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Cambiar o no cambiar, esa es la cuestión

Fuentes: Rebelión

«Traten a los demás como ustedes quieren que ellos los traten». Mateo (7,12) «Pise firme siempre en el medio y no vaya por extremos, que son peligrosos todos» Baltasar Gracián y Morales. «Hay que prever, y marchar con el mundo». José Martí. Una observación. El proceso escritural de estas líneas ha tenido el privilegio de […]

«Traten a los demás como ustedes quieren que ellos los traten». Mateo (7,12)

«Pise firme siempre en el medio y no vaya por extremos, que son peligrosos todos» Baltasar Gracián y Morales.

«Hay que prever, y marchar con el mundo». José Martí.

Una observación. El proceso escritural de estas líneas ha tenido el privilegio de asistir a dos importantes acontecimientos ocurridos en la Mayor de Las Antillas durante el 2016: la visita de Barack Obama y el VII Congreso del PCC, también a las expectativas, estados de ánimos y circunstancias que precedieron y sucedieron ambos momentos. Su bullir en mis entrañas datan desde mucho antes de la llegada del presidente norteamericano -noviembre del 2015-; empero, la visita de este, lo acontecido en esos días y subsiguientes, luego, el discurso del presidente Raúl Castro y lo discutido en el cónclave de los comunistas cubanos, permitieron darle el impulso final. Fin de la observación.

I

Ásperas y hasta subversivas para unos, equilibradas e inaplazables para otros, estas ideas brotan a los labios del mismo modo en que el alma las anima: honradas, resultan además -no podían ser de otra forma-, leales a una tierra que es para muchos todavía agonía y deber porque se viene al mundo no para obedecer; sino, para vencer y servir, de manera preferencial, en el sitio que Dios nos reservó por cuna. Es cierto, «la palabra es fofa y el brazo membrudo», acotó José Martí; pero también aseveraba que «decir es un modo de hacer» porque cuando el verbo entusiasma, alienta, levanta ante los flojos el ejemplo, señala la mácula, sugiere el remedio y cual heraldo ayuda a prever y evitar el alud antes de que sea incontenible, entonces la palabra es tan sólida como el acero porque entre los hombres es natural matar por dinero, pero solo morir por ideales. He aquí pues, un manojo de pensamientos bruñidos por la experiencia, activo no solo intransferible, sino, alegato poderoso e irrecusable que cual saeta hiriente y con enorme carga pedagógica va conformando la condición humana en tanto deviene resultado creciente de un pasado vivenciado y compartido que se vuelca sobre el presente y no deja margen a segundas lecturas a no ser que quien los reciba sea cínico, oportunista, hedonista o los tres al mismo tiempo.

La complejidad del hombre como ser biológico y pensante va a marcar cual hierro candente toda construcción social; o sea, la sociedad tiene que ser capaz desde la producción, la distribución, el acceso y el consumo, generar los bienes materiales que aseguren sus necesidades básicas en correspondencia con el tiempo que le toca vivir porque sin la satisfacción de tales aspiraciones la vida -tal como la conocemos-, sería impensable; por otro lado y en paralelo, complementando y a veces catalizando la condición divina y terrible del homo sapiens: las ideas, la imaginación, la fantasía, la razón y la conciencia, segmento este que nos hace ¿superiores?. No hay margen a dudas o vacilaciones: la historia de la evolución humana ha confirmado el papel esencial de las relaciones económicas y la producción de bienes para satisfacer la vida, «se piensa como se vive» y un cubano de tanta ala -apenas tenía hocico, por ello parecía no ser de este mundo-, acotaba que «[…] en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno»; sin embargo, la conciencia, demiúrgica capacidad del hombre, suele muchas veces, más de las que creemos, ser determinante en sus actos y ataviada de un sinnúmero de sustantivos influye positiva o negativamente sobre las actitudes y decisiones de quienes gozan de ella. Y tanto es así que Albert Camus decía que entre justicia y libertad prefería esta última porque la misma le daba la posibilidad de protestar; podemos estar o no de acuerdo con su idea, pero jamás indiferentes; estremecernos ante tal postulado nos convence del poder de la razón como cualidad que nos hace superiores a otros integrantes del reino animal, ya para bien, ya para mal.

La mortal batalla sistémica entre capitalismo y socialismo, liza que para desgracia de la especie humana ha ido ganando «round a round» el muchacho que según Marx llegó «chorreando lodo y sangre por todos lados» es, al día de hoy, un maremágnum ideológico donde armas de todo tipo hacen casi imposible determinar dónde está la punta del ovillo; empero, más grave que la evidente confusión actual resulta, sin duda alguna y para una de las metas de este ejercicio de pensamiento, la labor que «contra sí» realizan algunos de los que en Cuba dicen estar o en verdad están ubicados a la izquierda del punto de referencia; porque es asombrosa la efectividad con que sus razones o sin razones quiebran la fe, debilitan el espíritu público, incitan al abandono y a veces hasta la denostación casi irracional de las estructuras que para el gobierno se ha dado el país; y es que ante los desatinos, los abusos del poder, la falta de sentido común, el desinterés y morosidad por la resolución de las angustias ajenas, el cumplimiento de normas que más que ordenar ahogan y la mala voluntad ejercida contra aquellos que las estructuras de poder -en ocasiones y sin justas razones-, etiquetan de «problemáticos», no se presentan funcionarios, políticos o gobernantes estadounidenses; o sea, los representantes estándares de los adversarios históricos de la Revolución; sino, cuadros del estado cubano y miembros del Partido Comunista, en esencia, conductores del estado socialista que junto a nosotros viven y conviven; pero, no del mismo modo porque su estatus y posición es diferente al de la mayoría. Si en virtud de instrucción, educación familiar, convicciones e información muchos resisten y se niegan a la abdicación a pesar del asedio diario de las penurias, la labor eficientísima de la burocracia y el largo brazo del conservadurismo se fusionan en dueto mortal para estrangular el libre pensamiento, cerrar paso al talento y la inventiva, quebrar la iniciativa creadora y poner techo al servicio; por tanto, el alerta que en el artículo «Patriotismo» hiciera 197 años atrás Félix Varela, tiene hoy vigencia absoluta porque no todos poseen la fuerza o la fe necesaria para resistir, cuando menos, la indiferencia:

«La injusticia con que un celo patriótico indiscreto califica de perversas las intenciones de todos los que piensan de «distinto modo, es causa de que muchos se conviertan en verdaderos enemigos de la patria. El patriotismo cuando no está «unido a la fortaleza (como por desgracia sucede frecuentemente) se da por agraviado, y a veces vacila a vista de la «ingratitud. Frustrada la justa esperanza del aprecio público, la memoria de los sacrificios hechos para obtenerlo, la idea «del ultraje por recompensa al mérito, en una palabra un cúmulo de pensamientos desoladores se agolpan en la mente, y «atormentándola sin cesar llegan muchas veces a pervertirla. Véase, pues, cuál es el resultado de la imprudencia de algunos «y la malicia de muchos, en avanzar ideas poco favorables sobre el mérito de los que tienen contraria opinión. Cuando ésta «no se opone a lo esencial de una causa ¿por qué se ha de suponer que proviene de una intención depravada?

En este momento definitorio para la trascendencia o no de la Revolución cubana como sistema socio-económico y político (la vida de los hacedores va llegando a su final y Estados Unidos cambia las reglas del juego), es preciso maximizar el postulado del Conde Romanones de sumar todo lo que se pueda para evitar que Saturno siga engullendo a sus hijos y ello por una sencilla razón: lo que nos divide, nos mata; además, como dice Frei Betto en un texto revelador sobre el cual se ha de volver más adelante: «[…] cuando no hay claridad sobre quiénes son nuestros adversarios, corremos el riesgo de portarnos como ellos», entonces tratamos a los aliados como enemigos por el mero hecho de pensar diferente y olvidamos que la unidad de fines no comporta la sumisión de la opinión.

Resulta cuando menos incoherente el hecho de pretender la unidad donde el reconocimiento y ejercicio de la diversidad sea solo dable a una comunidad, por ejemplo: la LGTBI (Lesbianas, Gays, Transexuales, Bisexuales e Intersexuales); pues, la sociedad se compone de otros sectores cuya identidad, deseos y necesidades -hasta el momento-, no están a la par de aquellos que ahora proclaman con orgullo su militancia sexual. Claro, el estado alcanzando, justo además, se debe al hecho de encarnar en la hija del Presidente de la República la liza por el derecho a expresar libremente la sexualidad como prerrogativa inalienable del individuo; pero, en tal fortaleza radica su debilidad porque adolece del mismo handicap que ha signado, como generalidad, la práctica política cubana de los últimos años: una concreción basada en la autoridad histórica, carisma y liderazgo político de un individuo, de modo que al desaparecer tal condición -nada es eterno, solo al cambio le cabe tal cualidad-, se viene abajo lo alcanzado por el grupo o sector; el cual, en el caso de la comunidad LGTBI, tendría que lidiar no solo contra el desamparo jurídico; sino, una cultura androgénica, heterosexual y machista. De aquí el corolario de que no solo para este sector; sino, para toda la sociedad, las modificaciones y adecuaciones al corpus social deben quedar estampadas en la Ley de Leyes -si así se decide después de consulta y debate participativo, no representativo- y no solamente como garantía jurídica de derechos; también, para evitar por reacción que al desbordarse anhelos insatisfechos se intente inhumar el proyecto social o cuando menos, un texto constitucional, urgido de adecuaciones y mejoras no cabe duda, pero no condenado a desaparecer porque ha servido de norma legal al proceso menos dañino vivido por Cuba hasta el día de hoy. El alerta martiano de no abandonar por descuido lo que luego habrá de reconquistarse a gran costa obliga a actuar sin más dilación porque tiempo no sobra -a pesar de la necesaria cautela que imponen cambios de tal magnitud-, a saber: «Las oportunidades pasan para los pueblos, como para los hombres».

