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Catón el censor y los muebles de Ikea

Fuentes: Hexis

Ofrecemos aquí un artículo que el Diario de Cádiz decidió no publicar

En el baremo de estimación de profesiones publicado por el CIS en febrero de 2013, la de docente universitario aparecía como una de las más apreciadas por los españoles. Paradójicamente, desde entonces, atacar a la Universidad pública se ha convertido en un deporte nacional. Periodistas, portavoces gubernamentales, jóvenes investigadores, empresarios, políticos de todos los signos e incluso el mismo profesorado de la institución, coinciden en denunciar la degeneración y el estado moribundo del Alma Mater en España. ¿A qué obedece este repentino y radical cambio de opinión?

No se trata de ninguna conspiración, sino del concurso de diferentes circunstancias.

Vaya por delante que la Universidad, como otras muchas instituciones de este país, necesita sin duda mejorar. Pero de ahí al «estado de descomposición» que diagnosticaba recientemente un conocido tertuliano televisivo, va todo un mundo. En las requisitorias asoma a veces la modernidad, invocándose, a modo de oráculos, los infalibles ránkings internacionales -donde por cierto no se evalúan los estudios humanísticos, que dejan en mal lugar a nuestras Universidades. En otros casos se prefiere extraer del baúl munición más añeja, y se habla entonces de «endogamia», «clientelismo», «mandarinato» y, últimamente, hasta de «corrupción».

Por una parte comparece la comprensible indignación de muchos jóvenes y competentes investigadores españoles, condenados al exilio indefinido o a la precariedad. Frustrados ante la imposibilidad de relevar a sus mayores integrándose en la Universidad española, atribuyen al viejo caciquismo feudal una exclusión que tiene que ver en realidad con una reproducción profesional que hoy por hoy se encuentra cortada, interrumpida. Puede haber plazas que se otorguen con arbitrariedad, pero el gran problema es que no hay plazas y tampoco expectativas de que existan en el futuro. Todo lo cual no depende de retorcidos cacicazgos que solo existen en la mitología: depende de la falta de recursos, es decir, de cómo los gestores neoliberales gestionan la crisis.

En segundo lugar hay que mencionar el protagonismo de periódicos como El País, promoviendo foros de opinión donde se condena la inanidad de las Universidades públicas, como si se quisiera «deprisa» sustituirlas por flamantes establecimientos privados. En el colmo de la paradoja, muchos profesores, a menudo veteranos, que han contribuido a fraguar el escenario actual de la educación superior, se convierten en sus principales detractores jugando al arriesgado desdoble de Mr Hyde y el Dr. Jekyll.

El surgimiento de una nueva fuerza política, cuyos principales cuadros dirigentes se han reclutado en nuestras Facultades, ha suministrado nuevos argumentos para justificar el anatema. Los que descalifican a este partido emergente, no dudan en denunciar la «casta universitaria» de la que provienen sus dirigentes, como si en esos recintos se anidara el huevo de la serpiente y se promoviera la corrupción moral de nuestra juventud. Si a esto se añade el escaso aprecio que desde el Ministerio gobernante se siente hacia la Universidad pública, ya tenemos el cóctel servido al completo.

La cosa no puede por menos que resultar irónica. En su biografía de Julio César (Julio César: un dictador democrático), Luciano Canfora recuerda cómo los ricos se escandalizaban de las compras de votos de César, jefe del partido popular. Catón el Censor, supuestamente la rectitud personificada, aprobaba a los mercachifles políticos, siempre y cuando fuesen de los suyos, de la gente óptima, de la gente importante. Tal sucede hoy: muchos parecen haber descubierto el horror universitario cuando la institución no solo provee los cuadros del bipartidismo, sino que ha fabricado una generación política capaz de encauzar electoralmente el descontento social. Antes, cuando salían los suyos, la universidad solo merecía reverencias. Hoy solo el desprecio y el escándalo.

Es el escándalo interesado de Catón el Censor. Pero lo peor no es eso: César fue, efectivamente, un corrupto y el tío de su asesino se escandalizaba con razón de su comportamiento -aunque omitía reconocer que el suyo y el de sus camaradas aristócratas era idéntico. Lo peor es cuando el moralismo interesado y el periodismo amarillo enlodan a los justos. Seguramente Íñigo Errejón ha cometido errores pero sólo alguien que no haya investigado puede creer que el trabajo de campo o de archivos se hace de ocho a tres en un despacho o en los límites de un campus. Precisamente, quienes calientan silla sin moverse suelen ser grandes vagos -o gente que firma trabajos que realizan otros. Un ejemplo puede que más sangrante lo contiene la denuncia presentada esta semana sobre la Universidad de Cádiz. Las funestas tarjetas, se ha dicho, se dedicaban a comprar en Ikea y luego resulta que en Ikea se compraban muebles para la guardería de la Universidad. Aunque quizá el proyecto de algunos émulos de Catón el Censor es que la Universidad no provea de guarderías, que lo haga el mercado.

Más justificada podría ser la sospecha de que se gastó demasiado en representación y convites. Lo cual no significa que sea evidente corrupción y no el efecto superficial de algo más profundo, aplaudido a rabiar por muchos neomoralistas. Durante años a quien impartía clases y se dedicaba a la investigación artesanal (la que se puede hacer con los libros propios y de la biblioteca) se le llamó dinosaurio y se le consideró reo del anquilosamiento de la universidad. Se imponía conectarse con redes científicas internacionales y, para ello, debían buscarse contactos. Bien: tejer contactos no se encuentra precisamente acompasado con la austeridad espartana, sobre todo cuando se es una pequeña universidad que necesita mostrarse atractiva. ¿Ante quién? Ante gente con la que uno quiere conectarse pero que tienen muchos pretendientes y quizá no desean conectarse con uno.

Posiblemente ese modelo sea erróneo. Posiblemente debamos revalorizar la investigación artesanal y las clases bien dadas. Posiblemente debamos cuestionar la obsesión por los rankings y mostrar que todos ellos tienen truco y hacen que la universidad pierda contacto con la formación concienzuda de los estudiantes y los profesores nos convirtamos en animadores socioculturales obsesionados con captar la mirada de los privilegiados. Posiblemente. Pero algunos de quienes acaudillan las críticas a la universidad pública no cuestionan el modelo que generó el disparate – y este hay que probarlo, ya que con mucho de lo denunciado puede ocurrir como con los muebles de Ikea. Promueven activamente ese modelo pero quieren que los convites y los viajes (porque ese modelo los exige) los gestionen manos privadas o sus expertos. Se quejan de los efectos de la universidad concentrada en los rankings y las conexiones pero no del modelo que los produce. Idéntico a como Catón el Censor se quejaba de la corrupción de César.

Critiquémonos, acerbamente si hace falta: pero nunca desde la moral de Catón el Censor en su reencarnación neoliberal.

Fuente: http://moreno-pestana.blogspot.com.es/2015/01/caton-el-censor-y-los-muebles-de-ikea.html