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Resistencias contra las bases militares en el Estado Español

Ni un palmo de tierra para la guerra

Fuentes: Insumissia

La lucha por la desmilitarización del territorio cuenta en España con una larga tradición. Aunque de una manera irregular e intermitente, las actuales campañas contra bases, cuarteles, y campos de maniobras, son herederas de las que en los años 80 rechazaban el uso de espacios naturales para prácticas de artillería o reclamaban el cierre de […]

La lucha por la desmilitarización del territorio cuenta en España con una larga tradición. Aunque de una manera irregular e intermitente, las actuales campañas contra bases, cuarteles, y campos de maniobras, son herederas de las que en los años 80 rechazaban el uso de espacios naturales para prácticas de artillería o reclamaban el cierre de las bases de EEUU en territorio español, al calor de la campaña contra el ingreso del Estado español en la OTAN, una de las últimas grandes movilizaciones sociales locales.

Por ejemplo, en los primeros 80 tuvieron lugar movilizaciones sucesivas contra el uso como zonas de prácticas de tiro de artillería y aviación de la isla de Cabrera (Islas Baleares), y las áreas de Cabañeros (Toledo) y Anchuras (Ciudad Real). En esos años comenzaron a celebrarse las marchas a las bases estadounidenses de Rota (Cádiz) y Torrejón (Madrid), por entonces movilizaciones multitudinarias y de referencia para el movimiento pacifista, el ecologista y las organizaciones de izquierda.

Algunas de estas primeras protestas lograron su objetivo y a finales de la década Cabrera, Cabañeros y Anchuras fueran protegidos como parques naturales, y, si bien las bases siguieron activas, los F-16 de la USAF abandonaron a principios de los 90 Torrejón y Zaragoza.

Estos primeros éxitos parciales impulsaron el nacimiento en los años siguientes de nuevas protestas contra otras instalaciones militares. El campo de tiro de artillería en El Teleno (León), el de aviación (uno de los más importantes de Europa) en Bardenas (Navarra), el campo de maniobras más grande España (y uno de los más usados por los ejércitos de la OTAN) en San Gregorio (Zaragoza), el de Chinchilla (Albacete), el radar militar en la isla de El Hierro (Canarias), o el centro químico-nuclear de La Marañosa (Madrid), por poner sólo algunos ejemplos, comenzaron a ser objeto de críticas por su impacto sobre el entorno natural y la población de la zona.

Durante esos años se produjo la irrupción en escena de un nuevo actor, el movimiento antimilitarista, embarcado principalmente por esos años en la campaña de desobediencia civil a la conscripción, pero que pudo aportar a esas movilizaciones (si es que no las había promovido el propio movimiento) ya por entonces nuevos enfoques que añadir a los conservacionistas y formas de acción política no convencionales, como la acción directa noviolenta o la desobediencia civil.

En los 80 y 90, el propio Ejército sufrió transformaciones importantes de su estructura territorial. De un modelo heredero de la dictadura, de control extensivo del territorio frente al «enemigo interno», evolucionó tras la entrada en la OTAN (y posteriormente en la Estructura Militar) hacia un modelo netamente intervencionista, de unidades militares menores con gran capacidad de despliegue exterior. A principios de esta década, los gobiernos españoles comienzan a aceptar el alojamiento de diferentes centros de la estructura de la OTAN, como el submando regional de Retamares (Madrid), o el Tactical Leadership Programme para entrenamiento de pilotos de combate en Albacete, o uno de los mandos rotatorios de la nueva Fuerza de Respuesta de la OTAN, en Bétera (Valencia). Otra instalación, el Allied Ground Surveillance que iba a ser trasladado a Zaragoza, fue rechazado por una campaña local intensa el año pasado.

Estas transformaciones culminaron en un momento en que el sistema de reclutamiento forzoso colapsaba definitivamente. Entonces una de las principales redes antimilitaristas, AA-MOC, seleccionaba desde 2002-2003 la lucha contra las instalaciones militares como una de sus actividades principales no sólo por su impacto local sino por sus funciones de agresión exterior o apoyo a ésta. Casi al mismo tiempo han surgido en paralelo varias campañas locales con esquemas parecidos. Así que actualmente se puede decir que están en activo campañas o actividades contra 10 instalaciones militares de todo tipo, con una visión conjunta de la estructura militar, pero con un eco y una participación mucho más limitado que en los años 80.

El punto de partida de esta nueva fase de la lucha contra los espacios militares pudo ser la campaña contra la base de la Fuerza de Respuesta de la OTAN en Valencia. Se inició en 2001 como una campaña ciudadana de base amplia cuando la decisión no estaba tomada todavía, y ha continuado después, desde 2002, impulsada principalmente por el grupo local de AAMOC. A lo largo de sus 9 años de vida, la campaña ha sido todo un laboratorio de acción en el que ha cabido desde concentraciones, manifestaciones y recogidas de firmas, hasta el teatro de calle, la parodia, intervenciones tipo guerrilla de la comunicación (apropiación de campañas de marketing, alteración de señales de tráfico, buzoneo de cartas falsas del ministro de defensa), y diferentes de ADNV, como bloqueo de trenes con material de la base y encadenamientos. A pesar de su modesto nivel de participación, la campaña ha sido durante estos años un referente y foco de «contagio» para el resto de campañas contra instalaciones militares, especialmente por sus ya siete «inspecciones ciudadanas» a la base. Estas acciones comenzaron en marzo de 2003, a la vez que muchos grupos en Europa llevaban «más allá» las masivas protestas contra la guerra de Iraq mediante la acción directa noviolenta.

Si no han conseguido cerrar la base, al menos es posible que las continuas acciones de la campaña hayan conseguido convertirla en una instalación «poco fiable» para la OTAN, y esta puede ser la razón de su nula utilización en conflictos exteriores, que está provocando la progresiva retirada del personal militar internacional presente en la base. Lo que sí que han conseguido es visualizar para mucha gente que la guerra puede empezar al lado de nuestras casas. Y eso no es poco.

Carlos Pérez Barranco es miembro de Alternativa Antimilitarista-MOC València

Fuente: http://www.antimilitaristas.org/spip.php?article4609