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Una reflexión republicana sobre Cataluña

Fuentes: Rebelión

Sabido es que hoy en Cataluña vivimos días de exageración procesal. Días y días de días históricos al final de los cuales aparentemente no pasa nada. Ninguna frontera nueva o restaurada, de momento. La actividad política, los movimientos sociales que los Mossos (policía autónoma catalana) no castigan y hasta la vida familiar de los que […]

Sabido es que hoy en Cataluña vivimos días de exageración procesal. Días y días de días históricos al final de los cuales aparentemente no pasa nada. Ninguna frontera nueva o restaurada, de momento. La actividad política, los movimientos sociales que los Mossos (policía autónoma catalana) no castigan y hasta la vida familiar de los que allí vivimos está, en mayor o menor medida, dominada por el denominado procés (proceso). El mérito para dividir a la sociedad catalana entre buenos y malos según uno esté a favor o en contra del procés es, a día de hoy, incuestionable. Una división por razones identitarias que no tiene parangón en la historia reciente de un territorio tradicionalmente caracterizado por la inmigración.

El procés nos quiere llevar hasta la independencia d’aquest país que és tan petit (de este país que es tan pequeño), glosando una conocida canción del músico folclórico Lluís Llach, ahora politizado hasta la médula en cuanto diputado por Junts pel Sí, y que quiere hacer cosas grandiosas. País conocido hoy como Cataluña, pero que tradicionalmente las clases popular lo han llamado la terra (la tierra), sin más concreción. De momento, el procés no nos ha llevado a ningún lugar tangible que no sea la eternidad del propio procés. Pese a lo cual Cataluña camina hoy hacia la independencia. O eso dicen. Pero aún permanece dentro de España. Del reino de España.

Parto de un período pasado para hacer una reflexión de presente y una propuesta de futuro. El último régimen en el cual el jefe de Estado no es ni un dictador ni un borbón, la Segunda República, abrió una vía imposible antes que hacía compatible la integridad territorial de España con los anhelos de libertad de Cataluña, demanda histórica y compartida entre las clases dirigentes y las clases populares de este autoproclamado y pequeño país. Desgraciadamente, aquella España que concedió determinadas cotas de poder político a Cataluña pierde la última guerra civil (1936-1939).

Sus vencedores tienen una visión de España uninacional y totalmente incompatible con ningún reconocimiento de tipo identitario o de hecho diferencial. En 1975 vuelven los borbones y, poco después, la democracia parlamentaria como sistema político. Pero aquella España de los años treinta del siglo pasado ya no volvió. La Generalitat, el gobierno autónomo catalán, se recupera. Pero no se recupera ni la República como sistema político ni ninguna otra institución de este régimen democrático que el fascismo internacional venció a través de la guerra.

Los cambios de régimen conllevan cambios de mentalidades. No por haber restaurado la democracia se han restaurado los referentes ni las mentalidades de aquella España vencida. Pongamos algunos ejemplos. Como norma general, después de la muerte del dictador los presidentes autonómicos catalanes no asisten a la fiesta «nacional» de España el Doce de octubre, por otra parte celebración nacida de la extrema dreta española hostil a la Segunda República y, aún hoy, con clarísimas connotaciones imperialistas. Así que los presidents no son las únicas autoridades españolas que renuncian a acudir a un acto que debería representar a todos y no ofender a nadie.

Ahora bien, la no asistencia de los presidentes catalanes contrasta con lo acontecido en la Segunda República, simplemente República de aquí en adelante. Entonces los presidentes autónomicos, siempre acompañados de una parte importante del pueblo catalán, acudían, por supuesto, a la celebración del Once de septiembre, institucionalizado en aquel entonces como fiesta catalana. Pero también acudían, y con sincero entusiasmo, a los actos del Catorce de abril, día de celebración de la España republicana.

El imaginario colectivo constituye otro ejemplo. A menudo se ha considerado el catalanismo como un movimiento transversal que, como tal, aglutina a las diferentes clases sociales catalanas, pasando por encima de sus contradicciones de clase. Corriente que apaivaga las reivindicaciones de las clases populares y concede el liderazgo del catalanismo a las clases dirigentes. Soy partidario de otra interpretación, que considera el catalanismo como dos correintes distintas y contrapuestas que comparten la petición de poder político para Cataluña, pero poco más.

En este sentido, el catalanismo conservador lo representa la Lliga (liga) durante la República y desde mucho antes. Y el catalanismo popular lo representa Esquerra Republicana (traducido como izquierda republicana, no tiene nada que ver con el partido de Azaña, de ámbito estatal, y es el mismo partido que existe hoy, aunque con diferencias importantes comparado con lo que era durante la República, cuando se situaba ideológicamente mucho más a la izquierda que actualmente).