Debemos asumir con naturalidad y sin tremendismos que la Cuba del 2016 no es la misma de los exultantes 60 o los dramáticos años 90, mucho ha cambiado la estructura social y con ello la psicología ciudadana. El cansancio de unos y la desmotivación en otros producto de angustias existenciales -autogeneradas unas, impuestas desde fuera otras-, incongruencias entre discurso y práctica política vernácula, búsqueda de nuevos horizontes y resortes emotivos (que no solo los que viven en el capitalismo se hastían de la rutina), inefectivo trabajo ideológico en la base y pérdida referencial para la comparación -sobre todo en los más jóvenes-, obligan a replantearse la toma de decisiones gubernativas, el empleo de los medios y el uso de mecanismos de movilización con mayor alcance, penetración y cohesión social. La conversación en los puntos de acceso inalámbrico es la prueba palpable de los temores, angustias, insatisfacciones, demandas, dudas, anhelos, exigencias, reproches y reclamos que invaden a los cubanos de ambas orillas. Por ejemplo, por qué no realizar jornadas cívico patrióticas donde los elementos de movilización no sean solo políticos y estos conjuguen celebraciones religiosas, tan ligadas al sentimiento y la identidad cubana; por qué privilegiar y desatar en las campañas publicitarias y de recordación -de manera preferencial-, hechos y personalidades vinculadas con el proceso revolucionario actual y no también los de otros períodos históricos (Increíble ver un camposanto, donde reposan los restos de tres presidentes de la República en Armas, como sus sepulturas no tienen banderas cubanas y la tumba de uno de ellos parece un vulgar cajón de concreto); por qué no emplear, como elementos de movilización ciudadana y autoreconocimiento colectivo, los símbolos y atributos de las ciudades y poblaciones, entiéndase escudos, banderas, himnos, tradiciones y otros elementos comunes a los pobladores de un mismo espacio geográfico los cuales, por tal condición, comparten una misma cualidad identitaria; por qué concentrar los experimentos, inversiones e ideas de progreso en las grandes ciudades, preterir la autonomía de los municipios -estructuras mayoritarias en el trazado geopolítico del país-, y maniatar sus posibilidades de crecimiento dando como resultado la progresión aritmética de la emigración; la cual, al no tener medidas efectivas de contención -las prohibiciones no resuelven el problema, lo acrecientan-, convierten estos sitios en expresión inmejorable de discriminación espacial. Mientras el poder siga en manos de un estado centralizado con dificultades para aceptar interpelaciones desde la base y la creación de ejes horizontales a través de prácticas autogestionadas y participativas como en la ciudad brasileña de Porto Alegre, donde la población participa en la definición del presupuesto abriendo puertas y ventanas a la gestión pública de la gente, «ciudadanizando» el espacio público, generando mecanismos de control, reduciendo las posibilidades de corrupción y teniendo en cuenta las prioridades reales de los habitantes de la ciudad, la espiral del agotamiento ciudadano seguirá en aumento. ¿Por qué no se aplica, por ejemplo, la experiencia del alcalde comunista manzanillero Francisco Rosales Benítez de poner en una pizarra pública los gastos e ingresos del ayuntamiento cuando fue alcalde entre 1940 y 1944? La transparencia administrativa ofrece un beneficio dual: aumenta la fe en el gobierno y dificulta la corrupción; el secreto gubernativo, por el contrario, genera desconfianza y estimula el peculado. No por casualidad el físico alemán Werner Heisenberg dijo que «[…] el valor de una política no se reconoce en sus propósitos, sino en sus medios».

El papel de vigilante, veedor, guardián y soldado de la cosa pública que debe desempeñar la prensa en Cuba es todavía tema de encontradas opiniones y variados sentimientos. Cierto, desde hace algún tiempo los rotativos de alcance nacional han dejado de mostrar un país menos idílico y más real; empero, en los segmentos llamados de la Cuba profunda la situación es distinta; pues, las estructuras de poder -gerentes de los medios-, aún se las ingenian para coartar aquella noticia, comentario o reportaje que pueda comprometer su imagen o desempeño. Es más, se le tiene tanta reserva a los medios que las concreciones sociales a veces no son difundidas en la medida que estas merecen; pues, «Por qué no se ha de decir lo bueno, sobre todo después de haber enumerado […] lo malo»; eso sí, ha de hacerse con poética, porque si la Historia demuestra, la Literatura convence. La velocidad a la que avanza la tecnología -entiéndase el uso de las redes informáticas-, sus beneficios y la fascinación que estas producen sobre las personas, es casi proporcional a la reticencia conque los decisores, bajo el argumento de que pueden producir más daño o «ruido» que provecho, demoran la expansión y empleo de las mismas; pues bien, esta actitud no hace más que generar un sentimiento de rechazo hacia los ralentizadores (que no es otro que el estado), e incitan a los ciudadanos a buscar alternativas, dando el poco y caro acceso la obtención de productos mediáticos de dudosa calidad artística o conceptual. Es ingenuo creer que los conectados al «wifi» gastarán los 2.00 CUC que dura la hora de conexión para localizar temas históricos y culturales; eso sí, emplearán su tiempo en hablar con familiares y amigos, tratarán de resolver necesidades perentorias, buscarán como hacer un negocio, localizar una media naranja (extranjera preferentemente) u organizar la salida del país. La ampliación y el abaratamiento del acceso (la navegación nacional, por ejemplo, podría ser gratuita) haría cambiar el panorama; mientras la restricción a sitios pornográficos, xenófobos y extremistas se legitimaría con la obligación estatal de proteger la moral, las buenas costumbres y el respeto al otro bajo la distinción conceptual de que una cosa es libertad y otra libertinaje; no obstante, imposible dejar de recordar una frase de Jacinto Benavente: «Cuando el corazón está limpio, no hay lectura peligrosa».

Nadie, con una cuota de inteligencia media, puede pretender la reconversión de los medios en ariete o dinamita del sistema que la alienta, a no ser que este se comporte como estado fallido (la antigua URSS por ejemplo); empero, una cosa es execrar hasta el hueso, desconocer, tergiversar o mentir y otra, ver constantemente la paja en el ojo ajeno para evitar la introspectiva crítica, edulcorar la realidad, justificar y no explicar; también presionar o invisibilizar en los medios a los que sirven al país en tanto no resultan portadores del discurso oficial. Solo una prensa reactiva ante indicaciones superiores, pudo abandonar al presidente Raúl Castro frente a la pregunta de la periodista norteamericana Andrea en relación con los presos políticos cubanos; ¿por qué ningún periodista insular emplazó a Obama y le preguntó al menos por López Rivera, el borinqueño que lleva 30 años en cárceles norteamericanas por pelear en favor de la independencia de Puerto Rico? El artículo que días después en un rotativo nacional denunciaba la existencia de presos políticos en los Estados Unidos careció de efecto mediático. Atilio Borón, a quien hasta el momento no puede acusarse de ideólogo neoliberal o estratega capitalista, en la primera parte del artículo «¿Estancamiento, Retroceso, Involución?», señala algunas de las grietas por las cuales se ha ido colando la ola contra popular en América Latina; la cual, ha dado como resultado el ascenso del «Macrismo» en Argentina, el copo de la Asamblea Nacional por parte de la oposición antichavista en Venezuela, la negativa a la prórroga de poderes en Bolivia y últimamente el juicio político a Dilma Rouseff en Brasil. Entre las varias causales dice el sociólogo, analista político e investigador argentino:

«No sería exagerado aventurar que en este terreno el error principal […] fue carecer de una correcta política de «comunicaciones; no haber comprendido los gobiernos populares que la comunicación política es un arte y una ciencia, que «fue cultivada con esmero por la derecha bajo la asesoría de sus mentores norteamericanos y que nuestras respuestas fueron «meramente instintivas, intuitivas, amateurs en más de un sentido. No supimos contrarrestar esa ofensiva, ni en los medios «ni en las redes sociales. Estas últimas, sobre todo, podrían haber sido aprovechadas de modo mucho más eficaz para nuestra «causa y no lo fueron.

