La política científica impulsada personalmente por Fidel Castro Ruz desde el triunfo de la Revolución Cubana en 1959 constituyó un proyecto coherente y de largo aliento, en el que el propio Comandante en Jefe actuó como arquitecto, gestor directo y árbitro final de las decisiones estratégicas que convirtieron el conocimiento científico en un pilar fundamental de la soberanía nacional. Este trabajo tiene como objetivo analizar el papel personal de Fidel en la conducción del desarrollo científico cubano, su estilo de dirección y su relación directa con los científicos, como factor explicativo central de dicho desarrollo a lo largo de más de cuatro décadas. Se examinan sus discursos fundacionales y su intervención directa en la creación de instituciones como el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CENIC), la Academia de Ciencias de Cuba, el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) y el Polo Científico de La Habana. Sin dejar de reconocer los logros colectivos de la ciencia cubana —entre ellos el Heberprot-P, el Interferón alfa-2b, el Nimotuzumab y las vacunas cubanas contra la COVID-19 (Soberana 02 y Abdala), el análisis sostiene que dichos logros son resultado directo de decisiones de liderazgo personal sostenidas en el tiempo. Se incorpora bibliografía actualizada de los últimos años sobre la gestión científica cubana contemporánea, que permite valorar la vigencia del modelo ideado por Fidel en el sistema de ciencia, tecnología e innovación actual.
Introducción
En enero de 1960, ante un auditorio de estudiantes universitarios en La Habana, Fidel pronunció una frase que se convertiría en la visión de toda su política hacia el conocimiento: el futuro de la patria tenía que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia. Esta declaración no era una metáfora retórica, sino el anuncio personal de un programa de transformación estructural que el propio Fidel dirigiría, supervisaría y sostendría durante más de cuatro décadas, vinculando de manera indisoluble la ciencia, la educación y la soberanía de una nación pequeña, bloqueada y periférica frente a las potencias mundiales.
Al triunfo de la Revolución, el 1 de enero de 1959, Cuba presentaba un cuadro devastador desde el punto de vista científico y educativo: aproximadamente el 23,6 % de la población era analfabeta, existían apenas tres universidades en todo el país y la inversión en investigación científica era prácticamente inexistente. En ese contexto adverso, fue la decisión personal de Fidel —no una tendencia espontánea de la sociedad cubana ni una imposición externa— la que situó a la ciencia en el centro del proyecto revolucionario.
Objetivo. El presente trabajo tiene como objetivo analizar el papel de Fidel Castro como conductor directo del desarrollo científico cubano, a partir de sus decisiones de liderazgo, su intervención en la institucionalización de la ciencia y su vigencia en el sistema cubano de ciencia, tecnología e innovación contemporáneo. Se argumenta que el desarrollo científico cubano no fue un fenómeno espontáneo ni el resultado exclusivo de la cooperación internacional, sino la consecuencia de decisiones de un líder que se involucró de forma sostenida, detallada y continua en la planificación, ejecución y supervisión de la política científica.
El estudio del vínculo entre liderazgo político y desarrollo científico en Cuba cuenta con una tradición investigativa consolidada. Núñez Jover (2010) ha abordado la ciencia y la tecnología como procesos sociales indisociables del proyecto educativo cubano. Agustín Lage (2006, 2018), protagonista directo del proceso biotecnológico, ha documentado el estilo de gestión personal de Fidel y su incidencia en la rapidez de las decisiones científicas. García Blanco (2009) y Delgado García (2005) han reconstruido históricamente la creación de instituciones como el CENIC y el sistema de salud pública vinculado a la investigación. Rodríguez y Núñez (2021), así como Díaz-Canel y Delgado (2021), han caracterizado el modelo de «gobierno orientado a la innovación» como herencia directa de las prácticas de dirección científica fidelistas. Más recientemente, Gamboa et al. (2020) y Nováez Guerrero (2025) han analizado la vigencia de ese modelo durante la pandemia de COVID-19, mientras que Thorsteinsdóttir et al. (2004) situaron el caso cubano en el debate internacional sobre sistemas nacionales de innovación en condiciones de bloqueo. Este trabajo se apoya en dicha tradición, pero se distingue por concentrarse específicamente en la figura personal de Fidel como variable explicativa central.
