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Cárcel real frente a cárcel virtual

Fuentes: Rebelión

La cárcel a cielo abierto que ha montado el sionismo en la Franja de Gaza no es menos cárcel que la que mantiene para los ciudadanos israelíes en el interior del propio estado de Israel Aunque como dice Noam Chomsky: «Incluso una sola noche en la cárcel es suficiente para tener una idea de lo […]

La cárcel a cielo abierto que ha montado el sionismo en la Franja de Gaza no es menos cárcel que la que mantiene para los ciudadanos israelíes en el interior del propio estado de Israel

Aunque como dice Noam Chomsky: «Incluso una sola noche en la cárcel es suficiente para tener una idea de lo que significa estar bajo el control total de alguna fuerza externa. Y difícilmente se requiere más de un día en Gaza para apreciar lo que debe de ser intentar sobrevivir en la prisión al aire libre más grande del mundo, donde alrededor de 1,5 millones de personas en una franja de territorio de aproximadamente 140 millas cuadradas (unos 360 kilómetros cuadrados) están sometidas al terror y al castigo arbitrario, al azar. Sin más propósito que humillar y degradar» [1].

Es cierto que la primera atenta criminalmente contra la vida toda de los palestinos, pero también es cierto que la segunda no deja sobrevivir la libertad de conciencia y el sentido humano del espíritu dentro de las rejas virtuales que Israel ha venido construyendo para sus propios ciudadanos en su mal adquirido territorio. Creo que hasta podría decirse si no diera lugar a malas interpretaciones que son más libres más dueños de soñar, de tejer esperanzas, de alimentar ilusiones, los palestinos confinados en sus mezquino y precario reducto territorial que los israelíes sometidos al permanente lavado de cerebro de una educación orientada casi excluyentemente hacia el odio étnico y hacia el desprecio por sus hermanos árabes.

Un reciente artículo de Rudi Barnet [2] excelentemente documentado traduce bien a las claras la insidiosa campaña de menosprecio que vienen instalando los sucesivos gobiernos israelíes entre sus propios compatriotas y contra los palestinos no solo extraterritoriales sino también contra los ciudadanos árabes-israelíes (el 20% de la población) que habitan Israel y parte de la Cisjordania. Una campaña que se articula sobre la base de dos herramientas esenciales: la legislación y la educación.

La legislación israelí no otorga los mismos derechos a los ciudadanos de origen árabe que hayan nacido y habiten el suelo israelí que a los considerados étnicamente judíos. Base inalienable del apartheid y del indisimulado fascismo que lo inspira. Su misma ley fundamental (que no establece límites y reemplaza a una inexistente constitución) establece que Israel es un estado judío, de modo que quien no profese o mínimamente aparente profesar la religión de Abraham y Moisés, está legalmente excluido como ciudadano. Lo que le impide aspirar, en igualdad de las demás condiciones, a desempeñar un cargo público, comprar propiedades o transitar libremente por las rutas del país, solo se reconoce como tal el matrimonio religioso judío y los civiles no judíos de los territorios anexados pueden ser juzgados por tribunales militares con el agravante de que las sentencias también serán discriminatoriamente más severas.

Estas y muchas otras reglamentaciones van cercando a parte de la población del Estado y cercenando libertades que a los ojos de los mismos ciudadanos judíos se han ido convirtiendo en normalidad «democrática». Y sin embargo nada puede ser más diametralmente ajeno a los principios democráticos que los condicionamientos que mediante la persuasión o la imposición ha ido modelando la mentalidad israelí. Como dice el intelectual israelí Amnon Be’eri-Sulitseanu: «En 2010 la segregación de los judíos y los árabes en Israel es casi absoluta. Para quienes vivimos aquí, es algo normal»

Esta cárcel mental hábilmente diseñada, que tiene barrotes casi más indestructibles y persistentes que los del mismo acero, cuenta con otro imprescindible pilar, la educación.

En principio, en la cultura israelí, se considera a los árabes primitivos, agresivos y casi infrahumanos. De modo que matar a un árabe, por ejemplo, es mucho menos condenable que a cualquier otro ser humano. En tal caso es probable que el israelí no vaya a la cárcel sino que tenga solo que pagar alguna multa. No solo los jóvenes soldados israelíes son adiestrados con esta convicción sino que se trata de un concepto que les infunden desde la más tierna infancia.

Los libros infantiles abundan en imágenes y textos que incitan al odio y a la guerra y están concebidos con el propósito de crear y mantener la idea de la superioridad racial judía y la necesidad de preservarla. De este modo se ha ido inculcando paulatinamente en el pueblo la masiva lealtad hacia un Estado que no admite críticas ni oposición ni disidencias, ni internas ni en lo posible externas, es decir un pueblo que se ve encarcelado en una ideología que los líderes sionistas les han inculcado y que les impide imaginar siquiera la posibilidad de generar alternativas de convivencia social, política, económica y cultural con sus coercitivamente despreciados hermanos árabes.

No es que esta concepción del mundo israelí se haya iniciado con el establecimiento del Estado de Israel. Mucho antes desde sus prolegómenos a finales del siglo XIX, los sionistas auspiciados por Theodore Herlz, su fundador, planteaban separarse del resto de la población austro-alemana lo que los convirtió, aunque parezca insólito, en un poderoso auxiliar del régimen nazi que pretendía erradicarlos. Además y por otra parte Victor Klemperer un profesor universitario alemán de origen judío equiparó, ya en 1941, a los sionistas con los nacionalsocialistas señalando la afinidad existente entre los criterios políticos de Theodore Herzl y la doctrina de Hitler [3], aunque a pesar de eso fuera posteriormente declarado no alemán y perseguido.

Con anterioridad Wolfgang von Weisl, director financiero de la Nueva Organización Sionista, una corriente interna del sionismo, declaraba en una entrevista en 1936 que «aunque hubiera distintas opiniones entre los revisionistas, en general simpatizaban con el fascismo y que el personalmente apoyaba al fascismo» [4]

Suele decirse que «a confesión de parte relevo de pruebas» y aunque estas sean solo unas pocas referencias sobre las bases del sionismo es indudable que se trata de un movimiento que sigue manteniendo una cada vez más acendrada vigencia, que ha seguido perfeccionando los instrumentos con los que trata de lograr sus objetivos aún a contracorriente de los derechos humanos de los propios ciudadanos de Israel que se ven virtualmente obligados a permanecer en la cárcel del «pensamiento único» que sus mismos líderes les vienen construyendo desde hace ya más de un siglo.

Notas:

1) Noam Chomsky: «Gaza, la prisión al aire libre más grande del mundo»

2)  Rudi Barnet, periodista belga, » Les Palestiniens sont des bêtes qui marchent sur deux pattes »

3) Bernardo, Joao.» De perseguidos a perseguidores, la lección del sionismo»

4) Ibidem

Nota de la autora:

Este es un artículo escrito hace varios años pero pone de relieve que la prolongada estrategia de Israel para someter a su propio pueblo a un pensamiento único de odio y de sometimiento está dando los resultados previstos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR