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¿Qué puede esperar Castilla de una III República?

Fuentes: Rebelión

Como cada año, el 14 de Abril se celebran en diferentes ciudades castellanas manifestaciones y concentraciones recordando una fecha tan importante para nuestra historia como fue la proclamación de la II República española. Las organizaciones castellanistas tenemos el deber de recordar y conmemorar el período histórico que contribuyó a iniciar esa República y sus avances […]

Como cada año, el 14 de Abril se celebran en diferentes ciudades castellanas manifestaciones y concentraciones recordando una fecha tan importante para nuestra historia como fue la proclamación de la II República española. Las organizaciones castellanistas tenemos el deber de recordar y conmemorar el período histórico que contribuyó a iniciar esa República y sus avances históricos. A su vez, no podemos obviar que el republicanismo está en nuestra esencia como pueblo y que el color morado republicano, que llevamos por igual en nuestros pendones, hace honor tanto a la memoria de la resistencia comunera de Castilla como al ideal republicano. El castellanismo, por tanto, no puede ser ciego a esa realidad ni pecar de izquierdista en la crítica al republicanismo, pero debemos plantearnos nuestras propuestas políticas en términos del presente y del futuro qué queremos para nuestro pueblo y no basándonos en trasposiciones históricas. La Primera República trajo para Castilla una oportunidad histórica a través del Pacto Federal castellano firmado por las 17 provincias y la Segunda se disponía a otorgarnos el Estatuto Castellano cuando su elaboración se vio truncada por el inicio de la Guerra Civil. Sin embargo, la coyuntura actual es muy diferente tras la desmembración que supuso para nuestro pueblo el pacto de la Transición y ante el auge de los movimientos soberanistas en todo el Estado español, por lo que nuestras expectativas ante un nuevo proceso republicano también deben ser diferentes y contextualizadas.

Porque tenemos memoria, no podemos caer tampoco en una exaltación acrítica del pasado. Esa misma República que supuso avances progresistas en muchos aspectos (voto femenino, reforma agraria, educación, laicización, etc.) estaba marcada por un indudable componente de clase, y por lo tanto, se vio limitada en su actuación a los criterios marcados por la burguesía españolista. Cabe recordar que ese mismo 14 de Abril y tras haber ganado en las elecciones municipales, Macià había declarado en Barcelona «la República catalana a la espera de que los demás pueblos de España se constituyan como repúblicas para formar la Confederación Ibérica» y sin embargo tuvo que dar marcha atrás ante las presiones del gobierno español republicano. Por no mencionar hechos como la masacre de Casas Viejas o la represión del Octubre asturiano. Porque la «república» así a secas, por más que idealicemos lo contrario, no es más que un modelo de Estado. Confundir de manera idealista y oportunista la Republica burguesa con la heroica lucha antifascista de nuestros pueblos, aunque fueran de la mano durante la Guerra, responde sólo a ciertos intereses políticos del presente.

Desde luego que los cientos de miles de trabajadores y trabajadoras que murieron en la defensa de la República durante la guerra antifascista merecen todo nuestro respeto y admiración, y las organizaciones castellanistas llevamos años trabajando en la recuperación de su memoria y denunciando la impunidad franquista. Ahora bien, a día de hoy lo que no debemos permitir es la utilización de esa memoria por parte de ciertas organizaciones para vender su proyecto político nacional español, el cual apuntalan a través de una denuncia simplista de la Monarquía. Denuncia que, por cierto, pretenden abanderar los mismos que vendieron al movimiento popular durante el pacto de la Transición, imponiéndonos esa misma Monarquía con su bandera rojigualda. Lo que pretendo decir con esto es que la palabra República por sí misma no nos aporta nada, ya que lo importante es qué contenido se le pretende dar, quién pretende hegemonizar ese republicanismo y para qué.

Respecto al contenido, hemos comprobado cómo este año la izquierda reformista se ha visto obligada a asumir un lema que no le había sido propio en los últimos años: «República, Autodeterminación y Socialismo». Aunque pueda parecer un avance en lo ideológico, realmente estamos igualmente ante una terminología ambigua si no se realiza una apuesta por concretar esos términos. Sin ir más lejos, hasta el PSOE llegó a defender el término autodeterminación en momentos de la Transición. Para que ese discurso fuera creíble sería imprescindible que se produjera un reconocimiento del carácter plurinacional del Estado español, cosa que vemos que todavía no se ha dado. A lo sumo, algunos se atreven a repetir esa construcción teórica de las burguesías nacionalistas consistente en reconocer la existencia de Galicia, Euskal Herria y Cataluña (galeuscat), que serían las tres únicas naciones que podrían ejercer ese supuesto derecho de autodeterminación, mientras que el resto de pueblos no existiríamos como tal. También se nos habla constantemente de «federalismo», esa palabra que resulta otro mantra para la izquierda española, pero que nunca concreta qué pretenden federar y cómo lo pretenden federar.

