Recomiendo:
0

¡Niños de Gaza, escapad con los ángeles!

Fuentes: Countercurrents.org

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Que ironía que fuera en Palestina, hace veinte años, cuando llegué a la conclusión de que Dios no existe. ¿Cómo podría Dios, que afirma amar a todos y tratar a todos con imparcialidad, permitir horrores como los que sin piedad se suceden en Palestina?

Esa falta de fe se hizo más grande con cada toque de queda, con cada ataque que provocaba la muerte de un nuevo mártir, con cada decapitación causada hace tantos años por los disparos de artillería en la plaza principal de una tarde soleada en Ramala. Pero fraguó el día en que tuve que decir a uno de mis estudiantes de quinto grado que el ejército israelí se había llevado a su hermano. Su expresión fue quedándose como sin vida, los hombros empezaron a temblarle hasta que acabó llorando junto a sus compañeros de clase.

Han pasado casi veinte años desde aquel día y ahora estoy casada en una familia de Gaza. Soy esposa y madre, hermana y tía de tantos pequeños que viven el horror en que se ha convertido Gaza. Cuando contemplamos las secuencias que se están filmando sobre la masacre israelí, me oigo a mí misma susurrando como si tuviera ante mí otro más de los niños martirizados: «Corre con los ángeles… escapa». Después de tantos años, esta pesadilla viviente está promoviendo un ardiente deseo de creer de nuevo en la otra vida.

Enjaulados, muertos de hambre, destrozados, asfixiados. Están siendo degollados como ovejas, pero los dirigentes del mundo libre parece que no pueden encontrar ni un momento para hacer algún comentario sobre los hechos. De golf, de vacaciones, Obama, Bush, ni siquiera la Unión Europea; es que resulta que esos niños no son lo suficientemente importantes. Mis murmullos se han convertido en una especie de galope desesperado. Y me pongo a gritar a esos damnificados y destrozados pequeños cuerpos que aún no habían vivido lo suficiente la vida como para haberla perdido. El único consuelo a ofrecer es el respiro hallado en la muerte.

Una muchedumbre se reúne, envuelta en gas, humo y polvo. En primera línea hay ocho jóvenes padres, cada uno sosteniendo un blanco envoltorio conteniendo lo que era un hijo, una hija. Durante unos cuantos momentos no se oyen gritos, ni cantos ni llantos, sino tan sólo un momento de calma y silencio que te urge a preguntar tan sólo a quién le ha sido concedida la gran misericordia, qué pequeño atrapó la bala de los francotiradores, o a preguntar por el joven padre, que tendrá que encontrar algún modo de seguir viviendo después de esto.

Un niño está sentado en la acera junto a su madre, que se apoya contra el muro de un edificio colapsado y su vida está agotándose toda sobre la acera. Tiene la cara salpicada y manchada la blusa. Usa las últimas fuerzas que le quedan para levantar el brazo y acariciar la mejilla del niño con la palma de su mano, pero ya se ha ido. El niño se sujeta la cabeza con las manos y llora. Ya está completamente solo.

La cámara va pasando sobre el escenario de un edificio recién destruido, una casa civil. El pelo rizado de una niñita morena cubierto de polvo con los ojos muy abiertos es todo lo que puede encontrarse de ella. Su madre aúlla y arrastra el pelo mientras el padre busca frenéticamente entre los escombros los restos de su hija, ¿dónde podrá estar? Susurro de nuevo: «Te encontrarás entera de nuevo en el Paraíso. ¡Corre, corre con los ángeles!».

¡Qué increíble fe! ¡Qué firme devoción que un padre pierda a su madre, padre, mujer y ocho hijos, y que este hombre antes de nada pueda afirmar: «Dios es Grande, Gracias a Dios por Todo». Sostiene a su hijo, ahora inmóvil y pálido, le llena de besos y después, gentilmente, retira la sábana para mostrar dos agujeros de bala en su pecho. Entonces, tiende tiernamente al niño junto a su hermano y de nuevo, retira la sábana que envuelve a su hijo menor para revelar una única bala que los francotiradores le dispararon en el pecho. Apenas puede recobrar la compostura y gime frente al compasivo cámara: «Dios es Grande, Gracias a Dios por Todo».

Un viejo y arrugado imám acuna amorosamente el cuerpo sin vida de una niñita, como intentando no infligirle ninguna otra pena más, murmurando entre dientes una bendición, depositándola suavemente junto a sus hermanos y hermanas en la fosa común. Trata como de confortarla, diciendo: «Finalmente, un lugar seguro. Descansa junto a tu hermana. Junto a tu hermano. Olvida ya todos tus miedos y descansa y encuentra a tu bienamado Profeta y a todos tus pequeños amigos que han caído antes que tu».

Hospitales, colegios, mezquitas, hogares civiles, refugios de Naciones Unidas, todos convertidos en objetivos. Doctores, medicinas, comida, agua, camiones atestados de ayuda de todos los lugares del mundo hacen cola en la frontera egipcia, más no se les permite entrar. La seguridad debe ser alta, la comida escasa, el agua ha desaparecido totalmente.

La fe parece brotar con fuerza en los momentos más extraños. Para mí, parece que viene a completar el círculo de desesperación y agonía, por el bien de las almas blancas de nieve de los muchos inocentes ensangrentados y desmembrados de Gaza.

Los trabajadores de Naciones Unidas se coordinan con los israelíes para poner a los civiles a salvo dentro de un colegio de la UNRWA. Cientos de ellos son metidos dentro del mutuamente acordado seguro refugio. Poco después, el colegio está ya bajo el fuego israelí. Maltratados y abatidos refugiados que se encuentran cara a cara con Satán, vestido de traje de faena. Cientos de heridos, decenas de muertos, muchos perdidos y desaparecidos.

Los gobiernos negocian un alto el fuego. Pululan los rumores por doquier. El presidente electo estadounidense calla para siempre. Los padres buscan bajo los muros colapsados los restos de sus niños. Hormigón destrozado, brazos y piernas, cristales rotos, todo revuelto al azar en un macabro batiburrillo. Sin embargo, en mi mente, yo les veo enteros, con sus pequeños cuerpos rápidamente llevados hasta el Paraíso y les grito: «¡Corred!».

Suzanne Baroud es editora-administradora de Palestine.Chronicle.com

Enlace con texto original:

http://www.countercurrents.org/baroud100109.htm

0