Recomiendo:
0

La librería La Repartidora (Valencia) presenta “Mierda de ciudad. Una rearticulación crítica del urbanismo neoliberal”

Ciudades S.A.

Fuentes: Rebelión

En la década de los 80 y 90 el Ayuntamiento de Barcelona desarrolló la llamada «estrategia de los espacios públicos» en la ciudad, lo que teóricamente implicaba priorizar las plazas y «espacios libres». Lo que ocurrió en la práctica es que se transformaron zonas consideradas «conflictivas», donde se derribaron casas y se desplazó a la […]

En la década de los 80 y 90 el Ayuntamiento de Barcelona desarrolló la llamada «estrategia de los espacios públicos» en la ciudad, lo que teóricamente implicaba priorizar las plazas y «espacios libres». Lo que ocurrió en la práctica es que se transformaron zonas consideradas «conflictivas», donde se derribaron casas y se desplazó a la población humilde que allí residía. Entre 1981 y 2001 se crearon 23 nuevos «espacios públicos» en el centro histórico de Barcelona. Cifras oficiales reconocen un impacto sobre 500 edificios y 4.500 viviendas en Ciutat Vella. Eran procesos de «gentifricación» (los más agresivos, en los barrios del Raval y Santa Caterina), en los que se sustituía población autóctona por sectores con mayores niveles de renta que llegaban a vivir al distrito. Con la coartada del «bien común», la «calidad de vida» y la tasa elevada de enfermedades (por ejemplo debido a la falta de circulación del aire en las viviendas), se ejecutaron «intervenciones urbanas que buscaban retribuciones capitalistas y el desplazamiento de los más desfavorecidos», explican Adrián Hernández y Aritz Tutor, de la Universitat Autónoma de Barcelona.

El caso de la capital catalana es uno de los analizados en el libro «Mierda de ciudad. Una rearticulación crítica del urbanismo neoliberal desde las ciencias sociales», publicado por Edicions Pol.len en marzo de 2015 y presentado recientemente en la librería asociativa La Repartidora de Valencia. La coordinación del texto de 200 páginas corre a cargo de Giuseppe Aricó, José A. Mansilla y Marco Luca Stanchieri, miembros del Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU). En la introducción -«Desmontando las políticas urbanísticas neoliberales»- los tres coordinadores critican el culto a significantes vacuos como «espacio público de calidad» al tiempo que señalan «gigantescas operaciones de mercantilización de las ciudades», a las que subyacen, en todo caso, «las ambiciones de control y dominio del espacio por parte del capital».

A partir de los años 90 el consistorio barcelonés viró de estrategia. Los discursos oficiales apelaban al orden público frente a los «problemas» que suscitaban inmigrantes, pobres, drogodependientes y prostitutas. Ya en los albores de 2000, relatan Adrián Hernández y Aritz Tutor, el Ayuntamiento pretendía la «higienización» de calles, jardines y plazas de Barcelona ante un supuesto riesgo representado por la población extranjera o los «sin techo». La palabra «delincuencia» tiznaba los argumentarios oficiales y fruto de esta manera de entender la ciudad, en el año 2006 entra en vigor la «Ordenanza de medidas para fomentar y garantizar la convivencia ciudadana en el espacio público de Barcelona».

Civismo, urbanidad y buenas prácticas son los sustantivos que enmarcan la «normalización» de las calles, contra el vandalismo, las pintadas, la prostitución y la venta ambulante que ponen en peligro la convivencia. La policía local es la institución encargada de garantizar el orden público, de manera que entre 2008 y 2012 Ciutat Vella es el distrito de Barcelona con mayor número de sanciones. A partir de 2008 se produce una nueva ofensiva privatizadora, materializada en la instalación de terrazas en el espacio público. Pero los autores señalan asimismo, es una de las constantes del libro, iniciativas vecinales de resistencia, como «Cruïlles» o «Fem Plaça», que tratan de recuperar la calle.

