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Recuerdos y olvidos

Fuentes: Rebelión

Que yo recuerde, siempre he tenido que refugiarme en mí mismo como estrategia de autodefensa y de conservación de la propia higiene mental, libertad de pensamiento y conciencia. Las personas con las que he podido expresarme libremente a lo largo de mi cortísima vida las contaría con los dedos de una mano.  Cuando mis padres […]

Que yo recuerde, siempre he tenido que refugiarme en mí mismo como estrategia de autodefensa y de conservación de la propia higiene mental, libertad de pensamiento y conciencia. Las personas con las que he podido expresarme libremente a lo largo de mi cortísima vida las contaría con los dedos de una mano. 

Cuando mis padres volvieron de Suiza a Galicia, creo recordar que, para mí, aquel retorno a los orígenes tan anhelado para mis padres, era, para el que escribe, un verdadero viaje a lo desconocido. Yo nací el dos de Febrero de 1979; de vez en cuando, para regularizar mi situación en Suiza, mis padres me dejaban al cuidado de mi abuela paterna en Galicia, mientras ellos normalizaban su situación como emigrantes en el sector de la hostelería. En Suiza no había televisión Española. Recuerdo que me quedaba largo tiempo escuchando los telediarios de la RAI, porque sentía al italiano como una lengua más familiar y fácil de entender, mucho más que el Alemán que empezaba a chapurrear para poder integrarme en el parvulario con mis compañeros de clase. Como no había televisión, no crecí con el bombardeo mediático de tiempos de la transición, así que, a día de hoy, cuando escucho o leo a la clase política española proferir sagradas palabras sobre el sacrosanto «espíritu» de la transición, siento que estoy asistiendo a algo parecido a un sermón eclesiástico en un altar y a un Dios que me resulta totalmente desconocido, tanto por vía de la razón como por vía de la emoción. Para que luego digan que los sueños de cierta razón laica no crean monstruos, ¿verdad, querido lector?

Lo único que recuerdo de esos tiempos es que mis padres trabajaban y vivían con mucha dignidad en un pequeño pueblo llamado Rheinfelden. Lo único que recuerdo son imágenes reales de grandes campos de cebada en los que se fabricaba cerveza. Recuerdo también imágenes de pequeños remolques de madera llenos de trigo, tirados por caballos negros con grandes anteojeras. Recuerdo grandes centros comerciales en los que se empaquetaban las compras en bolsas de cartón, calles limpias y poco concurridas con carril bici, vecinos amables de los que desconocías por completo su vida privada… y que saludaban cortés y amablemente sin preguntarte el país de procedencia. También recuerdo el río Rhin, y el pequeño islote de más allá del puente, en donde se hacían frecuentemente, en un descampado cercano, horteras y folklóricas comilonas populares alemanas basadas en salchicha con mostaza y cerveza. Por supuesto, el acordeón y la canción popular de turno tampoco faltaba.

El islote tenía una casa de madera y árboles. Muchas veces me preguntaba si no correría algún día el peligro de quedar enterrado por las aguas del Rhin en alguna crecida. Pero no, el islote siempre estaba ahí, presente e imperturbable, con su pequeña choza y sus árboles. Cada vez que pasaba por esa zona del río, sentía unos deseos enormes de conocer a su dueño. Me lo imaginaba tan tranquilo y misterioso como la presencia del islote. A día de hoy, ese islote es como una metáfora insustituíble de la libertad personal. Al menos para mí. Que las aguas del río se muevan hacia la misma direción de siempre. Yo escojo no moverme y quedarme parado si me da la gana. Me gusta mi islote, me gusta mi casa de madera y me gustan mis árboles. Que el mundo y la gente se muevan hacia donde quieran. Yo no quiero moverme. Yo no vendo mi islote ni por todo el oro del mundo. Desde mi islote, me entero mejor de lo que pasa, por mucho que el agua del Rhin se mueva siempre hacia la misma dirección. Y, de todos modos, aunque pase algo y ese algo se mueva, me es descaradamente indiferente su dirección. Yo no quiero moverme de mi islote si mi islote me gusta, y punto.

Hablando de islotes. De mis paisanos gallegos, por ejemplo, siempre me ha parecido entrañable pero, el mismo tiempo, cómico, ese excesivo apego que tienen por sus idiosincrasias identitarias, lo cual ha hecho que me gane el desprecio y hasta la indiferencia de no pocos de ellos, sean intelectuales locales o gente de a pie. No es tanto la necesidad de resaltar sus singularidades como la forma y el contenido, tanto político como mediático, que toma el susodicho discurso identitario, lo que me enerva. Lo que me enerva profundamente es el hecho de vivir en un país en el que, en nombre de la identidad, la injusticia se enmascara. Incluso la intelectualidad más progresista y socialmente concienciada del galleguismo y del nacionalismo -honorables individualidades y excepciones- no deja de repetir absurdos clichés para disimular el profundo miedo y desorientación que le provoca el schock social, político y cultural que está provocando, a escala planetaria, la mercantilización capitalista de todo recobeco de la existencia, desde el arte, pasando por la literatura, las formas de vida, las relaciones entre personas… y, !!ay!!, la convivencia, muy conflictiva y poco «armónica» convivencia, entre alteridades linguísticas y culturales.

