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Sobre nuestra realidad

Fuentes: Rebelión

Nadie dijo que conquistar altos niveles de justicia social en un mundo en el que predomina el sistema capitalista sería tarea fácil.

Lo que sí es indiscutible, y de ello se ha encargado abiertamente la ideología neoliberal, es que el capitalismo tardío solo sabe de competencia, de ganancia, de especulación financiera, de espionaje industrial, de robo de cerebros, de expoliación incesante de los recursos del planeta, de generar pobreza, y no se identifica en nada con el concepto y propósito de la justicia social. Ese es un tema y desvelo del socialismo.

Y sí, hay que hablar de socialismo como contraposición al capitalismo. La olímpica afirmación de que carece de sentido hablar de “capitalismo” o de “socialismo” porque la economía es una, es un despropósito que desorienta, confunde y de últimas boicotea el objetivo estratégico de ampliar y consolidar la tan ansiada y justificada justicia social para todos.

En ese afán, la revolución cubana ha transitado por diferentes modelos, sin haber alcanzado aún la necesaria eficiencia económica, pero defendiendo siempre -tanto como le han permitido sus capacidades-, la justicia social, la equidad, la solidaridad, la inclusión. Y no lo ha podido hacer en paz, sino bajo el incesante asedio del Estado estadounidense.

Sacar el bloqueo de la ecuación al analizar la realidad cubana es una inmoralidad. Desconocer la agresividad imperialista contra Cuba también, como también es una inmoralidad esconder los errores, las deficiencias y la incapacidad culpando de todo al bloqueo.

Aún así hay logros a destacar, en primer lugar el haber resistido y continuar resistiendo al imperialismo. Pero no son pocos los resultados en muchos otros terrenos, más valiosos aún pues se han alcanzado y mantienen en medio de los embates del vecino del norte.

Comienza a parecer algo lejano lo ocurrido el 11 de julio, pero sería ingenuo pensar que no existen factores causales actuantes en nuestra sociedad que pueden ser aprovechados por la aviesa intención del vecino del norte de hacer desaparecer el ejemplo de la revolución socialista cubana.

No se trata ahora de justificar nada, sino de trabajar, porque de cualquier manera la situación la tenemos nosotros en nuestro suelo y no van a cesar los factores externos que procuran el caos y la pérdida de esperanzas. Y los hechos también nos han recordado la importancia de compartir -y ello de modo sistemático- la oficina y las reuniones que naturalmente son necesarias, con el permanente contacto con el pueblo.

Y me resisto a la expresión “bajar a la base” porque ella recuerda que quienes la emplean, quizá inconscientemente, por costumbre y con la mejor de las intenciones, están diciendo que ellos están “arriba”. También me resisto al empleo del verbo “subir”, porque suena a demagogia. Ni el primero, ni el segundo, expresan la horizontalidad y la real identificación fraternal y respetuosa entre cubanos, sean cuales sean los deberes que nos toca cumplir en los que unos cargan con mayores responsabilidades que otros, pero todas importantes y necesarias en el empeño de trabajar unidos y salir adelante. No olvidemos que el lenguaje sirve para expresar la realidad, pero también la construye.

No se trata solamente de hacer todo lo que es posible hacer explorando las posibilidades materiales que un razonamiento esquemático impedía encontrar, y paliar y mejorar en todo lo posible la deuda acumulada en los barrios y comunidades más empobrecidas, sino de adentrarnos en las causas más profundas, en cómo hacer sentir al ciudadano que su palabra y su modo de enfocar los problemas tienen valor real en las decisiones que le resultan más cercanas y no solo en las grandes definiciones políticas. No por gusto nuestro presidente ha recalcado en sus encuentros con vecinos en los barrios que son ellos quienes deben indicar las prioridades. La práctica en el ejercicio del Poder Popular tiene que ser esa a lo largo y ancho del país.

La aprobación del presupuesto local, por ejemplo, si bien debe ser responsabilidad de los representantes que el pueblo ha elegido, tiene antes que explorar todas las vías para que ese sea un presupuesto construido con la más amplia participación de la ciudadanía en cuyo escenario cotidiano se ejecutarán las acciones. Representar, articular, convocar, conducir, no suplantar.

También es necesario profundizar en por qué hubo personas jóvenes en esos barrios menos favorecidos que, sin embargo, han tenido a disposición los medios para superarse, para convertirse -como lo hacen cientos de miles de jóvenes en Cuba- en obreros calificados, técnicos, maestros, profesionales y ser útiles al país, y tuvieron en esas manifestaciones un comportamiento marginal y agresivo. Esos jóvenes constituyen el primer blanco de influencia y manipulación de la contrarrevolución que sueña con incentivar una espiral de violencia y caos.

Hoy estamos enfrascados en una batalla con desafíos simultáneos, todos urgentes, todos difíciles, y muchos son los dilemas que debemos resolver, pero se van ganando pequeñas y no tan pequeñas batallas. Y no estamos huérfanos de conocimientos, experiencias, organización y capacidades, con los que podremos continuar, a partir de un profundo análisis crítico de nuestra experiencia socialista, la reconstrucción del modelo. Uno cuyo propio funcionamiento implique y permita desde un metabolismo socioeconómico sano, fluido y eficaz y desde el empoderamiento creciente del pueblo trabajador, el aligeramiento y mayor eficiencia del Estado revolucionario y que logre reproducir hábitos y valores socialistas desde un sentimiento de ciudadanos libres.

Siempre pienso en el optimismo y en la asombrosa fuerza del pueblo cubano, unido en torno a su independencia, a su soberanía, a su ideal de justicia social. Una fuerza consciente cultivada y multiplicada por el cambio cultural que significó y significa la revolución socialista cubana. Un misterio para el imperialismo estadounidense, un orgullo para nuestro pueblo.