Recomiendo:
0

Barcelona, oportuno centenario del Plan Cerdà

Fuentes: Sin Permiso

De todas las artes, la arquitectura es la que con más claridad muestra sus vínculos con el capital, pues su desarrollo está en relación directa con el tipo de propiedad sobre el suelo. [1] Pocos temas son tan actuales y recurrentes entre arquitectos, urbanistas y -no por olvidados dejan de estar ahí- en las asociaciones […]

De todas las artes, la arquitectura es la que con más claridad muestra sus vínculos con el capital, pues su desarrollo está en relación directa con el tipo de propiedad sobre el suelo. [1] Pocos temas son tan actuales y recurrentes entre arquitectos, urbanistas y -no por olvidados dejan de estar ahí- en las asociaciones de vecinos de cualquier metrópolis como los de la reordenación del espacio público, la especulación del suelo y los llamados procesos de gentrificación. Así, recientemente la Comisión de Urbanismo de Nueva York acordó rebajar en 60 metros la Tour de Verre de Jean Nouvel (el arquitecto de la Torre Agbar) después de que los medios de comunicación reflejasen la oposición de los vecinos. La torre, cuyo interior albergará un hotel de lujo de siete estrellas, apartamentos de alto standing y un restaurante de lujo, sólo contaría con un espacio abierto al público, el correspondiente a las tres plantas de ampliación del Museo de arte moderno de Nueva York, un ejemplo inmejorable de segregación social y refeudalización del espacio público.[2] En Berlín, por poner tan sólo un ejemplo más, la gentrificación del antaño popular barrio de Kreuzberg -en el que tradicionalmente convivía la inmigración turca y una extrema izquierda especialmente activa- ha sido contestada con acciones militantes, la más sonada de todas ellas la quema de más de cien automóviles de lujo en lo que va de año. [3]

Mientras tanto, en Barcelona la prensa conservadora ha declarado la guerra al consistorio municipal denunciando repetidamente la degradación del centro urbano y la presencia en la vía pública de consumo de drogas y prostitución, pero como estos problemas distan de ser nuevos, y los intereses de clase de estas cabeceras -una de las cuales ostenta dicho sea de paso el mayor número de anuncios de contactos de toda la prensa catalana- tan evidentes, cabe razonablemente sospechar que detrás de estas indignadas denuncias morales no se esconde otra cosa que la creación de un clima de opinión favorable a una operación inmobiliaria que sirva en bandeja los restos del antiguo barrio chino a promotores inmobiliarios en tiempos de vacas flacas. Así pues, resulta muy oportuno el 150º aniversario del Plan Cerdà en nuestra ciudad -recientes el caso Millet y la operación Pretoria, pero cíclicamente víctima de operaciones de especulación urbanística- que se conmemora con diversos actos y exposiciones, en las cuales, por cierto, uno se pregunta razonablemente lo que el obrero del célebre poema de Brecht ante el libro de historia, pues los asépticos y glaciales planos, trazados y fotografías aéreas ocultan la realidad de quienes con sus manos levantaron aquel proyecto: ¿Cómo eran? ¿Cómo vivían? ¿De dónde procedían? ¿Dónde se alojaban? Todo esto brilla por su ausencia.

El chaflán como síntoma

El urbanista y filántropo Ildelfons Cerdà (Centelles, Barcelona 1815-Las Caldas del Besaya, Cantabria, 1876) trazó el plan por el que pasaría a la historia en 1855, siendo aprobado cuatro años más tarde por concurso municipal. El 13 de agosto de 1860 se fijó en el cruce de Vía Laietana con Gran Vía el mojón que sirvió de origen y punto de referencia para todas las líneas del trazado y, en el mes de diciembre de ese mismo año, comenzaron a edificarse las primeras construcciones del Eixample. Cerdà se adelantó «con su reflexión profunda y sistemática lo que se le venía encima a la ciudad moderna. Y no sólo se anticipó sino que algunas de sus aportaciones son verdaderos inventos.» [4] Concretamente: un trazado ortogonal flexible y capaz de adaptarse a los cambios -el modelo procedía de la Grecia y Roma clásicas, se repite en la ordenación del territorio en los EE.UU. desde la legislación de Thomas Jefferson, la construcción de los pólders holandeses, las ciudades españolas en el Nuevo Mundo e incluso algunas ciudades del sudeste asiático, ejemplos todos ellos que Cerdà había estudiado en su Teoría de la construcción de las ciudades (1859)- y, sobre todo, el chaflán, los cortes de 45º de las esquinas que dan al proyecto de Cerdà su principal seña de identidad. La orientación de la malla ortogonal en dirección NO-SE y NE-SO y el chaflán hacen aumentar la eficiencia del uso de la superficie de la trama sin desvirtuar su geometría, permiten una entrada de luz excepcional en las viviendas, facilitan el tráfico y otorgan además una vistosidad escenográfica a la arquitectura.