Y continua diciendo el profesor Borón:

«La prensa oficialista, u oficiosa, prestó un inestimable servicio a la derecha al presentar imágenes idílicas de la «realidad, aumentando de ese modo el repudio de amplios sectores sociales al gobierno que, según los medios hegemónicos, «»mentía» al pueblo. Por ejemplo, sostener que la inflación anual era de un dígito cuando el mismo gobierno homologaba «convenios colectivos de los trabajadores con aumentos del 28 o el 30 por ciento; o admitiendo que el nivel de pobreza de «la Argentina era equivalente al de Alemania, lo cual provocó no sólo el rechazo sino el enojo de los sectores populares «que sentían que estaban siendo objeto de burlas por parte del gobierno nacional. Lo único que se logró con esa actitud fue «que la sociedad perdiera totalmente confianza en lo que decía el gobierno.

Las rutas del acierto en todo gobierno pasan por la comprensión a priori de que la falibilidad es consustancial a toda determinación humana y esta, en el caso de los estados modernos, debe y puede ser enmendada con la participación activa de aquellos sobre los cuales se ejerce el acto gubernativo, a fin de cuentas, fueron ellos quienes delegaron su poder en otros porque estimaron podrían conducir sus destinos. Una forma eficaz de empoderar al soberano, corregir las desviaciones, alertar o denunciar los yerros públicos recae en la prensa porque como apuntaba Martí: «No existe gobierno invulnerable; la prensa debe ser el examen y la censura, nunca el odio ni la ira que no dejan espacio a la libre emisión de las ideas» y esta práctica debiera permear -en toda la geografía insular- la prensa cubana, porque resulta insostenible aplaudir la obra y labor de Wikileaks y no actuar como ellos. No obstante, la impunidad disfrutada durante tanto tiempo por la casta funcionarial y burocrática estatal, abroquelada con oportunistas y falaces argumentos ante la crítica social, ha puesto de manifiesto que no basta con denunciar, pronunciarse o criticar, hace falta seguimiento periodístico para evitar la consunción de la débil apertura mediática de la isla; en tanto, esta no tiene capacidad resolutiva o jurisdicción legal, solo puede llamar la atención sobre problemas y situaciones que -a la sombra del poder o el silencio- lastimaron y mataron la fe y hoy resultan, en algunos casos, ignoradas por sus comisores quienes a veces ni se dignan a dar una justificación. La creación de la figura del Defensor del Pueblo como entidad de poder a la usanza del ejecutivo, el jurídico o el legislativo; o sea, independiente y la misión de atender la población y capacidad legal de tramitar los problemas ventilados en la prensa, puede resultar de notable utilidad y devenir alternativa para un control popular donde el cuarto poder y el soberano como mandatario absoluto, ejerzan un acto gubernativo mucho más participativo, democrático y necesario, más no solo en favor del ciudadano; sino, en aquellos casos donde la labor administrativa ataque las raíces del funcionamiento estatal y los principios de su desempeño; pues, resulta quimera creer que la Contraloría puede poner orden en todos los lugares cuando además anuncia sus visitas y definitivamente porque como señala Frei Betto: «El poder, cualquier poder, solo puede ser controlado por otro poder». Por ejemplo, ante quien acudir para denunciar la decisión provincial de prohibir a una entidad municipal difundir y promover la historia y cultura de su área de competencia empleando las TICs porque -según interpretación legal-, tal función le corresponde a otra organización; pero, como el ente censor no cuenta con el numerario para pagar el servicio a terceros, entonces se detiene la creación, se alienta la inmovilidad, crece la abulia, se arrincona el talento, se promueve la burocracia e incumplen directrices estratégicas como el Lineamiento 163 de la Política Económica y Social del Partido que estipula «Continuar fomentando la defensa de la identidad, la conservación del patrimonio cultural, la creación artística y literaria y la capacidad para apreciar el arte. Promover la lectura, enriquecer la vida cultural de la población y potenciar el trabajo comunitario como vías para satisfacer las necesidades espirituales y fortalecer los valores sociales». Huelgan los comentarios; empero, aún puede hacerse uno como alerta: ¡Este es el comportamiento de los estados fallidos, se autoagreden!

II

Cuando el sábado 17 de marzo de 1883, Engels -ante el cuerpo exánime de Marx-, reconoce que «[…] la producción de los medios materiales e inmediatos de la vida, o lo que es lo mismo, el grado de progreso económico de cada pueblo o de cada época, es la base sobre la que luego se desarrollan las instituciones del Estado […]» se estaba produciendo un punto de giro en la comprensión de la evolución humana y el surgimiento de sus estructuras sociales; no obstante, la pendularidad de la condición humana hizo que, de manera preferencial, los seguidores de sus doctrinas dieran preponderancia absoluta a tal postulado y se olvidaran de que, como el mismo inglés escribiera a Bloch en septiembre de 1890: «[…] el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto. Si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda», menospreciando, ignorando, desdeñando y hasta acorralando el papel activo de la mentalidad, los valores, los sueños, los miedos; o sea: la condición humana. A pesar del predominio de un determinado modo de producir y relacionarse los hombres, este va a impactar de manera distinta la conciencia de los mismos, de modo que a pesar de estar bajo un mismo influjo, diversas razones van a generar sostenedores y detractores porque entre las estructuras políticas, económicas y mentales, las de más larga data son las últimas; véase, a inicios del siglo XXI hay quien ciñe todavía la virtud femenina a la tela himénica- «¡Bárbaros!», les decía José Martí en la centuria decimonónica. Solo la pasión por el decoro, el sentido del honor, la lealtad a una causa y el amor a la libertad (esencia de la vida según José Martí), pueden explicar la expresión de uno de los hombres más ricos del oriente cubano (Francisco Vicente Aguilera) cuando dijo: «Nada tengo mientras no tenga Patria»; por otro lado, una convicción trascendente, sacrificial y casi mística en el punto de no retorno, llevó a Carlos Manuel de Céspedes a ofrecer en holocausto a su hijo Oscar cuando el indigno Caballero de Rojas le propuso salvar la vida del segundogénito del Padre de la Patria a cambio de la abdicación de sus ideas independentistas. Nada que ver pues con la protección de sus riquezas; estas habían sido vertidas en la hoguera de la guerra para avivar la llama de la libertad.

Carlos Manuel de Céspedes García Menocal, tataranieto del Padre de la Patria, en su libro Promoción humana, realidad cubana y perspectivas, hace algunas aseveraciones de utilidad para la comprensión del decurso histórico cubano. Una de ellas es la afirmación de que la tardía llegada a la hora de la independencia resultó benéfica al permitir el aprendizaje de los errores cometidos por los países de América continental ubicados al sur de río Bravo. Tal postulado resulta de utilidad asimismo para el actual proceso de reajuste y reacomodo socio político en la isla, por cuanto le ha permitido asistir casi indemne a la desaparición de la URSS, el campo socialista, los cambios en China y Viet-Nam y presenciar el retroceso, estancamiento y ataques contra proyectos populares en Latinoamérica: estudiar, evaluar, analizar y consensuar son verbos que no pueden quedar en infinitivo, reclaman aplicación práctica y participación colectiva, binomio esencial este; pues, si falta un factor, la ecuación no se resuelve o se resuelve mal.

Por ejemplo, entre las variables que no debe obviar el tema de la sucesión presidencial -y no solo para el 2018-, hay dos: una histórica y otra geográfica. La primera se encabalga en la profunda tradición democrática del pueblo cubano, demostrada en los errores, arranques y aciertos que en su nombre se han cometido; no de otro modo se explica el desvarío de Bijagual -aún no tenían los cubanos un palmo de tierra seguro donde plantar la bandera-, al momento de deponer al Hombre de La Demajagua porque en él percibieron sus compañeros «posturas dictatoriales», y aunque allí también funcionaron las pasiones (la condición humana), el comienzo se verificó en Guáimaro cuando el republicanismo de Agramonte y Zambrana ató de pies y manos al Presidente; empero, era imposible otra postura: 368 años de tiranía española no dejaban opción. Luego, el recio encontronazo en La Mejorana entre José Martí y Antonio Maceo tuvo -al margen de incomprensiones (la condición humana de nuevo)- su núcleo duro en la forma de organizar el gobierno: el primero apostaba al «país con toda su dignidad representado»; mientras el segundo quería «una junta de generales». Ya en el siglo XX, el detonante de la lucha contra Machado fue la prórroga de poderes mientras el golpe de estado del 10 de marzo de 1952, acontecimiento que coarta el curso «democrático» de la República, hace posible el surgimiento de la situación revolucionaria, no debe olvidarse que Fidel Castro se aprestaba a la batalla electoral como Representante por el Partido Ortodoxo. La ubicación geográfica en el Caribe, por su parte, otorga peso a las influencias y modos culturales, poniendo en evidencia que el país no asimilaría moldes asiáticos como los de Corea del Norte y si bien Raúl Castro es hermano de Fidel, no es el apellido o el linaje familiar quien legitima su presidencia, es la historia.