Un ejemplo de «urbanismo neoliberal» es la ciudad de Barcelona, pero las dinámicas predadoras y especulativas pueden observarse en otras capitales. Las investigadoras Bruna Guterman, Fernánda Sánchez y Paula Laiber abordan el caso de Río de Janeiro, llamada «ciudad maravillosa» en una etapa dorada que se estrenaba con el Mundial de Fútbol (2014) y los Juegos Olímpicos Río 16. Las autoras señalan los proyectos de Porto Maravilha, el Nuevo Maracaná y el Parque Olímpico como ejemplos del carácter «elitizador» y «homogeneizador» que representan los grandes eventos. La presencia desde primera hora de políticos como el exalcalde barcelonés Xavier Trías, determinados proyectos arquitectónicos y profesionales dejaron desde el primer momento la impronta de Barcelona-92 en los Juegos de Río. La euforia, los anuncios de «Río del turismo, ocio y belleza incomparables», llevó incluso a crear el juego «Monopoly Ciudad Olímpica», en el que los participantes podían comprar y vender propiedades ubicadas cerca de los macroproyectos. Entre otros hitos, las investigadoras marcan las protestas desplegadas en junio de 2013 en varias ciudades brasileñas, durante la Copa FIFA Confederaciones de fútbol. Era necesario, ante todo, eliminar la idea de «ciudad sin ley», para lo que a finales de 2008 comienzan las medidas de «pacificación» en Río de Janeiro. Es entonces cuando el gobierno del Estado de Río impulsa las Unidades de Policía Pacificadora (UPP). El objetivo no podía ser más explícito: «Recuperar territorios dominados por bandas criminales y establecer un estado democrático de derecho».

«Las sombras de la catedral» es el título del artículo de Sergio García Ibáñez de Garayo, de la Universidad de Navarra, en torno a los procesos de «turistificación», «musealización» y desplazamientos de población en el casco viejo de Vitoria-Gasteiz. Mediados los años 90 del pasado siglo, empieza a concebirse la Catedral de Santa María, edificio del siglo XIV en estado de degradación, como factor medular en la transformación del casco viejo de Vitoria. «Las obras de restauración de la catedral pasaron pronto de ser una necesidad arquitectónica, a convertirse en un atractivo cultural y turístico», explica el investigador. La plaza, el cercano edificio de la bolera y una manzana integrada por locales comerciales y viviendas particulares, casi todas habitadas por personas mayores de 60 años, fueron «colonizados» por la catedral, que se convirtió en ámbito para conferencias, eventos culturales, conciertos, seminarios e incluso algún programa televisivo.

También resultó sacrificado un bar de toda la vida, «La Flor de la Rioja». Escritores famosos y rostros célebres, como Ken Follet, se vincularon a la iniciativa supuestamente «renovadora» del barrio. Además, recuerda Sergio García Ibáñez de Garayo, «el sector empresarial alavés se convirtió en mecenas-entidad amiga», y se sumó también World Monuments Fund, uno de los mecenas privados (estadounidense) más relevantes del mundo. Pero la resistencia a este «lavado» de cara urbanístico se hizo visible en el casco viejo de Vitoria. Así, personas de movimientos sociales ocuparon y acondicionaron un bajo en el meollo de la zona de conflicto: el «Kutxitril Ateneoa», donde se podrían reunir las organizaciones populares. Un colectivo de vecinos también se organizó para recuperar el frontón del barrio, se pintaron murales en la manzana de la catedral y, ante la falta de espacios recreativos, se edificó la nueva bolera en un solar fuera de uso.

El título del libro, «Mierda de ciudad», evoca un tema de la banda musical «Kortatu», pero este tipo de expresiones, poco exquisitas y políticamente incorrectas, nunca figuran en los proyectos de «promoción» y «regeneración urbana», como el previsto en Valparaíso. El investigador de la University College London, Rodrigo Caimanque, detalla el Plan de Desarrollo del borde costero de la ciudad chilena, que básicamente incluía la creación de un «waterfront» vinculado a un centro comercial e iniciativas inmobiliarias; y la extensión del puerto, que entraría en conflicto con el casco histórico de Valparaíso, declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

Más allá de la tipología, que incluye los casos de San Miguel de Tucumán, Sao Pedro de Afurada (Oporto) o Valencia, Manuel Delgado, del Grup de Recerca sobre Exclusió i Control Socials de la Universitat de Barcelona, resume en prólogo el fondo de la cuestión: «Rehabilitar un barrio es inhabilitar a sus vecinos para continuar viviendo en él. O, dicho de otro modo, reformar es expulsar». A continuación sostiene que los tecnócratas -buena parte de los urbanistas, arquitectos y diseñadores- hablan de «espacios», cuando están pensando realmente en «suelo en venta». Uno de los ejemplos más crueles y paradigmáticos del libro lo explica Cecilia Vergnano: la expulsión de familias Rom de unos asentamientos en Turín para la construcción de la ciudad deportiva de la Juventus club de fútbol.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.