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Podemos y la unidad

Fuentes: Rebelión

Militantes, simpatizantes y votantes de Podemos, compartimos la idea y el sentimiento de que algo mal hemos hecho desde Vistalegre II: las fugas de hombres y mujeres valiosas de Podemos ha sido un factor que nos ha castigado con magros resultados electorales (generales y municipales) que, además de un golpe emocional, alimentan la duda acerca […]

Militantes, simpatizantes y votantes de Podemos, compartimos la idea y el sentimiento de que algo mal hemos hecho desde Vistalegre II: las fugas de hombres y mujeres valiosas de Podemos ha sido un factor que nos ha castigado con magros resultados electorales (generales y municipales) que, además de un golpe emocional, alimentan la duda acerca del propio proyecto. No es secundario recordar que en Podemos sigue recayendo una gran responsabilidad, en tanto que fuerza política mayor y exponente de una nueva idea de hacer política.

Pienso que debe abrirse un período de reflexión en el que evitando cargar sobre otros la responsabilidad (que en alguna medida también deben tenerla), hemos de ejercer una autocrítica en clave positiva, desde la convicción de que es posible revertir la dinámica actual para volver a situar la unidad de la izquierda alternativa en la línea de salida de nuevas competencias políticas. Nunca deberemos resignarnos a la división a poco que entendamos bien que la razón de ser de Podemos no es otra cosa que ser la esperanza de las mayorías.

Es desde el interés de contribuir a un debate abierto y participativo que expongo las siguientes notas:

La verdad es que las izquierdas alternativas –así llamaremos al conjunto de fuerzas políticas situadas a la izquierda del PSOE- parecen llevar en su ADN la inclinación a dividirse, a fragmentarse. Las divisiones en las izquierdas alternativas son tan antiguas como su existencia. Una excesiva ideologización de las diferencias, la lucha por un poder casi siempre minúsculo pero ambicionado, el sectarismo que se auto otorga virtudes políticas únicas, las peleas personales entre líderes… variadas son las causas concretas que explican una realidad que las izquierdas alternativas no hemos sabido dejar atrás. La consecuencia más extendida es la enorme dificultad para ganar nuevos espacios y la auto reducción a expresiones políticas casi marginales.

Uno de los vectores explicativos es la recurrente mala gestión de la relación entre ideología y política. Los intentos de volcar la ideología propia en la acción política, sin entender que son dos planos conectados pero autónomos genera errores infantiles. La ideología como sistema de creencias juega un papel importante en la interpretación del mundo y de todo cuanto en él sucede, así como en la construcción de un horizonte libertario, pero el intento de llevarla literalmente a la actividad política que exige tener siempre presente las correlaciones de fuerza y lo que en cada momento es viable, condena a los partidos que incurren en este error a la marginalidad. La acción política exige gestionar con una flexibilidad calculada lo que en cada momento puede hacerse.

La relación entre ideología y política contiene una tensión permanente. De tal manera existen dos tentaciones que hay que evitar: una de ellas es hacer del pragmatismo el mantra sagrado al que se someten los ideales, y la otra practicar el sectarismo en nombre de un cuerpo ideológico definido como el único verdadero. Lo primero supone desnaturalizar la misión del partido; lo segundo instalar al partido fuera de la realidad social, habitando en una peligrosa burbuja sumamente ideologizada. Se está fuera de la realidad cuando no se sabe interpretar el momento que vivimos. Así por ejemplo la vieja oposición entre revolución y reforma, ha dejado paso a una urgencia superior: resistir al movimiento reaccionario que asola Europa. Esta es la realidad y hoy no podemos hacer política sin entenderla.

Me viene a la memoria como la difícil relación entre ideología y política la ha sabido gestionar con nota sobresaliente el Frente Amplio de Uruguay. Son ya 48 años de unidad (se creó en 1971) de una alianza formada hoy por trece partidos políticos que van desde la socialdemocracia hasta los comunistas y trotskistas, pasando por socialistas y liberales progresistas. Han sido años con conflictos internos, pero en los que ha prevalecido la unidad.

Esta unidad sostenida en casi medio siglo ha dado a las izquierdas de Uruguay el Gobierno y la Presidencia de la República en diferentes elecciones. Pepe Mujica y Tabaré Vázquez son los líderes que mejor conocemos.