Con el título Socialismo traicionado. Detrás del colapso de la Unión Soviética. 1917-1991, los autores Roger Keeran y Thomas Kenny ofrecen, más que una visión propia, un alerta sobre las causales del fracaso de la experiencia socialista y, aunque sostienen durante todo el texto que el descalabro estriba en como la Segunda Economía -entiéndase sistema de producción paralelo al estatal-, ejerció un efecto altamente corrosivo en todas las estructuras, especialmente las políticas y que las medidas mal aplicadas de Gorbachov destaparon la caja de Pandora; no dejan de referir otros puntos de vistas sobre lo que devino hecho inobjetable: la implosión de la URSS. Más temprano que tarde todo el andamiaje soviético habría de venirse abajo: la corrupción que llegaba hasta el Secretario General del PCUS, decepción ciudadana, «degeneración burocrática», el abandono de principios, el inmovilismo social y la negación absoluta de la historia (nada tiene que ver con el pasado, porque cuando este oprime la mente y vida de los hombres como una pesadilla solo queda espacio para el diálogo con los muertos), habían llegado a tal punto que solo la implantación de una dictadura podría haber demorado la agonía y dicha solución, en ese momento, era inaceptable; véase como el intento en agosto de 1991 del Comité Estatal para Situaciones de Emergencia de, por medios marciales conjurar el desastre, se diluyó sin apoyo popular alguno, a diferencia; por ejemplo, de la forma en que el pueblo venezolano conjuró el golpe del año 2002.

Acercarnos al conocimiento de los errores de bulto cometidos por los soviéticos y aceptar que algunos de ellos están presentes en el constructo social cubano, es condición sine qua non para poder ajustar la puntería y dar en el blanco; negarse por prurito ideológico es suicidio político. Ahora bien, el serio estudio de Keeran y Kenny debe ser circunstanciado a partir de dos presupuestos esenciales: 1.-No es lo mismo comprender teóricamente un fenómeno a partir de libros, entrevistas, artículos, ensayos y análisis (los autores son norteamericanos) que estar vinculados emocionalmente y asistir al ciclo vital de los acontecimientos no como observador, sino, como actor y 2.-La diferencia genésica entre el socialismo soviético y el cubano dada por la historia y cultura en ambos países, la ubicación geográfica, la asimetría temporal de ambos acontecimientos, en fin: distintos tiempos, hombres, lugares y circunstancias. Vayamos por paso.

Según los autores, la Segunda Economía -legal-, tuvo su primera manifestación en la Nueva Política Económica (NEP) aplicada por Lenin para conjurar la hambruna y el retroceso económico mientras el país resistía la embestida desde el exterior. Luego de muerto su impulsor y la ascensión de Stalin al poder, la colectivización forzosa y la centralización económica hizo perder peso a esta modalidad productiva; sin embargo, para 1950 -aún en vida de Stalin-, la actividad económica privada legal representaba el 22% del PIB; empero y lamentablemente, para 1977, en medio del «Brezhneviato», esta expresión había disminuido al 10% y en su defecto florecido la economía ilegal, impulsada por un exceso de centralización que obstaculizaba la iniciativa y la innovación tecnológica, malgastando recursos, premiando resultados cuantitativos del plan, subsidiando empresas de pobre desempeño y gravando las de buenos resultados.

En el caso cubano, el estrangulamiento de la Segunda Economía (legal) en 1968 con la Ofensiva Revolucionaria, devino propuesta de pésimos resultados porque anuló el sentido de propiedad y con ello el de pertenencia, dando como resultado la aplicación del refrán y sus maléficas consecuencias de «lo que es de todos no es de nadie»; más tarde, se abrió el Mercado Campesino y de nuevo el miedo atávico al dinero volvió a decidir su clausura hasta que la llegada al borde del abismo, en 1994, hizo necesario la aplicación con mayor soltura de la actividad económica privada que, renqueante, llegó hasta la oficialización del Trabajo por Cuenta Propia (TCP) como válvula de escape -seamos honestos-, ante la inflación de plantillas que, como cáncer, devoraba la productividad del empleo estatal. Antes de la llegada de Barack Obama, se clamaba públicamente por el reconocimiento social del TCP como una solución «digna y necesaria»; ahora, después de sus discursos y una condición pendular que nos caracteriza, miramos a estos hombres y mujeres como «potenciales agentes del capitalismo»; ¿en qué quedamos por fin? La política es el arte de lo posible y resulta catastrófico, como resultó para la ex-URSS, decir hoy una cosa y mañana retractarse. En el socialismo, como sistema socio-económico, están presentes las relaciones de producción, los conceptos de dinero, mercancía, eficacia y eficiencia productiva, valor, costo, fuerzas productivas y negarse a su presencia y efectos es tan metafísico como creer que Jonás estuvo una semana en la boca de una ballena, con perdón de los creen a pie juntillas el relato bíblico. Si la economía estatal centralizada hubiese sido capaz de satisfacer las necesidades «materiales y espirituales» de la población, la Segunda Economía no hubiera tenido la más mínima oportunidad de abrirse paso; pero Cuba, atenazada por insuficiencias estructurales y el acoso norteamericano no puede resolver sus angustias productivas, vitales además, con explicaciones -por muy legítimas que sean-, tiene que buscar soluciones y la actividad económica privada legal en sectores no estratégicos es, al día de hoy, una solución inteligente o como dijera Lenin: «una retirada estratégica», que «tan gloriosa es una bella retirada como una gallarda acometida», entonces ¿por qué tantas trabas y reservas con la aprobación de cooperativas en sitios de la Cuba profunda, como aquella que quiere dedicarse a la construcción con materiales y metodología alternativos, probados resultados (en un municipio donde la mitad del fondo habitacional está evaluado de regular y malo) y como el costo de las viviendas es un quinto de las construidas por el estado se beneficiarían los de menos recursos? Sin duda alguna, resulta más peligroso para el país la arribazón de capital extranjero -necesario además-, con ocho años de gracia para el pago de impuestos e inversiones en sectores estratégicos, que los vendedores de pizza, bocaditos, refrescos o expendedores de CD y DVD, quienes nunca podrán acceder con sus «ganancias» a comprarse un Ferrari o un yate. Por suerte, en el Informe Central al VII Congreso del Partido, Raúl Castro reconoció como realidad productiva en nuestro país la existencia de pequeñas, medianas y micro empresas; sin embargo, las demoras y el hasta ahora inexpugnable bastión de la burocracia y el sinsentido pueden desquiciar a cualquiera.

Otro de los eslabones subyugadores de la experiencia soviética resultó ser la baja productividad afincada en el no aprovechamiento de la jornada laboral y la falta de estímulo que constituyó el sistema de nivelación de salarios. En el primer caso, era notable como los soviéticos abandonaban el puesto de trabajo para ir a tomar Vodka y darse baños en las saunas; pues, a parte de que el salario no alcanzaba para vivir, el propio Brezhnev declaró en alusión a las fuentes privadas de ingresos: «Nadie vive solo de su salario», ganaba lo mismo quien producía o prestaba un buen servicio que aquel que fingía trabajar; por tanto, resultó común la broma: «ellos pretenden pagar y nosotros pretendemos trabajar»; empero, las causas tenían otras profundidades y los malos métodos de dirección también afectaron el trabajo como única, perdurable y constante fuente de riqueza.

Los antillanos, a parte de fabricarse una versión sobre el no trabajar y la poca capacidad de compra del salario: «ellos hacen como que nos pagan y nosotros como que trabajamos», se ven impelidos a salir de los centros de trabajos para buscar el sustento (ir al mercado o «placita») o resolver uno de los tantos trámites de la vida actual que solo se verifica en el mismo lapso de tiempo de la jornada laboral; por suerte, la abrumadora cantidad de reuniones inútiles y asistencia a «chequeos de emulación» que empezaban a las 2.00 ó 3.00 PM con la amenaza de que si no se asistía te «marcabas en el sindicato», ha mermado en los últimos años; no obstante, se mantiene para la fuerza de trabajo empleada en el sector estatal (72% del total, señalan algunas fuentes), el desestímulo que significa un salario nominal incapaz de satisfacer las necesidades básicas no satisfechas por el salario social: salud y educación fundamentalmente, dando como resultado el éxodo de personal calificado hacia el sector privado o fuera del país. Complejo, sin duda alguna, resulta dar solución a un fenómeno de tantas y variadas implicaciones porque resulta imposible distribuir la riqueza que no se crea; sin embargo, algunas soluciones pueden implementarse; por ejemplo, en la vasta urdimbre burocrática de trámites (se han eliminado algunos), la informatización puede reducir el tiempo de espera y al dar por terminada la gestión se evita el ir una y otra vez a la oficina o establecimiento encargado de extender el documento o certificación. En la sociedad del conocimiento, la invención, racionalización y aplicación de la ciencia y la técnica resultan claves para el desarrollo económico; por tanto, pagar a inventores, científicos, ingenieros u otros profesionales por sus aportes (muchos de ellos ahorran miles o solucionan problemas específicos en diversas áreas), podría no solo desatar las fuerzas productivas y aliviar su situación pecuniaria; no obstante -siempre hay una conjunción adversativa-, primero es preciso demoler el muro que constituye la lentitud para aplicar en Cuba las soluciones prácticas o científicas por el desdén, desinterés o prejuicios de los decisores; claro, póngase o no en práctica la solución, ellos seguirán cobrando lo mismo. La modestísima reducción de precios en algunos productos de primera necesidad liberados es una medida que se aplaude y agradece; sin embargo, queda el sinsabor de haber clamado en el desierto por espacio de cuatro años y ver como una inflación galopante se burlaba de las agonías del pueblo y lo peor, era el estado quien le suministraba combustible; por suerte, nunca es tarde si la dicha llega. Hagamos permanente el gozo y si es preciso grabar productos, gravemos lo suntuoso, nunca lo necesario.