El Plan Cerdà también supuso, empero, la remodelación la ciudad haciendo que sus nuevas calles no se prestasen a la táctica habitual de las insurrecciones locales (que siempre han partido del bullicioso centro histórico de la ciudad), sobre todo después de que las autoridades decidiesen en 1854, y debido al hacinamiento de una población que en menos de 70 años había pasado de 100.000 a 183.000 habitantes y era presta en todo momento al motín por la insalubridad de las viviendas y el encarecimiento de los alimentos, el derrocamiento las murallas -que P.F. Monlau había reclamado ya en 1841 en su célebre artículo «¡Abajo las murallas!»- y la urbanización del gran llano que rodeaba a la ciudad, hasta entonces reservado al ejército (que así podía sitiarla en caso de sublevación), hasta alcanzar los entonces pequeños pueblos de las afueras. La solución al hacinamiento no buscaba solamente alejar la posibilidad de un motín: «El cólera, el tifus, la fiebre tifoidea, la viruela y otras enfermedades devastadoras esparcen sus gérmenes en el aire pestilente y en las aguas contaminadas de estos barrios obreros. Aquí no desaparecen casi nunca y se desarrollan en forma de grandes epidemias cada vez que las circunstancias les son propicias. Estas epidemias se extienden entonces a los otros barrios más aireados y más sanos en que habitan los señores capitalistas. La clase capitalista dominante no puede permitirse impunemente el placer de favorecer las enfermedades epidémicas en el seno de la clase obrera, pues sufriría ella misma las consecuencias, ya que el ángel exterminador es tan implacable con los capitalistas como con los obreros.» [5] En 1821 hubo en Barcelona una epidemia de fiebre amarilla que provocó 6.244 muertos, en 1854 una de cólera que causó 5.657 muertos y que se repitió en 1865 dejando 3.717 muertos y aún habría ocasión para una tercera en 1870, que se saldó con 1.278 muertos. Urgía por muchas razones una remodelación urbana.

Lo que hace destacable al plan de Cerdà es, pues, su originalidad, ya que en aquel momento las ciudades de toda Europa pasaban por transformaciones similares con el cambio de los modos de producción, que trajeron consigo el éxodo rural y la introducción de nuevos medios de transporte: «La época en que un país de vieja cultura realiza esta transición […] de la manufactura y de la pequeña producción a la gran industria, suele ser también una época de «penuria de la vivienda». Por una parte, masas de obreros rurales son atraídas de repente a las grandes ciudades, que se convierten en centros industriales; por otra parte, el trazado de aquellas viejas ciudades no corresponde ya a las condiciones de la nueva gran industria ni a su gran tráfico; las calles son ensanchadas, se abren otras nuevas, pasan por ellas ferrocarriles. En el mismo momento en que los obreros afluyen en gran número a las ciudades, las viviendas obreras son destruidas en masa. De aquí la repentina penuria de la vivienda, tanto para el obrero, como para el pequeño comerciante y el artesano, que dependen de la clientela obrera. En las ciudades que surgen desde el primer momento como centros industriales, esta penuria de la vivienda es casi desconocida.»[6] Así, la construcción del Eixample vino acompañada sucesivamente por la introducción de la distribución del gas para la iluminación y el consumo, el ferrocarril, el telégrafo y el teléfono.

