Los barrios kurdos de Sheikh Maqsoud y Ashrafieh, en Alepo, no son enclaves urbanos marginales, sino espacios estratégicos donde se han condensado las contradicciones no resueltas de la crisis siria. Mucho antes de la emergencia de la experiencia de Rojava, estos barrios desarrollaron formas de autoadministración de facto que no respondían a un proyecto separatista, sino a la autodefensa colectiva y a la participación democrática en un contexto de colapso estatal.
Cuando las fuerzas opositoras expulsaron al ejército de Asad de Alepo en 2012, las comunidades kurdas aseguraron el control de estas zonas, marcando una trayectoria política distinta tanto del centralismo baasista como del autoritarismo yihadista. Su proyecto no fue la secesión etnonacional ni la administración por delegación, sino la supervivencia mediante la autonomía local.
Transiciones fallidas y violencia producida políticamente
Tras la caída del régimen de Asad a finales de 2024, el acuerdo firmado el 1 de abril de 2025 entre las autoridades transitorias de Damasco y los consejos locales vinculados a las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) establecía la retirada de las fuerzas militares de las FDS, manteniendo las estructuras civiles de autogobierno. Sin embargo, este acuerdo resultó estructuralmente inviable mientras no se implementara el marco del 10 de marzo.
Cada ronda fallida de negociaciones entre las FDS y Damasco fue seguida por nuevos estallidos de violencia en Alepo, lo que demuestra que el conflicto no fue accidental, sino funcional a una lógica política. Mientras se desarrollaban en París conversaciones entre Israel y Siria con mediación estadounidense, Alepo volvió a convertirse en escenario de enfrentamientos armados, confirmando que la guerra local opera como extensión de las negociaciones regionales.
El asedio posterior provocó el desplazamiento de aproximadamente 170.000 civiles kurdos y árabes, señalando el paso de una política de contención a una de ingeniería demográfica.
La limpieza étnica como forma de construcción estatal
Fuerzas alineadas con la autoridad transitoria de Damasco —compuestas en gran medida por mercenarios extranjeros y dirigidas por al-Sharaa— ingresaron en Sheikh Maqsoud y Ashrafieh y perpetraron asesinatos masivos. A pesar de los esfuerzos diplomáticos de la dirigencia de las FDS, la violencia no fue detenida ni sancionada de manera efectiva. Por el contrario, la propia masacre fue instrumentalizada retrospectivamente para justificar la suspensión de los acuerdos políticos.
Este episodio debe entenderse como parte de un patrón más amplio. Tras consolidar su control sobre Damasco, Hayat Tahrir al-Sham (HTS) emprendió una secuencia de ataques contra comunidades alauitas, drusas y kurdas. Lo que unifica estas ofensivas no es una contingencia sectaria, sino un proyecto coherente de construcción estatal mediante la exclusión, que busca imponer un modelo de Estado-nación del siglo XIX basado en la homogeneización, la represión y la lealtad forzada.
Turquía, Estados Unidos y la lógica de la guerra por intermediarios
El papel de Turquía en este proceso no es ni periférico ni reactivo. En su intento de alcanzar una acomodación estratégica con Israel y Estados Unidos, Ankara ha intercambiado de facto su retórica de apoyo a la causa palestina por una aprobación tácita para reprimir la autonomía política kurda en Siria. La exigencia de que Hamás se desarme y abandone las estructuras de gobierno en Gaza responde a la misma lógica: neutralizar a los actores políticos autónomos que perturban el orden regional.
No es casual, por tanto, que el ataque contra los barrios kurdos de Alepo coincidiera con las conversaciones israelo-sirias en París. Operaciones de este tipo son inconcebibles sin el consentimiento de Washington. La guerra en Alepo funcionó simultáneamente como distracción y como mecanismo de imposición, desviando la atención pública de las negociaciones de élite y alterando los hechos sobre el terreno.
Deskuridificación y miedo a la autonomía
El ataque contra Alepo se inscribe en una secuencia iniciada con las ofensivas contra Tel Rifaat y Shahba, que conforman una estrategia continua de deskuridificación del oeste de Siria. No se trata de una política antiterrorista, sino de una reconfiguración étnica del territorio. Al quebrar la resistencia kurda en Alepo, se prepara el terreno para nuevas ofensivas contra otras regiones autónomas.
En Turquía, los medios de comunicación y las élites políticas presentan la autoadministración kurda como una amenaza a la unidad siria y exigen su “integración” en Damasco, es decir, su subordinación. Sin embargo, los actores políticos kurdos han rechazado de manera consistente el separatismo y han defendido una Siria descentralizada, basada en el pluralismo y la igualdad de ciudadanía.
La ansiedad que esto genera en Ankara revela una verdad más profunda: el Estado turco no teme la secesión kurda, sino el efecto demostración de la autonomía.
El Estado-nación en sus límites históricos
La insistencia en exportar a Siria el modelo turco de Estado-nación expresa una negativa a reconocer su agotamiento histórico. Como señaló Eric Hobsbawm, el papel progresista del Estado-nación alcanzó su punto máximo a comienzos del siglo XX; a partir de entonces, se convirtió crecientemente en un instrumento de exclusión más que de emancipación.
La propia historia de Turquía ilustra esta contradicción. Aunque la industrialización temprana de la República contenía un potencial modernizador, la ausencia de una reforma agraria y la represión violenta de kurdos, alevíes y otras minorías consolidaron una deriva autoritaria. La ideología de “una nación, un Estado” no logró unificar la sociedad ni garantizar la democracia; solo aplazó el conflicto mediante la coerción.
Pluralismo o guerra permanente
Sin reformas democráticas sustantivas que reconozcan derechos lingüísticos, culturales y políticos, la presión sobre los kurdos de Siria no hará sino intensificar los ciclos de violencia. El modelo político vigente en Turquía no ofrece a Siria ni estabilidad ni paz.
Un futuro viable para Siria depende del abandono de las fantasías homogeneizadoras y de la construcción de un orden político genuinamente plural, que garantice arreglos autónomos o federales para las regiones kurdas, alauitas, drusas y suníes. La lucha en Alepo no es, por tanto, una anomalía local, sino un frente decisivo en la disputa por definir si Siria emergerá como un mosaico democrático o como un campo de batalla permanentemente fragmentado.
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