«Con ir de espalda a la verdad, no se suprime la verdad», acotó de manera imbatible José Martí y el tema del juego -especialmente la «Bolita»- es al día de hoy en Cuba un hecho tan cierto como el sol de cada día. Decía el Apóstol que el juego es la expresión violenta de la esperanza; empero, ¿cómo combatir el fenómeno?; error sería desconocerlo como en su momento se negó la existencia de la prostitución o las drogas y si en estos instantes resultan lacras bastantes controladas lo son por el hecho de habérseles prestado atención y someterlos a vigilancia, combate y una intensa campaña educativa y preventiva; empero, el caso del juego es distinto porque el jubilado, el impedido físico, la ama de casa o incluso el trabajador -sin robar a nadie o defraudar al estado-, pueden aliviar su situación económica o acceder a productos y servicios si logra acertar uno de los números a los cuales apostó su sueño (la condición humana). La prohibición a la cual hoy está sometida el juego de azar resulta inefectiva, este se ha expandido por la isla del mismo modo que el Marabú copó miles de caballerías cultivables y en la calle, el barrio o el centro de trabajo la gente pregunta, indaga y comenta sobre el número que tiraron y elaboran acertijos con el objeto de adivinar. Ante las angustias existenciales, resultado de la escasez monetaria, la efectividad policial es nula, la vida siempre encontrará su camino; entonces, ¿por qué el estado no toma en sus manos el asunto y promueve la Lotería Nacional o una modalidad parecida desde sus estructuras como forma de recaudación, evitando gravar productos y usando sus dividendos en el salario social? No es despreciable entender aquí que el juego ha formado parte de la cultura nacional desde tiempos coloniales e incrustado en el tejido social a pesar de los esfuerzos por desterrarlo de la sociedad cubana post 1959; como beneficio secundario y no menos importante en la tarea de quebrar inteligentemente su proliferación, estaría el redireccionamiento de los apostadores hacia la estructura legalizada, quitándole por esta vía oxígeno al andamiaje underground que alrededor del azar y las necesidades se ha ido creando. Entender que el dinero no es perverso en sí mismo; sino, la forma en que este se consigue y el uso que se le da, pondrá a los decisores en mejores condiciones para encarar la situación y emplear dicha liquidez en beneficio colectivo; mientras, cualquier negativa moralista está descartada por cuanto véndense tabacos y cigarros a pesar de que el hábito de fumar mata. Y con el fin de ser coherentes dando participación a la ciudadanía, consultar el soberano en uno de los varios momentos que se avecinan resulta lucidez política; por otro lado, otorgar a la medida carácter transitorio, fortalece la convicción de que es el laboreo diario y no la suerte el origen de toda prosperidad, a ver si algún día logramos llevar a la práctica de manera permanente la máxima de cada cual según su capacidad y a cada quien según su trabajo.

III

Cuando en la madrugada del 1ro. de enero de 1959 Fulgencio Batista abandona el país ante el inminente triunfo de las fuerzas revolucionarias, se daba el primer paso para la transformación del poder en Cuba y la disolución de sus estructuras: estado y gobierno. La Revolución, triunfante por las armas, se encuentra en inmejorables condiciones para legitimar sus pretensiones; por ello, el diseño de sus manifestaciones políticas, económicas y sociales, encarnadas en el estado, el gobierno y organizaciones de masas barren con todo lo conocido hasta ese momento y, aunque desde los primeros momentos el poder se concentra básicamente en la figura de Fidel Castro, es la primera vez que «desde arriba» y de modo inmediato se comienzan a materializar anhelos preteridos del consciente colectivo. Este hecho; o sea, la puesta en práctica de medidas de beneficio popular, junto al prestigio, autoridad y carisma del líder que, como nunca antes dialogaba con el pueblo en inusual búsqueda de consenso y aprobación, hace posible que muy pocos se preocupen por la forma centralizada con la cual arranca el diseño revolucionario; a fin de cuentas, los que ahora gobiernan habían arriesgado sus vidas en el Moncada o la Sierra y llevaban a vías de hecho lo que otros solo prometían.

Ahora bien, la Revolución no emerge a la vida en un ambiente de asepsia, al contrario, su rápida radicalización -resultado en no poca medida de la reacción norteamericana-, corta beneficios de cuajo, enajena propiedades, suprime influencias, trastoca posiciones y como lógico resultado crea una oposición que necesita mantener a raya y para ello desarrolla mecanismos de control que, en algunos casos, trasvasan lo aceptable para el canon democrático -«[…] ¿qué justicia no engendra exageraciones?», diría Martí- y aunque ninguna revolución es angelical, jamás vieron los cubanos excesos como los cometidos en la antigua URSS por Stalin; por ello, entre otras muchas razones, la inmensa mayoría de los cubanos no se volvió contra el poder revolucionario, al contrario, lo apoyó. Sin embargo, en la búsqueda de sostén para su legítima defensa en contra de los Estados Unidos, el gobierno revolucionario solicita y encuentra apoyo en la Unión Soviética, mas, con el compadrazgo, llegan los vicios y equívocos que cual virus se inoculan al corpus social, cumpliéndose entonces la máxima de que lo ganado por la Revolución en fortaleza lo pierde en flexibilidad y en esta condición reside la misma causa de su debilitamiento porque, como dijera Ignacio Ramonet en el libro Cien horas con Fidel refiriéndose a los mecanismos de dominio estatal: «Sea cual fuere el motivo, se trata de una situación que no se justifica».

A pesar de los pesares; o sea, los excesos que en nombre de la justicia se cometieron en el socialismo real (especialmente las 800 000 víctimas de las purgas stalinistas), en la antigua URSS y países ex-socialistas los niveles de justicia e inclusión social fueron notables, a tal punto de convertirlos en referencia como alternativa a la desigualdad capitalista; también son dignas de encomio -a pesar de los yerros cometidos en su mantenimiento-, las concreciones populares en países latinoamericanos, las cuales, por su impacto benéfico y justiciero son calificadas de históricas. En Cuba, de un lado de la balanza las excrecencias revolucionarias: la UMAP, el Quinquenio Gris, la «parametrización», el estigma de problemas ideológicos, la intolerancia, la exclusión, el desconocimiento cobarde, la presión psicológica, el contubernio oficialista contra la diferencia; del otro: las conquistas sociales que -evitando caer en la adulación al poder calificamos de lo menos malo sucedido al país hasta hoy- inclinan, sin duda alguna, el juicio a favor del proceso iniciado en enero de 1959. Y si esto es así, ¿por qué se vino abajo la experiencia de asalto al cielo en la añeja Europa, cuando fue la Unión Soviética quien más hizo por librar al mundo de la Peste Parda?, ¿por qué retroceden, en negación a toda lógica, los procesos populares (no populistas, así los llaman quienes no los quieren), en América Latina?, ¿por qué cunde por la ínsula caribeña no solo el deseo sino la necesidad imperiosa de cambio? A la triada de interrogantes un razonamiento parece dar respuesta: no se atendió como merece la condición humana (sueños, fantasías, miedos, fe, anhelos, ideales, mentalidades, aspiraciones, en fin, todo aquello que para bien o para mal nos ha situado a la cabeza de la cadena evolutiva: consciencia), desoyeron no solo el alerta marxista; sino, la historia misma que valida el hecho de que el factor económico no es el único determinante y que, en el caso de las revoluciones, llegadas a un punto, necesitan seguir expandiéndose porque de lo contrario y como la empresa capitalista, si no lo hacen, perecen.

Ayudaría a entender la hipótesis anterior la propuesta de niveles de satisfacción humana elaborada por Abraham Maslow; quien, señala que cuando las personas logran cubrir sus necesidades básicas pueden buscar la satisfacción de otras más elevadas. La jerarquía, en forma de pirámide propuesta por el psicólogo estadounidense y en orden ascendente, es la siguiente:

1.-Necesidades fisiológicas: respiración, alimentación, descanso, sexo, homeostasis (Conjunto de fenómenos de autorregulación, que conducen al mantenimiento de la constancia en la composición y propiedades del medio interno de un organismo). 2.-Necesidades de seguridad: física, de empleo, de recursos, moral, familiar, de salud, de propiedad privada. 3.-Necesidades de afiliación: agruparse con otros, ser aceptado y pertenecer al grupo. 4.-Necesidades de estima: lograr el respeto, ser competente, confianza y obtener reconocimiento y buena reputación. 5.-Necesidades de autorrealización: utilización plena del talento y realización del propio potencial.

