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Hoy, ayer y mañana

Tenerlo claro, sólo una lucha es posible

Fuentes: Rebelión

En los últimos meses, posiblemente a causa de la crisis que todo lo ampara, se ha intensificado la campaña de acoso, derribo y descrédito hacia los sindicatos. Entiendo necesario aclarar que al hablar de los sindicatos, me refiero a CCOO y UGT, organizaciones sindicales mayoritarias por la voluntad democrática de los trabajadores/as, y genuinas representantes […]

En los últimos meses, posiblemente a causa de la crisis que todo lo ampara, se ha intensificado la campaña de acoso, derribo y descrédito hacia los sindicatos. Entiendo necesario aclarar que al hablar de los sindicatos, me refiero a CCOO y UGT, organizaciones sindicales mayoritarias por la voluntad democrática de los trabajadores/as, y genuinas representantes del sindicalismo confederal de clase, y una unidad de acción consolidada. Esta permanente campaña negativa puesta en marcha por la derecha política, mediática, económica y cultural se ha convertido en una especie de mantra que tiene entretenida a una parte de la sociedad y eufórica a ese electorado conservador que vomita sobre los sindicatos parte de sus exabruptos ideológicos más rancios.

Lo más sorprendente, y lo que me ha motivado a escribir este artículo, es como una parte de la sociedad que se encasilla en la izquierda, o al menos se define como progresista, se ha sumado alegremente a este carrusel antisindical, como si una nueva moda arrasara las bases culturales más arraigadas de la clase trabajadora y, en una especie de contaminación social, perciban a los sindicatos de clase, sus más cercanos representantes, como elementos prescindibles, o como parte de un problema de mayor envergadura.

En esta campaña la derecha y cierta izquierda minoritaria (y aclaro que no me refiero a siglas u organizaciones concretas) se basan, generalmente, en argumentos distintos y en otros casos coincidentes. Sin embargo, en la más rancia tradición hispánica, los sindicatos (repito CCOO y UGT) han sido convertidos en una especie de nuevos chivos expiatorios culpables, por acción u omisión, de todos los males y desgracias de este país. Así la crisis económica, el paro, la precariedad y reformas laborales, el fraude fiscal, la deslocalización industrial, la corrupción, y un largo etc son culpa de la actitud pasiva, cuando no cómplice, de las cúpulas sindicales a lo largo de los años, según cierto imaginario colectivo que mamando los mensajes perfectamente adobados por determinados medios de comunicación, han logrado convertir a los sindicatos en un tótem negativo donde clavar de manera gratuita las frustraciones colectivas de la sociedad.

Y esto, para desgracia general, es fácil ya que como decía Marcelino Camacho, los sindicatos siempre han sido los hermanos pobres de la democracia.

Entre los argumentos de la derecha predominan dos de manera especial. Por un lado cuestionan la escasa representación y afiliación de CCOO y UGT cuando los datos reales demuestran justamente lo contrario, que desde la puesta en marcha de este modelo legal, ambos sindicatos han ido creciendo tanto en representación en las empresas como en afiliación entre los trabajadores, con los altibajos normales en periodos de crisis. Por otro lado, de manera facilona recurren al manido argumento de las «millonarias» subvenciones que reciben y callan a los sindicatos, cuando la realidad oficial es otra, que toda subvención recibida por CCOO ha sido debidamente justificada (como no puede ser de otra manera), y obviando, que los sindicatos (todos los sindicatos) deben tener derecho a una financiación pública y transparente como cualquier otra organización que cumpla una función social.

Sin embargo, es en el campo de determinados círculos de la izquierda, donde los argumentos pueden ser más lacerantes, implicando a la vez un desafío positivo para el conjunto del movimiento sindical ante la necesidad de dar respuesta a estos ataques del «fuego amigo».

Podemos leer con cierta asiduidad en determinados medios, redes sociales y foros de debates en los que se mueven algunos sectores «alternativos» de la izquierda como se culpabiliza a CCOO y UGT de la escasa respuesta social ante los desmanes de los gobiernos, de ser organizaciones entregadas, de estar inmersas en una lógica pactista y por ello su escasas ganas de responder a los gobiernos de turno, y de ahí, con un elevado grado de infantilismo y simpleza, se acaba concluyendo que son esas y no otras las razones que justifican el supuesto distanciamiento de la clase trabajadora de los sindicatos, la escasa afiliación y la representatividad menguante.