Método. La metodología empleada es de carácter histórico-analítico y documental, sustentada en la revisión de fuentes primarias —discursos, documentos de política, decretos y resoluciones— complementada con bibliografía especializada en historia de la ciencia cubana y estudios recientes (2020-2026) sobre la gestión del sistema de ciencia, tecnología e innovación en Cuba. Se procedió a la selección, sistematización y análisis crítico de dichas fuentes, organizadas cronológica y temáticamente, para identificar el patrón recurrente de intervención personal de Fidel en la conducción científica del país. El trabajo se estructura en seis epígrafes: los fundamentos de la política científica revolucionaria; el estilo de liderazgo científico de Fidel; la institucionalización científica bajo su conducción directa; el Polo Científico de La Habana; el bloqueo como desafío enfrentado personalmente por el líder; y el legado biotecnológico como prueba de la vigencia de su proyecto.
Desarrollo
1. Los fundamentos de la política científica revolucionaria (1959-1970)
El primer gran acto de la política científica revolucionaria fue, paradójicamente, educativo y no tecnológico: la Campaña Nacional de Alfabetización de 1961, concebida y ordenada personalmente por Fidel Castro como condición previa e indispensable para cualquier desarrollo científico posterior. Durante ocho meses, más de 100 000 brigadistas, en su mayoría jóvenes, se desplegaron por todo el país bajo la idea de Fidel de erradicar el analfabetismo en un año. Al concluir la campaña, Cuba había logrado reducir la tasa de analfabetismo al 3,9 %, lo que la UNESCO reconoció como uno de los logros educativos más notables del siglo XX (Kozol, 1978).
Fidel comprendía, y lo repitió en numerosos discursos, que sin una base educada no podía existir ciencia, y sin ciencia no podía existir soberanía real. En su discurso ante la Primera Reunión Nacional de Producción, en agosto de 1961, afirmó personalmente que ningún bloqueo podía bloquear las ideas, y que en la ciencia residía el futuro de la nación. Esta convicción, sostenida por él mismo de manera consistente durante décadas, se tradujo en una política de expansión acelerada del sistema de educación superior: entre 1959 y 1970, el número de universidades en Cuba creció de tres a dieciséis, y la matrícula universitaria se multiplicó por ocho (Ministerio de Educación Superior, 1985).
En paralelo, Fidel impulsó personalmente la construcción de la infraestructura institucional de la ciencia cubana. En 1962 ordenó la reorganización de la Academia de Ciencias de Cuba, que pasó de ser una institución honorífica a convertirse en el organismo rector de la investigación científica nacional. En 1965, bajo su impulso directo, se creó el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CENIC), primera institución de investigación científica multidisciplinar de Cuba. Fidel estuvo personalmente involucrado en la fundación del CENIC, visitó sus instalaciones en numerosas ocasiones y mantuvo un diálogo constante con sus directivos y científicos, práctica que repetiría con prácticamente todos los centros de investigación relevantes creados en las décadas siguientes (García Blanco, 2009).
2. El estilo de liderazgo científico de Fidel: rasgos distintivos
Un rasgo singular del proceso cubano, destacado por estudios recientes sobre la gestión del sistema de ciencia, tecnología e innovación, es que la dirección política no se limitó a la formulación de lineamientos generales, sino que se ejerció mediante una articulación directa y personal entre el máximo líder y los equipos de investigación (Rodríguez y Núñez, 2021). Fidel sostenía reuniones periódicas con científicos, directores de centros de investigación y ministros del sector, en las que se analizaban avances concretos, se diagnosticaban cuellos de botella y se adoptaban medidas correctivas inmediatas. Este patrón de gestión, que algunos autores han denominado posteriormente «gobierno orientado a la innovación» (Díaz-Canel y Delgado, 2021), tiene su origen directo en la práctica personal de Fidel de involucrarse en los detalles técnicos de los proyectos científicos.
El investigador Agustín Lage, una de las figuras centrales de la biotecnología cubana, ha documentado en sus escritos cómo Fidel exigía informes periódicos, preguntaba por los resultados experimentales y comprometía recursos del Estado de forma expedita ante oportunidades científicas identificadas (Lage, 2018). Esta capacidad de decisión rápida, sostenida por la autoridad política máxima del país, permitió saltar etapas burocráticas que en otros contextos habrían retrasado años el desarrollo de un proyecto científico. El propio Lage ha calificado esta relación entre el liderazgo político y la comunidad científica cubana como un factor explicativo decisivo, más que la disponibilidad de recursos materiales, del éxito relativo del sistema cubano de innovación en condiciones de bloqueo y escasez.