Desde luego que las contradicciones respecto a este tema en el seno de la izquierda española son más que evidentes. El mejor ejemplo lo tenemos en el cartel editado desde la UJCE para este 14 de Abril, en el que se ven obligados a reconocer la existencia de algunos pueblos, pero sin saber a cuáles incluir, sin mojarse en qué bandera utilizar (la asturiana con estrella roja y sin embargo la catalana no). Lo que parece que está claro es que la táctica del avestruz no les va a servir durante mucho tiempo y estas mismas organizaciones ya lo están viendo. Y es que en este conflicto no se trata solo de adaptarse a lo que reclaman los pueblos del Estado, sino de tener coherencia ideológica con lo que se dice y hace, y con el análisis material que desarrollemos. El Estado español no es otra cosa que un proyecto de clase; un pacto entre burguesías y oligarquías de los diferentes pueblos bajo su jurisdicción, y cuyo proyecto nacional es el españolismo (ya sea en su versión centralista o en su versión galeuscat). Y ante esta situación la diferencia entre reformistas y rupturistas se va a evidenciar en el posicionamiento ante el discurso nacionalista español: que «España se rompa» es algo que no va a permitir ni la burguesía, ni su correa de transmisión que es la izquierda reformista.

En lo que respecta a Castilla en concreto, hay que decirlo bien claro: el odio hacia lo castellano y el intento de invisibilizarnos es también una influencia burguesa, es el desprecio absoluto a la clase trabajadora castellana y a nuestra esencia como pueblo. Y no sólo eso, es aceptar el chantaje de las burguesías regionalistas que necesitan una Castilla débil para mantener su pacto con el Estado central. Esto se evidenció de gran manera con la creación del Estado de las Autonomías en la Transición, y nuestra división en 5 comunidades autónomas artificiales. Hoy en día seguimos pagando sus consecuencias; el autonomismo no sólo no ha solucionado los principales problemas de nuestro pueblo sino que los ha apuntalado: desintegración territorial, economía de dependencia, caciquismo, espolio de nuestros recursos, emigración y despoblación, impunidad de los crímenes del franquismo, etc.

La lucha de clases debe basarse en el análisis material de la realidad, y la realidad del Estado español es que convivimos diferentes pueblos, con nuestras peculiaridades y nuestros contextos y por tanto, debemos desarrollar una propuesta política para cada uno de ellos. Es por ello que desde hace tiempo se viene hablando de Procesos Constituyentes (en plural) en clave nacional de los distintos pueblos del Estado. Pero a su vez, debemos entender la necesidad de un único Proceso Destituyente, que sirva para abrir la puerta a un cambio político real y de ruptura con el Régimen, golpeando desde todos los pueblos a la vez.

Se nos intenta achacar a los movimientos soberanistas la división existente en la izquierda. No hay mayor falacia que esa; la única división existente en la izquierda es entre quienes pretendemos un cambio real y quienes buscan mantener el estatus quo actual. Y tenemos ejemplos de sobra de esta unidad estratégica que, desde el respeto a las dinámicas de cada nación, estamos llevando a cabo la juventud soberanista de los pueblos (huelga estudiantil del 11×12, campaña Somos Vuestra Pesadilla, columna juvenil del 22M, etc.). No somos tont@s ni izquierdistas; sabemos que hace falta esa unidad estratégica para acabar con el Régimen del 78 y además desde Castilla entendemos que este camino no lo va a poder hacer ningún pueblo por separado (miremos sino el estancamiento actual de los procesos vasco y catalán). Por ello apostamos por la unidad ante todo, con todas las organizaciones del la izquierda revolucionaria, pero siempre teniendo claro hacia donde se dirige el barco. La izquierda española debería empezar a plantearse cuál va a ser su posicionamiento real (no teórico) sobre la cuestión nacional, y a su vez las izquierdas independentistas deben tener cuidado de no caer en la trampa de sus burguesías nacionales, pues al final también les puede conducir a mantener o reformar ese españolismo regionalista. No clarificar estas cuestiones puede ser un suicidio político para esas organizaciones, y además afectar de manera muy negativa al conjunto del movimiento popular.

¿Y l@s castellan@s, qué debemos esperar de un posible cambio republicano? El pueblo trabajador castellano debe estar muy atento a los acontecimientos, ya que no podemos permitirnos otra Transición que nos acabe de desmantelar territorial, política y económicamente en beneficio tanto de la oligarquía castellana como de las burguesías periféricas. Castilla ha sido durante mucho tiempo maltratada como pueblo, utilizada para enaltecer el españolismo y enfrentarla al resto de pueblos del Estado. Resulta bastante probable que el hijo del Borbón no llegue a tomar posesión del trono, pero el rumbo de los acontecimientos dependerá de la fuerza del movimiento popular y de que la línea rupturista acabe siendo mayoritaria en el mismo. La tarea principal hoy en Castilla es la de crear poder popular en todos los frentes, asentarlo sobre una clara línea rupturista y lejos de la manipulación de la izquierda reformista española. Esto es, en definitiva, realizar un proceso de construcción nacional que nos permita alcanzar, entonces sí, la República, la Autodeterminación y el Socialismo de manera efectiva.

Alberto V. es militante de Yesca.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.