Los primeros quieren este poder político para tenerlo en Barcelona, mientras que los segundos quieren convertirlo en un instrumento para favorecer a las clases populares catalanas. Y más aún: para que estas mejoras sociales impulsadas desde del gobierno catalán abarquen también a las clases populares de las tierras hermanas de la República y, si fuera posible, a las clases populares de todo el mundo, a la humanidad entera. Razón por la cual Esquerra llama a su diario La Humanitat (la humanidad).

La finalidad de la Lliga, que abarca a la burguesía catalana, es disponer de un gobierno para defender sus intereses privados y de clase sin tener que pasar por Madrid. La Lliga ya no existe, pero hay quienes, con otro nombre o sin él -la antigua Convergència es una víctima más del procés que ella misma desató-, representa estos mismos intereses de la minoría dirigente. Por esto su imaginario colectivo, y en buena parte el del actual catalanismo dominante, es una procesión de catalanes notables: reyes, virreyes pretéritos y recientes, generales, industriales. Todos socialmente excluyentes, no pocos explotadores y algunos objetivamente corruptos. (Borja de Riquer ha escrito sobre Francesc Cambó, uno de los próceres de aquellos tiempos)
Por contra, la finalidad de Esquerra es poner este instrumento al servicio de las clases populares. Por esto su imaginario considera personajes que la otra tradición del catalanismo a menudo ignora o menostiene. Referentes inequívocos del republicanismo catalán como Ildefons Cerdà, que diseñó una ampliación de Barcelona conocido como el Eixample (el ensanche) para que fuera un espacio ejemplar urbanísticamente, pero sobre todo para que fuera un espacio compartido entre las clases populares y las clases dirigentes, lo que redundaría en una mejora de las condiciones higiénicas de las viviendas de las primeras. Finalmente, las segundas hacieron prevalecer su preeminencia y se lo quedaron para sí, relegando a las clases populares en barrios marginados o en las denominadas casas baratas, en las afueras de la ciudad, pues el centro debía ser un espacio exlusivamente burgués.

O Anselm Clavé, que la memoria burguesa solamente recuerda como un tipo folclórico que montó unos coros, els cors de Clavé (los coros de Clavé), para que los obreros fueran a cantar después de su durísima jornada laboral y no se pasaran sus casi inexistentes horas de descanso cantando -bebiendo- en las tabernas. Información insuficiente, pues, aparte de las consideraciones humanitarias del bueno de Clavé, la memoria del catalanismo burgués ignora que éste actuaba así porque la cultura era lo primero que podía cambiar. Una vez conseguido mediante los coros, que no sufrían la censura como otras actividades, para este republicano vendría todo lo demás.

Entrando en una discusión recientemente protagonizada por Francisco Morente y Joan B. Culla en El País, la Lliga toma la parte por el todo y denomina a su portavoz mediático, siempre en forma de periódico en aquella época, La Veu de Catalunya (la voz de Cataluña). Ellos, y solo ellos, son la única voz y los amos del país, así como los únicos autorizados para gobernarlo entonces, ahora y siempre. Son muy catalanistas, excepto cuando llega la larga noche del franquismo, cuando se pasan a la lengua del supuesto país vecino, el castellano, porque hace más fino. Frase literal. Mientras tanto, las clases populares catalanas, autóctonas o no, sufren los efectos sociales de la dictadura y mantienen o aprenden el catalán.

Hoy la estrategia procesal se obsesiona con la falsa elección entre independencia o la nada. Aspiración que parece queren obtener mediante un apoyo electoral masivo. Y también sin. Durante la República, Esquerra entendió que, sin fuerza social interior ni apoyo diplomático exterior suficientes, la independencia se convertía en una quimera, era una lucha estéril. Y aplazó la independencia a cambio de un gobierno autónomo que, además de garantizar mejoras para una mayoría social, establecía las bases para una República federal.

Poco antes del estallido de la guerra civil uno de los objetivos del gobierno del Frente Popular era la aprobación de sendos estatutos de autonomía para Vasconia y Galicia. Andalucía y Valencia se plantean los suyos y la cosa iba en aumento. En una propuesta de hazmerreír, pero con un trasfondo importante, la derecha española más retrógrada, que nunca aceptó la República ni la democracia y por esto contribuyó a gestar el golpe de Estado con el que pretendía liquidarla, se inventa la necesidad de un estatuto de autonomía para Castilla la Vieja, región nuclear de lo que representa la nación española en su versión más conservadora. Sería una operación para proteger las esencias patrias que defiende el nacionalismo español conservador ante el rumbo que iba a tomar la República, que llevaba hacia un cambio de identidad española.