Se acusa a los sindicatos mayoritarios de haberse «instalados» en el sistema, de haberse «aburguesados» desde la transición, como si fuesen las únicas organizaciones que tienen la responsabilidad histórica de superar o embridar al capitalismo. Y sin embargo cabe preguntarse ¿son los sindicatos las únicas organizaciones que se han «instalado»? ¿donde ha quedado toda esa sopa de letras que era la izquierda política, social y cultural con el devenir de los años? ¿no ha acabado en buena parte «instalada», «aburguesada» o simplemente integrada en el sistema? Si ello es así ¿por qué solo se mira y se sataniza a los sindicatos? ¿Y el resto de movimientos sociales? Se les acusa de haberse desideologizado, y si ello fuese cierto, cabe preguntarse ¿solo los sindicatos y no el conjunto de la sociedad?

¿Por qué no exigen otras responsabilidades en el plano público? Hoy las sociedades occidentales se mueven entre la derrota de la quimera socialdemócrata, la impotencia de la izquierda alternativa (o revolucionaria si se prefiere) para levantar una propuesta de cambio y la quiebra – afortunadamente – de la tan publicitada teoría del fin de la Historia con la que el capitalismo de fin de siglo quería arrinconar a los pueblos al estar éstos en un proceso global de contestación, y todo ello inmersos en un intenso y agresivo proceso de recomposición del capital internacional que arrastra la construcción democrática de Europa y que embarca al mundo en una vorágine de guerras neocoloniales al sur del Mediterráneo.

Se les espeta a los sindicatos mayoritarios que la clase trabajadora les da la espalda porque no movilizan, o cuando lo hacen es tarde, mal, a desgana, sin fuerzas. Si ello fuera así de simple ¿Por qué no movilizan y convocan huelgas generales los otros sindicatos minoritarios y/o corporativos ya que también tienen esa potestad legal? ¿será por qué (ellos sí) son conscientes que no tienen representatividad ni capacidad de convocatoria ni de influencia en la clase? ¿si CCOO y UGT convocan huelgas generales, movilizaciones y manifestaciones tarde y mal por qué siempre aprovechan esos momentos para ampararse bajo las faldas movilizadoras de los sindicatos mayoritarios, la más de las veces para criticarlos? Si debido a esta mala praxis sindical la afiliación se cae en los sindicatos mayoritarios ¿por qué los trabajadores/as no se afilian en masa a las siglas de los minoritarios y/o corporativos?

Se les echa en cara a los sindicatos mayoritarios que ejercen una representación deficiente en la mayoría de los centros de trabajo ¿Pero dónde están presentes otros sindicatos minoritarios y/o corporativos los trabajadores están mejor representados y defendidos? ¿Hay mayor afiliación? ¿hay mejores convenios colectivos? ¿Por qué no se lo preguntamos a miles de trabajadores/as de ciertas grandes superficies comerciales donde están desterradas nuestras siglas frente a otros sindicatos «independientes? En algunas administraciones públicas donde pululan los corporativos ¿están los trabajadores/as mejor organizados y en mejores condiciones? En las comunidades autónomas en las que existen importantes sindicatos nacionalistas ¿está la clase trabajadora en mejores condiciones? ¿Se ejerce una práctica sindical distinta? ¿Hay mayor afiliación? Mucho me temo que no.

CCOO y UGT, como es obvio, no están presentes en otros países europeos donde se han producido fuertes agresiones sociales y retrocesos laborales. ¿Fue la poderosa IG Metall alemana culpable de las reformas laborales de los gobiernos germanos tanto socialdemócratas como conservadores? ¿Pudieron las históricas Trade Unions británicas frenar la ofensiva neocon de Thatcher y sucesores? Y en Italia, ¿ha podido la CGIL y otros sindicatos frenar las políticas de ajuste neoliberal, o son culpables los sindicatos griegos de las agresiones constantes del capital internacional y la sumisión de sus gobiernos? ¿Qué han hecho mal la CGTP portuguesas para sufrir el marasmo de recortes sociales en Portugal (por cierto el único país europeo donde se produjo una revolución de orientación socialista desde la segunda guerra mundial)? El problema, el debate y las soluciones son muchos más profundas que tres recetas de salón y tres consignas.

