Recomiendo:
0

Urge cambiar nuestra manera de habitar el planeta

Fuentes: Rebelión

«Debemos aprender a vivir juntos como hermanos o moriremos juntos como necios». (Martin Luther King Jr.)

La clave para vivir de una forma socialmente justa y ecológicamente sostenible es sencilla: mimetizar con los pueblos indígenas en su arte ancestral, que consiste en vivir en armonía y reciprocidad entre los pueblos y con la Madre Tierra. Cuanto más nos acercamos al colapso de la civilización termoindustrial, más fácil es anhelar la desconexión voluntaria del sistema y la construcción de un nuevo modelo civilizatorio que, según palabras de Moira Millán, «genere una revolución del pensamiento, transforme nuestros valores y nuestra manera de concebir la vida». Cada crisis es una nueva oportunidad para renacer, para modificar nuestra forma de vida. ¿Qué necesitaríamos para llevarlo a cabo?

Un cambio de paradigmas

Tenemos una necesidad imperiosa de borrar de nuestro cerebro los mitos del antropocentrismo y retornar a nuestras raíces ecocéntricas. Previamente, habría que desenmarañar esos mitos que pululan por nuestro cerebro:

¿No existen límites para la especie humana?

El filósofo y activista Jorge Riechmann, exponiendo los mitos en los que está basado el capitalismo, dice en su libro Simbioética que nos encontramos ante una «crisis civilizatoria inminentemente ética, caracterizada por una situación de extralimitación». Nos han convencido de que todo lo podemos, de que no tenemos límites. Sin embargo, el autor recuerda que los humanos no somos más que «holobiontes en un planeta simbiótico».

Lynn Margulis fue la primera en usar el término ‘holobionte’ hace unos 30 años, refiriéndose a la entidad formada por la asociación de distintas especies, que funcionan al unísono. Dado el porcentaje de material genético microbiano que reside en nuestro cuerpo, si el genoma fuese el criterio en la clasificación taxonómica, los humanos estaríamos en el reino Monera, con las bacterias, y no en el reino Animal. Solo somos una especie más, eco e interdependiente y spervulnerable.

Volviendo un instante a Riechmann, este insta a asumir el lugar que nos corresponde en el planeta, aceptar la existencia de límites biofísicos y admitir que el capitalismo (que requiere de energía y recursos ilimitados) es inviable. Reconoce que no va a ser fácil ya que, además de una reflexión ético-política, es necesario un radical viraje cultural. Aunque «las transiciones graduales y ordenadas que se hubieran podido emprender en los años setenta no resultan ya posibles», nos anima con sus textos y con su ejemplo a no abandonar la lucha ecosocial.

¿No hay más alternativa que la cultura de la dominación?

A pesar de lo que Margaret Thatcher dijera, en estos tiempos convulsos de amenaza bélica global, Álvarez Cantalapiedra invita a renunciar a la cultura de la dominación, con el fin de construir una paz que nos lleve a actuar con conciencia global. Este autor subraya que los problemas actuales son planetarios, no entienden de fronteras y, aunque de forma diferenciada, afectan a todas las personas y organismos vivos. Advierte de que la paz ambiental se contrapone al modelo de vida del Norte global, impuesto por el capitalismo, que mantiene los modelos de crecimiento y de explotación neocolonial de recursos, que causan la crisis ecosocial.

Por su lado, Irene Comins encomienda a sustituir el paradigma de la dominación por el del cuidado. Habla sobre la urgencia de una nueva ética del cuidado con valores desgenerizados. Dice que esta ética «debe y puede universalizarse más allá de los roles de género, como valor humano». Contrapone la autoconciencia aislada del pensamiento occidental antropocéntrico a una necesaria autoconciencia ampliada, que tenga en cuenta nuestra interconexión íntima con la biosfera. A la vez, habría que reemplazar esa visión mecanicista y reduccionista de la naturaleza, por otra organicista en la que dejemos de ver el medioambiente como una fuente económica y volvamos a considerarlo como el fundamento que sostiene la vida.

¿Nos movemos solo por el egoísmo y la competencia?

Pablo Servigne y Gauthier Chapelle, contrarrestando el mito de la ley del más fuerte, escribieron el libro La ayuda mutua: la otra ley de la selva. Más tarde, Servigne explicaba cómo el liberalismo tergiversó las palabras de Darwin para su conveniencia: él no dijo que la ventaja estuviese en los más fuertes, sino en los más aptos, es decir, la clave de la supervivencia no está en la fortaleza sino en la capacidad de adaptación.

