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Carlos Tena escribe a Gabriel Albiac

Fuentes: inSurGente

Hace algunos años, el otrora ilustre pensador Gabriel Albiac escribió un artículo titulado «La servidumbre y el asco», en el que vertía toda suerte de improperios hacia la figura del que fuera mandamás del PSOE, Felipe González. Parafraseando dicho escrito, conviene decirle a tan sesudo catedrático del pensamiento-más-que-débil, lo siguiente: Más de uno habrá, colijo, […]

Hace algunos años, el otrora ilustre pensador Gabriel Albiac escribió un artículo titulado «La servidumbre y el asco», en el que vertía toda suerte de improperios hacia la figura del que fuera mandamás del PSOE, Felipe González. Parafraseando dicho escrito, conviene decirle a tan sesudo catedrático del pensamiento-más-que-débil, lo siguiente: Más de uno habrá, colijo, a quien haya gustado de los denuestos que Albiac dedica con cierta periodicidad a lìderes como Fidel Castro, Hugo Chávez, mientras maquina estrategias similares para Lula, Tabaré, o el nuevo y flamante presidente boliviano, el indígena Evo Morales. Como experto travestido ideológico, Albiac se pone el traje de Rosa Montero, la dentadura de Maruja Torres, el aliento de Zoe Valdés y sale a la palestra para ganarse el euro como le gusta a Pedro Jota y Juan Luis Cebrián: bajándose los pantalones, mostrando alegre las posaderas e invitando a sus jefes a consumar la penetración. El pensador Albiac sabe muy bien obtener el sustento. (…)

Palabras para Albiac

Hace algunos años, el otrora ilustre pensador Gabriel Albiac escribió un artículo titulado «La servidumbre y el asco», en el que vertía toda suerte de improperios hacia la figura del que fuera mandamás del PSOE, Felipe González. Parafraseando dicho escrito, conviene decirle a tan sesudo catedrático del pensamiento-más-que-débil, lo siguiente:

Más de uno habrá, colijo, a quien haya gustado de los denuestos que Albiac dedica con cierta periodicidad a lìderes como Fidel Castro, Hugo Chávez, mientras maquina estrategias similares para Lula, Tabaré, o el nuevo y flamante presidente boliviano, el indígena Evo Morales. Como experto travestido ideológico, Albiac se pone el traje de Rosa Montero, la dentadura de Maruja Torres, el aliento de Zoe Valdés y sale a la palestra para ganarse el euro como le gusta a Pedro Jota y Juan Luis Cebrián: bajándose los pantalones, mostrando alegre las posaderas e invitando a sus jefes a consumar la penetración. El pensador Albiac sabe muy bien obtener el sustento.

En esta puta Europa, los filósofos mesetarios, además de marcar a hierro al rojo a los mandatarios que no comulgan con el fascismo que representa George W. Bush, quieren obligar a vascos y catalanes a sentirse españoles «por cojones», al saberse jaleados desde la barrera por intelectuales tan recios como José Bono o señoras tan elegantes como María Teresa Fernández de la Vega, que si tuviera un poco de vergüenza torera dimitiría ante la aberración jurídica que supone el proceso 18/98, seguido contra periodistas, intelectuales y profesionales que no han cometido otro delito que opinar sobre cuestiones que, al parecer, sólo competen al ejército o a la Guardia Civil.

Cómo no, Albiac utiliza la descalificación para definir todo aquello que huela a vasco. Una ikurriña es símbolo de ETA, la Real Sociedad tiene socios que son independentistas, al restaurante Arzak suelen ir algunos anti-españolistas y no les envenenan. Un vasco es como uno de Lepe pero hablando una lengua estúpida y vacía. Como la franquista Isabel San Sebastián, o el falangista Carlos Herrera, el nazi Jiménez Losantos o el neoliberal Buenafuente, Albiac se tiende en la hamaca para saborear sus triunfos periodísticos, en tanto se defeca en todo aquello que suene a «ethos».

Considero a Albiac un perfecto amoral (en el sentido más clásico del término) desde la primera vez que supe de su huída del PCE, tras descubrir (supongo que con la ayuda de Mortadelo y Filemón) que en el seno de dicho partido existía una conjura stalinista y una corrupción insoportable. Albiac tenía entonces 26 años y los comunistas aún no habían sido legalizados por el régimen dictatorial. ¡Qué vista tenía el nota!… Casi alcanza a Semprún (creador de la mítica «Oda a Stalin») o a la terrorista Zoe Valdés, autora de un ridículo poema a las barbas de Fidel, cuando ella soñaba con yacer junto al comandante.

Impelido por la extraordinaria fuerza de Spinozza, Albiac inició una ascensión a los cielos de la civilización occidental en el carro de Nietzsche, mientras le acunaban y cantan pensadores tan recios como José María Aznar, Gabriel Sharon y Bush II de Washington. Sus clases en la Universidad tienen casi siempre el exquisito aroma de la pequeña y rastrera venganza hacia aquellos que militaron en el seno de la izquierda marxista, pero él, ¡oh milagros de la Virgen Oriana Fallaci!, niega la menor y lanza sus venablos contra el mundo árabe acusando a los adoradores del Corán de asesinos y terroristas. Ninguna sospecha en su entorno. Ningún matiz de duda en el pasado, presente y devenir del liberalismo salvaje que preconiza desde que topó con los corruptos de Stalin.

Pobre Gabriel. Pero ¡qué digo!…, pobres alumnos de la Facultad los que se atreven a contrariarle. En nombre de la llamada «libertad de expresión», tanto él, como Fernando «Esteso» Savater, se dedican a hacer callar a los posibles herejes tomando el pendón de Torquemada con el mismo gracejo con el que ambos llevarían el palio bajo el que desfilaba Franco. Disculpan a los discípulos violentos argumentando que «son chiquillos», muchachos a quienes únicamente molestan las palabras de Martín Segovia, de Santiago Alba o Carlos Fernández Liria. Pero Albiac no se detiene en su afán por imponer la verdad: es capaz, democráticamente, de amenazar a un alumno con darle una paliza si continuaba descalificando sus discursos en la prensa universitaria. Toda una muestra de serenidad, mansedumbre y tolerancia.

Estos paladines de la libertad dan pavor. Pero aún más: son impuestos aprovechando la «evolución ideológica y política», son pagados con salarios más que jugosos por denostar de todo aquel que les recuerde que aún hay gente que no son como ellos. Les enerva que en la izquierda combativa haya una enorme dosis de ética que él, como Savater, Bueno y otros, abandonaron hace años. Les duele que en la izquierda militante no exista lugar para personajes de su calaña. El rencor, el odio que suscita en ellos la existencia de colectivos que aún creen en la coherencia y la continuidad en el deseo por lograr un mundo mejor, les supera. No soportan verse derrotados y atacan a diestro y siniestro hasta conseguir que a su izquierda no haya nadie. Lo malo es que a la derecha, tampoco. ¿Acaso se quedaron en el centro?. Más bien en el limbo de los injustos.

Y terminaba Albiac aquel artículo al que me refería al comienzo de estas líneas («La servidumbre y el asco»), con la siguiente frase que, con todo afecto le recuerdo y dedico:

«Hoy la conciencia ante el vacío teatro de la representación política se divide entre la servidumbre y el asco. Irrebasables. Yo prefiero quedarme con el segundo».

Y que lo digas, Albiac, y que lo digas. Lo malo es que diez años más tarde de haber firmado esa sentencia, te arrojaste en brazos de lo primero. Que tengas unas felices fiestas y un buen año, querido siervo.