Sin embargo estas opiniones obvian las razones de fondo que lastran una mayor implantación de los sindicatos mayoritarios en las empresas, en la clase trabajadora y en el conjunto de la sociedad.

Obvian que en España, y por ley, hay cerca de cinco millones de trabajadores de Pymes que no pueden elegir ningún tipo de representante sindical, y que por lo tanto los aleja de una natural sindicación. Obvian que en el tejido productivo español donde predominan las Pymes es complicado garantizar la presencia estable del sindicato. Obvian que España padece una elevada tasa de paro estructural que dificulta la afiliación de estos trabajadores/as. Obvian que, también por ley, los sindicatos españoles tienen muy pocas prerrogativas o competencias legales, a diferencia de otros países europeos que llegan a controlar las prestaciones por desempleo y sociales, por ejemplo. Obvian que las sucesivas reformas laborales han ido excluyendo, también por ley, a sectores de trabajadores de la acción de los sindicatos, por ejemplo ETTS. Tan solo a modo de ejemplo, claro está.

Por otro lado existe un latente debate de fondo, y que a diferencia de lo que algunos creen no es nada nuevo, sobre el papel del sindicato en una clase trabajadora en constante cambio debido a los vertiginosos cambios introducidos por los nuevos métodos de producción y organización capitalista y la aplicación de las nuevas tecnologías en el proceso productivo, el papel del consumismo y de los medios de dominación de masas, en especial desde la década de los sesenta. Debate que reaparece con fuerza en estos momentos de crisis de identidad, y de la aparición de otras formas de organización y respuesta ciudadana en una coyuntura de amplio desconcierto, y en la que se plantea cual es hoy el sujeto social de transformación, debate que tampoco es nuevo, y para el que tampoco hay respuestas absolutas.

En determinados sectores, también organizados políticamente, se cuestiona o se relega el papel del sindicato en la sociedad como interlocutor de la clase trabajadora, cuando no se niega esa capacidad de representación apostándose por otras formas «nuevas», incluso enfrentadas o superadoras a las formas obsoletas por tradicionales que pueden representar los sindicatos mayoritarios. El debate también viene de lejos, nada menos que desde el siglo XIX, y es que no entender que la lucha económica (en el lenguaje clásico), y por lo tanto reformista por sí misma, es el papel fundamental del sindicalismo lleva a pensar a determinados sectores en el rol subalterno, cuando no prescindible, del sindicato.

Frente al anquilosamiento y desprestigio de los sindicatos que no plantan cara al capitalismo salvaje, piensan algunos, la buena nueva son los movimientos sociales emergentes, llámese 15 M, Democracia Real Ya, etc … olvidándose que tras esas explosiones sociales,( necesarias y positivas), llegaron tres aplastantes victorias electorales del PP (municipales, autonómicas y generales) y una vendaval neoconservador que se creía superado por la Historia. También a finales de los sesenta del siglo pasado los principales países capitalistas occidentales conocieron un proceso «espontaneo» de contestación social por parte de sectores juveniles, estudiantiles y una parte de la sociedad que ya no se sentía representada por los sindicatos y la izquierda tradicional. Aquel proceso, aunque abrió paso a ciertas corrientes como el pacifismo, el ecologismo o el feminismo, no dejó de reforzar las estructuras fundamentales del sistema capitalista y las tendencias más conservadoras en lo político, lo que viene a demostrar las complejidades del sistema y su capacidad de integrar o amortiguar las disidencias sociales.

En este devenir se ha asumido como natural que esas expresiones ciudadanas de cabreo son la salida ante la falta de respuestas y alternativas de los sujetos tradicionales, entre ellos los sindicatos, quedando invalidados como actores de la resistencia y del cambio. Sin embargo puede ser que todo sea al revés, y que esas explosiones de cabreo sean la consecuencia o la continuación, aunque sea parcial, de las movilizaciones sociales que han estado impulsando los sindicatos, que ha sido las únicas organizaciones (con todas las limitaciones que se quieran) que han mantenido la capacidad movilizadora, de respuesta y crítica de una buena parte de la sociedad ante distintos gobiernos y políticas.

