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El santoral de los borbones

Sofía, o los intríngulis de la onomástica

Fuentes: Viento Sur

En noviembre de 2005, finalizando nuestro comentario sobre el infantesco nombre de Leonor Primera de España y Ninguna de Grecia o Alemania, ante la previsible avalancha de españolitas bautizadas con ese mismo nombre, concluíamos con una rotunda sentencia: «los plebeyos, no debemos uncir nuestro destino al carro del nominalismo regio». En otras palabras, estando la […]

En noviembre de 2005, finalizando nuestro comentario sobre el infantesco nombre de Leonor Primera de España y Ninguna de Grecia o Alemania, ante la previsible avalancha de españolitas bautizadas con ese mismo nombre, concluíamos con una rotunda sentencia: «los plebeyos, no debemos uncir nuestro destino al carro del nominalismo regio». En otras palabras, estando la Historia repleta de reinas Leonoras a cual más sanguinaria y desfachatada, no parecía el mejor de los nombres posibles. Por si hubiera resultado escasa aquella sesuda amonestación, hoy volvemos a la carga, esta vez a propósito de otro principesco nacimiento y de otro nombre segundamente infantesco: el de Sofía.

Habiendo nacido una segunda Infanta del reyno de las Expatrañas -tra ka trá-, urge preguntarnos: ¿a cuála encopetada Sofía debe copiar su tocaya recién parida? O, dicho en términos ponderadamente finos, ¿a qué magna Sophia debe encomendarse la recién germinada y homónima Infanta de España?

Echemos una rápida ojeada -gracias, Google-, a las Sofías de sangre azul que pueblan esa Historia ampulosamente llamada «Universal» -historia tan formidablemente universal como gigantesco resulta ese charco de renacuajos al que llaman mediterráneo-. ¿Cuántas Sofías figuran en el Gotha oksidental? Primera sorpresa: apenas hay reinas y aristócratas con ese nombre. Más aún: hasta mediados del siglo XIX, no hay ninguna. Primera conclusión: la nobleza huye de la sabiduría -o sophia-. Conclusión irrefutable que coincide plenamente con el sentido común pues, como bien saben nuestras costillas, la aristocracia sólo está interesada en el poder, los asesinatos, el sexo en la oscuridad y las armas en bandolera.

Por su parte, los ejércitos -la otra cara de las monarquías-, tampoco prestaron nunca la menor atención a la sofía. De hecho, eludían todo lugar que recordara de cerca o de lejos esa palabra. Por ello, la historia sólo recoge un incidente con, aproximadamente, ese nombre: la batalla de Sapienza (1354), allá donde los genoveses derrotaron a los venecianos. Pero es fama que ambos bandos se lamentaron de haber escogido, por error, un sitio con nombre tan sombrío. [Por lo demás, las sucesivas peleas por la ciudad búlgara de Sofia no hacen a este caso pues las ciudades pierden su nombre a medida que crecen; como se demuestra recordando que, hoy, para el común de los búlgaros, Sofia significa «la baticueva donde nos roban las ovejas»]

En fin. Después de arduas investigaciones, hemos llegado a la verdad concluyente y excluyente: la Sofía histórica que ha de servir de faro de erudiciones, brújula en las encrucijadas y espejo de virtudes a la recién Sofía, es Sofía de Baviera (1805-1872). No hay otra posible, ninguna otra homónima se la iguala, la elección es indubitable; por ello, desde ahora ponemos a Sofía de las Expatrañas bajo la advocación de esta aristócrata bávara.

No nos cabe la menor duda de que el lector/a ratificará nuestra elección cuando lea la resplandeciente semblanza de esta luminaria, Sofía de Baviera (en adelante Sofi B). He aquí una vida ejemplar, una existencia dedicada a los más altos y bajos y hasta medianos intereses. He aquí una biografía holista o sistémica -total, vamos-. Hela, la propia vida de Sofi B:

A sus 19 primaveras, se casa con un tal archiduque Franz Karl pero, como su marido es un débil mental con ningún atractivo aparte de ser pariente del emperador de Austria-Hungría y este Imperio ha caído en la órbita napoleónica, pues, como previsible consecuencia, Sofi B se esmera en sus afeites hasta que logra convertirse en amante del hijo de Napoleón Buonaparte, un figurín que zangolotinea por la corte vienesa y al que llaman Napoleón Franz, por otros títulos duque de Reichstadt y ex rey de Roma. Este lechuguino tiene, además, el gran atractivo de ser seis años más joven que ella. O sea, que Sofi B seduce a un prepúber de trece años. En nuestros días -y si Sofi B hubiera sido plebeya-, nadie la libraría de un proceso por el delito de abuso de menores.

Dado que el pipiolo todavía no está en agraz sexual, Sofi B. ha de esperar a que madure. En 1830, seis años después de su boda, Sofi B pare a su primogénito Francisco José -futuro emperador y estrella de cine por otorificación-. ¿No es extraño que tarde seis años en parir? No, si echamos cuentas y hallamos que, para esta fecha, el otrora adolescente ha alcanzado casi la veintena -es decir, ya está madurito para la procreación-.

«La espera valió la pena», debió pensar Sofi B porque no sólo continuó aferrada a su joven concubino y semental sino que, dos años después, parió a Maximiliano -al que luego fusilarían en México-, vástago tan parecido físicamente al napoleoncito que nadie dudó de su hilazón biológica. Ahora bien, llegados a esta reincidencia, hemos de conceder la palabra a las dos escuelas historiográficas que han opinado sobre los sucesos que ocurrieron simultáneamente al regio embarazo. Y es que, estando Sofi B en el propio trance de parir, el ex rey de Roma asomó por la puerta… del Averno. Queremos decir, que se murió. Joven y ya criando malvas: los nobles también lloran.