Por ejemplo señalado: Georges-Eugène Barón Haussmann (1809-1891) buscó en París objetivos similares a los de sus homólogos catalanes en su reordenación del trazado urbano de la ciudad, el cual conviene recordar que solamente pudo realizarse gracias a la corrupción financiera que acompañó al II Imperio y con la mira puesta a crear nuevos ciclos especulativos.[7] Nada de esto se le pasó por alto a Friedrich Engels, quien, en Sobre el problema de la vivienda escribió lúcidamente (¡en 1872!): «En realidad, la burguesía no conoce más que un método para resolver a su manera la cuestión de la vivienda, es decir, para resolverla de tal suerte que la solución cree siempre de nuevo el problema. Este método se llama Haussmann. Entiendo por Haussmann, no solamente la manera específica bonapartista del Haussmann parisino de trazar calles anchas, largas y rectas a través de los barrios obreros construidos estrechamente, y bordearlas a cada lado con edificios lujosos; su finalidad, aparte la de carácter estratégico tendente a hacer más difícil la lucha de barricadas, era formar un proletariado de la construcción específicamente bonapartista y dependiente del gobierno, y asimismo transformar París en una ciudad de lujo. Entiendo por Haussmann la práctica generalizada de abrir brechas en barrios obreros, particularmente los situados en el centro de nuestras grandes ciudades, ya responda esto a una atención de salud pública o de embellecimiento o bien una demanda de grandes locales de negocios en el centro, o bien a unas necesidades de comunicaciones, como ferrocarriles, calles, etc. El resultado es en todas partes el mismo, cualquiera que sea el motivo indicado: las callejuelas y callejones sin salida más escandalosos desaparecen y la burguesía se glorifica con un resultado tan grandioso; pero… callejuelas y callejones sin salida reaparecen prontamente en otra parte, y muy a menudo en lugares muy próximos.» [8] (Similitudes con los actuales procesos de gentrificación aparte, idéntico plan al de los bonapartistas parece haber seguido el PP valenciano, el cual, inflando tanto tiempo como pudo la burbuja inmobiliaria, ha creado, además de extensas redes clientelares por toda la región, un proletariado de la construcción afín, del que dependen, a su vez, los trabajadores de otros sectores económicos, lo que explica en buena medida su popularidad e intención de voto en las encuestas incluso en momentos de abierta crisis como el presente, para desesperación de columnistas y politólogos prêt-à-penser que, faltos de mejor explicación, acuden nada menos que a la psicología de masas en búsqueda de argumentos, cuando no a una indignación moral improductiva.)

Surgido como un plan de ordenación racionalista y humanista, el Plan Cerdà fue, como es sabido, dinamitado desde su interior por la voracidad de los constructores, mostrando el triste destino que aguarda a toda reforma político-social (por excelente que sea) que no cuente con un amplio respaldo popular. Cerdà concibió originalmente una manzana cuadrada de 113 metros con chaflanes de 19’8 metros que podía parcelarse de diferentes modos para albergar en su interior jardines, pequeñas industrias o equipamientos. (Se concebía así también como una secuencia de tránsito: calle, fachada, interior, galería y patio, yendo de lo público, la calle, a lo privado, la casa, para volver finalmente a un espacio colectivo, el patio interior.) Sin embargo, estos espacios se sustituyeron en demasiados casos por pasajes, para aumentar el espacio edificable de cada manzana. De haberse respetado el proyecto original, hoy los pisos del Eixample contarían con más luz natural, y en la mayoría de bloques podrían haberse instalado, además de los jardines y equipamientos sociales previstos, contenedores sellados de basura y reciclaje -como ocurre, por ejemplo, en Berlín- en vez de haberlos de dejar en las calles, donde afean el paisaje urbano, roban espacio a los peatones y al aparcamiento de automóviles y ciclomotores, de modo tal que la mayor utilidad social de estas cajas no parece ser hasta la fecha otra que la de funcionar como barricadas improvisadas durante algunas de las tumultuosas manifestaciones de la izquierda en la ciudad.

La violación del Pla Cerdà puede hoy verse como el precedente para toda suerte de agiotajes y simonías que, desde el período especulativo iniciado en 1932, se dan en una ciudad-palimpsesto que pasa por ser una de las capitales mundiales del diseño, y en la que sólo puede contarse como honrosa excepción entre tantos errores y horrores urbanísticos las propuestas del GATCPAC (Grup d’arquitectes i tècnics catalans per al Progrés de l’Arquitectura Contemporània, fundado en 1929), que incluso llegó a presentar una remodelación del Eixample siguiendo la línea racionalista de Cerdà, que dividía sectorialmente la ciudad y agrupaba, siguiendo al parecer una idea de Le Corbusier, nueve manzanas en una sola de 400 metros.

