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Arabia Saudita, un régimen criminal

Fuentes: Mediapart

El príncipe heredero Mohammed ben Salmane y el Reino que dirige de facto hace mucho tiempo que se benefician de la indulgencia de las democracias occidentales. Sin embargo, asesinato del periodista Jamal Khashoggi hace imposible ignorar la verdadera naturaleza del régimen de Riad.

En química, se habla de precipitado. Se produce cuando la modificación de la concentración de diferentes líquidos o la agregación de un elemento extraño «precipita» la formación de elementos sólidos. El caso Khashoggi, que probablemente debería llamarse más exactamente el asesinato de Jamal Khashoggi, es un precipitado que revela al mundo entero la verdadera naturaleza de la monarquía saudí, liderada por el príncipe heredero Mohammed ben Salmane y que ya no puede ser ignorada por sus clientes y socios occidentales: la de un régimen criminal.

La desaparición de un periodista saudí de 60 años, conocido únicamente por especialistas en Oriente Medio, no debería haberse convertido en un escándalo internacional. Nadie lo había previsto y, por supuesto, no el hombre fuerte de Arabia Saudí, Mohammed ben Salmane, conocido como MBS. Desde su irrupción en el panorama saudí en 2015 como ministro de Defensa, a los 29 años, y su posterior ascenso a príncipe heredero en 2017, es decir, el primer sucesor de su padre el rey, ha acumulado tropiezos y errores de juicio, algunos ellos mucho más mortíferos que la eliminación de Jamal Khashoggi. Pero las consecuencias de sus acciones nunca le habían salpicado hasta el punto de ponerlo en peligro. Hasta la fecha.

La guerra en Yemen, los miles de muertos civiles que ha causado, es obra suya. La quiso, la dirige y la pierde. A pesar de la indignación de las ONG humanitarias y de los intentos de Naciones Unidas por detener el conflicto apuntando a la responsabilidad de Riad en el bombardeo de civiles, MBS prosigue sus operaciones, con el apoyo indirecto de sus aliados occidentales, encabezados por Estados Unidos, Francia y Reino Unido, que le proporcionan servicios de inteligencia, armas y protección diplomática. Pero Yemen está lejos, los reporteros apenas pueden llegar allí y las guerras en Oriente Medio terminan por cansar. Además, en el reino saudí, nadie está autorizado a hablar de esta guerra, excepto para promoverla, a menos que quiera pudrirse en una cárcel.

Cuando MBS y su padre cortocircuitaron el orden de sucesión al trono, una maniobra inédita en Arabia Saudí, condenando a su primo y rival a permanecer en arresto domiciliario, y más tarde repatriando por la fuerza al país a miembros de la familia real para mantenerlos callados, todo el mundo lo interpretó como un ajuste interno de cuentas, a pesar de los métodos utilizados, a menudo brutales, como el hecho de redirigir aviones en pleno vuelo a Riad.

Cuando el príncipe heredero secuestró durante varias semanas a más de un centenar de notables saudíes (empresarios, inversores, miembros de la familia real, exministros…), antes de acceder a liberarlos a cambio del pago de una parte de su fortuna, obtenida no siempre de forma honesta, a veces arrancaba una sonrisa al recordar la justicia expeditiva, más propia del lejano oeste, donde nadie es realmente inocente.

Cuando, por esas mismas fechas, MBS secuestró al primer ministro libanés -que había acudido a la llamada de Riad- y le obligaba a dimitir en directo en televisión, en un vídeo que recordaba a las confesiones filmadas de rehenes, causó cierto malestar, pese a todo. Pero Emmanuel Macron dio un rodeo para hablar con él, logró la liberación de Saad Hariri, que de regreso a Beirut volvió a tomar posesión de su cargo y, meses después, se divertía haciéndose selfies con el príncipe, dando la impresión de que todo era una broma entre viejos amigos.

Tampoco será fácil de olvidar el encarcelamiento y las amenazas de ejecución de decenas de defensores de los derechos humanos; el embargo a Qatar para asfixiar al pequeño emirato -demasiado independiente, para su gusto-; la ruptura de las relaciones con Canadá a raíz de un tuit…

Todo esto es fruto de una estrategia pensada y conocida tanto por los autócratas como por los cineastas, consiste en infundir miedo, incluso terror, desde el principio a través de una secuencia violenta o de un asesinato impensable. Pero mientras Psicosis, Alfred Hitchcock, o Juego de Tronos pertenecen al ámbito de la ficción y del miedo de los espectadores, el reinado de ben Salmane es demasiado real para sus oponentes.

