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¡Al fin un Gobierno progresista!

Fuentes: Rebelión

Hemos entrado en la era del juego de las palabras, primero comunistas, después Izquierda Unida a la que siguió la Izquierda Plural, más tarde Podemos en diversas versiones y por último Unidas Podemos. Por fin victoria, la izquierda radical, de la mano de los socialistas y obreros, alcanzaron el poder. Mareados andamos, pero no por […]

Hemos entrado en la era del juego de las palabras, primero comunistas, después Izquierda Unida a la que siguió la Izquierda Plural, más tarde Podemos en diversas versiones y por último Unidas Podemos. Por fin victoria, la izquierda radical, de la mano de los socialistas y obreros, alcanzaron el poder. Mareados andamos, pero no por tanto título sino más bien por tanto continente sin contenido que se sepa, o sí se sabe, sin contenido tangible.

Aunque haya pasado medio milenio, que se dice pronto, este entramado mediático, social y político en el que no salimos de una y nos meten en otra, recuerda al Elogio de la locura, ensayo que tan en serio como a modo de burla, creo yo, escribiera Erasmo de Róterdam, para escarnio de los magnates, de los factótums de aquella época, pero que, a pesar de los años, siglos, tal obra sigue con plena vigencia.

Pero la historia no ha hecho más que comenzar.

Tiemblen los poderes fácticos, un sudor frío recorre la epidermis de la España monárquica, confesional, oligárquica y golpista. Se acabó la leyenda de la España de charanga y pandereta. Se acabaron los chiringuitos, se terminó el contubernio de las puertas giratorias, el fraude, la economía sumergida, la evasión fiscal y los paraísos fiscales. El nuevo poder progresista -socialista y obrero, de izquierda y radical- garantizará el trabajo para todos y el destierro o la cárcel para el que pretenda vivir de rentas sin currar, sin excepciones, no las habrá.

Se abolirá de inmediato la bíblica maldición de que ganarás el pan con el sudor de tu frente. Se dignificará el trabajo y quedará abolida la explotación laboral, las horas extra y la jornada completa pagada como media. La vigente jornada laboral conseguida con cruentas luchas, hace ya más de un siglo, se reducirá drásticamente, qué menos. Se suprimirá el IVA (21%) que grava el conjunto de los costes laborales, de modo que el trabajo deje de ser objeto de un impuesto indirecto como si de cualquier otra mercancía se tratara, porque los trabajadores no son mercancía (aunque lo parezca). Considerado el trabajo tanto como una obligación y como un derecho, cualquier abuso o fraude en su remuneración será considerado delito y penalizado con severas multas y cárcel. La socialización del trabajo queda garantizada por el nuevo gobierno denominado -por los no progresistas- como radical y comunista.

Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado pasarán a denominarse y a actuar como Fuerzas y Cuerpos de Seguridad de los Ciudadanos. Serán repatriadas todas las Fuerzas que bajo el eufemismo de ayuda humanitaria están interviniendo -reprimiendo- a la población en una docena de países -es decir, colonias o neocolonias- contraviniendo lo más elemental del derecho internacional sobre la no injerencia en asuntos internos de otros países, salvo en casos obvios como el reconocimiento de los autoproclamados Presidentes, caso Guaidó de Venezuela, o en el caso de las armas de destrucción masiva o del ataque preventivo ya que, en estas circunstancias, prevalece el habitual principio de que el fin justifica los medios, con la única limitación de que tal principio es intransferible, es decir, no goza de reciprocidad en ningún caso. Su efectividad ha quedado manifiestamente acreditada en los países que hemos intervenido militarmente o en los que la intervención es de bloqueo económico de modo que tales países queden en estado colonial o neocolonial -según convenga- del que nunca debieron pretender salir sino aceptar la realidad de que su misión es seguir suministrando materias primas, conforme a nuestro derecho internacional o, en el caso de Palestina, conforme al derecho divino que tuvo a bien calificar la zona como de tierra prometida.

Los servicios sociales serán públicos y se condenará toda privatización de los mismos, comenzando por la sanidad, la enseñanza y el resto de las prestaciones sociales.

Se suprimirán los 16.000 aforamientos de los cargos públicos, políticos o no, y se restablecerá el principio de que todos somos iguales ante la ley.

Hablemos también del derecho a la autodeterminación, pero primero preguntemos a los millones de emigrantes forzosos -incluyendo a los que sobreviven en el Mediterráneo-, preguntemos también a los parados y al tercio de la población que están en la pobreza, o en el umbral de la misma, sin olvidar a los millones de ciudadanos considerados de segunda que no pueden sufragar el copago de los medicamentos que necesitan -más de 800.000, solo en Cataluña- y no olvidemos preguntar también a los que de la noche a la mañana son desahuciados sin miramiento alguno.

Hablemos también del riguroso secreto del consejo de (nuestros) ministros que negocian nuestros intereses, vidas y haciendas a nuestras espaldas. Antes de votarlos dicen que nos representan, pero después solo se representan a sí mismos y a lo que a ellos les convenga. Volviendo al principio. Locura y estupidez, no otra cosa, porque el resultado de este simulacro de democracia es que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, y ello es así porque la política y la política económica de nuestros políticos es la que es y da el resultado que todos vemos, incluidas las puertas giratorias para los artífices del milagro económico que consiste en incrementar cada vez más la brecha social de los ciudadanos y la de las distintas comunidades entre sí. Y el premio, repito, puertas giratorias y la promoción de sus artífices, todo ello a nuestra costa y con nuestro voto.

La izquierda progresista se asombra del resurgimiento de la extrema derecha, de los fascistas de siempre, pero miran para otro lado en vez de preguntarse cómo y por qué sucede esto como si fueran ajenos a esta derechización. Olvidan que cuatro décadas no solo de permisividad sino de ir escorándose día tras día hacia la socialdemocracia, al neoliberalismo, ha sesgado a la izquierda -si es que alguna vez lo fue, que lo dudo- hacia posiciones cada vez más de derechas, incluyendo el buen trato dado a los gobiernos de los países más deplorables y dando la espalda a gobiernos de países que intentan salir adelante cuando no atacándolos directamente. Basta ver que la política internacional que siguen los llamados progresistas y la extrema derecha es más o menos la misma, es decir, a la hora de la verdad los intereses de unos y de otros coinciden, o sea, ni de derecha ni de izquierda, si no intereses económicos, políticos o geoestratégicos, todos ellos al servicio del neoliberalismo. Basta con ver a quién vendemos armas y en qué guerras (ayudas humanitarias) participamos, sin distinción de quien gobierne.

No se trata de tomar ningún palacio de invierno, pero por lo menos de no vendernos que se ha dado un paso adelante cuando se acaban de dar cuatro hacia atrás.

Así lo vio Antonio Machado en El mañana efímero:

La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía… El vano ayer engendrará un mañana vacío… Como la náusea de un borracho ahíto de vino malo… de heces turbias… hay un mañana estomagante escrito.

www.asturbulla.org

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.