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Hace 40 años la policía armada asesinó a cinco trabajadores en una jornada de huelga general

Tres de marzo de 1976, la sangre obrera inundó Vitoria

Fuentes: Rebelión

El disco del cantautor Lluís Llach «Campanades a morts» rinde memoria a los cinco asesinados por la policía armada española en Vitoria, el tres de marzo de 1976, durante una jornada de huelga general. Romualdo Barroso, Pedro María Martínez Ocio, Francisco Aznar, José Castillo y Bienvenido Pereda. La actuación de los «grises» provocó además 150 […]

El disco del cantautor Lluís Llach «Campanades a morts» rinde memoria a los cinco asesinados por la policía armada española en Vitoria, el tres de marzo de 1976, durante una jornada de huelga general. Romualdo Barroso, Pedro María Martínez Ocio, Francisco Aznar, José Castillo y Bienvenido Pereda. La actuación de los «grises» provocó además 150 heridos de bala. El episodio representó la cara más negra de la loada y exportada Transición española a la democracia. Junto a los cinco muertos en la capital alavesa, la Asociación Víctimas 3 de marzo (Martxoak 3 Elkartea) incluye en la nómina de represaliados a Juan Gabriel Rodrigo, de 19 años, y a Vicente Antón Ferrero, de 18, que murieron en Tarragona y Basauri en el contexto de las manifestaciones solidarias con los obreros de Vitoria. En una protesta ante la embajada española en Roma también murió por los disparos de los agentes Mario Marotta, de 53 años, un transeúnte que casualmente pasaba por el lugar.

El tres de marzo se organizaron y emprendieron la lucha en Vitoria fábricas principalmente del metal, pero también del sector químico y de la madera, entre otras. Las factorías se habían constituido en forma de asamblea y se dirigían a sus «comisiones representativas», integradas por miembros revocables. La representatividad asamblearia era también un espacio en disputa con el sindicalismo vertical. En la época se impulsó una «coordinadora» de todas las «comisiones representativas» (cada fábrica tenía la suya), que en Vitoria duró aproximadamente tres años. Los partidos y sindicatos no estaban todavía legalizados, de modo que en las reuniones clandestinas (de la llamada «vanguardia» obrera) -en las que participaban militantes del Movimiento Komunista de Euskadi, la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), Comisiones Obreras, Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), Partido del Trabajo de España (PTE) y la Organización de Izquierda Comunista (OIC), entre otros- se empezó a pergeñar algún tipo de movilización obrera en la capital vasca, en un contexto de varios años de congelación salarial decretado por el Gobierno en el conjunto del estado español.

«Decidimos que esa situación había que romperla», recuerda Iñaki Martín, hoy miembro del sindicato vasco Convergencia de Izquierda Sindical (ESK) y de la Asociación Víctimas 3 de marzo, pero que ese mismo día de 1976 formaba parte de las «comisiones representativas» de la fábrica de automóviles Mevosa (Mercedes-Volkswagen SA), en Vitoria. En aquel momento había convenios pendientes de renovación, principalmente en la metalurgia, por lo que se trataba de salir a la calle con una plataforma diferente y romper con la congelación salarial que afectaba a todos los sectores. «Se logró llegar a una unificación de plataformas reivindicativas para todas las fábricas, aunque en principio del metal», recuerda Iñaki Martín, en un acto de homenaje a los asesinados en Vitoria organizado por la Coordinadora Obrera Sindical (COS) en el Casal Obrer i Popular Francesc Santa Catalina de Valencia.

Factorías del sector de la química y la madera, cuyos convenios tendrían que renovarse más adelante, se sumaron a la plataforma. La dictadura trataba de evitar que coincidiera la firma de los convenios laborales de diferentes sectores, lo que agrandaría el conflicto. La plataforma organizó una huelga a la que se adhirió la clase obrera, aunque no todos los sectores se sumaran al mismo tiempo. Empezó Forjas Alavesas, a continuación Mevosa, la fábrica de cremalleras Areitio, la química Cablenor, la factoría de armas Gabilondo… El proceso de huelgas en Vitoria había comenzado en enero y terminó en el mes de marzo. «Los empresarios no querían negociar, respondieron con el cierre patronal», destaca Iñaki Martín. Poco a poco se fueron incorporando pequeños talleres de diferentes ramos, estudiantes universitarios así como de los institutos, y el pequeño comercio. Las huelgas no eran exclusivas de la ciudad vasca, pues el movimiento se iba extendiendo por el estado español: Madrid, Barcelona, Sevilla, Granada… Las autoridades entendieron muy pronto que el conflicto de Vitoria ponía en cuestión las estructuras del franquismo. Se trataba de una pelea abierta, cara a cara, con el sindicalismo vertical.

Iñaki Martín subraya la importancia que adquirieron en Vitoria las asambleas y las «Comisiones representativas». «Era un movimiento totalmente horizontal, todos los días nos juntábamos en las asambleas y decidíamos sobre cualquier cosa: la huelga, las reivindicaciones, maniobras de la patronal, qué hacer con los esquiroles, las cajas de resistencia…». El veterano sindicalista agrega que en otras ciudades se seguía una estrategia diferente: «La gente de Comisiones Obreras intervenía dentro del sindicato vertical; se habían presentado a las elecciones dentro del sindicalismo oficial e intentado copar la mayoría de puestos de jurados y enlaces». La batalla contra la patronal de la época tampoco era una fábula con final amable. No se dice en los libros de Historia Contemporánea de España, pero «los empresarios estuvieron entre los grandes responsables de la matanza de Vitoria; fueron intransigentes durante toda la huelga, no quisieron negociar porque no nos consideraban representativos». Según la patronal, la representatividad residía únicamente en los enlaces y jurados del sindicato vertical. Los Inspectores de Trabajo actuaban de «mediadores» para trasladar los planteamientos de los patronos. «Nos llegaron a transmitir, de parte de los empresarios, amenazas en el sentido de que habría sangre si no entrábamos a trabajar: y así sucedió», explica Iñaki Martín.

