El día 6 de abril la misión Artemis II orbitaba la Luna. Los grandes medios corporativos del mundo presentaban la noticia como un hito excepcional en la carrera espacial. Al siguiente día, a las 20:00 horas (hora de Washington, EDT), Trump había fijado como plazo final para que Irán abriese el Estrecho de Ormuz, o de lo contrario «una civilización entera morirá esta noche y nunca volverá», en una de las bravatas que más conmoción causó al entenderse como evidencia de un ataque nuclear en ciernes.
Lo de Trump quedó para la posteridad como una bravuconada que dio pie a que se acuñara el acrónimo “TACO” («Trump Always Chickens Out», Trump siempre se acobarda), por un mundo cansado de sus amenazas, sus bajezas, su incontinencia verbal y de arruinar la economía global.
El Gobierno de Irán en su guerra de desgaste contra los Estados Unidos y el Estado sionista israelí había entendido que no necesitaba ganar la contienda militarmente, sino resistir para que la presión política mundial e interna doblegara a país norteamericano, siguiendo los pasos de los pioneros vietnamitas que los derrotaron políticamente. El Gobierno islámico comprendió también que la misma presión convertía a Trump en un necesitado de ultimatums, un desaforado que carecía de fuerza real para lograr prevalecer en el campo de batalla.
Al igual que en el permanente bluf del emperador, la misión lunar de la NASA tuvo componentes de engaño a la opinión pública al solamente orbitar el satélite indicando que era una fase preliminar para posteriormente acometer el alunizaje.
La guerra contra Irán lo mismo que la misión espacial tiene un componente común de análisis: la necesidad del imperio de ganar a sus competidores en todas las áreas de desarrollo humano, ya sea militar, económico o tecnológico. El Estado imperial se muestra hiperextendido en una vorágine existencial por acaparar la fuerza en todos los frentes de enfrentamiento con sus rivales.
Existen varias consideraciones respecto al viaje lunar que se pueden interconectar para una comprensión mayor del fenómeno geopolítico, estas están presentes en la ecología, las decisiones políticas y la historia.
La carrera espacial durante la Guerra Fría entre 1957 y 1975 se inscribe en una disputa ideológica por prevalecer en el campo de la tecnología con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). En nuestros tiempos de guerra caliente, en que las naciones disidentes del mundo unipolar dan cada día pasos que amenazan la hegemonía de los EE. UU., se enfoca la pugna por el espacio como una determinante tecnológica que enfrenta dos visiones contrapuestas de modelos de gestión económica/social, por lo tanto, de continuidad de disputa ideológica.
Surgen preguntas esenciales respecto a los fines que se buscan con la llegada al satélite natural de la Tierra o a otros planetas. En un hecho similar a la carrera por la inteligencia artificial (IA) que divide a las potencias. Mientras Estados Unidos busca puntos de inflexión en el desarrollo del capital al dar un salto cualitativo de acumulación y explotación, China explícita su intención de aumentar las capacidades educativas de su población.
En una de las últimas medidas respecto a las intenciones imperiales en materia de la IA y el complejo militar industrial, Trump nombró a cuatro CEOS de gigantes tecnológicos como tenientes coroneles de la reserva, en un claro mensaje sobre la evolución y amalgamiento entre las fuerzas armadas y la nueva tecnología.
La mantención del estatus hegemónico ha llevado al régimen estadounidense a usar toda su capacidad militar para frenar las posibilidades de desarrollo de sus competidores. La guerra se convierte en un continuum con las calamidades que supone.
La guerra contra Irán -escenificada en todo el Oriente Próximo, centro mundial de producción de hidrocarburos-, se ha convertido en una catástrofe no solamente por la pérdida de vidas e infraestructura, sino que en un desastre de primera magnitud desde el punto de vista mediombiental.
En las primeras dos semanas de conflagración se liberaron 5 millones de toneladas de CO2 equivalentes a la emisión de 84 países pequeños durante un año. El gigantesco daño ambiental producido va en la línea imperial de negar la crisis del cambio climático.
Cínica negación, ya que lo que realmente buscan es acelerar el cambio con la capacidad de elegir cuáles serán las partes del mundo habitable que ellos controlarán.
La carrera espacial de EE. UU. se entrelaza con la colonización de nuevos cuerpos celestes. Elon Musk, cuyo sistema SpaceX de alunizaje usará la Artemis II cuando en un futuro se instale sobre Selene, había declarado que busca colonizar Marte para asegurar la supervivencia humana. Los planes de Musk se vieron alterados priorizando la construcción de una ciudad en la Luna debido a su mayor viabilidad logística. Esto en previsión de un desastre como una tercera guerra mundial.
Para el magnate tecnológico se trata de asegurar la sobrevivencia de la especie colonizando nuevos mundos en vez de evitar la destrucción de nuestro planeta y la civilización humana.
Los desastres que nos anuncian la decadencia imperial se dan en un momento evolutivo de la especie en que supuestamente disfrutamos de una institucionalidad democrática occidental superior a los bárbaros orientales que viven en la oscura edad de las dictaduras. En realidad, los habitantes del planeta contemplamos atónitos cómo se destruyen nuestras esperanzas sin que nada podamos hacer, solamente aguardar el próximo ciclo electoral para ver si los estadounidenses deciden votar por algún personaje que no amenace nuestra sobrevivencia.
Existe la posibilidad de que Trump sea defenestrado de la presidencia aplicando 25ª enmienda constitucional, campaña que es promovida por sus antiguos partidarios de MAGA (Hacer grande América Otra Vez), sin embargo, esta opción está condicionada por que la mayoría del gabinete y el vicepresidente lo consideren no apto, acción que debiese ser confirmada por dos tercios de ambas Cámaras del Congreso, mismas que están controladas por el lobby sionista a través del financiamiento transversal, por lo que es prácticamente imposible.
El viaje espacial con la colonización de otros mundos había sido una ilusión romantizada de escritores como Edgar Allan Poe, quien imaginó llegar a Selene en globo, o Julio Verne quien nos contó cómo llegar a la Luna viajando en un proyectil disparado por un cañón.
En nuestros tiempos de amenazas imperiales, la tecnología de vanguardia ya sea espacial o de IA, nos anuncia nuevas penurias para la humanidad, nuevas formas de explotación y una salida cognitiva que nos entrega el poder para asegurarnos de que la especie seguirá prosperando a pesar de que nuestro querido planeta no lo haga.
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