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¿Qué país del nunca Hamas?

Fuentes: Rebelión

El Roble, en su número 19 de este año, 2009, con la firma de Fabián Harari , docente universitario e historiador, publica una nota larga y sustanciosa sobre la «guerra en la Franja de Gaza». La nota se inicia con una serie de descripciones muy precisas y denuncia las atrocidades que sin medida y con […]

El Roble, en su número 19 de este año, 2009, con la firma de Fabián Harari , docente universitario e historiador, publica una nota larga y sustanciosa sobre la «guerra en la Franja de Gaza».

La nota se inicia con una serie de descripciones muy precisas y denuncia las atrocidades que sin medida y con impunidad llevan adelante los dueños del poder en Israel con «ayudantes» como Mahmud Abbas del OLP.

Sin embargo, la nota va presentando un llamativo perfil cuando va incursionando en la historia. Al comienzo del primer párrafo del segundo «capítulo», «62 años antes de P.F. (62 años antes de Plomo Fundido)», nos dice Harari con total apodicticidad:

«El Estado de Israel fue creado de la nada el 19 de mayor de 1947 por la ONU […].»

¿De que «de la nada» habla Harari? El Estado de Israel creado entonces es apenas la legalización de una situación de hecho que se vivía desde décadas atrás. Aunque dicha legalización, en buena medida fortuita, haya cambiado sustancialmente el carácter de aquel protoestado.

El Estado de Israel no comienza en 1948. El movimiento de conquista o más bien de colonización de Israel es impulsado por el sionismo desde las últimas décadas del siglo XIX. Tanto es así, que Harari pasa por alto con ese surgimiento «de la nada» la Declaración de Balfour, de 1917, por la cual, el Reino Unido (nombre autoelegido por el colonialismo británico) le otorga a los judíos en general y a los sionistas en particular la promesa de una patria judía en Palestina en el mismo momento en que árabes independentistas estaban reclamando su propia patria para zafar del yugo turco.

Es de hacer notar que en 1917 Palestina seguía siendo formalmente turca, pero los que ya se sentían (y con razón) seguros ganadores de la guerra, empezaron a «trozar» literalmente el imperio turco ya en 1916 («pacto» Sykes-Picot). Cuando finalmente en 1922, Palestina y varios territorios más de la región le caen como fruta madura a los ingleses para que ejerzan allí su «protectorado», la declaración de Arthur Balfour se podrá empezar a instrumentar. ¡Y cómo se instrumenta! El sionismo empieza entonces a hacer una sociedad propia dentro de la sociedad «protegida» por los británicos.

Tal vez haya sido apenas un descuido redactoril aquel «de la nada» porque en párrafos subsiguientes el mismo Harari nos recuerda un informe de Rodolfo Walsh que en 1974 denunciaba la labor de grupos armados sionistas expulsando a nativos palestinos para apropiarse de su tierra… antes de 1947.

Pero, por lo visto, la historia y Harari tienen «su dificultad», para decirlo con la imperecedera rima de Bartolomé Hidalgo. Porque nuestro autor sostiene

«para esa fecha, los árabes palestinos eran el 70% de la población, conviviendo sin grandes problemas [sic] con el otro 30% y poseían el 92 % de la tierra».

Aunque Harari no nos dice expresamente cuál «es esa fecha» suponemos que se refiere a 1947, lo cual se confirma fácilmente por los porcentajes que brinda de población árabe palestina y la que integraba las aliah [1] . Un 30% de población judía en Palestina correspondía precisamente a 1947.

La pregunta que tenemos que hacernos es qué sentido tiene la frasecilla «sin grandes problemas». ¿Cómo explica entonces Harari, los acontecimientos violentísimos de 1929, de palestinos insubordinados contra la dupla británico-sionista, o la especie de huelga cuasi-insurreccional de tres años, de 1936 a 1939, que arrojó tantos centenares de muertos (palestinos, judíos y británicos)? ¿Cree Harari que los nativos palestinos convivían, por ejemplo, sin problema con la central sindical sionista, la Histadrut? No sólo los excluía del sindicato: viendo que los patrones judíos preferían mano de obra palestina, mucho más barata, la central sindical establece una norma, con valor de ley para la sociedad britano-judeo-árabe palestina, de que los patrones judíos deben desembolsar lo mismo por mano de obra judía o árabe palestina. Sólo que cuando se trata de obreros árabes, el obrero seguirá cobrando como antes y la diferencia será embolsada por la Histadrut, con lo cual durante décadas todo el florecimiento de los servicios sociales, sanitarios, deportivos de la central sindical, que gozarán los obreros judíos, estará financiada por la excluida mano de obra palestina. [2]

Como estamos analizando el texto de un ardiente defensor de la causa palestina y un recio crítico del Estado de Israel y su expansionismo, los errores o falencias de la nota sobrevienen con sesgos diversos.