El asalto al plan racional de Cerdà

De todos los ataques al plan Cerdà, los del alcalde franquista Josep Maria de Porcioles -muy apreciado por Jordi Pujol- son dignos de figurar en los puestos de honor por sus propios e indiscutibles méritos. Fue él quien, además de fomentar el automóvil suprimiendo el servicio de tranvías, creó la llamada «solución vertical», por la cual se otorgaron licencias en 1947 y, más tarde, en 1958, para elevar varios pisos, áticos y sobreáticos a los ya existentes en las fincas, con el único objetivo de aumentar los ingresos de sus rentistas propietarios, aún a costa de estropear todo paisaje urbano y soterrar a las viviendas de las plantas inferiores en la oscuridad durante la mayor parte del día. Aún hoy el Ayuntamiento no puede -o no quiere- plantarle cara a muchos de los problemas que proceden de aquel entonces, como los bosques de antenas ilegales que proliferan por doquiera, la instalación descontrolada de aparatos de ventilación en las fachadas y en los balcones, los cables de teléfonos tendidos por cualquier lugar, el cierre anárquico de terrazas y otros muchos ejemplos de mentalidad poco cívica y pequeñoburguesa que destruyen la armonía urbanística. Ya en democracia, Pasqual Maragall trajo los Juegos Olímpicos a la ciudad condal -manto con el que se cubrió la llamada «Operación Garzón», que reprimió duramente a la izquierda independentista de Barcelona- y, con ellas, una discutida remodelación urbana que, no obstante, Joan Clos hizo parecer amateur en comparación con la suya del Raval -cuyas irregularidades denunció el documentalista Joaquím Jordà en su película De nens (2003)-, siendo el más claro ejemplo de gentrificación en la ciudad hasta la fecha, no en vano fue el hoy embajador español en Turquía quien acuñó el eslogan de Barcelona, millor botiga del món. También fue Clos quien inició una dura campaña contra los centros sociales ocupados y quien salpicó el mapa de la ciudad de construcciones que ni encajan con el espíritu de los barrios ni se integran en su tejido urbano -ese tipo de edificio, por decirlo con Fredric Jameson, que «no desea ser parte de la ciudad, sino antes bien su equivalente o el sucedáneo que toma su lugar» [9]-, frecuentemente diseñados por elitistas vedettes del mundo de la arquitectura devenidos oportunistamente en populistas, como la ya mencionada Torre Agbar o el Fórum de las Culturas -cuyo restaurante de lujo, Klein, cerró las puertas el pasado mes de julio después de que el consistorio hubiera invertido tres millones de euros en sostener este negocio deficitario, cuyo menú costaba entre 50 y 100 euros por comensal [10]-, que actúan supuestamente como imagen de marca de una ciudad cada vez más despersonalizada y enfocada al turismo, una dinámica que requiere de otra recíproca para contener el malestar y las desigualdades sociales que ha llevado a Jaume Asens, de la Comisión de Defensa del Colegio de Abogados de Barcelona, a hablar de una «militarización del espacio público» [11] -desaparecida la zanahoria, queda el palo- que tiene como objetivo desballestar los restos del rico tejido asociativo vecinal barcelonés. Este año esta dinámica nos ha dejado el hotel Vela en la playa de la Barceloneta, un edificio denunciado por David Harvey -«What the fuck is this hotel doing here?», saltó el geógrafo británico al verlo- y por el arquitecto catalán Josep Maria Muntaner, quien, en un artículo en El País, arremetió duramente contra el edificio diseñado por Ricardo Bofill:

    Desde una mirada formalista se trata de un mero gesto, de escasa calidad arquitectónica; desde la sensibilidad ecologista, no se puede admitir que a estas alturas se haga un edificio con fachadas de cristal hacia todas las orientaciones, incumpliendo criterios bioclimáticos; entre los vecinos aumenta el descontento con este emblema del neoliberalismo y de los abusos urbanísticos. Por tanto, nada lo puede salvar ya de ser un símbolo más del declive urbano y político de esta ciudad. Y si, temporalmente, lo salvan los turistas, porque lo llenan, Barcelona pierde. Porque la opinión ha sido clara: no se quiere este hotel símbolo de la especulación y el favoritismo, que a todos nos roba el horizonte, en una situación actual que admite muy pocos hoteles nuevos y, mucho menos, en el tejido histórico de Ciutat Vella. [12]

Creo que no está de más recordar que Bofill es también responsable del Teatre Nacional de Catalunya, un típico pastiche posmoderno frío y grandilocuente, cuya acústica sacrificó a mayor gloria del autor, que rinde homenaje además a la falsa «concepción, puesta en circulación por el neoclasicismo y el romanticismo, del teatro ático como ideal del teatro nacional, y de su público como prototipo de comunidad artística que fusiona en sí a un pueblo entero.» [13] Por si fuera poco, el Ayuntamiento parece decidido a continuar con esta política y amenaza con nuevos proyectos: la Torre Espiral de Zaha Hadid, el edificio de 34 plantas de Frank Gehry en el barrio de La Sagrera, la Torre Diagonal ZeroZero de Enric Massip-Bosch (futura sede corporativa de Telefónica en Cataluña) o el edificio Media-TIC, que acogerá empresas del sector audiovisual y nuevas tecnologías.