No obstante las dificultades para satisfacer el nivel primario -básico además-, teniendo en cuenta las requerimientos actuales: comida diaria, suministro de agua potable, vivienda, etc; los niveles alcanzados por el país, luchando no pocas veces contra recias dificultades, lo sitúan en lugar privilegiado -los reconocimientos otorgados por organismos e instituciones internacionales son muestra inequívoca de cuanto se ha hecho en este campo-, y aunque nunca se terminará porque la población crece y con ella tales necesidades, los cubanos poseen (no en la calidad deseada, pero lo tienen) lo que para otros resulta constante agonía o vaga esperanza; por ello, los isleños sueñan y se trazan nuevos horizontes, quieren y trabajan por perfeccionar estas aspiraciones y seguir ascendiendo. Es preciso anotar que a partir de la crisis de los 90 la batalla por la seguridad alimentaria se ha situado estratégicamente en el centro del escenario público y político del país, realidad esta que mengua y debilita otras aspiraciones por los recursos de variado tipo que son necesarios emplear para satisfacer un mandato biológico ineludible: «sin pan no se vive».

El segundo nivel, muy pocas veces valorado en su justa medida, resulta quizás el mayor logro de la Revolución; ahí está no solo el día a día para certificarlo, sino, la experiencia vivida por quienes han tenido la oportunidad de percibir, en otros entornos, la violencia y la incivilidad potenciada por la tenencia de armas de fuego, la xenofobia, el racismo, el crimen organizado y últimamente los fanatismos religiosos y el terrorismo. La habilidad de Fidel Castro para sortear los peligros de una invasión extranjera que convirtiera al país en zona de guerra, es un mérito que no puede escamoteársele. En una región donde los Estados Unidos invadía, adiestraba militares y paramilitares, vendía armas y suministraba asesores, resulta casi providencial haber discurrido más de medio siglo sin padecer un conflicto armado. De nada sirve a una sociedad la justicia social, la libertad individual y la prosperidad si no las puede disfrutar en paz; no por gusto la guerra, «monstruo grande que pisa fuerte», está considerado como uno de los Jinetes del Apocalipsis de cuyas manos llegará el Armagedón o quizás ya llegó, pregúntenselo a libios, iraquíes, afganos, sirios, palestinos, ucranianos y otros tantos desafortunados en diversos rincones del planeta. En esta jerarquía de necesidades, el uso y disposición de la propiedad privada o individual resultó el menos atendido toda vez que era imposible vender la casa o el carro y la misma propiedad fue anatematizada hasta límites increíbles cuando el estado se ocupó de vender granizado (almíbar saborizado con hielo), para evitar que alguien se hiciera rico.

En la propuesta de Maslow, si los niveles básicos no son satisfechos o se retrocede en su consecución, difícil es pensar satisfacer otros. Habrá leído este por casualidad las palabras pronunciadas por Engels en la despedida de duelo de Marx: «[…] de que antes de dedicarse a la política, a la ciencia, al arte, a la religión, etc., el hombre necesita, por encima de todo, comer, beber, tener donde habitar y con qué vestirse […]». Sin embargo, tratando de ser coherente con lo expuesto hasta aquí y la praxis como criterio valorativo de la verdad, de que si bien la satisfacción de tales presupuestos es básico, no son los únicos que determinan el comportamiento y la conducta humana, se analizan entonces como impactan en la «cosa pública» la sujeción, acorralamiento o contención de la opinión, la expresión de ideas y creencias y como la falta, escasa o muy controlada participación ciudadana en un ámbito que por antonomasia pertenece al homo sapiens: la sociedad, da al traste con la permanencia de modelos socio-económicos, hace retroceder otros e incluso, cuando se exaltan hasta enfebrecer la imaginación y las pasiones, los hombres se despegan de la tierra y vuelan tras los sueños, no importan que no tengas alas ni medios con que adquirirlas.

En 2013, el libro Socialismo traicionado… fue publicado en Cuba por la editorial Ciencias Sociales. El prólogo lo escribió un hombre que guardaba prisión en cárceles norteamericanas y aunque sabía que muchos en el mundo abogaban por su liberación, existía la posibilidad de morir tras las rejas; así y todo no abdicó de sus ideas y convicciones, confirmando una vez más el papel activo, a veces determinante de la consciencia en contraposición al sentimiento existencialista de poseer y el hedonista de gozar. Gerardo Hernández Nordelo escribió en ese entonces:

«Es una visión más intimista, en busca de las raíces internas del problema, más que de las externas (que en muchos casos ya «han sido tratadas y han sido más fáciles de detectar).

«Salvando las grandes diferencias históricas, sociales, políticas, culturales y hasta geográficas existentes entre aquel «gigante euroasiático y nuestra amada isla caribeña, hay detalles que asombran sobremanera por su parecido a nuestra «realidad actual.

Los autores del libro señalan que la estabilidad de los cuadros, especialmente los políticos, convirtió los cargos del Partido en prebendas; por ello, el deseo de acceder y mantenerse en el poder pues este se había convertido en medio de vida y no instrumento de servicio público. Agravaba la situación el hecho de que el Partido, al ser elevado a rango de conductor infalible, no podía ser sometido a control o auditoría popular, derivando sin tropiezo alguno en fértil pradera de la corrupción. Prueba incontrastable de ello eran los gustos caros de Brézhnev; la existencia de la pandilla conocida como la dolce vita, que incluía la hija y el yerno de este; las continuas actividades de soborno, corrupción y malversación del Presidium y toda la dirección del Partido en Azerbaiyán y la impunidad con que en Uzbekistán, por ejemplo, el líder del Partido tenía 14 familiares trabajando en el aparato partidista mientras el chantaje, las arbitrariedades, las injusticias y las violaciones flagrantes de la ley se manifestaban escandalosamente sin que nadie les pusiera coto. Eran intocables, eran del Partido. Y aunque Andropov, en el breve período de tiempo al frente de la dirección del país se enfrentó con valor a estas pústulas sociales, la gangrena era tal que, «Después de la muerte de Chernenko en 1985, funcionarios del Comité Central encontraron gavetas llenas de billetes de banco. Estos también ocupaban la mitad del espacio de la caja fuerte de la oficina secreta del secretario general». En el libro titulado La mosca azul. Reflexión sobre el poder en Brasil, que en verdad es mucho más que una mirada a la izquierda brasileña, constituye, sin dubitación alguna, una seria reflexión sobre el poder, el socialismo, la justicia y la libertad humanas, Frei Betto, hombre que llega a la revolución por la senda de la fe comprometida con el ser humano y no con una ideología partidista señala: «Un militante de izquierda puede perderlo todo: la libertad, el empleo, la vida. Menos la moral. Cuando se desmoraliza, desacredita la causa que defiende y encarna. Le presta un servicio inestimable a la derecha […]», eso explica por qué, entre otras razones, los adversarios de la URSS no hicieron siquiera un disparo de revólver.

Y no ha sido solo en la antigua Unión Soviética donde el fenómeno ha prosperado. Xin Jinping, premier chino, al asumir su mandato realizó una encuesta donde proponía auditar las propiedades y fuentes de ingresos de los miembros del Partido. La respuesta a dicha indagación fue una negativa de más del 90% de los implicados, lo que convenció al dirigente de la necesidad de llevar a vías de hecho el estudio de resultados escandalosos, cuestión entonces que obligó a reemplazar, quitar, sustituir y encarcelar numerosos funcionarios, políticos y militares involucrados en actos de corrupción y peculado (tiempo atrás habían fusilado dos alcaldes por robos millonarios); también a legislar y tomar cartas en el asunto porque, como dijera Mao: «una chispa puede incendiar una pradera» y cuando el descreimiento y la falta de fe se instala en el corazón de los hombres, ya nada o casi nada puede revivirla. La construcción socialista cubana tampoco ha estado exenta de tales vicios (la construyen hombres); por ello, se fusilaron generales y coroneles, encarcelaron funcionarios estatales del primer nivel y/o pasaron a retiro altos oficiales y otras figuras vinculadas al proceso revolucionario desde su misma génesis; mientras, para intentar controlar el fenómeno y evitar su expansión fue creada la Contraloría General de la República e intenta implementar como línea de trabajo el Control Interno. No es de extrañar entonces que la confirmación expresada en el VII Congreso del PCC de reducir a dos períodos de cinco años el ejercicio de cargos políticos y gubernativos y el anuncio de topar la edad a 60 años para ingresar en el Comité Central resultó, en el campo de la cosa pública y para la mayoría de los cubanos, el anunció más trascendental de ese encuentro.

«Solo resisten el vaho venenoso del poder las cabezas fuertes», proclamó José Martí, y entre los hombres -víctimas todos de su condición: la humana-, no son muchos los dueños de testas poderosas. La medida antedicha puede, sin duda al guna, resultar un punto de giro; en tanto, como dice Frei Betto:

«Quien se apega al poder no soporta las críticas, las toma por ofensas, ya que minan su autoimagen y exhiben sus «contradicciones ante los ojos de los demás. De ahí que se aísle, que se encierre en un círculo hermético al cual solo «tienen acceso los que cumplen sus órdenes, dicen amén a sus ideas o, aun si son críticos, se callan conniventes, pues «tienen también sus propias ambiciones y no quieren ser echados a un lado por quien posee más poder que ellos. Se crea así «una complicidad tácita. Solo se teme que la prensa llegue a conocer lo mal hecho.