Hasta aquí el dolor pero nos resta la interpretación de los historiadores. Muerte extraña la de un joven así. Tan anómala que ha dado lugar a dos opiniones: para unos sabios, Sofi B le envenenó, para otros, simplemente le agotó. Razones no les faltan a ambas escuelas pues bien pudiera haber ocurrido que Sofi B, observando que declinaba la estrella napoleónica, diera por concluido su affaire -y es obvio que lo concluyó de forma harto expeditiva-. Pero, en aras de la más pulcra objetividad y a falta de pruebas concluyentes, no podemos descartar que, simplemente, dejara vaciado al sementalito. Exhausto. Consumido en lecho ajeno.

No estamos capacitados para terciar en esta polémica. Sea como fuere, Sofi B sigue en sus trece alcahueteros y, dieciséis años después -ya estamos en 1848-, por fin la encontramos recogiendo la cosecha de sus años como amante de Metternich, un carcamal cuyo (dudoso) sex appeal emanaba de ser el verdadero rector del Imperio. Como fruto de sus habilidades, ese venturoso año nuestra heroína consigue que su primogénito sea nombrado Emperador. Como peripecia cortesana, no está nada mal: a sus 43 septiembres, Sofi B es ya Emperatriz Madre.

Con esta subitánea entronización, vuelven las polémicas historiográficas. Para unos, Sofi B salva al Imperio; para otros, la salud del Imperio la importaba un rábano puesto que lo único que tenía en mente era ser la mamá del mandamás. Como ya vimos en la anécdota del petimetre extenuado, razones no les faltan a ninguno de los bandos.

En apoyo de la primera tesis, está el hecho clamoroso de que el anterior emperador era absolutamente incapaz. En efecto, el emperador Fernando de Austria (1793-1875), era retrasado mental, epiléptico, cabezón, hidrocéfalo, deforme y narigudo; su labio inferior se le caía como a todos los Habsburgos. Lo que más le divertía, era enrollarse en cartones y rodar como una pelota. Y esa era la menor de sus destrezas. Otras dignas de mención fueron:

a) sus pajes cazan un águila y el Emperador dicta: «Esto no puede ser un águila porque sólo tiene una cabeza» (el águila del blasón de los Habsburgos es bicéfala). O de la influencia de la heráldica en las anomalías aviarias.

b) cuando estalla la revolución de 1848 (tiene 55 años), pregunta: «¿El pueblo está autorizado para hacer una revolución?». No es de extrañar que éste fuera casi su último pronunciamiento oficial.

c) cuando, a sus 42 años, le hacen emperador, resume su proyecto político en una frase memorable: «Como soy el emperador, si quiero fideos, me los como». Poco más puede pedírsele a una testa coronada. Pero este Fernando siempre se superó a sí mismo. Poco después, habiendo saboreado las mieles imperiales, pronunció una sentencia que define la monarquía mejor que ningún tratado de filosofía política: «Gobernar es fácil; lo difícil es rubricar tu nombre». ¿Hay quien dé mejor praxis de líderadura?

Al igual que en la polémica antes citada, tampoco en ésta podemos terciar. Juzgue el lector/a si Sofi B salvó al Imperio Austro-Húngaro al destronar a tan atolondrado emperador o si, por el contrario, hubiera conspirado igualmente aunque el emperador fuera una lumbrera. Pero, a la hora de opinar, tengamos en cuenta los enredosos vericuetos por lo que transcurrió la existencia de la Sofi B pre-emperatriz. Y, en definitiva, queridísimo plebeyo, piénselo dos veces antes de llamar Sofía a ninguna de sus hijas -prudentísima admonición y causa primera de estas líneas-.

Finalmente, hagamos un guiño doméstico: la protagonista de esta historia ejemplar -catecismo en el que debieran abrevar todas las infantas-, casó a su hijo con una tal Isabelita o Elizabeth, más conocida como Sissí. Dirán los cinéfilos: «Ah!, así que ésta Sofi B es la mamá del más empalagoso emperador que ha aparecido en las pantallas…, con razón aparece como la malvada suegra de Romy Schneider!».

Justicia poético-histórica: la suegra fílmica del untuoso soberano fue la madre real de Romy-Sissí. Es decir, que la señora de Schneider escogió representar un parentesco gubernativo (madre política o suegra) frente a la hija de sus entrañas. ¿Puede haber mayor confusión entre lo real y lo ficticio, lo cortesano y lo familiar, lo interesado y lo altruista? Curiosamente, éste es el único detalle de esas tramposas películas que se ajusta a la verdad histórica. Pues tal debió ser, en efecto, la relación de Sofi B con el resto del mundo, sus vástagos incluidos. Para ella no hubo nunca parientes de primer grado. Al igual que urde el resto de la aristocracia mundial, ellos sólo son gradas de la escalera al trono. Una escalera llena de mierda, real y hasta imperial como la vida misma.

[Por nuestro mucho miedo, nada vamos a comentar de otras Sofías bastante más cercanas a la nueva Infanta. Por ejemplo, de su abuela paterna SG, por nombre completo Sofía Margarita Victoria Federica Glyksbourgk (o Glucksburgo, la villa de Gluck), 1938- ]