Este estilo de conducción también se manifestó en la capacidad de Fidel para identificar oportunidades científicas concretas y actuar sobre ellas sin demora. En 1981, durante una epidemia de dengue hemorrágico, Fidel conversó directamente con el científico cubano Luis Herrera Martínez sobre las posibilidades terapéuticas del Interferón como agente antiviral. En cuestión de semanas, por decisión personal suya, un equipo de investigadores cubanos fue enviado a Finlandia para aprender las técnicas de producción, y en menos de un año Cuba producía su propio Interferón, convirtiéndose en uno de los pocos países en desarrollo con esa capacidad (López Mola et al., 2006). Este episodio, frecuentemente citado en la historiografía de la ciencia cubana, ilustra el patrón recurrente de la política científica fidelista: identificación personal de una necesidad, contacto directo con los científicos involucrados y movilización inmediata de recursos del Estado.
3. Institucionalización científica bajo la conducción directa de Fidel (1970-1986)En 1976, la nueva Constitución cubana recogió por primera vez el deber del Estado de fomentar la ciencia, texto cuya redacción contó con la influencia directa de las ideas que Fidel venía exponiendo desde los años sesenta. Ese mismo año se creó el Comité Estatal de Ciencia y Técnica (CECT), organismo encargado de coordinar, planificar y evaluar la actividad científica en todo el país, cuya estructura respondía a la necesidad —señalada reiteradamente por Fidel en sus discursos— de articular la investigación con la producción y las prioridades del Estado (Núñez Jover, 2010).
En su intervención en el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, en diciembre de 1975, Fidel presentó personalmente un análisis exhaustivo de las deficiencias del sistema de ciencia y técnica y trazó una hoja de ruta para su superación, que incluía el incremento de la inversión en investigación y desarrollo, la formación de investigadores en el exterior y la creación de redes de colaboración científica internacional. Este discurso, considerado por muchos analistas como el documento fundacional de la política científica cubana de segunda generación, evidencia la profundidad del conocimiento técnico que Fidel había adquirido personalmente sobre el tema (Lage, 2006).
Un hito especialmente significativo de este período fue la creación, en 1982, del Centro de Investigaciones Biológicas (CIB), germen de la revolución biotecnológica cubana, que surgió de un proyecto impulsado directamente por Fidel tras conocer los avances del Interferón como agente antiviral. Las reuniones con científicos y directores de centros de investigación, documentadas parcialmente en archivos y en memorias de los participantes, revelan a un líder que no solo tomaba decisiones macropolíticas, sino que se involucraba en los detalles técnicos de los proyectos, exigía plazos y respondía con recursos cuando los equipos los necesitaban (Delgado García, 2005).
4. El Polo Científico de La Habana: la visión personal de Fidel hecha institución (1986-2000)
El año 1986 marcó un punto de inflexión en la historia de la ciencia cubana. La fundación del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), el 1 de julio de ese año, representó la apuesta más ambiciosa del Estado cubano por la investigación científica de frontera, y Fidel participó directamente en su diseño conceptual y en la selección de sus primeros dirigentes. En su discurso inaugural, declaró que el centro debía ser una de las glorias de la Revolución y que su misión no era solo producir medicamentos para Cuba, sino contribuir a la salud de los pueblos del mundo, especialmente de los más pobres.
Entre 1986 y 1991, alrededor del CIGB se fue configurando un ecosistema de instituciones científicas que, en 1991, fue formalmente denominado Polo Científico del Oeste de La Habana, con más de cincuenta centros e instituciones. Esta configuración de clúster científico-industrial, inusual en el contexto latinoamericano, fue el resultado directo de la política de concentración de recursos y talentos impulsada personalmente por Fidel.
Entre los logros concretos de esta etapa destacan: en 1987, investigadores del Instituto Finlay desarrollaron la primera vacuna del mundo contra la meningitis B, cepa cubana, VA-MENGOC-BC, posteriormente licenciada a laboratorios de Brasil, Colombia y Argentina. En 1990 se presentó el Heberprot-P, basado en el Factor de Crecimiento Epidérmico Humano, que ha salvado decenas de miles de extremidades en más de 25 países. En 1994 se presentó el Nimotuzumab, primer anticuerpo monoclonal humanizado producido en América Latina, indicado para el tratamiento de tumores sólidos (González et al., 2012). Cada uno de estos hitos contó con seguimiento directo de Fidel, quien recibía informes sobre los ensayos clínicos y participaba en las decisiones sobre su producción y distribución.