De todos modos, tampoco debería enfadarme más con mis paisanos gallegos que con el resto de paisanos de otros países, puesto que el sacrosanto discurso identitario, apoyado en fundamentos teóricos del más diverso y sonrojante tipo, no es una exclusiva de los gallegos. La cultura, la lengua, la forma de vida, el modo de ser y pensar, el carácter.. etc, son una pequeña muestra de los diversos, absurdos e infumables clichés -llevados hasta el extremo- con los que los políticos, los intelectuales, el ciudadano-consumidor y los escritores «nacionales» de turno, a nivel planetario, se atontan y se convencen a sí mismos para tener una chauvinista, familiar y muy paternalista excusa para ponerle fronteras y hasta tapones al pensamiento crítico.

La cultura debería ser un puente, no una frontera. Pero un puente para entrar en otro mundo, en otro lugar. Un puente para atreverse a conocer lo desconocido. Una vez que lo desconocido se torna conocido, lo que nos parecía exótico ya no lo es tanto, y el discurso folklórico y multicultural que nos instaba a conocer y «respetar al otro» se va relativizando poco a poco cuando se va cayendo en la cuenta de que, también al otro lado de la frontera, existe la trata de blancas, la estupidez, la ignorancia, la vulgaridad política y mediática, la mercantilización de la vida, la desigualdad de género, la cosificación y el machismo lacerante de las burocracias monoteístas del espíritu, la brecha abismal de poder y recursos entre ricos y pobres, la conversión de la prensa y la información en un mero negocio, la estigmatización del pensamiento crítico, la post-moderna y consumista celebración colectiva de la desmemoria, del take it easy o del just live the present, en su defecto. La fusión entre teología y política. Estados construídos en base a fundamentos étnico-identitarios. Una desertización abismal de las zonas rurales. Una ecocida mega-urbanización planetaria totalmente insostenible. Poderes judiciales, cuando no aparatos de estado enteros, comprados y regidos por la mafia global, y sistemas educativos que educan a las nuevas generaciones para repetir las mismas hazañas, mentiras históricas, cliches, estupideces y estereotipos racistas que repetían sus padres. Y como no, también el eterno recurso de nuestros estados en tiempos de crisis: armarse hasta los dientes con sofisticadísimas tecnologías militares para amenazar al eterno «enemigo» geo-estratégico, y ofrecer «seguridad» al ciudadano-consumidor atemorizado, que sube los índices de consumo nacional de anti-depresivos hasta límites insospechados y que se queja amargamente de la llegada de hordas de «extranjeros» a su propio país, mientras paga, con conocimiento o desconocimiento de causa, con sus impuestos, tanto los muros de hormigón como las nuevas tecnologías espaciales de control de los flujos de emigración con las que las élites occidentales mantienen alejado al «otro» que tanto dice respetar.

Dicho esto, y sintiéndolo mucho por algunos de mis paisanos, creo que ya es hora de decirles que no necesito su identidad. Ni mi identidad Suiza de infancia. Ni mi identidad gallega. Ni mi identidad hispana, o latina, o española … o la que sea. Todas para ellos. Sólo puedo justificarme ante mis paisanos del mismo modo que Dubravka Ugresic lo hace con los suyos en «No nay nadie en casa», un fantástico híbrido de géneros en el que, entre otros muchos y variados temas, Dubravka se despacha con despiadada, apasionada y lucidísima vehemencia con los traficantes de identidades del mercado literario, del mercado político-mediático y del mercado turístico, entre otros. Lea, querido lector, las siguientes líneas, y reflexione:

«Con la muerte del comunismo se produjo la quiebra de la ‘imaginación social’, que fue elogiada como la entrada de una supuesta época madura, posideológica. Hoy día nadie contempla seriamente una alternativa posible al capitalismo, vivimos en un tiempo ‘poshistórico’, ‘sin conflictos’ o un ‘tiempo apático’. Parece como si el horizonte de la imaginación social ya no nos permitiera entusiasmarnos con la idea de la posible muerte del capitalismo, porque, de algún modo, todos aceptamos tácitamente que el capitalismo está aquí para quedarse, y así, la energía crítica ha encontrado una salida sustitutiva en la lucha por las diferencias culturales que deja intacta la homogeneidad fundamental del sistema capitalista mundial. El precio a pagar por esa despolitización de la economía es una suerte de despolitizacion de la misma esfera política; la verdadera lucha política se ha transformado en disputas culturales por el reconocimiento de identidades marginales y la tolerancia de las diferencias»

Espero que, algún día, hablar desde y sobre algún país, no se confunda con alguna identitaria declaración de principios. Espero que, algún día, la verdad y la justicia comience a ser tenida en cuenta, tanto por mis paisanos gallegos como por el resto de paisanos del mundo. Si en algún tiempo fui condescendiente, lo lamento de veras. La condescendencia me ha cansado. Pueden ustedes encontrarme en algún no man’s land. Espero que mi compañía y hospitalidad les sea grata.

Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.