Durante siglos nos han hecho creer que la competencia es la única ley del mundo de los seres vivos y que esta es beneficiosa para toda la sociedad. Sin embargo, lo que no nos han dicho es que el individualismo es un lujo, solo de nuestra época desmesuradamente rica, gracias a los combustibles fósiles. Este lujo nos ha dado un sentimiento falso de independencia, muy peligroso para la supervivencia de una sociedad. Tampoco es cuestión de negar la existencia de la competencia en la biosfera, el problema es institucionalizarla y basar en ella las relaciones sociales. Soportamos la competencia durante un periodo de tiempo corto y esta nos ayuda a progresar. No obstante, a largo plazo es tóxica.

Deberíamos fijarnos en la naturaleza, donde existe un equilibrio entre el egoísmo y el altruismo. En todo ecosistema, cuanto más rico es el medio más se desarrolla el individualismo, pero cuanto más hostil se muestra el medio más se propaga la cooperación. En los humanos también existe esa dualidad. Sin embargo, a la cultura capitalista dominante le conviene que olvidemos que somos seres racionales y emocionales, con tendencia al apoyo mutuo o al individualismo, según las condiciones que nos rodean. En nuestras manos está potenciar uno u otro.

Servigne advertía de que el problema no es la escasez de recursos y energía en sí misma (tenemos experiencia en ese aspecto) sino llegar a esa escasez con una cultura del egoísmo.

Asimismo, Darwin y Kropotkin avisaban de que las especies con más posibilidades de sobrevivir son aquellas que saben encontrar la clave en la solidaridad, las más cooperativas. El resto de seres vivos nos muestran el camino a través de su ejemplo.

Una vida en simbiosis

En Planeta simbiótico, Lynn Margulis habla sobre las relaciones de interdependencia entre organismos de diferentes especies. Recalca que la simbiosis no es un fenómeno marginal o raro, sino natural y común, pudiendo encontrarla por todas partes y con una relevancia vital en los ecosistemas. Además de explicarnos la simbiogénesis que la hizo famosa, destaca varios casos clásicos de organismos simbiontes. Como los avances científicos nos descubren maravillas continuamente, vamos a presentar algunos de los hallazgos más recientes:

Los vínculos entre especies van desde un comportamiento colaborativo puntual hasta la endosimbiosis (cooperación irreversible en la que un organismo pasa a vivir dentro de otro). Encontramos apoyo mutuo entre orcas y delfines a los que se les ha visto nadar juntos en la costa oeste de Canadá. La orca podría comerse al delfín, pero prefiere seguirle cuando está localizando bancos de salmones. Las orcas transportan el alimento a la superficie y lo trocean para compartirlo con los suyos, mientras los delfines se aprovechan de las sobras. Una colaboración más estrecha se produce en aguas profundas entre una anémona y un cangrejo, a unos 200-500m en las costas del Pacífico cerca de Japón. La anémona secreta carcinoecium, expandiendo y reforzando el caparazón del cangrejo, haciendo su tamaño mayor al de sus familiares. A cambio se alimenta de los desechos del cangrejo. 

Un tipo de chinche con un hongo experimentan un paso más allá. En las patas de chinches hembras, que han alcanzado la madurez sexual, se ha observado una estructura que funciona como un órgano simbiótico, en cuyo interior vive un hongo. Este último cubre los huevos del insecto, creando una especie de manta que protege los embriones del ataque de las avispas. Por último, mencionamos un estudio reciente sobre la endosimbiosis de una bacteria que vive en el interior de las células de un insecto hemíptero. Esta bacteria ha ido perdiendo la mayor parte de sus genes durante los cientos de millones de años en los que ha evolucionado (como hicieron los microorganismos que dieron lugar a las mitocondrias). En estos momentos posee el genoma identificado más pequeño, que solo permite proveer de un aminoácido a su hospedador (fenilalanina) que el insecto usa para fabricar su exoesqueleto. Estos son únicamente cuatro casos de los innumerables que ya conocemos.

Cualquiera que se acerque al estudio de la biosfera comprueba que la ayuda mutua no es anecdótica, sino un motor evolutivo. No obstante, se diría que los humanos no somos realmente conscientes de lo que nos estamos jugando, lo que puede conllevar romper los vínculos entre nosotros y con el resto de especies. Al encontrarnos al final de la cadena trófica, no somos esenciales en el mantenimiento de la vida. La Madre Naturaleza y el resto de las especies no nos necesitan. Somos absolutamente prescindibles. Por lo que apoyarnos mutuamente debería ser nuestro objetivo principal, si queremos sobrevivir como especie.

