Un estudio internacional publicado en ‘Current Biology’ ha aportado evidencias de que la contaminación por un metabolito de la cocaína altera el comportamiento del salmón atlántico juvenil en su hábitat natural
“Está en el agua”. Ese fue el primer retal que me llamó la atención de la noticia que el locutor explicaba. El segundo citaba un lugar de Suecia que se le atragantó al pronunciarlo: Vättern. Las interrupciones de la emisora del taxista me impedían seguir correctamente su explicación, pero, como a continuación el tema lo comentaron en la tertulia, pensé que podía atar cabos.
Se trataba de un informe reciente que había constatado que la población vivía bajo condiciones de mucha más hiperactividad. ¿De verdad hacía falta un informe para constatarlo? A nadie se le escapa que nuestra modernidad lo ha acelerado todo: el crecimiento económico, la producción para el consumo masivo y, en paralelo, la destrucción de los bienes comunes. Y también nuestro pulso cardíaco. Siempre apresurado, al ritmo de notificaciones y otros destellos. Como consecuencia: vidas más desconectadas, menos atentas, más superficiales.
Pero, según comentó una tertuliana, el informe apuntaba a una sospecha inesperada: la causa de este nerviosismo colectivo podría derivar de una sustancia en el ambiente, en concreto un metabolito de la cocaína. Habían podido correlacionar su presencia con un aumento en los niveles de actividad, un mayor gasto energético y una reducción de la esperanza de vida.
Aquí empecé a desconfiar. Me sonaba a una explicación casi conspiranoica. Es cierto que la sociedad moderna se parece cada vez más a una sociedad cocainómana. Como la cocaína, que promete energía, lucidez y velocidad, el capitalismo ofrece lo mismo bajo nombres más elegantes: productividad, ambición, éxito, optimización. La hiperactividad se ha vuelto moral; la calma, sospechosa. Quien no corre parece culpable. Quien no consume, un desertor. Pero reducirlo todo a la sustancia en cuestión me parecía una forma demasiado cómoda de no mirar el problema de fondo. No se podía responsabilizar a la cocaína de algo que en realidad es estructural.
Todo se aclaró cuando busqué más detalles en el móvil. Las palabras clave: “cocaína”, “informe”, “Vättern”. Las poblaciones estudiadas eran de salmones. En concreto, el debate de la radio daba cuenta de un estudio internacional publicado en Current Biology que ha aportado evidencias de que la contaminación por cocaína altera el comportamiento del salmón atlántico juvenil en su hábitat natural. Durante ocho semanas, en el lago Vättern, 105 ejemplares fueron divididos en tres grupos: uno de control, otro expuesto a cocaína y un tercero expuesto a la benzoilecgonina, el principal metabolito de la droga. Los peces de este último grupo nadaron hasta 1,9 veces más lejos por semana y se dispersaron mucho más que los demás.
Que sea el derivado –el metabolito– el que tenga un efecto más marcado que la propia cocaína preocupa especialmente, porque en la práctica lo que más abunda en ríos y lagos europeos son precisamente estos residuos. Un rastro que va en aumento, igual que aumenta la presencia de pesticidas, antibióticos y otros medicamentos. De hecho, otra investigación reciente de la Agencia de Drogas de la UE señalaba que la presencia de cocaína en las aguas residuales de Barcelona se triplicó en 2025 respecto al año anterior, situando a la ciudad entre las de mayor incremento en Europa.
En lugar de tirar del hilo de esa metáfora de cuerpos acelerados o de insistir en el paralelismo con las granjas industriales donde se fuerza artificialmente el crecimiento, imaginé por un momento una noticia distinta. Que se descubriera que los salmones deciden tardar más. Que llegan cuando llegan. Que se reproducen y crecen sin urgencias. Sería una mala noticia para el mercado, pero quizá una buena noticia para la vida.
Y quizá no estaría mal que nosotros aprendiéramos de ellos: desconfiar de toda corriente que obligue a nadar demasiado deprisa.
La verdadera contaminación no está en el agua, sino en nuestra forma de vivir.
Gustavo Duch. Licenciado en veterinaria. Coordinador de ‘Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas’. Colabora con movimientos campesinos.


