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Caminos de exculpación

Fuentes: Rebelión

Con su confesión de Julio Pujol pretendió que ofrecía una expiación pública y lo que está resultando, de su comportamiento actual y del de no pocos opinadores nacionalistas, es el inicio de un camino -varios- de exculpación. Una exculpación que busca la indigencia de la gente corriente, burlada infinitamente más por este fraude que por […]


Con su confesión de Julio Pujol pretendió que ofrecía una expiación pública y lo que está resultando, de su comportamiento actual y del de no pocos opinadores nacionalistas, es el inicio de un camino -varios- de exculpación. Una exculpación que busca la indigencia de la gente corriente, burlada infinitamente más por este fraude que por los de los previsibles tramposos de la meseta. Pujol no ha sido sólo el President durante más de veinte años; era la derecha democrática, la que se había configurado en lucha con la dictadura franquista. No era un advenedizo político, sino el político catalán individualmente más impactante desde 1960.

Pero voy a los caminos de exculpación. El más potente, lo abrió Manuel Cuyas -escribidor de las desmemoriadas «Memorias» de Pujol-, de una manera algo oscura y sin gran estilo en un artículo a dos páginas en El Punt.Avui, a los pocos días de la confesión; lo consolidó en una triste entrevista que Sergi Pàmies le hizo en La Vanguardia (pocas veces he visto al entrevistador tan falto de punch); e insiste en él en las tertulias, con una jerga medio atropellada medio interrumpida. El argumento fue: no os creáis lo que ha dicho Pujol, lo ha hecho para cubrir a sus hijos, para diluir las responsabilidades de sus tramposos hijos, y el amor por ellos le ha llevado incluso a ensuciar la memoria del padre, nunca hubo tal herencia, es un pretexto para cargar sobre sus hombros los pecados de sus hijos. ¡Qué trágico, qué bello, qué falaz!

Acabo de leer la versión mejorada de esa argumentación en un artículo de Antoni Puigverd en La vanguardia de hoy, 3 de septiembre, titulado «El Rey Lear». Es un extraordinario ejemplo de prestidigitación intelectual. La primera parte es sobresaliente, la firmaría sin ninguna duda; viene a decir que Pujol con su confesión ha puesto a las patas de los caballos al catalanismo y al alma moral de Cataluña, que Pujol siempre postuló, como un alma superior: «el líder que más valores éticos vinculó a la catalanidad habría sido el motor de un viaje al fondo de la noche». Pero, de repente ¡zás, el juego de manos! Lo de Pujol es un «misterio», ¿será Pujol un discípulo de Nietzsche, con una moral para el amo- él- y otra para los esclavos? No, no puede ser dice Puigverd, y sigue: «Es más lógico imaginarlo escindido entre el ideal romántico y la sucia realidad». Y hay que sacar a Pujol de la suciedad, a como dé lugar; porque -el artículo de Puiverd es meridiano también en eso- hay que sacar al «catalanismo», al nacionalismo digo yo, de la suciedad. Y aquí viene la «brillantez» de Puigverd, el uso de su autoridad intelectual y moral: Pujol no es un discípulo de Nietzsche, ni de Rimbaud, Pujol es…¡El Rey Lear! «Un viejo rey desolado, traicionado por sus hijos, arrastrando su tristeza por un reino oscurecido, dividido y arruinado». ¡Enorme Puigverd! Ha convertido a quien ha hecho la confesión de un delito -ya veremos si convicto- en un héroe shakesperiano, que se hunde por amor filial. ¿Quién en este país no está dispuesto a perdonar cualquier pecado, por grande que sea, si ha sido por amor a los hijos o las hijas? Antoni Puiverd no se ha inventado el cuento, lo hizo Cuyás, lo hizo Fonalleras; pero le ha dado una textura literaria casi impecable. Casi, porque bien mirado la tragedia del Rey Lear tiene poco que ver con el drama de Pujol, y su emparejamiento solo se justifica por la intención de encontrar una exculpación presentable, en la línea de lo que farfulló Cuyas, pero con muchísimo más estilo. Me preocupa porque, ahora sí, del affaire Pujol, no sólo el original sino el que continúa, empieza a ser culpable también una parte de la sociedad catalana; una parte, no toda -no confundamos- todavía hay clases.

El otro camino es más estrambótico, pero es muy funcional entre el segmento «trabucaire» del «proceso» (de trabuco mental, claro). Eih! Que Pujol lo que estaba haciendo era guardar los dineros para financiar la independencia de Cataluña. Lo he empezado a oír. Y una variante elíptica de eso la formuló Pilar Rahola, ayer, en lo de Cuní, cuando vino en disculpar a la burguesía catalana que los años setenta guardaba su dinero en Andorra para prevenirse de lo que pudiera pasar, porque la situación no estaba clara, y bla, bla, bla; así que Don Florenci debió hacer santamente, y el franquismo fue injusto cuando lo sancionó por evasor (esto lo añado yo). De esa indulgencia de Rahola -tan y tan dura y vehemente con las faltas ajenas- se deriva que el pecado original, el original de todos, solo fue un pecadillo, venial; además un pecadillo muy compartido (¿hacemos la lista?). Variante elíptica porque parece que defraudar al estado español, y aún más si estaba gobernado por Franco, ha de tener alguna consideración. Pero, vuelvo a decir yo, robar es robar, ya sea a un pobre o a un estafador; quien roba a un ladrón podrá tener cien años de perdón, pero no deja de ser otro ladrón.

Y los caminos siempre pueden converger. Jordi Pujol se equivocó por amor a Cataluña, o por amor a sus hijos. Y, en cualquier caso, no hagamos leña del árbol caído; que aún le daremos combustible a la España, negra y tramposa, esa España que ha acabado dominando la indolente sangre andaluza, con transfusiones de odio vallisoletano y retranca gallega.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.