Las dos observaciones que hemos hecho precedentemente se refieren a una cierta idealización del pasado sionista en la región. Pero en el mismo párrafo en que Harari dice tan suelto de lengua que no había grandes problemas de convivencia, se despacha con:

«Después de nuevas guerras ‘preventivas’ los judíos sionistas directamente tomaron el 80% de Palestina.»

Esta invocación a «guerras ‘preventivas'» escamotea el papel de países árabes circundantes que con regímenes no precisamente progresistas o democráticos, reaccionaron, empero, en 1948 contra el despojo de tierras «árabes», mediante una acción militar contra el nuevo estado pergeñado por la ONU. «Guerra preventiva» se nos ocurre una calificación demasiado elíptica, que sin embargo, sí se va aplicando cada vez más claramente en todas las guerras que después irá desencadenando Israel: las de 1956, 1967, 1973, 1982, 2006, 2008…

Harari sostiene un lugar común, al menos de la izquierda genéricamente considerada:

«El Estado de Israel contó desde su cesáreo nacimiento, cesárea que sufrió la tierra palestina, con el apoyo estadounidense al igual que hoy día, en donde es fiel instrumento de su política en el Medio Oriente.»

Hay media biblioteca para sostener que Israel es el portaaviones de EE.UU. en el Mediterráneo oriental y media biblioteca para sostener que Israel, debidamente palanqueado por la AIPAC (American Israel Public Affairs Committee, Comité de Asuntos Públicos de EE.UU e Israel), el principal comité de lobby dentro de los pasillos del poder político estadounidense, es quien mueve buena parte de las palancas de poder de EE.UU. A tal punto esto está en discusión que se ha convertido en un lugar común preguntarse en círculos críticos al sionismo en EE.UU. y Canadá, si es el perro el que mueve la cola o es la cola la que mueve al perro… (aludiendo a una imagen muy extendida y popular en el Atlántico norte).

Embretando la realidad en moldes prefabricados

Las observaciones examinadas, empero, son absolutamente menores respecto de la tesis principal del trabajo de Harari.

Su tarea, al parecer, ha consistido en meter, alojar el conflicto palestino-israelí dentro de un molde previo, que Harari conoce y en el cual confía plenamente.

Nos advierte:

«El problema palestino nunca fue un problema cultural ni religioso.»

Con lo cual nos está diciendo: -eso que ven aparencialmente, fanatismo, Israel con rasgos teocráticos (no hay derecho civil sino religioso para una enorme cantidad de funciones y vinculaciones en la sociedad israelí: el matrimonio, las sucesiones, y hasta el derecho a un trozo de tierra para «el descanso eterno» pasan por la religión), los vigorosos fundamentalismos judío y musulmán, tan distintos entre sí, pero tan presentes en la vida cotidiana, todo eso no tiene la menor importancia.

«El ‘problema palestino’ es consecuencia del desarrollo del capitalismo en la región. Y la solución que se pretende es siempre la misma: eliminar lo que sobra.»

Aleluya, hemos encontrado la fórmula. Mejor dicho: ya estaba la fórmula. En todo caso, se tratará de meter la realidad dentro de ella.

Sion: ¿pura lucha de clases?

La fórmula-madre, entonces pasa por los dueños del capital y los dueños de sólo su fuerza de trabajo. Nos aclara Harari:

«una parte importante de propietarios palestinos fueron convertidos, por la fuerza, en obreros. De un lado, el capital concentró tierra y recursos. Del otro, una inmensa masa de población sin qué vivir: los migrantes judíos y los refugiados árabes.»

Aquí tenemos claramente delineado -para Harari, claro- el conflicto que suponemos principal: patrones o titulares de los medios de producción sin bandera por un lado y enfrentándolos, proletarios también sin bandera.

