy distinta es la fantasía. Hija de lo que Bachelard llama imaginación formal, una instancia voluble y vaporosa, superficial, del espíritu que precisamente desprecia lo real por cuestión de total incompatibilidad. La fantasía es humo que se figura contra toda otredad, contra lo real, es llenar de aire las cortezas huecas del yo. Sirve para cabalgar en soledad por los dominios de nada en un ejercicio por encima de todo solipsista. Pero no tenemos nada contra la fantasía, siempre que no alcance una peligrosa dimensión política, claro, porque de fantasías vive el complejo ideológico que sustenta la sociedad capitalista en las conciencias y su corolario es el fascismo.

Y ahí es donde entra el segundo lugar de este texto. El uso del término comisario político, en un contexto en el que se critica una presunta opresión realista, excita la imaginación, invoca lo que algunos han llamado un imaginario, en este caso muy agresivo contra la izquierda. El autor de Escenas de guerra y miedo en España parece justificar de ese modo su experimento literario (mezclar fantasía con la dolorosa Historia), y parece acusar también a los herederos de la lucha antifranquista de estar algo así como vigilando la literatura para estigmatizar a los valientes que se atreven a poner en jaque el dogma realista. Pero si dejamos de lado el imaginario, si abandonamos la fantasía y miramos los hechos, podemos decir que nadie exige realismo en el mundo-mercado literario; más bien al contrario, si no hay casi nada de realidad (sobre todo social, dolorosamente social) en la novela inmediatamente contemporánea, sí hay muchos censores que al menor atisbo de ello nos recuerdan las notorias insuficiencias (Senabre dixit (2)) del realismo social y prefieren mayor visceralidad, o introspección psicológica o qué sé yo qué ensalada discursiva, con tal de que la novela no abandone ese acomodado mundo literario cerrado en sí mismo, verdadero mundo aparte, que ya criticara el propio Galdós en uno de sus artículos (3). Ahí encajan entonces de maravilla las afirmaciones de Moya, cuando dice que su idea «era puramente literaria. No quería una novela ideológica ni histórica».

Sin embargo, en la misma entrevista no duda en afirmar que «esta yuxtaposición de códigos crea una dimensión alegórica de los errores de la guerra» (la cursiva es mía, claro), y el periodista de Público selecciona una cita del libro que dice que «los horrores de una guerra no tienen más causa y razón que la propia guerra». A mí todo esto sí me parece una perspectiva ideológica, y mucho, más que la de quienes nos empeñamos en recuperar eso que llamamos «memoria histórica» con un relato lo más real que podemos, y sacamos en claro que aquí hubo algo más que errores de una guerra, que los nuestros sufrieron un auténtico genocidio por razones de lucha de clases decididas desde fuera de la propia guerra. A mí, lo que he leído sobre la novela de Moya, eso sí, mediado por Peio H. Riaño, me suena a propaganda, es difícil no hacer propaganda, no propagar planteamientos, ideas, puntos de vista, lo que jode es que se los considere propaganda justo en el instante en que son de izquierdas, traen a colación la lucha de clases o plantean que la literatura ha de servir para echar una mano a la transformación de esta mierda de mundo en otro posible.

NOTAS: 1. http://www.publico.es/culturas/413223/franco-entre-vampiros 2. http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/29467/Komatsu_PC-340 3. Observaciones sobre la novela contemporánea en España, de 1870. He llegado a esta interesante cita leyendo a Rafael Reig, en esta entrada de su blog: http://www.hotelkafka.com/blogs/rafael_reig/2011/11/petros-markaris/

http://komatsupc-340.blogspot.com/