Uruguay es probablemente el país más “europeo” de América Latina y, sin embargo, el fenómeno del Frente Amplio es poco seguido y estudiado desde nuestro continente y tampoco lo es desde el estado español. Frente a la fragmentación generalizada de las izquierdas alternativas, el Frente Amplio es una excepción que deberíamos conocer en profundidad para mejorar nuestro presente y las expectativas, pues al parecer, si se puede. Claro que el Frente Amplio sigue teniendo salud porque quienes forman parte del mismo han sabido comprender que la verdad está repartida y no caben sectarismos aupados desde una inútil posesión de la verdad. Un veterano camarada me explicaba un día, entre risas, como en la célula del partido radical en que militó de joven empezaban las reuniones agradeciendo a la vida “el ser distintos a todos”.

Lo cierto es que la división continua y en el estado español se ha vuelto a repetir la historia, a veces casi ridícula, de diferentes candidaturas (más de medio centenar) autodefinidas de izquierdas a niveles autonómicos, municipales y, por supuesto generales y europeas, compitiendo entre sí. La lucha por los primeros puestos en las listas electorales puede con los discursos unitarios y parece ser una primera causa de tanta fragmentación. La famosa escena de la película La vida de Brian sigue vigente. Es un escenario desmoralizante en el que las responsabilidades se reparten; Podemos, como fuerza de más peso puede tener mayores obligaciones en la reconstrucción de la unidad, pero son todas las agrupaciones de las izquierdas alternativas las que deben hacer también autocrítica y actuar en consecuencia, pues acomodarse en vivir la política como cabeza de ratón es realmente pobre.

Ciertamente la composición de las listas electorales constituye la prueba del algodón. Es el lugar donde se dirime la verdad o mentira del discurso unitario. La verdad es que las coyunturas electorales son sin lugar a dudas el peor momento para hablar y hacer propuestas de unidad, pues lo cierto es que todo el diálogo entre agrupamientos o partidos queda reducido a un pulso por colocar a los propios en los lugares privilegiados de las listas. Normalmente a estos diálogos se acude con el ánimo de sacar ventajas y no siempre son elegidos los y las mejores. En municipios y autonomías, sobre todo, la resultante de este ejercicio es, a menudo, el desacuerdo débilmente justificado y la proliferación de grupos de las izquierdas alternativas con aspiraciones electorales en muchas ocasiones poco fundadas. En elecciones pasadas se pudo comprobar este fenómeno de una constelación indefendible de ofertas partidistas.

Sin embargo, hay que reconocer que el surgimiento de Podemos en enero de 2014 quiso marcar un necesario nuevo camino. Se postuló como otra política, otra forma de hacer política, otro tipo de partido, más horizontal, más asambleario. Pero es evidente que en sus fortalezas estaban también sus debilidades. Se coló demasiada gente que saltó de la terraza de un bar a la política, sin ánimo de irrespetar a nadie. Lo digo sólo para destacar que personas sin trayectoria, sin experiencia política, se postularon desde el minuto cero como candidatas a responsabilidades internas y/o institucionales.

Hoy, en 2020, Podemos conoce un buen número de crisis internas y de rupturas que puntualizan negativamente su éxito general al haber levantado una organización estatal allí donde no la había, si exceptuamos el caso de Izquierda Unida, una fuerza política que siempre ha tenido dificultades para ampliar sus representaciones institucionales. El caso es que en varias ocasiones la organización no ha sabido resolver las crisis porque no ha sabido abordarlas y la divisiones y fugas se han consumado. Por poner el dedo en la llaga, las intervenciones verticales no son el mejor modo de resolver conflictos y reconstruir la unidad.

Precisamente en las elecciones municipales y autonómicas de 2019 pudimos comprobar como fuerzas territoriales significativas, llamadas a formar parte del esfuerzo general de Unidas Podemos, han preferido acudir solas, de modo independiente. Este detalle, importante, da munición a quienes quieren ver en Podemos una crisis inacabable, crónica, de la cual no podrá levantarse. No es un secreto que pequeñas fuerzas de izquierdas de toda la geografía estatal, se resisten a perder “su identidad” y en lugar de contribuir a una mayor unidad –frente amplio- prefieren esperar sentadas el paso del cadáver político del actual Podemos. Cuando las valoraciones de lo que es propio se sobredimensionan, el sectarismo encuentra campo abonado. Claro que es verdad que Podemos, como fuerza mayor, debe ser el tractor que tire de este proceso, tratando a los demás partidos con respeto y generosidad.

