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Subjetividad y fuerza social

Fuentes: Rebelión

Entre las izquierdas se suele hacer un paralelismo sobre la relación entre subjetividad y relaciones sociales y económicas bajo la pugna y el ascenso de la burguesía frente al Antiguo Régimen y los retos actuales de las capas democrático-populares y feministas frente al bloque de poder dominante. La diferencia sustancial de los dos procesos es […]

Entre las izquierdas se suele hacer un paralelismo sobre la relación entre subjetividad y relaciones sociales y económicas bajo la pugna y el ascenso de la burguesía frente al Antiguo Régimen y los retos actuales de las capas democrático-populares y feministas frente al bloque de poder dominante. La diferencia sustancial de los dos procesos es la distinta especificidad del poder y el carácter de la fuerza social emergente.

Esa tradición moderna valora, adecuadamente, que durante varios siglos, en el desarrollo del capitalismo, la penetración burguesa en las instituciones y el cambio social y cultural se establecía desde dentro de la propia economía, con nuevas relaciones mercantiles y productivas, cuyo control le facilitaban nuevas estructuras de poder estructural. La lucha político-cultural o la voluntad general eran más fáciles de conformar para el cambio político.

Sin embargo, hoy día, en esta fase neoliberal y globalizada, el control económico e institucional del bloque de poder establecido, a pesar de la participación popular y la regulación democrática, es mucho mayor. Las fuerzas emergentes no pueden asentarse en grandes estructuras económicas e instituciones propias decisivas, autónomas del poder económico y estatal. El llamado tercer sector, el cooperativismo o la cogestión son muy limitados, frágiles y dependientes. La gestión político-institucional alternativa es más dificultosa y limitada. El riesgo de repetir esquemas y caer en el idealismo es más fácil.

Así, las capas dominadas, sin apenas relevante control económico y político-institucional, tienen que profundizar en sus capacidades y fortalezas: masividad y densidad de sus vínculos y prácticas sociopolíticas con fuerte desarrollo democrático, es decir, asociacionismo popular, participación pública, activación cívica o contrapoder sociopolítico y en instituciones representativas. Eso es lo que le proporciona la base para cierta estabilidad en la participación popular y su representación social y política en las instituciones del Estado o en el área pública de la economía, siempre en pugna con las tendencias neoliberales, privatizadoras y monopolizadoras del poder.

Esa infravaloración de la activación democrática de la mayoría social y la fragilidad del poder institucional de las izquierdas y fuerzas alternativas si no se asienta en esa participación cívica masiva, junto con la sobrevaloración de la capacidad transformadora de la simple gestión institucional, es lo que no ha valorado suficientemente la socialdemocracia de la tercera vía y el eurocomunismo del compromiso histórico, ambos en crisis.

Por tanto, en esta fase, el ritmo del cambio político y el económico es asimétrico. Como las fuerzas alternativas de progreso están en condiciones de mayor desventaja posicional en las estructuras económicas y de poder, les es más fundamental ese componente sociopolítico ventajoso de su inserción democrática. Y la subjetividad popular y su articulación cívica es todavía más importante, pero en la medida que está enraizada en una fuerza social alternativa. Lo decisivo para el cambio es construirla ya que está basada en una nueva dinámica práctica de la gente progresiva o democrático-igualitaria-solidaria que refuerza la propia subjetividad.

Los discursos no tienen solo una función instrumental; los valores cívicos y la cultura popular democrática y de justicia social se enraízan en la experiencia relacional y las necesidades sociales y dan soporte a la acción colectiva transformadora.

La pareja de objetivos convencionales, participar o controlar las instituciones y construir la voluntad general por una élite, suele infravalorar el aspecto principal: la conexión y activación democrática masiva, a veces desconsiderada como movimiento social impotente o instrumentalizada como electorado receptor para la legitimación de una determinada élite representativa.

Habrá que volver al principio de realidad, a la práctica social, el sentido de la justicia y la voluntad transformadora de la gente subalterna. En todo caso, y vinculado a la debilidad de las fuerzas alternativas de progreso, están los límites de una teoría crítica democrático-igualitaria y emancipadora a desarrollar. Pero es mejor valorar el problema que engañarse con falsas soluciones, apelando a emociones sin definir.

Antonio Antón. Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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