La decisión ofrece otro beneficio colateral porque al disminuir la probabilidad de cometer delitos, evita la imposición de castigos y con ello, disminuye el papel punitivo del estado, haciéndolo menos repulsivo; que la sociedad que basa su control en el castigo está destinada a perecer. Así pues, queda confirmado una vez más que tanto en medicina como en política la mejor terapia no es la que cura, sino, la que precave.

IV

A estas alturas; o sea, después de la caída del campo socialista y el retroceso de los procesos de beneficio popular en América Latina, urge, más que una mirada crítica, la elaboración de un proyecto social diferente al «adefesio socialista» propugnado por la antigua URSS: su inviabilidad demostró las fallas de diseño y con ello, torpedeó notablemente las apuestas por un mundo mejor; o sea, menos egoísta, depredador, excluyente y agresivo porque dio pábulo a la creencia de que la miseria es una desgracia personal y no un delito público, al cual, deben resignarse los humanos y con el objeto de validarlo trataron de elevar a condición de certeza una mentira de perogrullo: «el fin de la Historia». No son pocos los que creen y sienten necesario un nuevo rediseño donde el hombre en relación armónica con sus congéneres y el mundo que habita sea principio, camino y final; esto es, felicidad con todos y para todos -diría Martí-, que nadie nace para ser descartable -aseveró el papa Francisco-, y si el Cristo abrió los ojos en un pesebre, pudiendo haberlo verificado en lecho real, fue para rubricar con su vida lo que a muchos no gusta escuchar: «Más fácil pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico al reino de los cielos», y no es que a los militantes de izquierda les plazca la pobreza (como a veces se dice para degradarlos), es que les repugna y asquea como en nombre de la libertad -no la verdadera, porque libertad sin justicia es farsa-, unos hombres vivan en el goce excesivo y otros en el dolor innecesario y cuando se dice «militantes de izquierda» hablase del verdadero, no del oportunista o ambicioso «[…] que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados», como aquellos que vio Frei Betto:

«En mis visitas a Moscú durante los últimos cinco años de socialismo, me dejaba perplejo ver desfilar por las calles, rumbo «al Kremlin, enormes limusinas que transportaban a las autoridades. […] Eran la versión moderna de los carruajes del zar, y «su destino, el mismo palacio. El estado Zarista y el Estado soviético perseguían el mismo objetivo: el poder absoluto, no «importa si en nombre de la oligarquía o de la democracia proletaria. Ni en uno ni en otro había espacio para la oposición «política, la alternancia de poder, el veredicto popular.

«Quien pide cambiar, sabe que es para mejorar», reza con sabiduría innegable un refrán etíope. Si la mayoría clama por el cambio, es porque cree, siente y necesita beneficiarse de tal decisión; si lo pide la minoría, es también porque estima le satisface; el reto estriba en entender a cual cambio apostar. Cuando Fidel Castro elabora su concepto de Revolución y dice entre otras ideas que es «cambiar todo lo que debe ser cambiado», está totalmente convencido que el movimiento es vida y su contrario muerte. En estos momentos, cambiar «es sentido del momento histórico» y ello porque la modificación formal significa -adecuando el ritmo interno al mundo-, batallar «con audacia, inteligencia y realismo» […] «por nuestros sueños de justicia» y porque no puede haber Revolución sin «igualdad y libertad plenas».

Roger Keeran y Thomas Kenny sostienen en su libro que en el socialismo el factor subjetivo es más importante que en el capitalismo: «el capitalismo crece, el socialismo se construye» dicen; de esa idea también era partidario el Che quien abogaba por la creación del «hombre nuevo» como clave primaria para el triunfo de otro modo de vivir y ello incluía, por supuesto, la participación activa y sin cortapisas del pueblo. Gerardo Hernández, en el prólogo del libro supradicho expone: «Los procesos sociales no están escritos en manual alguno, más bien se desarrollan sobre el camino de la obra, corrigiendo y actualizando los proyectos […]» y Frei Betto, al final de La Mosca Azul, acota que «es preciso detectar las causas de las desviaciones crónicas del régimen socialista y redefinir el concepto propio de socialismo». Mientras tanto, en el VII Congreso del PCC, espacio en el cual se pretendía discutir el modelo de socialismo (de manera genérica próspero y sostenible), para la sociedad cubana, se tomó la sabia y democrática decisión de diferir la propuesta y someterla a estudio, más no solo por parte de los comunistas; sino, de otros integrantes del corpus social, porque si aceptamos que los primeros en la isla suman 500 000, entonces estos solo representan 4.5% del total de los cubanos. Véase pues, todos están contestes en que es preciso actualizar, modificar; en una palabra: cambiar.

Ahora bien, ¿en qué rumbo debe ir el pretenso y necesario cambio? Unos apuestan por mantenerse en el rojo carmesí; otros, ir hasta el azul prusia; sin embargo, no es en el maniqueo encasillamiento de «izquierdistas» o «derechistas» donde se mueven las opciones; por ejemplo, Frei Betto -quien para nada puede ser calificado militante de la diestra-, reconoce que a pesar de revolucionar la sociedad, el socialismo real, por los métodos empleados, no cambió como pretendía las personas, y la muestra está en «[…] que tras setenta años de «nueva sociedad», bastó que cayera la Unión Soviética para que la sociedad rusa mostrara una faz cruel que incluía desde una red mundial de pedófilos vía Internet hasta el hecho de que Moscú supera a Nueva York en el número de multimillonarios en dólares». Tal deformación no fue obra del gobierno o desgobierno de Gorbachov, tuvo hondas raíces en el tiempo y en la estructura, que según el marxismo -por lo menos el manualesco-, un modo de producción no fenece hasta que agota sus posibilidades; por ello sentencia:

«No es fácil hacerse nuevo en una realidad vieja. Los veteranos en la militancia tenemos ante nosotros el desafío de «librarnos de los resabios adquiridos en prácticas anteriores: los dogmas ideológicos que asustan a los nuevos compañeros, «la cara malhumorada que espanta la alegría, la prepotencia de quien se considera vanguardia, el autoritarismo en la «conducción de reuniones y actividades, la falta de transparencia ética, la ambición de cuotas de poder, el ideologismo que «espanta la gente común y corriente que participa por vez primera en los eventos, el sectarismo en el lenguaje (de quienes «no siempre se muestran radicales en la práctica), la intolerancia ante quienes se inician en el proceso de lucha social, «los prejuicios hacia personas de otras clases sociales, el poco respeto por la religiosidad ajena, etc.

Sin embargo, la pregunta aún flota en el aire, y aunque el modo todavía no aparece, más de una opción puede evaluarse, siempre en consenso, para traer hasta la práctica los nuevos modos. El postulado de Gracián tiene mucho de atendible; por tanto, realizar un corrimiento desde el rojo carmesí hasta el rosado claro, donde este se mezcla con el azul pálido, podría ser en teoría una opción, la cual no puede ser calificada políticamente como centrista o socialdemócrata pues el verde caimán no cuenta con el clima, ni la cultura, ni los recursos de los cuales disfrutan suecos, suizos, belgas, holandeses, fineses y daneses. Es evitar, como dice el soberano: «Salir de Guatemala para entrar en Guatepeor»; porque en la primera, además, imposible continuar.

El hecho de que la Revolución Cubana aún detente el poder, la sitúa en magníficas condiciones de realizar los cambios que demanda su mutación como condición indispensable para, al enmendar errores, evitar su agotamiento víctima de una caquexia económica, política y social que le impida sobrevivir a los hacedores y servir al país; en tanto, como medio y no fin, ha sido -desde Colón hasta hoy- lo más justo desde el punto de vista social en la geografía antillana. Sin embargo, no puede ella intentar renovarse desde sí y en solitario con una estructura que, sin ser obsoleta, necesita renovación, adecuación, cambio. Los actores de su prolongación tienen desde ya que comenzar a formar parte del nuevo diseño mediante la inclusión, mayor participación colectiva, crecido control popular y una activa acción ciudadana que de impulso al civismo, orille el desgano, avive el deseo público y los contagie con espíritu de hacedores, no de meros espectadores.

La propuesta de Frei Betto resulta, a partir de lo anterior, orgánica y digna de atención:

«No hay futuro socialista erigido sobre la dictadura del proletariado y el partido único. Hay que sumarle a Marx pensadores «como Montesquieu, Rousseau, Che Guevara, y otras corrientes de pensamiento como la Teología de la Liberación. Un «socialismo con democracia, pluripartidismo, articulación entre libertad y justicia, diversidad de ideas y opiniones, «libertad de prensa, respeto a los derechos humanos.