Como decía Margulis: «No importa lo mucho que nos preocupe nuestra propia especie, la vida es un sistema mucho más amplio. Es una increíble y compleja interdependencia de materia y energía entre millones de especies fuera (y dentro) de nuestra propia piel (…) Sin «los otros» no sobreviviríamos».

Una cultura de la ayuda mutua

Pablo Servigne en su último libro Le réseau des tempêtes. Manifeste pour une entraide populaire (La red de tempestades. Manifiesto por una ayuda mutua popular) destaca un estudio sobre los efectos de una ola de calor en Chicago en 1995 en la que murieron unas 700 personas vulnerables. En el barrio North Lawndale el aislamiento social era extremo, por lo que durante la crisis no se activó ninguna movilización colectiva. Sin embargo, en South Lawndale tenían un tejido social denso y no les costó improvisar una red de vigilancia, que salvó muchas vidas. ¿Cuál fue la diferencia? Una infraestructura invisible (a la que el autor llama red de tempestades) basada en la empatía, la confianza, la reciprocidad… que pone a la gente espontáneamente en movimiento y que tiene un papel vital en tiempos de crisis. Resumamos las claves identificadas por el colapsólogo: 

El quid de la cuestión está en reconocer que el obstáculo principal reside en nuestra cultura moderna, no en nuestra naturaleza, ya que los humanos somos seres hipersociales. No tenemos que luchar contra nuestros genes sino contra los falsos mitos que han introducido en nuestro cerebro. Por ello es posible pasar de una cultura individualista a otra basada en la acción colectiva, cuyo principal motor sea la ayuda mutua. Es tan fácil como prepararnos para la adversidad construyendo tejido social. Servigne hace una llamada a reaccionar todos juntos, sin esperar a que el sistema nos salve.

El capital social juega un papel fundamental en la resiliencia de las comunidades. Al final, la calidad de los lazos sociales es más importante en las crisis que los factores físicos, materiales o financieros. Da lo mismo el tipo de catástrofe, la resiliencia comunitaria es la que va a determinar su capacidad para resistir, adaptarse y reconstruirse después; según Daniel P. Aldrich, profesor de ciencias políticas que sufrió con su familia el huracán Katrina.

Además de ahondar en detalles sobre los distintos tipos de vínculos —densos, ligeros, de afinidad, de proximidad— o los pasos para densificar el tejido social —según el grado de confianza—, da algunos consejos sobre la tarea a realizar a nivel personal —pasar de víctima pasiva a activista— como la colectiva: iniciar o formar parte de un pequeño grupo de relaciones robustas, que acoja, que decida democráticamente, que trabaje conjuntamente con otros grupos…

En un mundo en el que las catástrofes se multiplican, un imaginario pacífico es una herramienta de supervivencia masiva. Aunque los cambios culturales sean lentos y necesiten mucho tiempo, la transformación puede empezar aquí y ahora, con nuestro ejemplo o a través de las narraciones que compartimos. Una actitud cooperativa se hace contagiosa y los hábitos pueden terminar por instaurar un relato común. Otros pueblos han construido su unidad sobre paradigmas diferentes a los nuestros (maximizando la paz, reciprocidad o responsabilidad colectiva). Todavía podemos inspirarnos en ellas/os para reinventar nuestro propio imaginario.

El liderazgo de los pueblos indígenas

El secretario general de la ONU, António Guterres, reclamó al inicio de la COP30 una transición justa que conlleve que «los pueblos indígenas lideren el camino». Insistió en que «sus conocimientos y su plena participación iluminen el camino hacia un planeta habitable».

En este sentido, la activista mapuche, Moira Millán, en su libro Terricide. Sagesse ancestrale pour un monde alterNATIF (Terricidio. Sabiduría ancestral para un mundo alternativo) presenta el terricidio como todas las formas en las que el sistema capitalista agrede la vida: no solamente los genocidios, los feminicidios o el ecocidio, también algo que se menciona menos, el epistemicidio. Al intentar borrar otras cosmovisiones ancestrales, pretenden que creamos que existe una cultura única, una sola manera de entender e interpretar el mundo.