Es la clase, la condición de clase, nuestra verdadera fuerza. Exclusiva, avasallante, desencadenante de la contradicción verdadera. ¿Que haya racismo y que el racismo esté extendido hasta en los más tristes pobres?, ¿no significa nada?

¿Que el sionismo encarne una suerte de colonialismo peculiar nutrido sobre bases religiosas, que se han ido haciendo culturales dentro de sectores de la judeidad?, ¿no significa nada?

Pero el racismo ha teñido el comportamiento de toda la colonización sionista de Palestina, como lo muestra la permanente segregación de población no judía. Claro que era un racismo, que por ejemplo en los kibutzim de izquierda ni siquiera se atrevía a formularse como tal, porque entraba en flagrante contradicción con cierto universalismo socialista… Pero cualquier kitubziano, sobre todo en contacto con población nativa, podía percibir el abuso y despojo crecientes.

Hay un testimonio de un pionero de un kibutz de izquierda que confiesa, retrospectivamente, sus impresiones durante el período de entreguerras: los miembros del kibutz sentían el apoyo que les brindaban los nativos, para buscar agua, para edificar, y al principio, a través de sus velos socialistas, él se imaginaba que los palestinos eran solidarios con ellos, los recién llegados. Con el tiempo, se empezó a dar cuenta que «los favores» de los palestinos provenían de que les tenían miedo, los sentían como los nuevos señores (tras turcos, ingleses y tras ingleses…). ¿No significa nada?

Vimos que la Histadrut expoliaba a los palestinos y los discriminaba beneficiando con bienes ajenos a los obreros judíos de ese modo corrompidos… ¿tampoco significa nada?

Pero Harari se nos ha desatado y se dispara en las nubes de la imaginación y solo ve: patrones y proletarios. Así, dice, forzando la realidad, machucándola hasta hacerla irreconocible [para el período 1948-1967, nos parece]:

«Los ‘nuevos’ trabajadores tuvieron que emplearse en establecimientos palestinos, jordanos e israelíes.»

¡Es cierto! ¡Judíos sionistas bajaban de los barcos y se conchababan en enormes establecimientos fabriles palestinos y jordanos! De acuerdo con el manual de desarrollo del capital es lo que pasó… o lo que tenía que pasar… ¿no había enormes fábricas cuyos dueños eran palestinos? Claro que las había, pero -ahora en serio- ¿tenían un proletariado de origen judío?

Harari ha descubierto el hilo de Ariadna para salir del laberinto y lo sigue sin dudar.

«En 1967 Israel conquistó las tierras palestinas y la casi exclusividad de su mano de obra. Sin embargo, no parecía prudente incorporar a millones de pobres a un estado que los había expropiado […] los palestinos fueron considerado ‘habitantes’ pero no ‘ciudadanos’ .»

Para Harari ni existe el transfer, concepto que sin embargo atraviesa al sionismo casi desde su fundación. Una consigna para la expulsión, por las buenas, las malas… o las peores.

Porque el sionismo se piensa como un movimiento de retorno judío a la tierra de Israel y como no pudo sostener el absurdo inicial de «Una tierra sin hombres para hombres sin tierra«, porque Palestina estaba poblada y bien poblada, y eso es testimoniado hasta por muchos sionistas que mantienen un cierto juicio de realidad, la solución técnica, propia de un Herrenvolk, un pueblo de amos, será transferir a los habitantes, para que dejen de ser habitantes en Palestina y en todo caso (si llegan vivos) que sean habitantes de otras tierras.

En una palabra: en ningún momento la dirección sionista primero y el Estado de Israel ya consolidado después, aceptaron a la población nativa como habitante. Es cierto que hasta 1948 e incluso todavía por un tiempo, coexistieron sionistas «amplios», que no pretendían un estado único, con las direcciones políticas mayoritarias partidarias de «la limpieza étnica». Pero la primera era una opción de mucho menor peso (Martin Buber, por ejemplo). Los natives a lo sumo fueron tolerados como para que ejercitaran las tareas más ingratas de una sociedad (y las peor pagas, como suele pasar en casi todas partes con el capitalismo como estructura económica). Un estatuto para los natives más cercano a la servidumbre que al proletariado.