Se pasaría de un Estado-nación exluyente y totalmente incompatible con ningún hecho diferencial a otra identidad, plural y, a decir de José Luis Martín Ramos, multinacional. Modelo federal inspirado en el soviético, pero que también compartía Esquerra. España dejaría de ser la de los reyes godos, Católicos o Austrias para convertirse en el marco de convivencia de las clases populares de todas las Españas, de toda la República. En este contexto, la independencia no solamente era imposible. También era absolutamente innecesaria. La guerra acabó con esta posibilidad, lo cual no impide que no pueda recuperarse.

Entenderá el lector que me baso en la idea de República del fatídico año 36, la del Frente Popular. No hablo del período inicial del régimen, en el cual las políticas redistributivas de Esquerra se limitaban a los autóctonos y, con la ayuda del separatismo más intransigente endógeno o alógeno al partido, parecía tener la siguiente consigna para los trabajadores llegados desde otras regiones de la República: expulsarlos del país, devolverlos a España. Por no hablar del proyecto estrella en materia de urbanismo: demoler el barrio del Raval, entonces, ahora y siempre cuna de los movimientos sociales de carácter popular. (Chris Ealham, cuyo director de tesis es Paul Preston, ha escrito sobre todo ello y sobre otros puntos de este ensayo) .

Separatismo violento de clara inspiración fascista que parece volver a la palestra con incidentes como la agresión a un político de izquierdas, se deduce que no suficientemente catalanista, que fue a hacer pedagogía en favor de la polémica exposición en el Born. Incidente que Salvador López Arnal relaciona con aquella funesta tradición. Me baso, en definitiva y también como propuesta de presente, en una República que no busca recuperar un pasado fragmentado y disgregador, sino que construye un futuro compartido e integrador.

Una reflexión: ¿tiene sentido conseguir la independencia si no supone una mejora en la condición de una mayoría social? Creo que, independientes o no, las demandas sociales son inaplazables y prioritarias en el marco de una sociedad enferma de austeridad. Y que España puede ser un búnquer, pero que no es irreformable. Y que las fuerzas que sostienen el orden actual han empezado su declive después del suicidio del PSOE en la investidura de Rajoy.
Además, y a decir de Yanis Varufakis, pensar que algo no se puede cambiar es de derechas y del todo incompatible para quienes dicen ser de izquierdas. Hay quienes están cansados de chocar con una España aparentemente irreformable y desisten de transformar esta colectividad amplia para centrarse en una más pequeña y, por ello, supuestamente más fácil de transformar. Creo que con el paso del tiempo descubrirían que el poder de las élites para mantener sus privilegios no depende del tamaño de su Estado.

Si decidimos quedarnos y modernizarnos todos se necesitará la participación de Cataluña. Aquí el voto en unas elecciones generales acostumbra a ser más favorable a la izquierda que en el conjunto de España, tanto en las últimas elecciones de la República como en las celebradas en este régimen actual de Transición o segunda Restauración borbónica.

Sin olvidanos que Cataluña tiene competencias propias y que aquí las izquierdas sí suman mayoría parlamentaria, aunque actúan separadamente por efecto procesal. Porque, de momento, las prometidas políticas de izquierdas del macrogobierno de Junts pel Sí brillan por su ausencia. Esto sí, han legislado sobre todas las competencias que no tienen porque, de este modo y según el decir de Miquel Iceta, Madrid, que en este caso tiene que pronunciarse sobre la obviedad de que el gobierno autonómico no dispone de estas competencias, aparece siempre como malo. Y en lo que pueden legislar, no lo hacen, como demuestra la desautorización del president hacia la propuesta de su propio consejero de Economía, que pretendía subir el IRPF en los tramos más altos.

Si se logra la independencia de Cataluña, espero que sus futuros dirigentes no decidan independizarse también de las reivindicaciones de las clases populares catalanas. Si así ocurriera, se haría realidad aquella máxima gatopardiana según la cual a veces todo tiene que cambiar para que nada cambie. Dicho de otro modo: cambio político sin cambio social. Prefiero que el nuevo Estado, o la Tercera República, se rija por otra máxima, propuesta en este caso por el reconocido y recientemente fallecido Miquel Caminal: no hay libertad sin justicia.

Salud y República.

Edgard Sansó. Doctorando en Historia en la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona

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