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Lolita y el lolitismo

Nabokov, creador de la ninfeta

Fuentes: Rebelión

Confieso que uno de mis escritores predilectos, junto a Malcolm Lowry y John Dos Passos es Vladimir Nabokov. La perfección de su prosa, cincelada con una exquisita solicitud de orfebre, ha hecho de él uno de los gigantes literarios de este siglo. Y esa destreza con las palabras no fue el resultado de una súbita […]

Confieso que uno de mis escritores predilectos, junto a Malcolm Lowry y John Dos Passos es Vladimir Nabokov. La perfección de su prosa, cincelada con una exquisita solicitud de orfebre, ha hecho de él uno de los gigantes literarios de este siglo. Y esa destreza con las palabras no fue el resultado de una súbita inspiración, ni a una circunvolución cerebral añadida en una recóndita voluta, sino a sus muchas patrias y su aprendizaje de idiomas.

De origen aristócrata y familia opulenta (su abuelo fue un príncipe ruso), apenas comenzó a balbucear las primeras palabras de su lengua madre le adjudicaron una institutriz inglesa. De esta manera Nabokov aprendió, casi simultáneamente, el ruso y el inglés. Al estallar la Revolución de Octubre su familia emigró. Durante un largo exilio en Berlín aprendió alemán, aunque él siempre se quejó de que no conocía suficientemente esa lengua.

Su educación universitaria la realizó en la universidad de Cambridge, en Gran Bretaña. Más tarde vivió en París varios años, hasta las vísperas de la ocupación alemana, y aprendió a dominar el francés. Cuando estalló la guerra se mudó a Estados Unidos y fue profesor del Wellesley College y de la Universidad de Cornell.

En 1955 escribió una singular novela en la que describe la ansiedad de un hombre de mediana edad obsedido por la gracia de una adolescente. No le fue posible publicarla en Estados Unidos — lo rechazaron cuatro editoriales–, tuvo que recurrir al audaz Maurice Girodias, de Olympia Press, que había publicado las controvertidas obras de Henry Miller, para lograr una edición europea; pero tres años después apareció la edición estadunidense.

«Lolita» fue un gran éxito de público y Stanley Kubrick decidió hacer un filme que convirtió a Nabokov en una personalidad internacional. El término ninfeta» se impuso y «lolita» se convirtió en un adjetivo para describir los encantos de la inmadurez. Muchos han creído que «Lolita» es una novela erótica donde se exploran los recovecos de la ansiedad sexual. La realidad es otra. «Lolita» era para Nabokov un símbolo de la nueva sociedad en la que se había insertado. Los Estados Unidos que conoció, tras una larga vida en Europa, eran un mundo espontáneo, fresco, sencillo, con un estilo de vida tentador y puro. Ese pueblerino candor lo sedujo.

«Lolita» es un símbolo de esa virginidad sencilla, del descubrimiento de un orbe nuevo. Le sucedió algo similar a lo experimentado por Aldous Huxley con el nuevo mundo, cuando escribe «Viejo muere el cisne», tras su «descubrimiento» de California. Lo curioso es que cuando hizo «Lolita», Nabokov ya había escrito seis novelas y ninguna le había permitido ser reconocido como un autor de genio.

El personaje de «Lolita» pudo ser invención del escritor y periodista alemán Heinz von Lichberg, según informó hace años el «Frankfurter Allgemeine Zeitung». Un relato de Von Lichberg, publicado en 1916 con el título de «Lolita», acababa de ser descubierto y sus «paralelismos» con la famosa novela «son tan claros que es más que probable que Nabokov conociera la narración de su colega alemán», según sostenía el diario

Ambos escritores vivieron en Berlín en la misma época durante quince años, hasta que Nabokov se fue en 1937, año en que Von Lichberg se retiró de la vida pública. Nabokov se ganó la vida como traductor y profesor de tenis y fue la figura literaria más destacada de la comunidad rusa que vivía en Berlín en los años previos al nazismo.

A Von Lichberg, conocido entonces por un libro sobre un viaje en dirigible por encima del océano Atlántico, se le recuerda sobre todo porque fue el reportero radiofónico que transmitió en directo las celebraciones triunfales, tras el nombramiento de Hitler como canciller del Reich el 30 de enero de 1933. Von Lichberg murió en 1951.

Los últimos dieciséis años de su vida Nabokov los transcurrió en Suiza, en Montreux, viviendo en un hotel, venido a menos, para vacaciones de damas inglesas. Nunca se arraigó en ningún país, no acumuló libros ni objetos. Su equipaje era su patria. Su vida fue un continuo vagar y esa trashumancia le marcó su personalidad. El único espacio que realmente le perteneció fue el del papel en blanco.

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