Millán explica cómo los Estados temen que la forma de pensar de los pueblos originarios invada al resto de entendimiento y esperanza. Su sistema de valores propone una relación de equidad y reciprocidad entre los pueblos que cohabitan un territorio. Por ejemplo, Argentina ocupa un espacio arrebatado a unas cuarenta naciones autóctonas que han vivido allí en armonía durante miles de años, desde antes de la formación de los Estados. A pesar de hablar lenguas diferentes, se entendían, llegaban a acuerdos sin necesidad de fronteras ni líneas de demarcación. 

Pueblos nómadas, como los mapuches, jamás se han organizado en Estados. Siempre han practicado un modelo de democracia directa y participativa. El sistema de clases piramidal y la idea de tener un líder les llegó con la colonización. A día de hoy, la lógica de los Estados-Nación y, aún peor, la corporocracia (gobierno de las empresas, normalizado en Occidente) les parece extraño y perverso. 

La descolonización conllevaría librarnos no solo de las alambradas que rodean los territorios, sino las de nuestras mentes y conciencias, plantea Millán.

Desde hace varias décadas, han comenzado a difundir ese arte de habitar el planeta, con el fin de constituir una nueva manera de vivir, una alternativa civilizatoria, nacida del consenso del Buen Vivir como un derecho. Ese modelo sería anticapitalista, antipatriarcal, anticolonial, que recupere el vínculo con la Tierra, que promueva la soberanía alimentaria, que nos reinvente hacia una nueva ontología orientada al cuidado mutuo… 

Los pueblos indígenas saben que un mundo milenario mejor ha sido posible y juntos podemos recuperarlo. Llevan siglos luchando contra el terricidio y ahora muchas/os, también desde el Norte global, nos sumamos a su lucha. Quizá Murray Bookchin estaba en lo cierto cuando contaba en Ecología de la libertad que la devastación ambiental, económica y política nació en el momento en que las sociedades humanas comenzaron a organizarse jerárquicamente y que la pesadilla continuará hasta que se disuelva la jerarquía y los seres humanos desarrollemos estructuras sociales más sostenibles e igualitarias. Algo sobre lo que reflexionar.

Referencias bibliográficas

Álvarez Cantalapiedra, S. (2024) «Cambiar de paradigma para construir la paz del siglo XXI». Papeles de relaciones ecosociales y cambio global 165. pp.5-12.

Alternatives Economiques (2018) « La loi du plus fort est un mythe ». Entretien à Pablo Servigne.

Arias, A. (2023) «Holobiontes en un planeta simbiótico»151515

Bookchin, M. (2022) Ecología de la libertad. Ed. Capitán Swing

Caballero, A. (2025) Guterres pide que la cumbre de Belém sea un «punto de inflexión»: la inacción climática es «una negligencia mortal»RTVE

Comins, I. (2024) «Ética del cuidado de la Tierra». Papeles de relaciones ecosociales y cambio global 165. pp.13-22.

Fortune, S. et al. (2025) «Orcas team up dolphins to hunt salmon, study finds: Cooperative foraging between dolphins and fish-eating killer whales». Nature.

King Jr., M.L. (1967) «The World House» Human Rights Library. University of Minnesota. Source: King Jr. M.L. (1967) Where Do We Go from Here: Chaos or Community? Harper & Row Publishers.

Margulis, L. (1998) Planeta simbiótico (versión en castellano descatalogada).

Michalik, A. et al (2026) «Convergent extreme reductive evolution in ancient planthopper symbioses». (Publicado en NewScientist) «Microbe with the smallest genome yet pushes the boundaries of life» by Buehler, J.

Millán, M. (2025) Terricide. Sagesse ancestrale pour un monde alterNATIF (Traducido del original en castellano Terricidio. Sabiduría ancestral para un mundo alterNATIVO). Ed. des femmes Antoinette Fouque.

Oliver, E. (2021) Reseña de « L’entraide. L’autre loi de la jungle ». 151515

Riechmann, J. (2026) «Mis dos juicios penales por protestas climáticas». Rebelión climática.

Sánchez Contreras, J. (2025) Despojos racistas. Hacia un ecologismo anticolonial. Ed. Anagrama.

Servigne, P. (2025) Le réseau des tempêtes. Ed. Les liens qui libèrent.

Stoktad, E. (2025) «These stinkbugs coat their eggs in fungi to protect them from parasitic wasps» Nature.

Yoshikawa, A. et al. (2025) «Mutualism on the deep-sea floor: a novel shell-forming sea anemone in symbiosis with a hermit crab»Royal Society.

Esther Oliver Bióloga y educadora ambiental .https://www.linkedin.com/in/esther-oliver-145a7a97

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.