Sin embargo, a pesar de esta pesada carga que se habría llevado por delante a cualquier líder, MBS ha seguido gozando de la indulgencia y del apoyo abierto de la mayoría de las democracias occidentales. Son bien conocidos los resortes ocultos (o no tanto) de esta mano siempre tendida: el petróleo adquirido, las armas vendidas y las jugosas inversiones financieras en ambos sentidos, a lo que hay que sumar las promesas de reformas que ha realizado MBS que, aunque suelen posponerse, sirven de moneda de cambio en el panorama internacional. Y, por supuesto, como los gobiernos occidentales no dejan de repetir desde el 11 de septiembre de 2001, la colaboración de Arabia Saudí en la guerra contra el terrorismo tiene un costo que debe pagarse guardando silencio, como el que traga un medicamento asqueroso…

Ante el silencio que rodeaba sus acciones criminales, la impunidad de la que gozaba hasta la fecha, incluso la admiración que despertaba en el extranjero (sólo hay que recordar la gira que realizó por Estados Unidos en abril de 2018, cuando se entrevistó con los principales dirigentes y medios de comunicación entre loas), Mohammed ben Salmane no tenía razón alguna para pensar que hacer desaparecer a un periodista crítico socavaría su índice de popularidad. Pero cometió un error de cálculo.

A diferencia de la Rusia de Vladimir Putin, que elimina discretamente a sus opositores en el extranjero, excepción hecha de meteduras de pata como la de Skripal 3, MBS ha optado por firmar su crimen. ¿De qué otra manera cabe explicar si no la desaparición de Jamal Khashoggi en su propio consulado mientras la prometida del periodista lo esperaba afuera? O es una estupidez, lo que no se puede descartar por completo, o es un mensaje. Pero el error fue cometerlo en Turquía.

El presidente Recep Tayyip Erdogan no es un amante de las libertades fundamentales, especialmente de la prensa, pero sus relaciones con Arabia Saudí son tensas y es un buen estratega. En lugar de tapar el crimen, decidió hacerlo público, revelando todo aquello que los investigadores pudieron ir descubriendo como prueba. Esta es la paradoja del «mundo trumpiano» en el que vivimos: un jefe de Estado represivo autoriza la transparencia y deja que los medios de comunicación trabajen cuando el presidente de Estados Unidos juega con la cólera y denuncia a los periodistas como «enemigos del pueblo».

El elemento final del precipitado es la crueldad del asesinato de Jamal Khashoggi. Se trata de un calco de una acción propagandística del Estado islámico o de la decapitación de Daniel Pearl a manos de Al Qaeda, mientras que se supone que Occidente debe luchar contra el oscurantismo y la violencia islamista de Daech o de los herederos de ben Laden con el apoyo de Riad. Lo que muchos han señalado desde hace tiempo, a saber, la porosidad entre el terrorismo de Al Qaeda o Daech y la alianza en el seno del régimen saudí entre la familia gobernante y el clero wahabí, queda al descubierto.

Todo indica que el rey Salmane y su hijo van a buscar un chivo expiatorio para que asuma la culpa de este asesinato, disfrazando el crimen de operación fallida de un subordinado tan celoso como incompetente. Quieren salvar el pellejo: los perros van a ladrar, pero la caravana del business debe pasar.

El mundo de los negocios tardó alrededor de diez días en comprender lo que estaba en juego, pero finalmente se retiró gradual y masivamente del llamado «Davos en el desierto», la gran conferencia sobre inversiones prevista para el 23 de octubre en Riad. Pero, ¿cuánto tiempo pasará antes de volver por una puerta trasera, cuando haya menguado la atención puesta sobre la suerte de Jamal Khashoggi? Resulta difícil de creer que vaya a haber una fuga masiva de businessmen de Arabia Saudí. ¿Quién dice, sin embargo, que no podrían ser víctimas, a su vez y más discretamente, de un ajuste de cuentas ordenado por la MBS si vienen a molestarle?

En cuanto a los líderes occidentales, ¿seguirán dejándose ver con Mohammed ben Salmane? ¿Continuaran cortejando sus petrodólares? Si persisten, será una nueva desmonetización de la voz política, la que inevitablemente conduce a la erosión de los valores democráticos. Lo que vendrá a significar: «No creas en nuestros discursos. Predicamos los derechos humanos, la libertad y la moralidad en las relaciones internacionales, pero si un defensor de estos principios resulta asesinado ante nuestros ojos, no moveremos un dedo y nuestras advertencias sólo se utilizarán para entretener a la galería».

Hace mucho tiempo que periodistas, investigadores y la mayoría de diplomáticos, con la condición de permanecer en el anonimato, lo dicen: Arabia Saudí es un Estado criminal que alimenta el terrorismo islamista, promueve regímenes autoritarios y regresivos (en Egipto, por ejemplo), tortura a sus mujeres y jóvenes, negándoles cualquier perspectiva de emancipación, y contribuye más de lo razonable al cambio climático por su dependencia del petróleo. Ya es hora de que los líderes franceses, estadounidenses, británicos, alemanes, etc. lo digan públicamente.

Fuente orignal: https://www.mediapart.fr/es/