El tres de marzo por la mañana ya se vio que la huelga general era un hecho en la ciudad de Vitoria. Las fábricas y los comercios cerraron, los estudiantes no asistieron a los colegios… Se paralizó la capital. Culminaba así un proceso de tres meses de conflictos laborales en diferentes empresas. Antes del día señalado en rojo, hubo otros dos llamamientos a la huelga general en Vitoria «que no salieron muy bien», reconoce Iñaki Martín. La presencia de la policía armada y la guardia civil en la calle era mayor de lo habitual el tres de marzo. Intentaban, sobre todo, evitar la concentración de grupos de personas. Las asambleas se celebraban en iglesias, lugares en los que la policía no podía impedir las reuniones. Todas las empresas en conflicto tenían una parroquia de referencia en la que reunirse. Por ejemplo Mevosa, en la iglesia de Los Ángeles.

Una vez a la semana se convocaban asambleas conjuntas de todas las factorías en lucha en la iglesia de San Francisco de Asís, en el barrio obrero de Zaramaga, donde se perpetró la matanza. El día de la huelga general había programada una asamblea de todas las empresas, en la que se preveía una participación muy amplia. Cuando Iñaki Martín se acercó a la iglesia de San Francisco, estaba ya rodeada por la policía. «No nos dejaron pasar». En la zona estaban los «grises», mientras que la guardia civil se emplazó preferentemente en las afueras, para controlar las entradas y salidas a la ciudad. A las 17,00 horas había aproximadamente 5.000 personas en la iglesia de San Francisco, y fuera otras tantas (como mínimo) que no pudieron entrar porque lo impedían los agentes armados.

Los policías comenzaron a lanzar pelotas de goma y botes de humo, que rompían las vidrieras de la iglesia y penetraban en el recinto. Presa del pánico y ante la posibilidad de morir ahogados, los congregados huyeron. «Entonces los iban acribillando, recuerda Iñaki Martín, murieron cinco pero podían haber sido 300». «En la calle nos quedamos arrojando piedras a la policía, para distraerlos y que no machacaran a quienes salían de la iglesia». Ese día, después de la escabechina, la ciudad se quedó vacía, como un «fantasma». No se veía un alma por las calles, tomadas por los «grises». Como si se hubiera declarado el «toque de queda». A Iñaki Martín le detuvieron cuando se dirigía a la asamblea de Mevosa, junto a un compañero de la empresa Cablenor. Los dos sindicalistas permanecieron tres días en la comisaría antes de ingresar en prisión. El resto de los considerados «cabecillas» lograron escaparse. «Nos propinaron bastantes palos, golpes y puñetazos», recuerda Martín. Ante las expectativas de la huelga general del tres de marzo, el Ministro de la Gobernación Fraga Iribarne trasladó a Vitoria, expresamente, a agentes de la Brigada Político-Social de Madrid.

En la catedral vitoriana se celebró un funeral de masas. Cuando la multitud pasó por delante de la comisaría, reivindicó la libertad de los sindicalistas detenidos. Por esa razón se les subió a un piso superior de la sede policial, donde se oían las consignas de la calle. La policía amenazó a los detenidos con metralletas, apuntándolos al tiempo que les decían: «Si la gente entra en la comisaría os vamos a disparar». Los agentes temían un asalto. «Como entren aquí, los primeros en caer seréis vosotros». A una parte de los dirigentes sindicales se les encerró en la prisión de Nanclares de la Oca (Álava), acusados de «sedición» y «rebelión», a otros «cabecillas» finalmente detenidos se los llevaron a Madrid. Iñaki Martín evitó el juicio debido a la amnistía de octubre de 1977. Cuatro décadas después, apunta las responsabilidades: Alfonso Osorio, ministro de la Presidencia; Fraga Iribarne, titular del Ministerio de la Gobernación y quien le sustituía en marzo de 1976 (ya que Fraga se hallaba en Alemania): el ministro secretario general del Movimiento, Adolfo Suárez; y el titular del Ministerio de Relaciones Sindicales, Martín Villa. «Evidentemente, fueron ellos los responsables».

El sindicalista se apoya en las declaraciones de las autoridades. «El gobernador civil de Álava, Rafael Landín Carrasco, reconoció en una entrevista que los empresarios le exigían todos los días mano dura con los huelguistas; él recibió órdenes expresas de Fraga y de Martín Villa para que el movimiento se cortara de raíz». Asimismo, «Fraga afirmó que no podía tolerarse que un movimiento revolucionario pudiera contagiar la Transición que se estaba preparando». El recuerdo -y las responsabilidades- de los hechos de Vitoria persiguen como una sombra al consenso sin ira de la Transición española. En que no queden sepultados trabaja la Asociación Víctimas 3 de Marzo (Martxoak 3 Elkartea), nacida en 1999 e integrada por heridos, afectados y familiares de los asesinados en marzo de 1976. Piden justicia, verdad y reconocimiento. Además de organizar jornadas y conferencias, se han personado en la «querella argentina» por los crímenes del franquismo y presentado una queja ante la Comisión de Peticiones del Parlamento Europeo por las muertes de Vitoria. Su presión también ha influido en que el consistorio de la capital alavesa haya aprobado iniciar acciones judiciales por la masacre del tres de marzo y se persone como acusación en la «querella argentina» contra la impunidad de la dictadura.

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