Ojalá tras etapa en el Gobierno de coalición Podemos logre multiplicar su utilidad en la percepción de la gente y consiga una estabilidad que le dará oportunidades de calmar sus revueltas aguas y de persuadir a otras fuerzas menores a que se incluyan definitivamente en un proyecto común. Un frente amplio estatal está esperando.

Quienes desde las izquierdas alterativas esperan la caída de Podemos creo que se equivocan doblemente: a) desean –a veces sin verbalizar- que fracase el proyecto más innovador y talentoso de la izquierda estatal; b) la estabilidad de Podemos va a llegar y los pronósticos agoreros no se cumplirán.

Es cierto que la estabilidad que pronostico no pivotará en torno a la idea de ganar unas elecciones generales, pero se colocará en una posición institucional fuerte, lo que le dará a Podemos la oportunidad de participar en gobiernos autonómicos y central. o cuando menos incidir en las políticas gubernamentales de manera significativa. Espero que esto ocurra y que llegue el momento en que el peso de lo electoral no incluya la autocensura y el temor a defender abiertamente causas como el derecho a decidir. Lo digo porque creo, sinceramente, que el nacionalismo español de matriz castellana, el mismo que colonizó en primer lugar a Andalucía y luego a otras regiones peninsulares sigue teniendo presencia en las izquierdas alternativas y también en algunos sectores de Podemos educados en la españolidad hegemónica o en una unidad estatal que descansa en un obrerismo anticuado. En un ambiente de ofensiva de la extrema derecha aunque no de una manera militante y sí defensiva, sectores de las izquierdas alternativas se repliegan ante la ola general que combate de manera abierta o disimulada la idea de plurinacionalidad.

Ocurre que observo como fuerzas menores, a veces de alcance autonómico o incluso municipal, entrenadas en lo local y territorial, están perdiendo un valioso tiempo, cuando en realidad podrían nutrir ya el ejército de cuadros y militancia de Podemos, aportando sus experiencias y habilidades políticas, fruto de muchos años de existencia. Su incorporación ayudaría, además, a mejorar los debates y decisiones políticas de UNIDAS PODEMOS, en cuyas filas hay todavía paja que separar del trigo, más exactamente personas que sin apenas pasado político pretenden ejercer de líderes experimentados y mandones. Afortunadamente de esto va quedando menos.

Para lograr estabilizar la unidad de las izquierdas alternativas en una alianza, es necesario fortalecer algunos criterios básicos que han de ser el cemento o mejor el hormigón de la unidad. Eso significa de hecho superar las tendencias conservadoras que se dan en las izquierdas. Es un conservadurismo de las ideas y de los comportamientos que no llevan a construir una izquierda realmente innovadora, valiente, que responda a esa razón de ser que es la esperanza para mucha gente Como ya he dicho la gestión correcta de la relación entre ideología y política debiera servir para entender de buena gana que lo propio hay que incorporarlo a un proyecto amplio, a un frente amplio necesariamente transversal y que no será perfecto.

Para que esto sea posible seguramente hacen falta muchos cambios en las izquierdas alternativas: nuevos liderazgos, nuevos conceptos, nuevo lenguaje, nuevas conversaciones… todo eso que nos falta para comprender bien cómo hemos de actuar en el tiempo en que vivimos. Habrá que revisar los modelos organizativos, la democracia interna muchas veces traicionada en nombre de la eficacia, y algo muy importante: encontrar una nueva significación a la palabra izquierda que supere la inercia del lenguaje. Nombrar bien las cosas es una virtud y a menudo, no lo hacemos.

Termino esta nota reconociendo la complejidad del asunto que nos ocupa. Las izquierdas alternativas tenemos ante nosotros el desafío de convertir los retrocesos electorales en nuevas oportunidades, practicando la humildad, el diagnóstico sin trampas de lo que ha pasado y la convicción de que es posible ganar. Para ello hemos de abrir diálogos en todos los rincones del estado español, encaminados a sumar fuerzas, cada cual asumiendo sus responsabilidades. Naturalmente, Podemos debe tomar la iniciativa.

Para ello creo que sería bueno sacudirse de toda tentación de autosatisfacción. La victoria electoral interna de Pablo Iglesias, con un 92% de los votos, creo que lo sitúa con toda legitimidad y apoyos para tender puentes unitarios. Cierto que la baja participación (apenas ha superado el 11%) actúa como contrapeso, pero si la pensamos como un estímulo para remontar y superar las crisis pasadas, puede ser una buena ventana de oportunidad para hacer cambios necesarios. Una advertencia de que no podemos resignarnos.

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