«El socialismo no atraerá ya los corazones y las mentes solo por la lucha de clases, incluso por el hecho de que esta no «desapareció en ninguno de los países en que aquel se implantó. Movilizarán el movimiento feminista, interesado en combatir «el patriarcado, los ecologistas, indignados por una economía que arremete contra el medio ambiente movida por la ambición «de lucro; los negros y los indígenas; los sin tierra y los sin techo, y la clase media, que oscila entre las aspiraciones «de la riqueza y la erosión de su calidad de vida. Nada de economía centralizada ni de estatización de toda forma de «propiedad. El modelo estatista de la economía demostró ser ineficiente, incapaz de incrementar la productividad y mejorar «la calidad del trabajo y el producto.

Esta solución podría ser concretada en una relación biunívoca e inseparable entre justicia y libertad; pues, sin la primera la segunda resulta entelequia, sin la última, la primera no es lo que dice ser. En el caso de Cuba habría que agregar, a nivel de país, la permanencia de una inequívoca soberanía nacional, idea por la cual se ha vertido demasiada sangre, generosa además. Podría suscribirse íntegramente la solución antedicha pero un pequeño detalle lo hace impracticable: el mundo está dominado por el capitalismo y su capacidad de erosionar impide, por el momento, incorporar el pluripartidismo; la hora de este aún no ha llegado para Cuba; porque además, como observara con notable sentido común José Martí: «El juego de la libertad, a qn. no está habituado a él, divide» y en lo social, lo que divide mata; sin embargo, ese mismo sentido común demanda la democratización de la organización rectora de la sociedad. Es muy probable que una solución intermedia, alejada de los extremos, por ello equilibrada, ha de recibir la imprecación inmediata de los que hoy se asoman al escenario político cubano; la polaridad e intransigencia ideológica con que unos y otros -atendiendo a la distancia de sus posiciones-, exponen sus convicciones, hace casi seguro la anatematización de cualquier idea que no machee con sus verdades e intereses; empero -suscribiendo al Apóstol-, «cuando se tiene algo que decir, se dice sea cualquiera el juicio que forme de ello la gente ignorante o malévola, o el daño que nos venga de decirlo», y es así porque: «Las ideas se corroboran con soluciones» y eso, más que cualquier otra cosa, necesita Cuba.

Cambiar el nombre al Partido Comunista de Cuba, y con ello reconceptualizar su plataforma, podría ser buen punto de partida. Y ahora la pregunta, ¿que razones legitiman el rebautizo? Tres argumentos sirven de sostén a la propuesta: uno teórico, otro histórico y un tercero práctico.

El primero se ancla en el hecho cierto de que la construcción social comunista es tan utópica que parece irrealizable (ausencia de estado, de ejércitos, de dinero, gestión de la vida pública a partir de la conciencia individual y bienes materiales corriendo como ríos) y aunque esta (la utopía) sirve para caminar -feliz conceptualización de Eduardo Galeano-, primero es necesario concentrarse en la construcción del socialismo, esquema socio-político y estrategia de la isla en este siglo XXI, acuerdo incluso del último Congreso del Partido.

El segundo argumento afirma su pretensión en la historia nacional; pues, si bien la organización nacida en 1925 prohijó los mejores ideales de justicia social y muchos de sus integrantes pagaron con su vida las convicciones asumidas, careció de la visión histórica necesaria para asaltar el poder y convertirse en fuerza totalmente revolucionaria: «Se quedó corto», dirían en la calle. Lamentablemente, la supeditación de su actuación al mandato de la III Internacional basificada en Moscú lastró su liderazgo y tres hechos, a guisa de ejemplo, lo rubrican: 1ro. Expulsan de sus filas al mejor comunista de los primeros 25 años de República (Mella), quien además había sido fundador del propio Partido; 2do. En mayo de 1957, el mismo mes del combate del Uvero -acción armada que marcó la mayoría de edad del Ejército Rebelde según el Che-, el Pleno del Comité Nacional del PSP, «[…] se cuestionó la línea de agosto (insurrección popular) por considerarla superficial y unilateral […] La línea de agosto […] significaba un rechazo, antes de tiempo, de la consigna de elecciones democráticas generales inmediatas, y en general, de la utilización de la vía electoral como uno de los medios tácticos, lo cual llevaba a la «absolutización de las formas no parlamentarias de lucha»» y 3ro. Después del triunfo revolucionario, primero el Sectarismo y luego la Microfracción, nacen no de una organización contrarrevolucionaria; sino, del atavismo dogmático de algunos militantes del Partido Comunista y la creencia de que el modelo soviético era el correcto para guiar el país.

En tercer lugar, el marketing capitalista, maestro en satanizar y vender, ha logrado crear alrededor de los errores de la construcción socialista una aversión casi irracional hacia la palabra «comunista» y su entorno más cercano, provocando con ello y de manera instintiva se rehuya el término y lo por él englobado. Si ellos han aprendido a envolver en celofán los sueños y venderlos como caramelos, los revolucionarios deben entonces buscar modos de ganar adeptos a la causa, y si es un nombre la razón que alimenta el prejuicio y mantiene alejado un grupo o sector importante, entonces, cambiemos el nombre (no la bandera) y veremos llegar al baile los hombres y mujeres que necesita la fiesta de la justicia.

En este punto, conocer el nuevo apelativo y la fundamentación del mismo es impostergable: «Partido Martiano, Socialista y Revolucionario de Cuba». A pesar del tiempo transcurrido, la vida, obra y pensamiento del Apóstol tiene mucho que decir todavía; por cuanto, no hay en la historia nacional referente humano que haya encarnado con tanta intensidad y precisión el sentido de patria como en él; su ética trascendente, su visión de la justicia, su pasión por la libertad, su entendimiento del conjunto, su conocimiento de los caracteres humanos, su apreciación del peligro norteamericano y un sinnúmero de aportaciones más que hacen de él «una mina sin acabamiento» y por sobre todas las cosas, una coherencia de talla descomunal elevada a condición de mística, cuando revólver en mano rubrica con sangre la razón de su vida: Cuba. El pensamiento martiano, además de ser manjar de todos los cubanos -por suerte lo ha sido-, debe pasar a ser horcón principal, argumento jurídico y animación conceptual de instrumentos de poder: partido, estado y gobierno; además, nadie como él para unir cubanos, incluso, de opiniones diferentes.

Por su parte, la teoría socialista, elaborada en acto de creación heroica y no como vulgar apropiación mimética de experiencias fracasadas o modelos distantes no solo en geografía, resulta al día hoy el mejor instrumento teórico para enfrentar los magníficos retos que impone la cambiante voracidad del capital, los novedosos mecanismos de control ciudadano, la creciente desigualdad, la galopante degradación del medio ambiente, la desideologización como mecanismo de dominio social y otros terribles males fruto de la codicia humana. Finalmente, el adjetivo revolucionario engloba, en franco desafío al invierno de la memoria, el legado de todos los que, desde Hatuey hasta hoy, señalaron el camino, fueron semilla o lograron materializar sus ideales.

Sin embargo, el cambio de nombre no basta, resulta preciso, sin eliminar los procesos de selección para el crecimiento, una apertura que permita a hombres y mujeres no comunistas ingresar al Partido. Por ejemplo, en el Partido Revolucionario Cubano (PRC) fundado por Martí -para preparar y desatar la guerra, no conducir la República-, había socialistas, liberales, obreros y patronos y la única condición era creer y trabajar por la independencia de Cuba. Para ingresar en el Partido Martiano, Socialista y Revolucionario de Cuba; a parte de ser hombre o mujer de bien, haría falta, además de suscribir los estatutos, laborar por ellos que, grosso modo, no serían otros que el esfuerzo contante por preservar la independencia y soberanía nacional, el trabajo diario por la consecución y acrecentamiento de los niveles de justicia social y la defensa del ejercicio íntegro de cada ciudadano y el respeto a su libertad. Vehículo de retroalimentación para el trabajo partidista e instrumento de equilibrio y control ciudadano sobre el mismo, vendría a ser la presencia en sus filas -como observadores-, de integrantes de la Sociedad Civil; organizaciones estas que debieran crecer en número e influjo; en tanto, «[…] la lucha […] debe ser de toda la sociedad contra un modelo perverso que convierte la acumulación de riquezas en la única razón de vivir. La lucha es de humanización contra deshumanización, de solidaridad contra alienación, de vida contra muerte».

Todo cambio resulta una aventura peligrosa, por ello la sociología estableció el concepto de «resistencia al cambio»; sin embargo, no cambiar, cuando las señales de los tiempos lo indican, resulta imperdonable. La vida pasa, fluye, nadie se baña dos veces en las aguas de un mismo río; no por gusto el Cubano Mayor insistió en la capacidad de previsión como sello distintivo del buen gobierno: «Prever es la cualidad esencial, en la constitución y gobierno de los pueblos. Gobernar no es más que prever». Evítese botar al niño, pero bótese sin más dilación el agua sucia, que si continúa bañándose en las mismas aguas, corre el riesgo de contagio con una enfermedad terminal. Los niños cubanos, los de hoy y los de mañana, merecen gozar de buena salud. Que así sea.

Bibliografía Mínima

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Delio G. Orozco González. Historiador. Vice-Presidente de la UNEAC en Granma y Manzanillo. Miembro correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba. Miembro de la Junta Provincial de la Sociedad Cultural en Granma.

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