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Siria, ¿cultura o dilema ético?

Fuentes: Al-Quds al-Arabi

En un encuentro con un grupo de amigos sirios en Beirut, surgió la cuestión de la postura de los intelectuales árabes frente a la revolución siria. Comenzamos hablando de las posturas dudosas de los intelectuales y artistas libaneses y llegamos al punto de buscar justificaciones «intelectuales» y políticas para apoyar al régimen dictatorial asadiano, para […]

En un encuentro con un grupo de amigos sirios en Beirut, surgió la cuestión de la postura de los intelectuales árabes frente a la revolución siria. Comenzamos hablando de las posturas dudosas de los intelectuales y artistas libaneses y llegamos al punto de buscar justificaciones «intelectuales» y políticas para apoyar al régimen dictatorial asadiano, para terminar con una pregunta general sobre la postura ética de los intelectuales árabes ante el sufrimiento del pueblo sirio.

La pregunta no es en absoluto sencilla, y es un gran error discutirla bajo el prisma de la coyuntura que llevó al pueblo sirio a tomar las armas para enfrentarse al aparato militar y securitario del régimen. La pregunta ya surgió en los primeros días de la revolución, que se caracterizó por su naturaleza pacífica y heroica sin parangón. El pueblo desarmado se enfrentó durante largos meses a las balas y la muerte con pechos desnudos y gargantas que gritaban por la libertad. Con todo y con eso, y ante las imágenes de los zapatos y botas de los soldados y los shabbiha que pisaban los cuerpos de los detenidos y sus rostros, hubo gritos de duda y crítica.

Con el inicio de la revolución, el poeta Adonis ofreció la primera excusa al rechazar que las manifestaciones salieran de las mezquitas. Cierto es que esta postura suya abrió la veda a las dudas, pero no puede atribuírsele el fenómeno, pues este pertenece al bagaje político y cultural bien implantado en una estructura «izquierdista» general que no conserva de su antiguo discurso de izquierdas más que la bandera del antiimperialismo, de la que ha hecho una percha de la que cuelga su caudal político y su apego voluntario a la dictadura.

Estamos ante un dilema intelectual y no ante fenómenos individuales de los cuales algunos aún llevan cierto porcentaje de inocencia, como la postura del poeta Sa’di Yusuf, y otras que muestran una preocupación nerviosa que causa lástima. Sin embargo, todas se reúnen en su apoyo al régimen dictatorial porque consideran las revoluciones árabes una conspiración estadounidense para lograr la hegemonía en la zona. Así, y con una lógica simplificada y vacía de raciocinio, EEUU se volvió contra sus aliados Hosni Mubarak y Zain El Abidin Ben Ali y su maleable amigo Muammar Gadafi para llegar finalmente a la fortaleza de la resistencia, representada por el gobierno de la familia Asad en Siria.

Es una lógica extraña, pero se basa en un abanico de ideas que sirvió de base a los carniceros serbios y de apoyo al genocidio checheno, además de provocar el llanto por la caída de las dictaduras en Europa del Este porque los que la siguen, continúan siendo presos de la mentalidad de la guerra fría, cuando no se trataba con los pueblos y con los Estados más que como figuras sobre un tablero de ajedrez internacional.

El entrecruce entre el discurso de los de la izquierda que siente nostalgia por el tiempo de la guerra fría (partidos del llamado Frente Nacional Progresista en Siria, que incluye dos partidos comunistas, además del ministro sirio Qadri Jamil, que financia un canal «de izquierdas» cuya dirección ha encomendado al Secretario General del Partido Comunista Libanés) y entre el discurso de Hezbollah ha supuesto un shock. Esta situación se ha visto empeorada con el ímpetu de algunos escritores y periodistas libaneses neoliberales que trabajan en los medios de comunicación petroleros en su defensa del levantamiento del pueblo sirio con un discurso retrógrado que lleva las semillas del odio al movimiento nacional árabe y a sus posturas contrarias al dominio imperialista y la ocupación israelí.

Esta es la compleja situación cultural que ha permitido al pensamiento justificativo encontrar cada día nuevas justificaciones para el salvajismo del régimen, centrándose en el miedo del asenso del islam político que destaca, al menos en la realidad siria, en los canales por satélite del Golfo mucho más que sobre el terreno.

Esto, que parece como si fuera la expresión de opciones políticas distintas, expresa en mi opinión una estructura cultural que encuentra sus raíces en lo que puede llamarse «superioridad cultural»; es decir, mirar las cosas entendiendo la cultura como autoridad. Y dicha estructura es en la que participan la izquierda tradicional y la derecha, porque vienen de una única raíz, la superioridad cultural y la elevación por encima de los detalles, llegando a resultados sin tener en cuenta los factores iniciales.

No voy a discutir suposiciones políticas ni entrar en una disputa sobre el papel colonial de Rusia, que no se diferencia en nada de ningún otro papel colonial, ni sobre la diferencia entre los fundamentalistas chiíes y los suníes, que se parecen más de lo que muchos piensan, sino que quiero discutir las posturas desde un prisma ético. ¿Es lógico equiparar a Ibrahim Qashoush, cuya garganta fue cortada para enmudecer su voz, con su asesino? ¿Puede los ojos quedarse totalmente ciegos ante las escenas de tortura, asesinato y ensañamiento con los cadáveres? La respuesta es que quien se negó a ver las imágenes de destrucción en Siria, se negaba a ver la realidad detallada sobre la que sacar sus conclusiones, y nos metió en el juego de las naciones, justificando los crímenes del asesino en nombre de una lucha internacional y regional que no significa nada para la gente de Daraa que se levantaron por su dignidad vejada.

El problema de las revoluciones árabes con este tipo de intelectuales es que vinieron por sorpresa y no tienen las características de las revoluciones a las que estaban acostumbrados o sobre las que habían leído en los libros. Son revoluciones que expresan la explosión de la sociedad contra la dictadura, pues la gente se despojó y liberó de la represión, la humillación, el empobrecimiento y el saqueo y salió a las calles para romper el miedo y ocupar la historia. Lo que se esperaba según la lógica era que la epidemia de la ruptura del muro del miedo se extendiera a los intelectuales, que no eran conocidos precisamente por su valentía, pero en vez de eso, amplios sectores de ellos se vieron asaltados por el terror, porque se habían acostumbrado a tenerle miedo al poder y se arrodillaron. Hoy tienen miedo de la gente porque nunca han intentado conocerla ni que les conozca.

La cuestión no es solo la traición de algunos intelectuales, sino el ambiente de traición general que golpea el muro con los sentimientos de la gente, su enfado y sus levantamientos porque no reconoce los detalles y piensa que la represión es una cuestión meramente pseudo-cultural, relacionada con la prohibición de libros por aquí y películas por allá.

El considerarse superior a la realidad es la traición que ha otorgado la indulgencia a los asesinos bajo el pretexto del antiimperialismo y la resistencia a la dominación occidental. Antes de tratar la política, debemos buscar las raíces de la política y si la política es el arte de dirigir la relación entre la sociedad y el poder, debemos preguntar por qué se rebeló la sociedad y de qué tipo es este poder que convirtió el país en una cárcel. Después viene el tratamiento de las políticas internacionales y regionales.

Ojalá la revolución siria se caracterice por trazar la línea divisoria entre la cultura de la dictadura y la cultura de la libertad, pues a pesar de las muchas dificultades, especialmente en la etapa de la resistencia armada, esta revolución da a la cultura árabe una lección de ética y pone de manifiesto la falsedad del conocimiento global, que ha terminado convertido en un papagayo que repite las mismas palabras y se identifica con los asesinos.

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