Empeñado en reducir la enorme cantidad de factores en juego a uno solo; proletarización de palestinos introducidos así al capitalismo desde Israel (aunque ya vimos que Harari también nos habla de judíos proletarios, que por cierto también existían y existen), Harari nos comenta que el desarrollo tecnológico produjo menor necesidad de brazos. Chocolate, pero no hay una palabra ante el rechazo de la sociedad israelí a la presencia de palestinos durante el tiempo, después de la primera intifada en que algunos palestinos, desesperados, llegaron a las inmolaciones como técnica de autosupresión mediante la supresión previa o simultánea de «enemigos» (es decir, ocupantes de su tierra). Y sin embargo, eso fue decisivo para que la sociedad y el mercado israelí retiraran los permisos de trabajo a la población palestina ya por entonces muy arrinconada en límites cada vez más discrecionales a manos de la omnipresente autoridad israelí.

Harari «explica» con el desarrollo tecnológico lo que pasó por la peripecia política. No bien la resistencia palestina al avasallamiento se hizo sentir con las inmolaciones, el estado israelí inició un rápido proceso de sustitución de mano de obra, confinando a los palestinos en sus territorios e importando mano de obra filipina, bengalí, tailandesa, caribeña, del sudeste asiático, para que lleven a cabo las tareas más ingratas.

A esos «proletarios» se les secuestra el pasaporte no bien llegan y se les imponen condiciones laborales que habría que ver si corresponden al capitalismo («avanzadísimo», por otra parte, en Israel) o si los rasgos de secuestro de documentación de persona no son más propios de estructuras sociales que solemos llamar feudales.

» El ‘problema palestino’ es entonces, consecuencia del desarrollo del capitalismo en la región. «

¡Qué sencillez! Si todo fuera de lectura tan lineal, con qué facilidad se podrían ir dilucidando los conflictos. No tendríamos más que proletarios judíos, cristianos, musulmanes a un lado y del otro, capitalistas, capitalistas y capitalistas.

El pequeño inconveniente con este reduccionismo que cree haber encontrado el resorte principal de todo conflicto humano es que dejamos de ver la complejidad real de tales conflictos y por lo tanto, ya que, en tanto conflictos son difíciles de resolver, con una simplificación irreal se convierten en insolubles: no se puede resolver lo que no se percibe.

Los problemas complejos tienen soluciones erróneas que son fáciles de aplicar (de la Ley de Murphy)

La colonización sionista en Israel es un fenómeno bastante peculiar, por no decir único. Tiene cierto parentesco con el ensayo boer en Sudáfrica, iniciado a su vez a comienzos del siglo XVII. En ambos casos, se trató de una colonización con una carga religiosa fuerte y un sentimiento de superioridad étnica y ética muy marcado.

Sin embargo, las diferencias son también muy fuertes. Los piadosos holandeses cristianos fundamentalistas que no sentían la menor piedad por los nativos cuyas tierras hollaban y a quienes maltrataban y mataban entre rezo y rezo, se sentían bíblicos y de ese modo con una cierta dependencia ideológica hacia los textos de la religión judía. Los sionistas en cambio, se iniciaron como movimiento laico, ajeno a la religiosidad judía, buscando hacer florecer un nacionalismo judío sobre varias bases, no lo religioso en primer lugar. Poco a poco, sin embargo, se fueron adueñando del factor religioso cuando se dieron cuenta que era un elemento básico de las comunidades judías realmente existentes.

A su vez, la religión judía se presenta, en el concierto de las llamadas «grandes religiones monoteístas» (cuyo monoteísmo está cada vez más en discusión con el avance de investigaciones arqueológicas) como la más independiente de ellas, a la que remite todo cristianismo (como el Islam a su vez remite al cristianismo y al propio judaísmo).

El presuntuoso «sueño» de la República de Transvaal, o de otras formaciones políticas del colonialismo eurocentrista en África del Sur a la larga naufragaron ante la resistencia de la población nativa, su persistencia y el retiro de apoyo de «la comunidad internacional», de gobiernos que vieron la inviabilidad del estilo del racismo constituyente del apartheid sudafricano, tan patentemente físico. Sudáfrica fue quedando internacionalmente aislada.

Hay una diferencia con Israel, que cuenta con fuertes apoyos locales en muchos países significativos y considerable peso político mundial. Y muy especialmente el apoyo de la comunidad judía más grande del mundo (mayor incluso que la propia población judía israelí); la de EE.UU. y el de sus organizaciones dedicadas a influenciar en el gobierno de EE.UU., en primer lugar la poderosísima AIPAC (y no hace falta irnos tan lejos para hablar de influencia política desde los pasillos del poder: el Río de la Plata nos brinda abundantes ejemplos de tal influencia; TLCs, INADI, ORT, energía nuclear…)

Sin embargo, ni siquiera esos soportes, con ser de tanto peso, son algo decisivo ni definitivo. Parece conformarse un creciente hastío por la política de fuerza que ha ido configurando cada vez más el sentido y el comportamiento del Estado de Israel.