5. El bloqueo como desafío enfrentado por el líder
El bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos contra Cuba, en vigor desde 1962 y recrudecido con la Ley Torricelli (1992) y la Ley Helms-Burton (1996), fue uno de los obstáculos más serios que Fidel debió sortear personalmente en la conducción de la política científica. Sus efectos han sido múltiples: imposibilidad de adquirir equipamiento de tecnología estadounidense, restricciones al acceso de publicaciones y bases de datos, dificultades para participar en eventos científicos internacionales y obstáculos para comercializar productos biotecnológicos en el mercado norteamericano (UNCTAD, 2019).
Fidel señaló en múltiples ocasiones que el bloqueo, lejos de detener la Revolución, la había fortalecido al obligar a los cubanos a desarrollar sus propias capacidades en lugar de depender de la importación. Esta lectura estratégica del bloqueo como acicate para la soberanía científica, y no solo como obstáculo, fue una decisión interpretativa personal que orientó la política científica hacia la autosuficiencia tecnológica, un rasgo que estudios recientes sobre la biotecnología cubana identifican como herencia directa de su pensamiento estratégico (Gamboa et al., 2020).
6. El legado biotecnológico: vigencia del pensamiento fidelista en ciencia en el siglo XXI
La pandemia de COVID-19 constituyó la prueba más exigente del sistema de ciencia e innovación que Fidel contribuyó a construir. Cuba desarrolló cinco candidatos vacunales: Soberana 01, Soberana 02, Soberana Plus, Abdala y Mambisa. Soberana 02 y Abdala completaron ensayos clínicos de fase III con eficacias del 62 % y el 92,28 % respectivamente. Para el segundo semestre de 2021, Cuba había vacunado con esquema completo a más del 85 % de su población con vacunas propias, convirtiéndose en el primer país de América Latina en alcanzar ese nivel de inmunización con producción nacional (CIGB, 2021).
Análisis recientes coinciden en que esta capacidad de respuesta no habría sido posible sin la infraestructura institucional, el capital humano y la cultura de gestión científica directa heredada del modelo fidelista de las décadas anteriores (Nováez Guerrero, 2025). Según el balance oficial de la ciencia cubana correspondiente a 2025, el sistema de ciencia, tecnología e innovación del país contaba ya con 282 entidades registradas y 50 universidades, y el aporte del conocimiento representó cerca del 35 % de las ventas netas totales del país, con la biotecnología entre los principales sectores exportadores (Granma, 2026). Estas cifras confirman que el proyecto iniciado personalmente por Fidel en 1959 sigue siendo, más de seis décadas después, la columna vertebral del sistema científico cubano.
Más allá de las vacunas anti-COVID, el legado biotecnológico cubano incluye más de seiscientas patentes internacionales registradas y quince productos biofarmacéuticos en comercialización en más de cincuenta países. Productos como el CIMAvax-EGF —vacuna terapéutica contra el cáncer de pulmón— han sido licenciados a empresas de Canadá, Japón y otros países. Estos logros son la materialización de la visión que Fidel articuló y dirigió personalmente seis décadas antes: una Cuba soberana que no mendiga tecnología, sino que la produce y la exporta.
Conclusiones
El análisis del papel personal de Fidel en el desarrollo de la ciencia cubana permite extraer conclusiones de relevancia tanto para la historia de la ciencia en Cuba como para el debate contemporáneo sobre liderazgo político y política científica en contextos periféricos.
En primer lugar, el caso cubano demuestra que el factor decisivo no fue la abundancia de recursos, sino la conducción personal y sostenida de un líder político que situó la ciencia como prioridad de Estado y se involucró directamente en su ejecución, desde la selección de directores de centros de investigación hasta el análisis de resultados de ensayos clínicos.
En segundo lugar, el estilo de gestión directa practicado por Fidel —reuniones periódicas con científicos, decisiones rápidas, compromiso inmediato de recursos— constituyó un mecanismo de gobernanza científica diferenciador, cuyas huellas persisten en el modelo de «gobierno orientado a la innovación» que Cuba aplica en la actualidad (Díaz-Canel y Delgado, 2021).
En tercer lugar, el bloqueo económico de los Estados Unidos, enfrentado personalmente por Fidel como desafío estratégico, no impidió que Cuba construyera un sistema de ciencia e innovación capaz de producir vacunas, medicamentos y tecnologías de proyección internacional, como lo demostraron las vacunas Soberana 02 y Abdala durante la pandemia de COVID-19.
En cuarto y último lugar, los datos más recientes sobre el desempeño del sistema cubano de ciencia, tecnología e innovación confirman que el proyecto de Fidel sigue siendo, décadas después de su formulación inicial, el fundamento institucional y doctrinal sobre el cual se sostiene la ciencia cubana contemporánea.
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