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Aznar y la libertad negativa se manifiestan en el barrio de Salamanca

Fuentes: Rebelión

La libertad negativa consiste, de acuerdo con Isaiah Berlin, en que nadie interfiera en mis acciones y agregaba, además, lo siguiente: «En este sentido, la libertad política es, simplemente, el ámbito en que un ser humano puede actuar sin ser obstaculizado por otros”[1]. Recuerdo que una de las primeras veces que observé esta interpretación de la libertad fue en 2007. Hacía tres años que el Partido Popular había perdido las elecciones frente al PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero y, el ex presidente, José María Aznar criticaba lo que él calificaba de “prohibicionismo del Gobierno”[2].

El momento en concreto que trato de rescatar para el lector fue aquel en el que Aznar comentó lo que él entendía como la «ley contra el vino» y terminaba choteándose de las campañas de la Dirección General de Tráfico: «¿Y quién te ha dicho que quiero que conduzcas por mí?», ironizaba Aznar respecto al conocido lema, tras lo que añadía que nadie le debía decir lo que tenía o no que beber. «Déjame que beba tranquilamente; no pongo en riesgo a nadie ni hago daño a los demás», “a mí no me gusta que me digan no puede ir usted a más de tanta velocidad, no puede usted comer hamburguesas de tanto, debe usted evitar esto y además a usted le prohíbo beber vino”, dijo Aznar.

El ex presidente aprovechaba la recepción de la medalla de honor de la Academia del Vino de Castilla y León para criticar las políticas del ejecutivo de Zapatero que iban encaminadas, obviamente, a salvaguardar el derecho de las personas a que nadie les mate por conducir ebrio y poner freno al alcoholismo (cosas de socialcomunistas). Aznar se autodefinió, por si quedaba alguna duda, como un defensor de la libertad.

El mensaje era meridiano, a él ni a nadie que pensara como él, podía decirle el gobierno que no podía hacer algo, y menos uno que quiera construir un compromiso entre libertad y justicia, y para ello constituya un gobierno de las leyes, siempre y cuando estas sean un producto colectivo. Esto deja de resultar curioso cuando hablamos del típico liberal español del panorama político; ellos se agarrarán a la ley cuando haya que criticar la ética de la convicción de la que nos hablaba Max Weber, y a la que siempre oponen su ética de la responsabilidad[3].

La nefasta falta de ética (en general) que acompaña a la perniciosa idea de libertad negativa de las derechas liberales españolas, se ha vuelto a poner de manifiesto, y de qué manera, en los últimos días. El jueves 14 de mayo, en el acomodado y consecuentemente feudo de la derecha barrio de Salamanca, cientos de personas se manifestaban reclamando, una vez más, “libertad”. Esta vez en medio de la crisis del coronavirus, saltándose impunemente las medidas de distanciamiento social impuestas por el gobierno para lidiar con los efectos en la salud de los ciudadanos, en la economía y en el sistema sanitario que esta está provocando.

Automáticamente mi cerebro asoció esta muestra de cinismo y falta de toda ética, con aquellas declaraciones de José María Aznar en 2007. Así como su mentor ideológico se mofaba en su día de los intentos del gobierno del PSOE por reducir la mortalidad en nuestras carreteras, hoy teníamos a cientos de personas en la calle Núñez de Balboa y aledaños reclamando la dimisión del gobierno “comunista” que trata de reducir el impacto del coronavirus mediante el uso extraordinario del estado de alarma. Medidas que, al igual que aquellas campañas de la DGT y la “ley contra el vino” de 2007, vienen dictadas por una idea de libertad distinta, la libertad positiva, que considera legítimo limitar el ejercicio de la libertad individual para lograr la consolidación de un orden civil que garantice unos mínimos de justicia social.

Todo este conflicto descrito se halla dentro de uno mucho más amplio y con más aristas que las mencionadas: el conflicto de clase. La idea de libertad negativa se encuentra ligada a unos privilegios que no se quieren perder o, ni siquiera, suspender durante unos meses. Una tasa de ganancia que se ve mermada por un estado de alarma que, a su vez, les usurpa a estos privilegiados de ese ocio que se ha ganado el que se ha hecho a sí mismo en el mejor de los casos y que, si no, considera que todo le pertenece por derecho de cuna.

La utilización del palo de golf como instrumento de protesta, o el señor que ataviado con un megáfono y desde los asientos traseros de un Mercedes descapotable que conduce otro individuo, proclama “comunistas”, “asesinos” y “gobierno dimisión”, son regalos simbólicos muy valiosos de esta sátira política para cualquier observador mínimamente crítico. Estos ejemplos ilustrativos de la derecha liberal, son algunos de los representantes de la corriente ideológica que tanto criticó también al actual gobierno de coalición por haber permitido (como si esto fuera competencia exclusiva del mismo, además) las manifestaciones del 8M. Suponemos que por aquel entonces y para este hecho concreto sí defendían una libertad positiva y la ética de la responsabilidad.

No olvidemos que la ética de la responsabilidad franquista (nótese la ironía) fue la que salvaguardó los derechos fundamentales de la burguesía del barrio de Salamanca, al ser este distrito considerado como “zona neutral” por los golpistas[4], quedando así el mismo fuera de los objetivos de la aviación y la artillería estos. Los privilegios de clase tienen un origen histórico.

Esperemos que el conjunto de los madrileños no sigan el ejemplo de este barrio privilegiado, y le den entonces la razón a la Presidenta de la Comunidad de Madrid, referente político de la derecha liberal en la capital, con aquello de: “esperen a que la gente salga a la calle, porque lo de Núñez de Balboa les va a parecer una broma”. Aunque broma, una de muy mal gusto, ya nos ha parecido a más de uno.

Notas:

[1] Isaiah Berlin, Cuatro ensayos sobre la libertad, Madrid, Alianza, 1988, p. 191.

[2] Véase: https://elpais.com/elpais/2007/05/03/actualidad/1178180233_850215.html

[3] Desde determinadas tribunas políticas se opone la “ética de la responsabilidad” a la “ética de la convicción”. La “ética de la convicción” que habrían representado los brigadistas o los partisanos que lucharon contra en fascismo, conduciría necesariamente a la catástrofe.

Sentaría las bases totalitarias, ya que los partisanos estarían dispuestos a perder la vida por su causa, lo que les convertiría en fanáticos dispuestos a todo por liberar al hombre y construir un mundo mejor. El fin justificaría los medios para lograr el triunfo en nombre de una ideología.

En contraposición, encontraríamos la deseable “ética de la responsabilidad”. Sus objetivos serían más modestos, ya que sus representantes tendrían en cuenta las consecuencias de cada acción que pudieran llevar a cabo. Perseguirían salvar inocentes y contribuir a mitigar los efectos devastadores de la guerra, sin pretender construir un orden social nuevo. Esta ética es privilegiada en los últimos tiempos para denostar el compromiso ideológico en la izquierda, igualado, en último término, al fascismo o al nazismo. Véase: https://www.diagonalperiodico.net/saberes/32522-antifascismo-memoria-sepultada.html?fbclid=IwAR3Ev_lJKY8Rk05-TWd1-tBhuKTBpyePRwP1a227br_YHBDQaDQDPtI77Y4

[4] Véase: https://www.elespanol.com/cultura/historia/20190316/plano-madrid-bombardeado-franco-guerra-civil/383491654_3.html#img_5