Unamuno dijo en una ocasión -acaso un tanto injustificadamente- que Barcelona era una ciudad de fachadas, y lo cierto es que, andando el tiempo, y si nadie lo impide, en eso terminará convirtiéndose. No podía ser el aniversario más oportuno: viendo el destino del Plan Cerdà podemos razonablemente preguntarnos qué ciudad queremos realmente, una ciudad rendida al turismo más depredador -apropiación de la historia cultural bajo una forma mercantil, al decir de Harvey- o un espacio de convivencia donde los ciudadanos puedan, además de trabajar y reponerse de su trabajo, llevar a cabo sus iniciativas y disfrutar de su ocio. Así hablaba, sin ir demasiado lejos, el alcalde republicano de Madrid, Pedro Rico López, el 1 de mayo de 1931, al devolverse al municipio la titularidad de la Casa de Campo, hasta entonces patrimonio real, pues aquélla era «la verdadera finalidad para que el Ayuntamiento recibe y el Gobierno entrega el Parque de la Casa de Campo que no es para sitio de orgías, francachelas y merendolas que destruirían y desvirtuarían el verdadero sentido de la entrega y la honda labor cultural y de recreo del vecindario que en él ha de realizarse.» [13] De Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny podemos tomar seriamente la advertencia: «tiempo no os queda apenas / lo podrido puede empeorar».

NOTAS:

[1] Andrew Larence, analista del banco de inversiones Dresdner Kleinwort Wasserstein, inventó en 1999 un «índice de rascacielos» por el cual estableció una relación entre la construcción de grandes edificios con el principio de declive económico. El Empire State Building, por ejemplo, fue finalizado en 1929, y tuvo pisos enteros vacíos durante cuarenta años. La Sears Tower en Chicago se terminó de construir en plena crisis del petróleo en 1974 y las Petronas Towers de Malasia en 1997, coincidiendo con el desplome de los mercados asiáticos. La Canary Wharf de Londres se terminó en 1991, cuando el mercado inmobiliario de Londres se encontraba en recesión. El articulista concluye que los rascacielos son «pues, la encarnación física de la «exuberancia irracional» en los mercados. La regla viene a ser la siguiente: si hay suficiente dinero manando alrededor como para costear uno, no se sorprenda si cuando hay que cortar la cinta inaugural hay que alquilar las tijeras.» El desplome de Dubai no sería más que el último ejemplo. «When skyscrapers signal a downturn», The Guardian, 13 de octubre de 2009.

[2] «Jean Nouvel pierde altura», Público, 12 de octubre de 2009.

[3] «Debatte über Gentifizierung und militanten Protest: Es brennt», tageszeitung, 20 de noviembre de 2009.

[4] «La gran excusa Cerdà», El País, 26 de septiembre de 2009.

[5] Friedrich Engels. Contribución al problema de la vivienda (1872). Hay una versión disponible en el Archivo Virtual de los Marxistas: <www.marxists.org>

[6] Friedrich Engels, op. cit.

[7] Walter Benjamin tomó abundantes notas sobre los trapos sucios del proceso en su libro, nunca terminado, sobre París. Cfr. Libro de los pasajes (Madrid, Akal, 2005), pp. 147-173

[8] Friedrich Engels, op. cit.

[9] Fredric Jameson, El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado (Barcelona, Paidós, 1991), p. 91 [10] «Barcelona cierra el restaurante del Fórum tras gastar en él tres millones», El País, 16 de septiembre de 2009.

[11] Albert Martínez i David Fernández, «Barcelona, negra i criminal», Lluita, septiembre-octubre 2009, pp. 21-22.

[12] Josep Maria Muntaner, «Hotel Vela», El País, 29 de septiembre de 2009.

[13] Arnold Hauser, Historia social de la literatura y el arte, vol. 1, p. 110 (Barcelona, Debate, 2003)

[14] «Una nueva era oculta durante 70 años», Público, 19 de junio de 2009.

Àngel Ferrero es licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente realiza el doctorado en esa misma universidad y escribe artículos de crítica cultural en la revista SINPERMISO.

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2962