El colonialismo más habitual ha elaborado la relación metrópolis-colonia haciéndole poner a los colonizados la fuerza de trabajo y procurando poner el poder colonial los administradores de esa fuerza de trabajo. Cuanto más compleja la relación metrópolis-colonia más fácil ver el surgimiento de proletarios metropolitanos y de colonizados con cierto poder económico. En la construcción del Estado de Israel, el sionismo procuró devolverle cierta vitalidad al pueblo judío, una vitalidad vinculable con la tierra y su trabajo, brindándole a sus miembros la posibilidad de reencontrarse con tareas manuales, y negándole cada vez más toda «necesidad», presencia, a la población nativa.

Porque el sionismo buscaba colonizar la tierra exclusivamente, no la sociedad entera. Eso es lo que empezó, apenas insinuado en la primera mitad del s. XX y que hemos visto acentuarse cada vez más a partir de 1948.

Esa peculiaridad hace mucho más severo el cuadro de situación del que solemos ver en los colonialismos más frecuentes. Porque ante esta política, el colonizado no debe luchar por su liberación sino por su vida. No sólo contra la explotación, sino contra el etnocidio (que siempre corre el peligro de convertirse en genocidio, dados los rasgos racistas presentes en el proyecto). Es lo que tuvieron que afrontar muchas etnias nativas, escasas de población, cuando los europeos les fueron arrebatando sus tierras en «el nuevo continente», por ejemplo: es lo que acabamos de ver con el gobierno peruano acordando un TLC con EE.UU. para ceder terrenos ancestrales de los jíbaros a «la modernización».

Harari ha hecho un esfuerzo considerable, me parece, con afirmaciones inexactas por no decir falsas, para encajar la situación palestino-israelí en el molde «para todo uso» de lo que llamaríamos «el desarrollo del capitalismo».

… y una duda metódica

El artículo de Harari me deja la siguiente pregunta: en mi ignorancia generalizada, como la de «todo el mundo», algunas lecturas y reflexiones me han orientado siquiera tentativamente ante ciertas cuestiones, como, por ejemplo, el conflicto palestino-israelí. Por eso van estas líneas críticas a lo que califico reduccionismo ideológico de Harari.

Pero, ¿qué pasa con los materiales que leemos permanentemente en áreas donde somos menos duchos, donde tenemos menos lecturas o bajo discernimiento? En tales casos, solemos aceptar sus contenidos si en líneas generales coincidimos con «la filosofía» del autor. Por ejemplo, si presenta algunos puntos referenciales, algunas sensibilidades con las que uno, ignaro, coincide, entonces nos resulta confiable.

¿Y si en tales cuestiones el «confiable» autor desbarra y uno ni se entera?

Algo de eso pasó, durante décadas, con el ensayo de socialismo más importante y más grande del mundo, en la Unión Soviética… había sesudos trabajos, con muchas pretensiones de fundamentos filosóficos, éticos y políticos, de claro enfrentamiento contra los poderes del capital, la derecha, el antihumanismo conservador, el racismo militante… pero se trataba de construcciones ideológicas tan falsas, tal vez, como las que decían y procuraban combatir. Redondamente falsas con pretensiones de verdad científica…

No puedo dejar de inquietarme ante algunos mensajes tan rotundos como el ingeniosamente titulado «El país del nunca Hamas», que contiene tesis tan lúcidas como la que muestra que las matanzas que llevan adelante los israelíes en Palestina poco tienen que ver con Hamas y mucho con la propia idea del Estado de Israel.



Luis Sabini es Periodista y editor de la revista futuros del planeta, la sociedad y cada uno; miembro del equipo docente de la Cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

[1] El sionismo promovió «el retorno» a Israel mediante sucesivas oleadas inmigratorias de judíos llamadas aliah.

[2] Para este colmo de discriminación y racismo, tan sofisticado, véase el informe de Wilfrid, «Travail et immigration en Israël», Temps maudits, París, diciembre 2004.