Hace unos días pude leer un artículo en el que el autor se preguntaba enfadado sobre qué hacía CCOO frente a los desahucios. La respuesta es simple. CCOO además de ser una de las entidades promotoras de la ILP ha sido la organización que más firmas ha recogido a nivel nacional, aunque estos hechos hayan pasado desapercibidos para aquellos que por ignorancia o premeditación les interesa acabar con las organizaciones sindicales.

También hace unos días y dentro de un encuentro de distintas familias de la izquierda anticapitalista se insistía en la necesidad de la movilización permanente como solución frente a las políticas de la Troika. Movilización como una especie de bálsamo de fierabrás que todo lo sana. Si solo fuese la movilización en Grecia habrían dado la vuelta a la situación con más de veinte huelgas generales en tres años. Movilización, por supuesto, propuesta alternativa imprescindible, y en el caso de los sindicatos, forzar un acuerdo satisfactorio para la clase si es posible ¿o acaso no es lo que hacemos y exigimos en las empresas?

Aceptar las críticas por los errores, ejercer mayor grado de autocrítica en determinados momentos, cierta imagen de institucionalización, las insuficiencias y limitaciones del sindicalismo confederal de clase, y algunas posiciones políticas que se han adoptado a lo largo de los años, (por ejemplo, en mi opinión, sobre la construcción europea que se han demostrado erróneas) son todos elementos que se deben de corregir en la medida de las posibilidades, pero no se puede aceptar las flechas ácidas de la derecha ni las consignas pueriles de ciertos sectores anclados en un análisis superficial cuando no infantil (el izquierdismo es una vieja enfermedad diagnosticada hace ya bastantes años) que pretenden deslegitimar al sindicato que represento frente a otras opciones sindicales, sociales o políticas, sean o no emergentes.

Todos conocemos, en determinados ambientes, gente que es tan revolucionaria y lo tiene tan claro que no es que no estén afiliados a CCOO sino que no pertenecen a ningún sindicato. El capital siempre ha encontrado quien le haga el caldo gordo.

Desde la transición se han convocado ocho huelgas generales, desde los años ochenta y noventa se han enfrentado un fortísimo proceso de reconversiones industriales que motivaron muchas huelgas generales en las comunidades autónomas y sectores afectados, miles de marchas, de movilizaciones, de manifestaciones, de encierros,…en todos estos hechos ha estado presente CCOO. ¿Es suficiente legitimación? Entiendo que sí, sin caer en la autocomplacencia.

CCOO, la mayor organización social de este país, donde históricamente han convivido todas las sensibilidades de la izquierda y de la clase trabajadora, es posiblemente la expresión más depurada de la unidad de la izquierda de este país desde el Frente Popular, y nadie ni nada le ha regalado su prestigio ni su presencia social e institucional. CCOO ha obtenido su legitimidad a lo largo de los años por diversos caminos, y ninguno fácil. Gana su primera legitimidad histórica en su lucha obrera y política contra la Dictadura en los plomizos años cincuenta, sin medios, con miedos y mucha valor de unos cuantos valientes, de muchos represaliados, muchos años de cárcel acumulados y algunos muertos, legitimidad y prestigio que no para de acrecentarse en la dictadura gracias al arrojo innegable e inteligencia de aquellos sindicalistas. Gana su legitimidad en su apuesta por la apertura a una democracia frágil en aquellos años de la transición (aunque hoy más de 30 años después haya una corriente, que comparto, de revisión de las decisiones adoptadas por la izquierda española). CCOO mantiene su legitimidad en las empresas creciendo en afiliación y ganando democráticamente año tras año las elecciones sindicales. CCOO, en definitiva, basa su legitimidad en las miles de movilizaciones que ha impulsado y en las que ha estado presente, y muy especialmente, en todas las huelgas generales que ha convocado en España a gobiernos de distinto color pero con las mismas políticas.

Por supuesto, todo es mejorable y el sindicato tiene que hacer un esfuerzo de empatía con aquellos trabajadores/as que nos ven en la lejanía, en la desconfianza, seguir dando respuestas a los problemas viejos y nuevos, apostar por un reforzamiento ideológico pero de ahí a querer laminar el papel del sindicato existe un buen trecho, y que se haga desde algunos sectores radicados en la izquierda, o al menos en la progresía, es simplemente infumable. Si el sindicalismo confederal de clase llega a debilitarse aún más en la sociedad, el resto será un paseo militar.

Emilio Fernández González. Secretario General de CCOO de Huelva

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