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A dos por ciento les gusta Olmert

Fuentes: IPS

Dos por ciento. Es el peor índice de aprobación para la gestión de un jefe de gobierno marcado por una encuesta en la historia de Israel, y es el que cosechó el primer ministro Ehud Olmert, según el último sondeo conocido. La situación es tan desastrosa que el propio Olmert comenzó un discurso admitiéndola. «Soy […]

Dos por ciento. Es el peor índice de aprobación para la gestión de un jefe de gobierno marcado por una encuesta en la historia de Israel, y es el que cosechó el primer ministro Ehud Olmert, según el último sondeo conocido.
La situación es tan desastrosa que el propio Olmert comenzó un discurso admitiéndola. «Soy un primer ministro impopular. Las encuestas lo dicen. Creo que tienen razón… Soy, de hecho, un primer ministro impopular», sostuvo.

La inesperada apelación de Olmert a su nación, de corazón a corazón, fue un desesperado intento de reflotar su sumergida imagen pública y repeler pedidos de renuncia: en el mismo acto, afirmó que no pensaba en dimitir y que planea servir al país «por mucho tiempo más».

Pero si el primer ministro quiere sobrevivir políticamente necesitará algo más que artilugios retóricos. Afronta, posiblemente, su prueba más dura desde que asumió el cargo hace un año: la comisión que investiga la forma en que el gobierno manejó la guerra en Líbano el año pasado prevé publicar sus conclusiones en las próximas semanas.

La amplia mayoría de los israelíes creen que Olmert dirigió mal la guerra y que su incapacidad militar para detener el bombardeo con cohetes del partido islamista libanés Hezbolá derrumbó la imagen disuasiva de Israel no sólo a los ojos del mundo árabe, sino también de sus aliados, en especial de Estados Unidos.

El jefe del Estado Mayor Conjunto que condujo la campaña en Líbano, Dan Halutz, renunció. Está previsto el cese del ministro de Defensa, Amir Peretz, para cuando el partido que lidera, el centroizquierdista Laborista, celebre sus elecciones internas en mayo.

Si Peretz pierde los comicios, deberá abandonar el cargo. Olmert será entonces el único entre los tres grandes cuestionados por el resultado de la guerra que permanezca en su cargo.

El primer ministro también está acosado por una serie de escándalos de corrupción que socavaron su imagen y se engulleron sus reservas políticas.

En un caso, el fiscal general examina acusaciones según las cuales Olmert aceptó sobornos en su periodo como ministro de Finanzas, en 2005, en el proceso de privatización de uno de los principales bancos de este país.

Según la denuncia, el hoy primer ministro ayudó a dos empresarios extranjeros con quienes tenía vínculos a presentar su oferta. Pero esos empresarios, finalmente, no se hicieron con el banco.

La Oficina de Control del Estado también investiga la compra por parte de Olmert de una propiedad en Jerusalén por un precio significativamente menor al de mercado, y designaciones que efectuó cuando encabezó el Ministerio de Industria y Comercio.

Aún no se formularon acusaciones formales, mientras el gobernante niega haber cometido cualquier tipo de irregularidad.

Pero estas investigaciones y la forma en que Olmert manejó la guerra se combinaron en un cocktail fatal para el primer ministro. Las operaciones en Líbano lo dejaron sin agenda diplomática. Poco después del fin de los combates, abandonó su plan de retirada unilateral de Cisjordania, lo cual consolidó su imagen de líder sin timón.

Olmert valoró el nuevo plan de Arabia Saudita para la paz y continúa reuniéndose con el presidente palestino Mahmoud Abbas, la última vez el domingo, pero no hay avances en el proceso de paz.

La iniciativa saudita de paz, relanzada en Riyad el mes pasado en una cumbre de la Liga Árabe, propone a Israel entablar vínculos formales con todos los estados árabes a cambio de una retirada total de Cijsordania y de las Alturas del Golán, la creación de un estado palestino independiente y una «solución justa» para los refugiados palestinos.

Ahora, Olmert dice considerar la idea –a la que inicialmente se opuso– de unirse a un diálogo patrocinado por Estados Unidos con un grupo de trabajo de la Liga Árabe que trataría de forjar un amplio acuerdo de paz.

Pero Israel se opone con fuerza al retorno de los refugiados palestinos a su territorio, y Olmert aspira a que el país mantenga áreas de Cisjordana, que incluyen grandes bloques de viviendas ocupadas por judíos.

El primer ministro dijo a comienzos de esta semana que estab «dispuesto a dialogar con cualquier agrupamiento de países árabes sobre sus ideas».

Pero nada será suficiente para que Olmert esquive sus graves obstáculos políticos internos.

Aun si sobrevive a la investigación sobre la guerra contra Hezbolá y a las acusaciones de corrupción, le restará ofrecer a los israelíes un horizonte diplomático de paz si quiere recuperar su favor.